Ante un sorprendente cambio en la definición de lo que es público

Por Marcelo Elizondo

Publicado por Clarín el 24 de Enero del 2021



Nuevas personas globales no se subordinan ya al estado. Están ocurriendo migraciones sin mudanzas y que no son geográficas sino generacionales.



Hemos visto gente en las calles con furia en Estados Unidos. Y antes en Francia y antes en Chile. Pero a la vez observamos al gobierno argentino inerte ante conductas personales contagiosas por COVID-19 (por un virus indetenible en cualquier frontera).


Y hay autoridades monetarias del mundo vulneradas por la devaluación de monedas oficiales ante criptomonedas. Y hemos leído de la imposibilidad de Europa para ordenar migraciones africanas y sobre la discusión entre Francia y EEUU sobre cómo crear impuestos a las empresas tecnológicas, “nowhere companies”.


Aunque no parezca, todo esto tiene un elemento común. Una mundialización sistémica integral está volviéndose inabordable para el estado tradicional, los gobiernos y el poder político. Lo suprafronterizo está quitando al estado la condición de organización suprema localizada.


Mario Justo López definía al estado nacional como una población sobre un territorio al que se le ejerce el poder político desde el gobierno. Pues eso está en crisis. Queda poco de aquella idea de la soberanía de Jean Bodin (independencia internacional y supremacía de poder interno).


En 2020 hubo más de 40 mil millones de dispositivos conectados a internet en el mundo (la mitad sin intervención humana) por los que se conectaron 4.700 millones de personas (80% de ellos tiene más de 25 años, plena edad laboral). Es lo opuesto a la localización.


Nuevas personas globales no se subordinan ya al estado. Están ocurriendo migraciones sin mudanzas y que no son geográficas sino generacionales. Fui testigo de una conversación entre una joven chilena que reclamaba una mejor condición de vida en su país ante lo que su padre respondía con las bondades de la evolución chilena durante 30 años: la joven comparaba su situación con la europea y el padre con la de sus progenitores.


Desde el virus hasta la información, pasando por el cambio climático o la formación para la economía del conocimiento, casi todo es suprafronterizo y supraestatal. Y consecuentemente el poder político va perdiendo los dos atributos que los griegos le reconocían: imperium (uso de la fuerza) y auctoritas (legitimidad).


Redes sociales silencian al más poderoso presidente (hasta ayer, al revés, la censura la ejercían funcionarios sobre medios de comunicación), profesores acuden a empresas proveedoras de soportes comunicacionales para sus clases, laboratorios invierten en vacunas aun ilegales y el empresario más rico del mundo envía cohetes privados al espacio donde no hay mayores leyes vigentes.


Ahora bien, no todo es ruptura. Algo nuevo y extraordinario está gestándose: las instituciones públicas no estatales.


El nuevo comercio electrónico a través de plataformas ha hecho que éstas se conviertan en los vigilantes de que las partes cumplan sus contratos (enforcement); el teletrabajo pone a 55 millones de personas a trabajar on line desde un país hacia otro sorprendiendo leyes laborales; y ya son 20 millones los estudiantes internacionales on line que no pasan por la burocracia migratoria. Pero hay un caso paradigmático en la irrupción de lo público no estatal: la proliferación de blockchain.


Está creándose una enorme novedad: la certeza ya no es legal sino encriptada por tecnologías. A las garantías no las provee un funcionario y la certificación ya no es oficial.


Las criptomonedas son el ejemplo más rutilante pero hay mucho más: certezas en identidades digitales, registro y verificación virtual de datos, nuevos contratos inteligentes, control virtual internacional del funcionamiento de las cadenas de suministro, herramientas de seguridad satelizada, votaciones a distancia en asambleas y cuerpos colectivos y la concesión de certificación del origen y acreditación de calidad de productos o de procesos sin acudir a un sello de una entidad gubernamental. Todos, casos (y hay más) de avance de lo público no estatal. Está naciendo la nueva industria de la verdad.


Y los agentes económicos le conceden creciente valor (esa reputación vale más que la oficialidad). Se trata de espacios consensuales que regulan y garantizan sin acudir al poder político nacional (¿es el sueño del orden espontáneo de Hayek?, ¿o la profecía de Borges de que algún día mereceremos no tener gobierno?).


Se está produciendo una crisis inevitable en el poder político que por definición es localizado, temporalizado (lento de reacción) y regulativo/ordenativo (se requiere un orden creacional y no uno restrictivo).


Georg Jellinek definió el poder como una relación de mando y obediencia, pero ahora la obediencia está condicionada y la autoridad es temporaria y líquida. Hasta los líderes mundiales más reputados no son ya los políticos.


Asistimos a la crisis de los viejos colectivos. Las familias ya no son núcleos uniformes de valores, las escuelas perdieron el monopolio del traspaso del saber, las empresas ya no cobijan carreras laborales vitalicias, los trabajadores son autónomos, para ser el mejor no se necesita un certificado, muchos niños ya no son simpatizantes de equipos de futbol de su país sino de otros mundiales y las iglesias pierden fieles.


¿Por qué entonces el estado como colectivo mayor no tendría una crisis?


Ante ello grupos espontáneos crean ecosistemas legitimados y las tecnologías conceden la herramienta pública no estatal. Algo consistente con una economía del conocimiento que hace intangible y móvil al principal insumo productivo.


Es un cambio sustancial, casi antropológico: la transformación del ser humano de nómada en sedentario hace 10.000 millones de años creó la civilización, pero ahora la nueva civilización se apoya en nuevos nómades -digitales- y en espacios públicos no estatales.

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El Foro es un espacio de encuentro de pensadores que, con variada pertenencia y plural mirada, reflexionan y trabajan con el anhelo de alcanzar el desarrollo de la Argentina y la unión nacional. Nuestra Patria, y en especial sus dirigentes, necesitan contar con concepciones y propuestas que se nutran en nuestras raíces y en los valores que nos engrandecieron, para superar la imposición de una ideología “progresista” que, con un discurso único y “correcto”, pareciera condicionar y atravesar toda la realidad política del país. La importancia de contar con una usina de ideas así inspirada, que revitalice el pensamiento y la acción al servicio del Bien Común, es lo que aquí nos une.

 

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