El enemigo está en nosotros mismos

Por Christophe Geffroy

Publicado en Religión en Libertad el 10 de mayo de 2021


Se multiplican las obras que dan la señal de alarma ante los riesgos de deriva totalitaria en nuestras democracias occidentales, signo de que no se trata de la imaginación de algunos espíritus iluminados, sino más bien de una realidad inquietante que va siendo hora de tomar en serio. El mes pasado se publicaron tres libros de Rod Dreher, Mathieu Bock-Côté y Philippe de Villiers que analizan temas distintos, pero convergen en llegar a la misma constatación de un deslizamiento progresivo hacia un “soft totalitarism [totalitarismo suave]”, por emplear la expresión de Dreher.

No es mi intención aquí resumir esos ensayos, que les invito a leer, sino constatar que los principales peligros que acechan a nuestras libertades son endógenos y no exógenos. En el pasado, lo habitual era que las grandes naciones e imperios se hundiesen como consecuencia de ataques exteriores provenientes de entidades más poderosas. Lo original de esta época es que nosotros mismos hemos fabricado o importado los peligros que nos acechan.


¿Cuáles son, en efecto? Sin pretender ser exhaustivo, los resumiría en cinco puntos.


1. El mundialismo (abolición de las fronteras para personas, mercancías y capitales) y la financiarización de la economía han conducido a la “uberización” de nuestras sociedades, coronadas por el reinado del rey dinero. Y la Unión Europea, lejos de protegernos, destruye progresivamente la soberanía de las naciones, al ser la única zona económica del mundo abierta a todos. Este movimiento beneficia a una pequeña élite apátrida (la que nos gobierna y financia a los medios de comunicación), mientras que la mayor parte de la población (la “Francia periférica”), que desea mantener sus raíces, se empobrece. Así, el pueblo se desconecta de esa élite, que ya no la representa ni es ya un ejemplo para ella.


2. La idealización del otro y el odio a uno mismo tienen orígenes complejos que se remontan en gran parte al horror de las dos guerras mundiales y al intento de genocidio de los judíos: el nazismo y el comunismo son dos ideologías totalitarias y ateas nacidas en Europa. La izquierda marxista manipuló estos acontecimientos históricos para culpabilizar a Occidente ante el bloque soviético, y luego se ha entregado al antirracismo y a la lucha contra todas las “discriminaciones”, que culmina hoy en el antiseximo, la anti-homofobia, el anti-colonialismo, el “wokismo”, etc.


3. Además de estos delirios, el progresismo, inspirado en una falsa concepción de los derechos del hombre y de la libertad (hacer lo que uno quiera desembarazándose de todo límite), se ha entregado a una deconstrucción antropológica metódica y sin precedentes que ha abierto la puerta a múltiples transgresiones éticas que no tienen ninguna razón para detenerse (la próxima es la eutanasia), puesto que ya no hay una moral objetiva anclada en una realidad que esté por encima de nosotros (la ley natural): la moral se ha convertido en el dictado de la ley positiva votada por la mayoría.


4. La inmigración masiva, con la importación del islam que la ha acompañado, es consecuencia de los dos primeros puntos: la ideología del “sin-fronterismo”, por una parte, y la culpabilidad y el odio a uno mismo, por otro, han abierto las compuertas de una inmigración extra-europea imposible de asimilar en razón de su número y de su insalvable diferencia cultural, sobre todo en países que sufren un profundo declive demográfico y se avergüenzan de su modelo de civilización.


5. La policía del pensamiento recorta cada vez más la libertad de expresión, extendiendo su insoportable tiranía: impide incluso mencionar los problemas anteriores y debatir sobre ellos sin tabúes.


Somos nosotros mismos quienes hemos engendrado estas cinco grandes amenazas (por ideología, por ceguera o por cobardía) sin que ninguna fuerza exterior nos obligase a ello. ¡Nosotros somos nuestro propio enemigo! Una civilización que llega a este punto no está lejos de morir. Para escapar a ese destino, lo que necesitamos es una conversión, no un incremento de poder económico o militar.


El término conversión es particularmente apropiado en este caso. Estoy convencido de que el origen de los males que sufrimos proviene del rechazo o del olvido de Dios que caracteriza a nuestras naciones europeas. Ninguna sociedad puede encontrar razones suficientes para vivir si cierra su horizonte a toda trascendencia.


Por lo demás, la Iglesia en Europa se encuentra en una situación bastante parecida a la de los países que la componen: también tiene a sus principales enemigos en su seno, como Benedicto XVI había presentido. Y no se trata solo de esa pequeñísima parte de su clero envilecida por crímenes sexuales contra menores, sino, más en general, de los cristianos tibios que todos somos con demasiada frecuencia y de quienes trabajan para socavar o relativizar su doctrina, su enseñanza, su autoridad…