Dinámica de las revoluciones








El conflicto político violento se manifiesta en muchas ocasiones en el interior de la unidad política a través del fenómeno de la revolución. Somos claramente conscientes del carácter polisémico de tal palabra, por lo cual, antes de internarnos en el tema, queremos dejar establecida la definición a la que nos atenemos, que es la del ilustre sociólogo francés Jules Monnerot. Escribe dicho autor: “Se trata de un cambio violento, a primera vista radical y completo, del régimen político, cambio que aparece a los observadores (…) como expresión de otros cambios más profundos. Se trata de esos cambios que se designan globalmente bajo el nombre de cambios sociales. Los cambios sociales más manifiestos se refieren a la repartición de la riqueza”(19). Para los politólogos, y para muchos historiadores, el estudio de las constantes o regularidades que pueden observarse en ese tipo de procesos constituye uno de los desafíos más atractivos de su investigación.





El abordaje realizado por Monnerot de la materia revolucionaria parte de aplicar la inducción, a través del método histórico-comparativo, a tres grandes revoluciones europeas: la Inglesa del siglo XVII, la Francesa de 1789 y la Rusa de 1917. Se trata de procesos especialmente significativos no sólo por la importancia de las naciones en que se desenvolvieron, sino porque las tres resultaron procesos modélicos, en cuanto sus orientaciones fueron en mayor o menor grado imitadas en muchos más países: el régimen parlamentario en unos, la república democrática en otros y finalmente en muchos el sistema monopólico comunista.


El historiador estadounidense Crane Brinton ha escrito una obra metodológicamente paralela a la de Monnerot, con la peculiaridad de que incluye también en el campo de observación a la “Revolución” de su país (20). Esta opción ha sido criticada por varios politólogos, los cuales entienden que en los EEUU se dio simplemente un movimiento secesionista respecto de la metrópolis británica, sin que en su orden interior se produjese la transformación política y socioeconómica operada en los otros casos bajo análisis.


La intención de Monnerot es la de descubrir si, por debajo de las obvias diferencias históricas entre las tres revoluciones mayores, existe algún tipo de estructura interna analógica, común a tales procesos, que se manifestaría en ciertas dinámicas y en determinadas fases que convertirían a las revoluciones en una de esas “regularidades” que Gianfranco Miglio consideraba el contenido propio de la Ciencia Política.


Comencemos por la definición antes propuesta. La revolución implica, naturalmente, una mutación. Pero no una mera mutación de las personas que ocupan el elenco gobernante, sino del régimen mismo. Esta mutación implica necesariamente el uso de algún grado de fuerza o violencia, que en algunos casos es meramente “quirúrgico”, mientras en otros se dilata en hostilidades prolongadas. El autor alude con cierta ironía al hecho de que el cambio parece “a primera vista radical y completo”, porque sabe que, con gran frecuencia, subsisten en los equipos gestores del nuevo orden personajes pertenecientes al Ancien Régime. Finalmente queda claro que no hay revolución cuando las transformaciones se agotan en el escenario político, sino solo cuando alcanzan a la distribución de los bienes, además de repercutir sobre la asignación de prestigio o status y sobre la misma fórmula política (Mosca) imperante.

¿Qué es lo que puede observarse en las “vísperas” revolucionarias, acordando naturalmente a esa palabra una magnitud temporal suficientemente elástica? Los pródromos de una explosión revolucionaria permiten detectar dos rasgos típicos: uno de naturaleza sociológica y otro de cariz ideológico. El primero es el bloqueo en la circulación de las élites (Pareto). Las élites gobernantes aparecen como abroqueladas frente a la demanda ascensional de los nuevos dirigentes que la sociedad continuamente segrega. Hombres pudientes, ilustrados y con dotes de mando se sienten imposibilitados de acceder a un lugar bajo el sol del sistema político. La Corte de los Stuart no deja espacio a la Gentry inglesa, la antigua nobleza de Francia no se asocia ni se casa con los burgueses, la burocracia zarista frustra las expectativas “occidentalistas” de industriales, comerciantes y profesionales en Rusia. Es en estos sectores a un tiempo ambiciosos y decepcionados donde se incubará la revolución.


A este proceso acompaña un fenómeno cultural: el desgaste y final caducidad de la “fórmula política”, es decir, del discurso justificatorio del mando. Las doctrinas y mitos que cumplían esa función se ven progresivamente desacreditados, al menos en los ámbitos más vivos de la opinión pública (concepto, este último, que empieza a adquirir especial relieve). Así, el pretenso absolutismo “a la francaise” de Carlos I pierde pié frente a la reivindicación de antiguas libertades por parte de los parlamentarios; así los privilegios de sangre –incluso de origen étnico- enarbolados por la aristocracia francesa comienzan a ser rechazados, cuando no ridiculizados desde los libelos hasta el teatro; así la autocracia tradicional de los Zares pierde su sustentación en los sectores económicos e intelectuales de Rusia desde comienzos del siglo XX.


La combinación de los dos procesos a que aludimos se vuelve explosiva cuando al gobierno se le plantea una cuestión estratégica que es incapaz de resolver. El rey inglés no puede obtener el dinero necesario para levantar un Ejército que le permita intervenir en las disputas continentales, allí donde no basta la Armada “…that rules the waves…”. Luís XVI no logra doblegar la voluntad de la nobleza de modo de obtener los tributos necesarios para salvar a la monarquía de la bancarrota. Nicolás II comprueba en primera persona la obsolescencia de su administración y su infraestructura frente al reto de la I Guerra Mundial. En todos los casos estamos ante la impotencia del Poder, o, en términos muy argentinos, frente a una crisis de gobernabilidad…


Este es el punto de inflexión en que procesos de años o aún de décadas se precipitan aceleradamente y aparece la violencia, de duración por entonces imprevisible. Durante un período que puede ser de días, meses o años se produce la dualidad de poderes. Desde dos instancias gubernativas contrapuestas se intenta justificar el mando y reclamar la obediencia de la población: el Rey y el Parlamento en Gran Bretaña, el Rey y la Asamblea Nacional (ex Estados Generales) en Francia, el Zar y la Duma (Parlamento), luego la Duma y los Soviets en Rusia. Arranca entonces el período –omnipresente en las revoluciones- de lo que Monnerot llama la efervescencia, una etapa en que los cuadros sociales se tambalean y masas disponibles para la acción ocupan el espacio público, atentan contra los exponentes del poder preexistente, despojan a los propietarios, etc. Es la fase de mayor exaltación ideológica y está teñida, incluso, de reclamos utópicos.


El retroceso y caída final del Antiguo Régimen puede demorar días, como en Rusia, o años como en Inglaterra y Francia. Entretanto los revolucionarios libran sus propias luchas intestinas entre moderados (feuillants, constitucionales en Francia, liberales y socialdemócratas en Rusia) y extremistas (jacobinos en la primera, bolcheviques en la segunda) (21). Los segundos jaquean y apremian a los primeros aprovechando su dominio de los comités, los soviets, la calle… Pero no son esas masas las que dirigen estratégicamente la revolución. En realidad se trata de instrumentos a los que echan mano los núcleos rupturistas para alcanzar objetivos estratégicos que debiliten al poder existente.


El acceso de los más radicales al control del gobierno da inicio a un periodo que combina la mayor crueldad en la opresión política con un puritanismo moralizador que denigra el lujo y los placeres. Es el “reino del Terror y la Virtud” según la espléndida frase de Brinton. Este rigor, a corto o mediano plazo, constituirá uno de los factores de agotamiento de la etapa de la efervescencia. La gente no puede vivir por demasiado tiempo en un estado de hiperpolitización. El rigor produce fatiga. La sociedad no puede instalarse en él.


Llega la bajamar. El reflujo da lugar al establecimiento de un orden, orden que se coproriza en un líder carismático: Cromwell, Napoléon (“la revolución est finie”), Stalin. Los logros de la revolución se consolidan y transforman en sistema. Ciertamente no es el antiguo orden, pero es más eficaz que aquél para exorcizar nuevas tentaciones revolucionarias. Las promesas iniciales apuntaban a suprimir la diferenciación y la estratificación sociales. La diferenciación y la estratificación susbsisten, pero son otras. Aquellos que han quedado detenidos en las utopías originarias (levelers, ultrajacobinos, trotskistas) denuncian el nuevo curso como burocratización, si no como traición, y su futuro político consistirá en el culto permanente de la “revolución frustrada”.


Intentemos aplicar analógicamente la visión de Monnerot al movimiento argentino de 1810. Cuando aún una decisión de ese género estaba lejos de las intenciones de la mayor parte de los actores, el bloqueo en la circulación era ya percibido a través de la supremacía de la burocracia virreinal sobre los círculos comerciales y ganaderos criollos. El discurso justificatorio de los Borbones, por su parte, abrevaba en una suerte de “despotismo ilustrado” ajeno al Derecho indiano. Estas disfunciones se convertirán en elementos dramáticos cuando, en 1806 y 1807, ante las invasiones inglesas, los porteños comiencen a percibir que el poder establecido es ya incapaz de protegerlos, experiencia que se agravará en 1808 cuando el trono español caiga en manos de la familia Bonaparte. En 1810 explota la dualidad de poderes, que a partir de allí enfrentará, en una verdadera guerra civil hispanoamericana, a los juntistas contra los virreinales (Montevideo, Alto Perú), todo ello sumado a la efervescencia prodigada en el Litoral por el artiguismo. Casi dos décadas de conflicto político que se cierran con la dictadura de Rosas, el Restaurador. Pero no nos equivoquemos: el orden ha retornado, pero no es el mismo del 24 de mayo.


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El Estado parece desvanecerse ante el trauma de una revolución. Y, sin embargo, la historia nos enseña que, una vez restablecido su imperium, tiene más fuerza y competencias más extensas que antes del estallido revolucionario. Una visión superficial podría inducirnos a pensar, con escepticismo, que la revolución simplemente conduce de un orden a otro a través del desorden. Pero el orden resultante es diverso. Tanto la composición de las élites gobernantes como la estructura económica y el sistema sociocultural imperante han mutado. Por otro lado, el resquebrajamiento o derrumbe liso y llano de las jerarquías tradicionales y la adopción de nuevas técnicas de dominación surgidas de la experiencia de la guerra civil conduce a formas estatales más sólidas que la estructura precedente. Cromwell tiene más poder que Carlos I, Napoleón que Luís XVI, Stalin que Nicolás II y, ni qué decirlo, Rosas que Cisneros. La revolución ha sido funcional al crecimiento cualitativo del Estado.