Degradación estructural del peronismo

Por Miguel Ángel Iribarne -

 

La Ciencia Política utiliza diversos criterios para clasificar a los partidos. Uno de ellos es el relativo a su origen y formación. De acuerdo a él, los divide en partidos de formación endógena(o interna) y exógena (o externa). Ahora bien, interna o externa respecto de qué? La respuesta es simple: respecto del sistema de poder instalado. En tal perspectiva los partidos surgidos desde el poder pertenecen a la primera categoría y los emergidos “desde el llano” a la segunda.

En nuestra historia hay casos bastante claros. El Partido Autonomista Nacional, aparato político de la República conservadora fue un típico “partido endógeno”, como que surgió del presidente Nicolás Avellaneda, con el apoyo porteño de Adolfo Alsina. La Unión Cívica Radical, en cambio, surge “desde el llano”, de la fragmentación de las fuerzas antirroquistas que concurrieran a la Revolución del Parque. Igualmente exógeno es el origen del Partido Socialista.

Y aquí –como bajo otros aspectos- el Peronismo resulta difícilmente clasificable. En realidad la conformación de las fuerzas que sustentarán la candidatura del Cnl. Perón el 24 de febrero de 1946 reconoce un origen dual: desde arriba se trataba nada más y nada menos que de articular la pervivencia de “los hombres del 43” ya en un contexto constitucional, y desde abajo se expresaba en la ola de sindicalización que desemboca en la formación del Partido Laborista y rompe la dominación social-comunista sobre el gremialismo. La idea de una revolución “desde arriba” había animado a quienes forjaron el GOU y a quienes trabajaron en el Consejo Nacional de Postguerra. Paralelamente, la aparición del Laborismo -como apunta Fernando Klappenbach en un reciente libro- constituye la irrupción del “primer y único partido de base obrera de la historia argentina”. Esta confluencia desde una notable dualidad genética dará origen a la imagen casi surrealista que el Peronismo ofrece a los historiadores y politólogos extranjeros que se asoman al fenómeno.

No es este el momento de analizar las peripecias registradas entre la primera de las fuerzas generadoras y su creatura, que –por lo demás- resultó razonablemente consistente hasta aproximadamente 1954. Confiemos en que haya otra ocasión para ello. Sí nos importa hoy aludir al vínculo entre la organización de los estratos sociales subalternos y la estructura política que reivindicó a lo largo del tiempo el rótulo de “peronista”. Y en este punto corresponde decir que la sindicalizacióm acelerada producida en 1944/45 en algunas actividades industriales y de servicios, así como el paso de organizaciones ya existentes hacia las tiendas del Peronismo fueron correlativas con la expansión del peso de aquéllas actividades en el conjunto de la economía argentina de la época, expansión ciertamente iniciada en la década precedente. De allí que resulte ligero imputar la “peronización” del sindicalismo y su mayor gravitación en el sistema político a meras artes de manipulación: el crecimiento de la movilización social ascendente en la segunda mitad de los ’40 constituye un fundamento in re de tales mutaciónes.

Desde entonces, y hasta que la transformación del orden económico internacional fue erosionando -sin respuestas suficientemente consistentes- el modelo interno, el Peronismo expresó exitosamente a los trabajadores de los diversos sectores generadores de riqueza, es decir, a las amplias capas productivas del país. Es ésta la situación presente? La puja de poder cada vez más desmadrada que observamos en la actualidad discurre en ese ámbito? Ciertamente no. El enfrentamiento discursivo y las demostraciones de fuerza callejeras que ocupan espacios dominantes en los medios masivos tienen otros actores. Por un lado organizaciones políticas que más se parecen a oficinas de colocaciones en el Sector Público. Por otro agrupamientos en que se amparan millones de compatriotas reducidos –por unas u otras razones- a niveles de baja o nula productividad. El forcejeo se produce sobre la renta generada, básicamente por el Sector Privado, y reduce el conflicto político a una pelea por impuestos y subsidios.

Si proyectamos las dinámicas presentes podríamos inferir que la economía podrá crecer todo lo que la presión fiscal le permita y nada más; que el sector improductivo o bajamente productivo seguirá expandiéndose tanto y cuanto aumenten los recursos fiscales para subsidiarlo y que la lucha política se centrará, fundamentalmente, en la apropiación de tales recursos para direccionarlos.

A menos que… A menos que se produzca el cambio que conduzca a la dirección del país a una Derecha popular y enérgica que revierta decididamente la decadencia. Quienes lo esperan son ya mayoría. Todavía no aparece, sin embargo, la minoría organizada que sea no sólo capaz de ganar, sino de gobernar.