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Cruje el sistema de partidos

Por Miguel Ángel Iribarne -

 

Desde la puesta en práctica de la Ley Sáenz Peña la Argentina se caracterizó por una tendencia diríamos estructural hacia la bipolaridad en sus comicios presidenciales. En ocasiones se trató de dos partidos lisos y llanos; en otros de un partido y una coalición o de dos coaliciones: radicales y conservadores (en su caso la Concordancia), peronistas y radicales (con el paraguas de la Union Democrática), peronistas y radicales nuevamente, radicales intransigentes y radicales del pueblo, otra vez peronistas y radicales…reiteradamente interrumpido su juego –desde ya- por las intervenciones militares. En todos estos casos la suma de sufragios de los dos actores principales osciló entre el 75 y 95 % del total de votos emitidos (incluyendo los votos en blanco que fueron significativos en 1958 por la proscripción del justicialismo).


Después del abandono del poder por la última de tales intervenciones castrenses se abre un proceso, próximo ya a las cuatro décadas, que puede dividirse –en cuanto al tema que nos concierne, en dos tramos sensiblemente similares: uno incluye las elecciones de Alfonsín, Menem en dos ocasiones y De la Rúa; el otro comienza en 2003 y está, presumimos, a punto de concluir. La configuración de la oferta política en la Argentina, que no otra cosa son los sistemas de partidos, parece hoy deslizarse hacia un traumatismo En el primer tramo se había repetido el patrón bipolar; en el segundo éste se descompone. La solución de continuidad se produce con las protestas populares masivas de fines de 2001 y cristaliza institucionalmente en la elección presidencial de 2003. En ella nada menos que cinco candidatos se escalonan entre el 25 y el 15 % de los votos, consagrando el estallido de las dos estructuras partidarias previamente determinantes.


Allí empieza otra historia, la que quizás hoy esté llegando a su fin. El peronismo se convierte de sujeto en objeto de las conductas políticas a través de su cooptación por por el elenco kirchnerista, pero ello, al menos le permite salvar el grueso de su aparato. La UCR, en cambio, no logra ubicar un candidato presidencial propio en los dos primeros puestos de las elecciones presidenciales de 2007, 2011, 2015, 2019 y 2023. En la primera de ellas escolta a un peronista disidente, Roberto Lavagna. En la segunda se ve desplazada por el socialista Hermes Binner. En la tercera se convierte en accionista minoritario de la coalición liderada por Mauricio Macri, y lo mismo ocurre en 2019. La otra peculiaridad radica en que en los tres primeros casos terceras fuerzas se situaron, en la primera vuelta. entre el nivel del 15 y el 22 % de los votos emitidos. Entrada la segunda década del siglo asoma una aparente tendencia hacia la recuperación de la bipolaridad, en este caso no en forma de bipartidismo, sino de “bicoalicionismo”. El Frente de Todos y Juntos por el Cambio suman en la elección presidencial de 2019 el 88 % de los sufragios, y mantienen el 74 % aún en comicios legislativos en 2021.


Sin embargo, ya a esa altura está en marcha la alternativa que llegará a eclosionar espectacularmente en las PASO de agosto 2023. Como lo anticipara CFK las mismas resultan una elección de tercios, aunque con la peculiaridad de que el tercio mayor corresponde precisamente a la fuerza inexistente cuatro años atrás. Y con la otra característica de ser la única que no debe sufrir ningún doloroso trabajo de parto en su candidatura. Las coaliciones preexistentes reducen al 55 % su votación.


El escenario próximo parece apuntar a la fragmentación. No sólo por los datos numéricos ya referidos, sino –sobre todo- por las tendencias centrifugas que alientan en las fuerzas políticas y amenazan particularmente a las que resulten perdidosas.


En efecto: en caso de acceder Javier Milei a la Presidencia, tanto Juntos por el Cambio como Unión por la Patria experimentarán, sin duda, fuertes cimbronazos. En el primer caso es probable la disgregación lisa y llana de la coalición, proceso empujado por un radicalismo empeñado en recuperar su identidad de “centro”. Aunque tampoco puede descartarse que la propia UCR sufra serias convulsiones internas como efecto de tal proceso. En el magmático campo del peronismo y sus adyacencias de izquierda, seguramente no se desperdiciaría la oportunidad de pasarle factura a Sergio Massa, aunque el propio kirchnerismo difícilmente salga indemne de la eventual derrota.


Si Milei fracasara en su empeño, la fragmentación de LLA estaría abonada por el mismo carácter aluvional de su constitución, que permite conjeturar comportamientos variados entre los cuarenta o cincuenta diputados que pueda conseguir el 22 de octubre.


En suma, un cuadro de desconfiguración del sistema de partidos, cuadro que probablemente preludie un nuevo ordenamiento de la oferta política, más congenial respecto de las inclinaciones reales de los votantes y las diversas subculturas políticas.

Esta reconfiguración constituiría uno de los factores más significativos –para bien o para mal- del futuro inmediato de la gobernabilidad argentina.-

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