Afganistán: la democracia no es paisaje

Por Fernando De Haro

Publicado en Páginas Digital el 30 de agosto de 2021


Se acabó la presencia de Estados Unidos y de los occidentales en Afganistán. Primero los muertos: la sangre de las víctimas a churretones manchando el muro del aeropuerto de Kabul.

La sangre de casi 200 muertos (13 estadounidenses). Como si las venas por las que corría esa sangre no fueran las de personas con madre. Como si cada una de las 200 madres al parir a esos hijos no hubieran sabido que sus criaturas venían al mundo para hacer suyo un destino de felicidad. Por lealtad a esas madres de las que no conocemos el nombre, por lealtad a nosotros mismos, al menos durante un minuto no podemos apartar la mirada de ese muro del aeropuerto de Kabul. Para sentir el tormento y la quemadura de la injustica, para hacer de algún modo nuestro el dolor provocado por una violencia que quiere reducirnos a la nada. Para rezar quien sepa, para afirmar, con esas madres que no conocemos, que sus hijos nacieron para un destino positivo que ni siquiera el peor de los terrorismos puede destruir. Primero los muertos y sus madres para no perdernos en las abstracciones, para que los terroristas no consigan su objetivo, para seguir siendo humanos.


Fin de la presencia de Estados Unidos y de los occidentales en Afganistán. La desastrosa retirada cuestiona la presidencia de Biden. Cuestiona 20 años de esfuerzos, de generosidad, de dinero y de vidas para construir un Afganistán democrático, donde se respetasen los derechos humanos, donde las mujeres y los niños fueran tratados con respeto. Ezra Klein sentencia desde las páginas de The New York Times: “we are not powerful enough to achieve the unachievable” (no somos lo suficientemente poderosos como para alcanzar lo inalcanzable). ¿Qué lleva a lo mejor de la inteligencia estadounidense a reconocer ahora que el objetivo de la operación puesta en marcha pocos días después de los atentados del 11 de septiembre era inalcanzable? Desde las páginas de otros diarios y semanarios anglosajones, por el contrario, hay quien sostiene, como Henry Kissinger o Tony Blair, que el proyecto de exportar la universalidad de la democracia y de los derechos humanos no es imposible. Argumentan que se ha hecho inalcanzable porque ha faltado perseverancia, inteligencia estratégica, capacidad de ganar la paz después de haber ganado la guerra. ¿Qué tipo de poder hubiera hecho falta para conseguir el objetivo? La perplejidad con la que los occidentales asistimos a la gran derrota en Afganistán nos retrata. Seguimos pensando que el problema se hubiera resuelto con más dinero, con más inteligencia geoestratégica, con más tropas, con una estructura burocrática que hubiese evitado un Estado fallido en la periferia (Víctor Lapuente). Seguramente muchos de esos elementos hubieran ayudado. Pero nuestra debilidad es que consideramos que los valores universales pueden mantenerse en pie sin un sujeto, sin una historia. Como si el progreso que supone la existencia de regímenes democráticos, después de siglos de trabajo educativo y cultural, se hubiera conquistado de una vez para siempre. La democracia no es como la rueda, una vez descubierta tiene que ser conquistada y reconquistada una y mil veces. No se puede exportar como se exporta una franquicia de comida rápida. La globalización nos ha hecho caer en el espejismo de una universalidad mágica que no existe. Lo inalcanzable era una democracia en un plazo de 20 años. Un período cortísimo, apenas una generación: casi nada para la historia de un pueblo. Lo sucedido en Afganistán es un aviso para Occidente: en Europa y en América no hay, afortunadamente, talibanes. Pero tampoco aquí la democracia forma parte del paisaje.


Era inalcanzable una democracia en 20 años, especialmente en un contexto geoestratégico como el que se vive en este comienzo de siglo XXI. Ni Pakistán, aliado que Estados Unidos nunca ha conseguido controlar, ni China, ni Rusia tenían ningún interés en que los talibanes fueran derrotados. Qatar y Turquía, frente a los Emiratos Árabes y Arabia Saudí, han desarrollado en los últimos años un proyecto para controlar los países de mayoría musulmana con diferentes fórmulas de islamismo. Veremos qué sucede en las próximas semanas con el Gobierno de los talibanes. China, Irán y Rusia no tienen garantizadas buenas relaciones con el nuevo régimen afgano. Pero es previsible que las obtengan.


El futuro puede ser muy inestable. Los atentados en el aeropuerto pueden ser la señal de que el ISIS-K (la rama implantada en el país) está dispuesto a abrir una nueva guerra civil. Una nueva guerra entre el yihadismo más radical y el Gobierno de los talibanes que en este momento no parecen muy interesados en exportar terrorismo, a diferencia del objetivo de los seguidores del ISIS.


Dicen los más pesimistas que los occidentales no hemos aprendido nada desde que el Reino Unido tuvo que salir a la carrera de la India. Si esta vez aprendiéramos que la democracia no es parte del paisaje sino un fruto extraño que requiere roturar la tierra y reconquistar cada 20 años lo que ya creíamos saber, sería un gran avance. Lo primero que está por reconquistar es la seguridad de que una madre trae un hijo al mundo para un destino bueno. Reconquistar lo que las madres de los asesinados sabían.