El Estado servil









Hilaire Belloc fue un memorable escritor católico francobritánico del siglo pasado. Su amistad y cooperación con G. K. Chesterton resultaron tan estrechas que un amistoso polemista las caricaturizó a través de una bestia fabulosa que denominó Chesterbelloc.





En 1912 Belloc editó The Servile State, una obra que intenta diagnosticar la situación del Estado en la era del capitalismo industrial y su probable evolución. Téngase en cuenta que el calificativo “servil” no pretende aquí aplicarse al Estado mismo, sino a la condición de los que viven bajo su imperio. En este sentido Belloc temía particularmente la colusión entre el sistema político y las megaempresas, colusión que conduciría –según él- a la desaparición de las libertades tradicionales y el sometimiento del grueso de la población a condiciones obligatorias de trabajo a cambio de las cuales recibiría su manutención. Para Belloc, en la medida en que Occidente se internase en este camino el capitalismo liberal desaparecería, pero no para ser sustituido por el socialismo que –por entonces- se afirmaba como panacea, sino para retornar a una estructura social de tipo esclavista adaptada a las condiciones del mundo fabril. Obviamente el trabajador libre, el pequeño propietario, el productor independiente serían las primeras víctimas de semejante involución.


¿Acertaba Belloc en la caracterización del tipo de sociedad que creía percibir en el horizonte? Quizás parcialmente. ¿No idealizaba acaso la sociedad medieval en su propuesta “distributista”? Es probable. Pero, en todo caso, su poderosa intuición le permitía advertir que el capitalismo liberal –aparentemente en su momento de plenitud- no tenía comprado el futuro, sino que se encontraba amenazado por riesgos más insidiosos que la revolución socialista y por un totalitarismo mucho más hipócrita que los que se asomaron en Europa en las décadas del ’20 y del ’30. Un totalitarismo que podía venir de la mano de la democracia a imponerse a poblaciones psicológicamente desarmadas por la descristianización. .En todo caso, un hombre de matriz cultural tan diversa como Friedrich von Hayek, dando testimonio de la vigorosa visión belloquiana, escribiría en su célebre Camino de servidumbre lo siguiente: “No hace treinta años que Mr. Hilaire Belloc, en un libro (El estado servil, 1913) que explica más de lo que ha sucedido desde entonces en Alemania que la mayoría de las obras escritas después del acontecimiento, expuso que ‘el efecto de la doctrina socialista sobre la sociedad capitalista consiste en producir una tercera cosa diferente de cualquiera de sus dos progenitores: el Estado de siervos”.


Hilaire Belloc veía en el futuro un retorno al orden esclavista de la Antigüedad. Joel Kotkin, un provocativo sociólogo estadounidense de nuestro tiempo, ve también un retroceso, en este caso a la era del feudalismo. Se trata de un agudo representante de la inteligencia neopopulista (en el sentido norteamericano de la palabra . Cristopher Lasch, Samuel Francis y Paul Piccone –entre otros- le precedieron en ese camino, desenmascarando a la managerial class que estaba desplazando a la burguesía emprendedora.


En el Estado que todos ellos contribuyeron a desvelar, el capitalismo competitivo se encuentra cada vez más arrinconado por el de naturaleza prebendaria, se registra un generalizado empobrecimiento de las clases medias y las libertades clásicas son progresivamente borradas a favor de la constitución de un poder político “terapéutico” asociado con la Academia, el show business y los medios. Estos nuevos “tres poderes” convergen en el establecimiento de una agresiva “ortodoxia pública” de objetivos palingenésicos.


Todo indica que la condición servil de la población asume, en semejante cuadro, perspectivas mucho más inhumanas que en la original perspectiva de Belloc. Y los intereses de los estratos medios trabajadores convergen cada vez más claramente con el redescubrimiento de los valores genuinamente liberales.