Cháko Ñorairõ: un nuevo aniversario del fin de la guerra del Chaco

Por Omar López Mato - El 12 de junio de 1935 se firmó el protocolo que puso fin a la guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay gracias a la gestión, entre otros, de nuestro canciller Carlos Saavedra Lamas, premiado con el Nobel, el primer argentino y latinoamericano en recibir este galardón.

 

Entre 1932 y 1935, Bolivia había movilizado 250.000 soldados y Paraguay –país destruido por la guerra de la Triple Alianza– solo la mitad. Las bajas fueron cuantiosas (se estima que 60.000 bolivianos murieron y por lo menos de 30.000 paraguayos), no solo por las balas sino por enfermedades y la falta de agua, un recurso escaso en la zona. Esta escasez le dio a la confrontación una característica especial, los grupos que se movilizaban eran de pocos soldados que podían abastecerse con el agua disponible y defendían las lagunas y aguadas como puntos estratégicos (como lo señala en la novela “Hijo de hombre” de Agustín Roa Bastos llevada a la pantalla por Lucas Demare en 1961, donde relata la actividad de los camiones aguateros y la desesperación y locura por la deshidratación) .


Fue esta guerra, como todas las contiendas, la manifestación de un conflicto comercial. Mientras en la superficie faltaba el agua, en las profundidades del Chaco Boreal sobraba petróleo. Dos grandes compañías se disputaban el dominio de la zona: la norteamericana Standard Oil apoyaba a los bolivianos mientras Shell los intereses británicos y holandeses.


Bolivia contaba con el apoyo indirecto de los Estados Unidos, tenía una población más numerosa que la paraguaya y el empuje de su presidente Daniel Salamanca, persona culta y con carisma, quien no contó con oficiales a la altura de las circunstancias (cuatro veces cambió de comandante en jefe durante la contienda). Además los soldados bolivianos estaban completamente desmotivados, eran jóvenes bajados de la sierra que no conocían el medio hostil del Chaco ni tenían una clara idea de los motivos del conflicto y quienes eran sus verdaderos enemigos (algunos creían que peleaban una guerra civil y sus adversarios eran bolivianos oriundos de otra parte del país).


En cambio, los paraguayos contaban con menos combatientes pero más motivados, conocedores del terreno y habituados al clima, dirigidos por el entonces coronel Estigarribia, un oficial de larga experiencia y habituado a los peligros de la zona.


De una forma u otra, y a pesar de la neutralidad argentina, el gobierno nacional apoyó discretamente el accionar de los paraguayos en defensa de los importantes intereses del país en la zona, dedicados a la explotación de quebracho. Basta decir que el cuartel general de Estigarribia estaba en la fábrica taninera de Puerto Casado, de donde partía un trencito de trocha angosta que sirvió para el traslado de tropas hasta el amplio sector en la que se llevaba adelante la contienda.



Durante la estación seca, la sed hacía estragos entre los combatientes y en la estación húmeda (de diciembre a mayo) los caminos eran intransitables por el barro y las crecidas de los cursos de agua .


Las hostilidades comenzaron con un ataque sorpresivo del ejército boliviano al fortín Carlos Antonio López sobre la laguna Pitiantuta. Si bien los paraguayos debieron retroceder, un mes más tarde el fortín fue recuperado por los guaraníes. La guerra que creían que duraría pocas semanas, se extendió en el tiempo a pesar de las dificultades económicas que sufrían ambos países. Bolivia vivía una crisis por la baja del precio del estaño y otros metales debido al crack del 29. A pesar de estar preparándose para este enfrentamiento, Bolivia no contaba con todo el material bélico que le había comprado a la empresa británica Vickers y hasta sufría escasez de combustible porque la empresa Standard Oil contrabandeaba petróleo a Argentina por un oleoducto ilícito.


Paraguay reaccionó oportunamente y, a pesar de no contar con la cantidad de vehículos necesarios, Estigarribia planeó un ataque envolvente en la zona de Cañada del Carmen, táctica que se repitió hasta el fin de la contienda en las distintas batallas que la jalonaron. Boquerón, Fortín Arce, Ramírez, Castillo, Lara fueron los sangrientos combates que marcaron el implacable avance del ejército paraguayo.

Los comandantes bolivianos eran periódicamente reemplazados por el presidente Salamanca. El general Osorio fue reemplazado por Lanza, pero había un consenso popular que pedía la designación del general Hans Kundt, el oficial alemán veterano de la Primera Guerra que había organizado al ejército boliviano siguiendo el modelo prusiano.


Este asumió la conducción del ejército en 1934 pero después de las derrotas de Alihuatá y Campo Vía, fue destituido y Kundt volvió a Alemania. Murió en Suiza de 1939, días antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial.


Tan desesperado estaba el gobierno boliviano que estuvo a punto de iniciar una guerra biológica infectando las lagunas chaqueñas con el Vibrión Colérico, cosa que hubiese sido un desastre no solo para el enemigo sino para la población local y los mismos bolivianos quienes también sufrían la falta de agua.


Desde finales de 1933 tanto Argentina como Brasil propusieron una solución pacífica al conflicto. Si bien Paraguay aceptó el arbitraje desde un inicio, Bolivia persistía en su actitud beligerante, pero las cuantiosas pérdidas, especialmente en la rendición de Campo Vía con 2.500 muertos, 7.000 prisioneros y gran cantidad de armamentos (que incluía hasta tanques Vickers) hicieron dudar a las autoridades bolivianas quienes, aún ante estás nefastas experiencias intentaron otra ofensiva con una masiva conscripción de soldados y la entrega del mando al general Toro. Éste logró una victoria significativa en Cañada Strongest.


El nuevo equilibrio convenció al presidente Salamanca de iniciar algún tipo de acuerdo diplomático. Mientras se discutían las condiciones, Paraguay volvió a tomar la iniciativa y nuevamente lograron una serie de victorias, especialmente en la batalla del Carmen y la caída del fortín Ballivián. La situación de los soldados bolivianos se hizo desesperante por la falta de alimentos y la sed que los atormentaba. No eran raros los suicidios por la inestabilidad psíquica que produce la deshidratación. La insubordinación cundía entre los rangos y hasta hubo un intento de asesinar al comandante Toro, jefe de las tropas bolivianas, por sus propios hombres.


El 12 de junio de 1935 se firmó en Buenos Aires el protocolo de paz entre Paraguay y Bolivia por esta contienda que costó decenas de miles de muertes y un terrible esfuerzo monetario en dos naciones que sufrían severos problemas económicos. Por su convocatoria a la paz, el canciller argentino Carlos Saavedra Lamas (descendiente de Cornelio Saavedra, casado con la hija del presidente Roque Sáenz Peña) recibió el Premio Nobel de la Paz –ante la consternación del presidente Justo–.


Mediante la firma de varios acuerdos, Paraguay conservó el 75% del territorio en disputa, aunque Bolivia pudo acceder al río Paraguay.


Quizás la mejor definición de este conflicto confuso y espantoso la dio al autor boliviano Augusto Céspedes refiriéndose al enfrentamiento como: “Crónica heroica de una guerra estúpida”.