Después de Kiev

El destino de Ucrania y los "grandes espacios".


Por Miguel Ángel Iribarne

Para Foro Patriótico

 

Han transcurrido veinte días, al escribir estas líneas, desde el momento en que Rusia invadió a Ucrania. A lo largo de ese tiempo la atención del mundo se ha centraliado en la inminente caída de Kiev, como símbolo de la anulación del Estado ucraniano. Pero las jornadas transcurrieron y hoy muchos especialistas sugieren que quizás Putin no intente ingresar con sus blindados en la capital, lo que lo arriesgaría a las mil y un insidias de la lucha callejera y la guerrilla urbana. Que quizás prefiera ahogar, y paulatinamente vaciar, a la capital, que hoy ha perdido ya aproximadamente el 60 % de su población. En el momento en que el gobierno de Ucrania pierda el control y la coordinación de lo que queda de sus fuerzas coactivas y demás servicios estatales, la guerra –al menos el tipo de guerra que hemos estado presenciando- habrá tocado a su fin.


Ello no implicaría asegurar que por entonces cese el conflicto, incluso el conflicto armado. Pero en adelante el mismo podría revestir rasgos más parecidos a lo ocurrido en las últimas décadas en Iraq o Afganistán, en Siria o en Libia, que a los enfrentamientos de masas y material militar que asolaron a la misma Ucrania hace ochenta años.


En cualquier caso, la raíz de la guerra de Ucrania y el destino de este atormentado país sin duda tiene que ver con su situación geopolítica, tal como fué oportunamente advertida en su momento por tres destacados intelectuales –y al propio tiempo policy-makers- de los EEUU, como Samuel Huntington, Zbigniew Brzezinski y Henry Kissinger, los dos primeros asesores de gobiernos demócratas y el último asesor y luego Secretario de Estado de administraciones republicanas.


Huntington, como hoy es bien sabido, desarrolló originalmente sus ideas sobre el choque de civilizaciones en un artículo publicado en 1993 en Foreign Affairs , convertido rápidamente en una obra más amplia. Sin embargo, recién los atentados de setiembre de 2001 atraerían sobre el libro la atención que merecía de la opinión pública, al comenzar a descubrir los occidentales que no solo los Estados podían ser sujetos de hostilidad, señores de la paz y de la guerra, sino las mismas culturas, normalmente nacidas de, o permeadas por, diversas concepciones religiosas. Según la visión de Huntington, entre las ocho civilizaciones que él distingue en el mapamundi, existen zonas de falla, que resultan particularmente polemógenas por rozarse en ellas influencias civilizacionales- y correlativos sistemas de poder- divergentes. El ilustre académico ubicaba a Ucrania en una de tales zonas, concretamente en aquella en que confinan la civilización “eslavo-ortodoxa”, a la que en principio pertenecería, con la “occidental”, que comienza en Polonia y Hungría. Naturalmente, las civilizaciones no coinciden rigurosamente con los límites de la geografía política, lo que genera situaciones más bien esquizoide, como la que tenemos bajo análisis. Aquí la falla pasa por la misma Ucrania, que, en sus fronteras actuales alberga dos almas: una que mira históricamente hacia Rusia y otra que, aún incluyendo a muchos ortodoxos y rusófonos, se siente secularmente atraída por Occidente, y, muy específicamente por Polonia, que en el pasado integró parcialmente. La otra claramente inclinada a la unión de “todas las Rusias”. Si bien el concepto de “civilización” en Huntington es de diversa naturaleza y su mapa no se superpone con el de Carl Schmitt, uno noi puede dejar de percibir en las tesis del primero cierta resonancia de la doctrina schmittiana de los “grandes espacios”, expuesta por su autor en plena II Guerra Mundial, cuando el rencor de las SS lo había constreñido casi a un exilio interno por “católico y amigo de judíos”. Sobre este riquísimo filón volveremos en ocasión próxima.


Frente a estas constataciones es interesante observar las distintas concepciones de la gran estrategia estadounidense ulteriormente encarnadas por Brzezinski y Kissinger. El primero de ellos –por lo demás de ascendencia polaca- , en su obra The Grand Chessboard (1997), además de aseverar que la pérdida de Ucrania fue “geopolíticamente pivotal” y también “catalítica” en la descomposición de la URSS, traza las líneas de lo que considera debe ser el futuro de la Alianza Atlántica, e indica que “en las circunstancias corrientes, la expansión de la NATO de modo de incluir a Polonia, la República Checa y Hungría –probablemente hacia 1999- aparece como posible. Luego de este paso inicial pero significativo, es plausible pensar que cualquier expansión de la alianza será coincidente o consecutiva a la expansión de la Unión Europea(…) en cualquier caso, luego de que los primeros tres nuevos miembros de la NATO se hayan también incorporado a la Unión Europea, tanto uno como otra deberán plantearse la cuestión de extender la membresía a las repúblicas bálticas, Eslovenia, Rumania, Bulgaria y Eslovaquia, y, quizas también, eventualmente, a Ucrania.” El designio, pues, al menos como probabilidad expresamente contemplada, data de hace un cuarto de siglo.


Henry Kissinger, honrando a la tradición del realismo político a la que se lo asocia desde su ya famosa tesis sobre Metternich, ha sido más matizado en la consideración de la cuestión. Para el ex Secretario de Estado, según un trabajo ya publicado en 2014, es notoria la coexistencia dentro de Ucrania de los dos espíritus a los que antes aludimos, agregando que “cualquier intento de dominación de un ala sobre otra conduciría a una guerra civil o a una ruptura”. “Muy frecuentemente - agrega Kissinger- el problema de Ucrania es planteado como un enfrentamiento: si Ucrania se une al Oriente o al Occidente. Pero para que Ucrania sobreviva y prospere, no se le debe colocar como un pilar de conflicto de un bando contra el otro, sino que debería funcionar como un puente entre ambos . Rusia debe aceptar que tratar de forzar a Ucrania a convertirse en un estado satélite, y por lo tanto, mover nuevamente las fronteras de Rusia, condenaría a Moscú a repetir sus históricos procesos recíprocos de presión con Europa y los Estados Unidos. Occidente debe entender que para Rusia, Ucrania nunca será simplemente un país extranjero. La historia rusa comenzó en lo que se conocía como el Kievan-Rus. La religión rusa se expandió desde ahí. Ucrania ha sido parte de Rusia por siglos y sus historias han estado entrelazadas desde antes. Algunas de las más importantes luchas por la libertad rusa- comenzando por la Batalla de Poltava en 1709- fueron libradas en suelo ucraniano. La Flota del Mar Negro -el medio de Rusia para proyectar poder en el Mar Mediterráneo- tiene su base a largo plazo en Sebastopool, en Crimea. Incluso disidentes conocidos como Aleksandr Solzhenitsyn y Joseph Brodsky coincidieron en que Ucrania es una parte integral de la historia rusa y, en realidad, de Rusia”. Para el viejo diplomático, Ucrania no debería ingresar a la NATO. Su destino natural es el de Estado-tapón”, en el mejor de los casos “Estado-puente”, entre el mundo ruso y el centroeuropeo. La alternativa sería el desgarramiento y la escisión.


A esta altura de los acontecimientos, concluya rápidamente el conflicto o se prolongue bajo formas cada vez más extrañas a la guerra clásica, perdure o no Zelensky, la cuestión ineludible para los policy-makers globales permanecerá siendo la misma: se refiere al sitio y al rol de Ucrania. Lo que implica aceptar el sitio y el rol propios de Rusia. La sombra de Versalles se proyecta ominosamente sobre estas consideraciones.