Argentina, un país desbordado por la cochambre

Por Gregorio A. Caro Figueroa -

 

Hace algunos años don Julio Caro Baroja, eminente antropólogo e historiador vasco, propuso intentar una “interpretación cochambrosa” de la historia de España. Lo hizo, quizás, hastiado del abuso interpretaciones del pasado idealizadoras, simplistas y sobrecargadas de ideologías.


Una “interpretación cochambrosa” no sólo es útil para desnudar y comprender las arrugas decadentes del pasado. También sirve para contemplar y dibujar los turbios días que padecemos en la Argentina de hoy. Aunque los fanáticos oficialistas no huelan la cochambre que produce y arroja el gobierno del que son serviles cortesanos.


Las refinadas explicaciones de la realidad, no tienen que excluir la exploración en esas letrinas, hoy obscenamente visibles, más que ocultas y subterráneas. El mayor caudal de cochambre que, a diario, se derraman sobre nuestras cabezas es el que aportan funcionarios del gobierno, sus voceros y lenguaraces aliados. Sin excluir a algunos opositores, que aportan lo suyo.


¿Qué es lo cochambroso? Ninguna autoridad más erudita que la Real Academia Española para responder. Fundada en 1713, esa Academia, ocupada y preocupada por la limpieza de la lengua, no olvida incluir “palabras malsonantes” en su erudito, pulido, antiguo y actualizado “Diccionario de la lengua española”.


Cochambre es cosa sucia, puerca, grasienta y de mal olor. Sinónimo de cochambroso son: sucio, maloliente, asqueroso, mugriento, porquería, muladar, guarro, fétido, grasiento, dejado, descuidado, desaliñado y desaseado. Cochambre es el lodo del cambalache de Discépolo, donde “estamos todos manoseaos”.


Para el “Diccionario de expresiones malsonantes del español”, cochambre es caer muy bajo, perder la dignidad. “Tanto dinero quieren amasar que caen en la cochambre”. “Tus amigos dicen que has caído en la cochambre”, ejemplifica.


La mega corrupción kirchnerista es el caso más grave de alevosía que se recuerde. Es el caso de corrupción más cuantioso, persistente e insolente. También es el más impúdico porque se consumó, y se sigue practicando, cubierto del manto de “defensa de los pobres”.

Julio Caro Baroja creyó conveniente reaccionar, con realismo crudo, ante los abusos de las monumentales y puristas reconstrucciones de historias confeccionadas con glorificaciones, santidades y heroicidades del más variado pelaje.


A esa historia tan obsesionada por la pureza de sangre, creencias, ideas e intenciones, era menester contraponer otra que no temiera reconocer y revolcarse e indagar en los estercoleros de la historia patria, hurgando en los nichos de corrupción de los mandones de turno.


Aunque fingieran ignorarla y se arrinconara en el desván de trastos viejos, historias nacionales y personales están amasadas no solo de glorias, ejemplos a imitar y grandezas: también están contaminadas de humanas miserias, corruptelas, bajezas y vulgaridades. No todo pasado fue mejor, aunque el presente siempre puede ser peor. Y, hoy, lo es.


Pasado y presente, están atravesados por episodios, actitudes y personajes cochambrosos. No pocas veces la historia se escribe torcida sobre renglones y hechos derechos.


A finales del siglo diecinueve en nuestros jóvenes países, la educación patriótica se propuso dotar a esas naciones de historias basadas en acontecimientos heroicos, acompañada de galerías de biografías de próceres y personas destacadas.


Cuando se cae en pecado de desmesura, esas historias hilvanadas con vidas ejemplares, y rodeadas de aureolas de santidad están destinadas a proporcionar al hombre común modelos a imitar.


Pero, como toda exageración, esos buenos ejemplos terminan por hacer inferiores a los hombre comunes, ciudadanos de a pie, que se ven aplastados bajo el peso de tanto pesado bronce de próceres - santos, tallados en estatuas ecuestres, cincelados como semidioses.


Aquel modo de narrar historias ejemplares, no solo ponían cuidado en excluir su costado cochambroso. Es más: esas vidas fueron tramadas como su más contundente negación. De la cochambre no se hablaba. No se guardaron memorias escritas. Fueron silenciadas. Se la ocultaron en herméticos baúles.


Esa memoria oral de la cochambre, se suele murmurar en pequeños círculos. Los trapos sucios se lavan en casa. Como trastos viejos, lo cochambroso del pasado se ocultó. Se sigue ocultando, en oscuros desvanes o se arrojan en basurales, extramuros de ciudades.


Que yo sepa nadie, entre nosotros, propuso emprender la tarea de aportar una “interpretación cochambrosa” de la historia argentina. El llamado revisionismo histórico tampoco se animó a trepar a los altillos de la mugre. Prefirió idealizar a Rosas o a los caudillos provinciales, apuntando a sus denostados personajes como Rivadavia, Sarmiento, Mitre, la masonería y al Imperio Británico.


Los catecismos populistas de nuestra historia arrojan tachos de basura sobre “enemigos” muertos, que lo son por su condición de “vende patria”, liberales y anti pueblo, Como contrapartida dan vuelta esa misma tela y se consagran a santificar e idealizar a los aquellos otros, demonizados por la "historia oficial".


Quienes se empeñaron y redujeron más en escribir la contra - historia oficial, más que refutarla y superarla, se redujeron y reducen aún, a desnudar a unos santos de los podios de la “historia oficial” para vestir y elevar a aquellos otros a altares propios.


Pero si nadie se propuso estudiar la historia desde una “interpretación cochambrosa”, no pocos aportaron y aportan cuantioso material para justificar que alguien, alguna vez, encare semejante empresa.


Ahora nosotros, argentinos de a pie, que no comulgamos con ruedas de molino, que no adherimos ciegamente al oficialismo ni a la oposición y que, tampoco somos indiferentes ni somos violentos, reivindicamos nuestro derechos a ser críticos es insumisos.


Desayunar, día tras día, con declaraciones de funcionarios K o de algunos "opositores" como Manes, con la lectura de titulares de diarios, radios y programas televisivos, nos produce asco pero no nos intimida.


La cochambre es uno de los síntomas más visible y palpable de la decadencia. Los insultos y las malas palabras, que revelan la indigencia de valores e ideas, son síntomas de esa degradación casi generalizada.


Aún ignorada, no visible y tampoco escuchada, permanece de pie esa inmensa mayoría silenciosa, pero ni pasiva ni resignada, de esa Argentina sobre cuyas espaldas cae el peso nefasto y destructivo.


Herencia de ese otro país parasitario que vive a expensas de millones de argentinos honestos, que trabajan, empeñados en construir el país. Es la Argentina invisible y silenciosa, pero no complaciente ni resignada.


Es la Argentina y los argentinos subestimados: el país los que mantienen valores, energía moral y física y trabajan para reconstruirlo, desde las cenizas, a que la que están reduciendo nuestra patria los corruptos, sus cómplices y los del silencio complaciente.


Es la Argentina, y la de los argentinos, que resistimos su degradación y demolición. Son ellos, y nosotros los mas viejos, nuestros hijos y nietos, los que construirán con sus manos y su capacidad un futuro más sano y mejor.-