El ferrocarril

Los ferrocarriles fueron la gran revolución técnica del siglo XIX. Aceleró las comunicaciones e inició una vertiginosa marcha hacia la mundialización de los mercados, en la medida que casi todos ellos, independientemente del país que lo poseyera, unían los interiores continentales con puertos volcados hacia el mar. La República Argentina no se quedó al margen de este proceso y un grupo de comerciantes y ganaderos porteños conformaron una sociedad denominada Camino de Hierro de Buenos Aires al Oeste. Aprobada la realización del Ferrocarril por ley de la Legislatura de Buenos Aires del 12 de enero de 1853, comenzó la obra al año siguiente. Los inversionistas fueron capitalistas argentinos y el Estado provincial. Se tardó tres años en construir diez kilómetros de vías. Antes de la inauguración el tren ya había hecho varias veces el recorrido que iba de Plaza Lavalle, actual teatro Colón, hasta la estación Floresta, para probar su normal funcionamiento, comprobando que los vecinos asustados y molestos por la rugiente mole de hierro arrancaban los durmientes provocando sucesivos descarrilamientos.





La primera máquina se llamó la Porteña y la segunda la Argentina. La formación contaba con cuatro vagones para treinta pasajeros cada uno y doce de carga, eran bastante lujosos y estaban iluminados con lámparas de aceite


Finalmente llegó el día tan esperado, ¡el 29 de agosto de 1857!


Fue un sábado soleado y delicioso, Bartolomé Mitre, Velez Sarfield, Sarmiento y Valentín Alsina, entre otros, ascendieron, y la formación arrancó luego del estentóreo silbato, en medio de los vítores y aplausos de una multitud de curiosos. Momentos antes de partir hubo problemas, pues un grupo de ebrios apaleaba a la Porteña queriéndola voltear.


El viaje de ida fue sereno y exitoso, si dejamos a un lado ciertos percances no percibidos por la tripulación. Resulta que los rieles de hierro importados no alcanzaron hasta Floresta; la imaginación y practicidad criolla inventó unos de maderas forrados en chapa y cada vez que pasaba el tren los obreros debían correr a clavarlas nuevamente, al mejor estilo de “lo atamos con alambre”.


A lo largo del camino y en Floresta la población se agolpaba para ver la novedad. En el viaje de retorno los viajeros entusiasmados comenzaron a gritarle y exigirle al mótorman mayor velocidad ¡Acelere hombre! Vociferaban, y éste que vivía de igual modo el arrebato apretó a fondo y zas… la formación descarriló. Nada serio.

Desde ese momento el ferrocarril se desarrolló exponencialmente.