El 8M y la consagración del feminismo tutelar

Por Karina Mariani

Publicado en La Gaceta el 8 de Marzo del 2021


Hay elementos profundamente desconcertantes en el evento mundial al que llamamos 8M. La reivindicación feminista que atraviesa la primera mitad del siglo pasado era una demanda al sistema. El sufragio femenino, la igualdad de derechos laborales o la equidad de poder sobre los hijos eran algunas de las demandas. Vale decir que, desde la sociedad civil, se demandaba al poder, o al sistema o al statu quo, que reconociera para hombres y mujeres la igualdad ante la ley. Punto. Eso se logró del lado occidental del planeta.





El gran logro de las manifestaciones feministas fue, justamente, que el Estado reconociera que no existen diferencias desde la concepción jurídica, entre las personas por la portación de órganos sexuales. Vale decir que las manifestaciones de otrora fueron exitosas y consecuentes con el criterio de que se trataba de un instrumento de protesta y demanda de abajo para arriba, destinado a modificar algo que el poder no reconocía. Entonces: ¿Cuál es el sentido de las manifestaciones del 8M promovidas mundialmente desde los Estados? Porque si ya están logrados los derechos otrora demandados ¿qué cosa son las manifestaciones del 8M?

¿Cómo entonces los gobiernos pueden imponer políticas públicas si cualquiera puede ser mujer con sólo desearlo?

Nos encontramos ante eventos sostenidos, publicitados y financiados por los Estados. El mainstream se autocongratula de una fecha cuya petición inicial ya fue ampliamente saldada. Ya no se trata de una expresión de abajo hacia arriba, se trata de un dogma de arriba hacia abajo, destinado a justificar una serie de premisas complejas: que la mujer es mejor que el hombre, que el hombre es naturalmente violento y opresor, que la mujer es más débil que el hombre y necesita tutela estatal a traves de una agresiva intervención de discriminación positiva, que la condición de mujer o varón es un constructo cultural que debe ser deconstruído, que cualquiera que se perciba mujer tiene derecho a ser tratado como tal y por ende percibir la misma discriminación positiva tutelada por el poder.


Estas afirmaciones, y las contradicciones lógicas que de ellas se derivan, no son un impedimento para que el artefacto ideológico que es el feminismo radical y su axioma ecuménico: la ideología de género, sigan cosechando poder y dinero y generando todo tipo de directrices.


El 8M es una jornada instrumental y artificial que usa de excusa a la mujer para legitimar una ideología que rompe con lo más sagrado del pacto democrático: la premisa de que todos tenemos los mismos derechos y obligaciones ante la ley. Vale decir que lo que las luchas feministas habían logrado del lado occidental del planeta, está siendo corrompido, en nombre de esas luchas, destrozando la base misma de occidente.


El 8M es una jornada guionada y financiada desde el poder, una obra de arte de la ingeniería social que ha desvirtuado una antigua demanda para continuar con la política fiscal extractiva que requieren ministerios, secretarías, leyes y regulaciones que necesitan dinero y cargos para la políticas de género. El 8M es propaganda política, ni más ni menos. Para dejarlo en claro: ¿qué reivindicación o protesta es legítima si es el mismo poder el que auspicia las marchas?


Pero no es sólo económico el artificio. Acá la degradación es más profunda. El 8M determina un colectivo: el femenino. Como todo determinismo es soberbio y es irrespetuoso. Sostiene que el universo de las mujeres comulga con los mismos males, los mismos deseos, los mismos gustos y tragedias. La identidad colectiva que pretende representar a las mujeres nos quita el discernimiento propio, se lo autoadjudica, y obra luego en representación de un grupo al que estamos sumadas todas, nos guste o no. No tenemos la libertad de renunciar a esa representación. En poco menos de un siglo dimos una vuelta del fatua, que nos supone unas tontas perdidas que pasamos del yugo del macho al yugo del Estado. Un yugo reloaded, porque nos siguen considerando víctimas eternas pero para que nos cuiden ¡tenemos que pagar!

Si nunca se va a lograr que la totalidad del público objetivo se sienta satisfecho, esto asegura la permanencia de estas política

No existe actualmente diferencias por sexo en las leyes, tampoco en los convenios laborales, ni en otros contratos sociales. De hecho, hay sobradas instancias de denuncia si alguien se topa con una discriminación de ese tipo. Cuando se presenta este debate la retórica del feminismo rentado es que se trata de una discriminación de cristal, invisible al ojo insensible. No se plasma en las leyes ni está estipulada claramente sino que subyace en actitudes, en el poco acceso que tienen las mujeres de extractos sociales más bajos o de la poca educación de algunos sectores al conocimiento de sus derechos. En resumen, que las mujeres que gozan de la igualdad son las privilegiadas citadinas burguesas (agregue aquí su adjetivo preferido). Pero entonces y avalando esta premisa, no se trataría de una reivindicación feminista sino clasista típica. Un 8M especial o una lucha feminista para la “mujer pobre” digamos. Y acaso ¿la mujer pobre no comparte demandas con el hombre pobre?


Para el feminismo tutelar cualquier padecimiento social es peor en mujeres que en hombres. Sostiene que la diferencia de roles mantiene un esquema de dominación sobre las mujeres ontológicamente oprimidas. Por eso considera que es el rol del Estado, aka los gobiernos, quienes tienen el mandato de alterar dicha opresión por imposición legal. De esta deriva surgen regulaciones y leyes destinadas a combatir las masculinidades, aún las pequeñas como indicar una dirección, rascarse la barba o direccionar la vista hacia una mujer atractiva. Por eso la sociedad occidental se empeña en una carrera legislativa que imponga la deconstrucción de toda condición masculina desde la educación a los medios, pasando por absolutamente cualquier cosa como el lenguaje, el entretenimiento, o la distribución de las tareas domésticas. Quienes proclaman esto no pueden desconocer lo estulto de la premisa. La idea de que sea el Estado quien determine como se deben lavar los platos u ordenar un living supone, de nuevo, la negación de toda individualidad hasta en los aspectos más íntimos. Pero lo que obra acá no es la lógica sino la improbabilidad de la meta: si nunca se va a lograr que la totalidad del público objetivo se sienta satisfecho, esto asegura la permanencia de estas políticas.


Es un feminismo bastante más pillo que el de nuestras abuelas. El voto femenino se puede alcanzar y con eso dar por concluida la batalla. Pero la felicidad subjetiva de todas las mujeres o de todas las personas que se sientan mujeres da para presupuestos y cargos infinitos.


El aspecto más vil del feminismo tutelar es la vuelta al puritanismo sexual. En la frenética carrera por negar la femineidad se abomina de la belleza, la sensualidad de las curvas, los trabajos que se basen en el aspecto femenino como el modelaje, la publicidad de marcas y productos asociados al atractivo femenino, las manifestaciones pictóricas que exalten la hermosura o la sensualidad, los concursos de belleza. La condición femenina que vienen a defender, curiosamente, les molesta y buscan que permanezca oculta por voluntad de unos pocos que nos censuran por nuestro “propio bien”. El feminismo tutelar estigmatiza la sexualidad a la que considera opresiva y sólo deseada por el varón. Por eso condena al sexo en el cual las mujeres tendríamos, según esta teoría, un rol de debilidad e inestabilidad que necesita regulación estatal para el consentimiento, pero también para la gestión del propio cuerpo que pasa a ser una fuente de sufrimientos y condenas como la mestruación o la maternidad.


¿Dónde quedó la exigencia de igualdad que daba lugar a las manifestaciones feministas? Todo lo que representa el 8M es demanda de privilegios, miedo al otro, desprecio de la propia condición y reclamos vacíos como la seguridad, cuando es el mismo Estado el que no castiga a los agresores sexuales o a los asesinos. Una jornada dogmática que celebra la desigualdad ante la ley donde los hombres son sospechosos por su mera condición, aunque si abominan de la misma y se perciben mujer limpian su pecado original y pueden acceder al paraíso de la discriminación positiva. Allí encontrarán matemáticas, economía, transporte, gastronomía, arquitectura, deportes y lo que se les antoje con perspectiva de género. Acá la mala de la película es la biología, que es caprichosa, pero no hay problema, de a poco se irá borrando.


Así las cosas, el 8M plantea algunos problemas de sentido. Si el consenso mundial es que el sexo es en constructo no determinado biológicamente, ¿cómo se explica la denunciada violencia y opresión estructural con base sexual? ¿Acaso una estructura no es tan fluida como sus componentes? ¿Si el género es una categoría identitaria es, por tanto, subjetiva? ¿Cómo entonces los gobiernos pueden imponer políticas públicas si cualquiera puede ser mujer con sólo desearlo, como se aplica una ley a una condición subjetiva, fluida y azarosamente mutante? ¿Empoderar roles no supone volver al determinismo sexual de rol que era un constructo cultural? ¿Si desde el poder se estimula la identidad de género como elemento esencial para el acceso a bienes y servicios, qué sentido tiene el sexo como categoría jurídica? Y si esto es así: ¿qué sentido tiene el feminismo? Y entonces: ¿qué demonios es el 8M?.