El macartismo se volvió de izquierda: pensamiento único en nombre de la diversidad

Por Claudia Peiró

Publicado en Infobae el 5 de septiembre de 2021


El progresismo es la nueva ideología dominante en la cultura: impone su credo de modo absoluto. En nombre de minorías supuestamente ofendidas se amordaza toda opinión divergente. En la faena, se llevan por delante la libertad de expresión y otras garantías individuales básicas.


No es nuevo el autoritarismo de izquierda, pero antes estaba acantonado en regímenes de cuño soviético. Hoy, despojado ya de su contenido de clase, el credo de los grupos progresistas se ha vuelto oficial: es la ultracorrección política, adoptada por el propio “sistema”, que sabe que no lo pone en jaque, sino todo lo contrario: desvía las energías hacia combates contra enemigos imaginarios y produce divisiones que favorecen a los que quieren reinar.


Hace 70 años, el senador estadounidense Joseph McCarthy lanzaba una campaña de depuración ideológica contra todo aquel que hubiera esbozado alguna vez una mínima simpatía por las ideas comunistas. Los “señalados” eran investigados, procesados, obligados a la delación y a un humillante mea culpa público. La alternativa era la muerte civil: la estigmatización y la exclusión de sus círculos de pertenencia.


Un clima que resurge ahora de la mano de las “cancelaciones” por las que cualquier opinión que difiera aun levemente de la ortodoxia, definida por la ultracorrección política, es pasible de censura y de un boicot extensivo a la persona, condenada sin juicio ni apelación.


¿Hace falta recordar, como lo hizo en su tiempo Edward R. Murrow, crítico de McCarthy, que “una acusación no es una prueba y una condena depende de la evidencia y del debido proceso”? Hoy, el macartismo dejó de ser patrimonio exclusivo de una derecha reaccionaria, para convertirse en el arma de un progresismo cada vez más intolerante y autoritario.


Hoy, somos todos rehenes de minorías que coartan cualquier debate en nombre de su derecho a no ser ofendidas. Minorías activas y vociferantes -indigenistas, feministas, trans, ecologistas, veganos, etc- logran mediante acciones de presión -escraches presenciales y en redes, boicot o directamente denuncia penal- imponer su criterio al conjunto.


El psicólogo social Jonathan Haidt, profesor de la Universidad de Nueva York, es un crítico de la polarización y de las tan de moda políticas identitarias, cuyo resultado es la fragmentación de la sociedad en grupos minoritarios que reclaman reparaciones por ofensas a veces más pasadas que presentes de las que culpan al resto de la sociedad. En una entrevista con el diario español El Mundo, en octubre de 2018, Haidt explicaba que este fenómeno es una amenaza a la convivencia y a la libertad.


“¿Debemos sobreproteger a los colectivos históricamente discriminados? ¿A las mujeres, los homosexuales o los afroamericanos? Yo soy judío. Y pienso: claro que hay que luchar contra el machismo, el racismo o el antisemitismo. Pero esa batalla, ¿cómo ha de librarse? ¿Debemos renunciar al uso de determinadas palabras? ¿Debemos liquidar el debate en libertad y aceptar la censura?”


Y en relación a la ofensa como fundamento de la censura, agregaba: “No se juzga a una persona por lo que quiso decir o incluso dijo literalmente, sino por los efectos de sus palabras sobre un tercero. Ese tercero suele ser un presunto colectivo que se arroga el derecho a hablar en nombre de millones de individuos: mujeres, homosexuales, afroamericanos, musulmanes... Y que invoca sus sentimientos, por definición subjetivos, para justificar su intolerancia”.


El caso del futbolista uruguayo Edinson Cavani, sancionado en Gran Bretaña por dirigirle un “gracias Negrito” a un amigo, ilustra a las claras esta tendencia. Acá ni siquiera hubo un ofendido, real o supuesto. Fue el sistema, la cultura hoy dominante. La hipocresía de las elites que se acomodan muy bien con las políticas identitarias que llevan a la gente a luchar contra molinos de viento mientras los verdaderos males de la sociedad siguen en pie. El caso Cavani concentra todos los ingredientes de este neomacartismo. A pesar de las aclaraciones del sentido absolutamente inofensivo del apelativo Negrito, la Federación inglesa de fútbol mantuvo la sanción -nada leve: 3 fechas de suspensión y una multa de 100.000 libras- argumentando que el comentario fue “insultante, abusivo, impropio” y que le daba “mala reputación al fútbol”. El cinismo en su máxima expresión.


La misma lógica está detrás del lenguaje que se presume inclusivo. Se atribuye a una palabra el poder de ofender, como también se le atribuye el poder de superar los problemas. Cambio mi discurso y cambio la realidad. No hay duda de que la lucha en el plano discursivo es más cómoda. No tiene más riesgo que el ridículo. Hacer de cuenta que no se es racista -escandalizándose si alguien dice “negro”- importa más que no serlo. Parecer antes que ser. Desdoblar todo en masculino y femenino basta para no ser machista. A la inversa, se asegura sin pudor que, antes de la invención de esta neolengua orwelliana, las mujeres no estaban incluidas o no se sentían convocadas por los discursos, confirmando que el sentido común es la primera víctima de la corrección política.


No interesa la trayectoria de una persona; basta un desliz, una salida de tono, un error o, como sucede en la mayoría de los casos, una mala interpretación, para enviarla al cadalso. Hay cosas que no se deben decir. Punto. Hay que obligar a la gente a hablar bien, imponerles el lenguaje inclusivo, suprimir las palabras incorrectas del diccionario. No importa la intención ni el contexto, si se dice la palabra prohibida no hay defensa que valga, como lo comprobó en carne propia el futbolista Cavani.


Hay que amoldarse a las buenas conciencias de hoy, a la indignación de almas puras que encuentran en estas poses de intransigencia la militancia que nunca practicaron en la calle. Frente a la ofensa, generalmente muy subjetiva, la presunción de inocencia es un concepto perimido, una antigüedad: en las redes, está permitido cazar, escrachar, descalificar, anatemizar, condenar al ostracismo, a la muerte social y profesional.


Libertad de inexpresión - título que lo dice todo- es el último ensayo [Liberté d’inexpression, des formes contemporaines de la censure - éditions de l’Artilleur, 2020], de la filósofa francesa Anne-Sophie Chazaud, que describe una realidad en la cual la libertad de expresión no es más un valor sino un obstáculo a la realización de una loca utopía: la de una sociedad donde todas las diversidades florecen, salvo una, la de opinión. Una sociedad de susceptibles, de gente que se declara lastimada, ofendida, por las palabras de otros.


“Luchar por los derechos que se te niegan en razón de tus rasgos físicos o aficiones es legítimo y necesario”, decía Jonathan Haidt en la nota citada. Pero el camino es apelar a la común condición humana y no a la división, agregaba. “Lo contrario es lo que hacen los nuevos identitaristas. Hablan de opresores y oprimidos. Promueven una visión binaria del mundo. Ahondan en la segregación y el enfrentamiento entre los seres humanos. Nos abocan al conflicto y la fragmentación. A muchos jóvenes esto les atrae, les gusta: despierta sus arcaicos instintos tribales, da sentido a sus vidas. Pero para un país y para la paz es un desastre”.


En nombre de la diversidad, se sacrifica la diversidad de opiniones y de ideas.

Este clima identitario se completa con el planteo de que un sector no puede representar al otro, ni comprenderlo, ni ponerse en su lugar, lo que evidentemente lleva al no diálogo, al gueto. A la fragmentación social y cultural.


Se llega al colmo de decir que en el cine un blanco no puede hacer el doblaje de un negro. Una intérprete blanca no puede traducir la novela de una escritora negra…. Hace poco la actriz Hillary Swank cayó en el ridículo de pedir perdón por haber interpretado a un chico transgénero sin serlo… La negación misma de la actuación.


Son planteos inconducentes pero además falsos. Muchos varones han promovido la emancipación de la mujer. De lo contrario, es inexplicable, por ejemplo, que en la Argentina de 1991, un Congreso abrumadoramente masculino -266 varones y sólo 16 mujeres- haya aprobado el cupo femenino.


Muchos blancos han luchado contra la esclavitud y contra el racismo; algunos al precio de enormes sacrificios, como el sudafricano Denis Goldberg, arrestado junto a Nelson Mandela, en cuyo partido militaba, y al que la blancura de la piel no lo salvó de pasar 22 años en prisión en Sudáfrica; otros, al precio del martirio, como Andrew Goodman y Michael Schwerner, dos activistas de la lucha contra la segregación en los Estados Unidos, asesinados en 1964 junto a su camarada afroamericano James Earl Chaney; hecho que inspiró la película Mississippi en llamas (1988).


El sudafricano Goldberg bien podría denunciar invisibilización -esa condición tan de moda- porque nadie -o casi nadie- se acuerda de él; en ninguno de los films o libros recientes sobre Mandela se menciona que tuvo un camarada blanco de lucha y de infortunio.


La emancipación femenina en la Argentina no fue obra de ningún feminismo, sino una construcción conjunta de varones y mujeres y, contradiciendo el relato, en muchos casos fue iniciativa de los hombres, como el voto femenino (Juan Perón) y el ya citado cupo en las listas electorales (promovido personalmente por Menem).


Pero, desconociendo la historia, el nuevo feminismo condena a los varones en bloque, como el nuevo movimiento antirracista postula la culpa intrínseca de todos los blancos. Recordemos la espantosa coreografía “El violador eres tú”, para cuya recreación prestaron su pluma feministas locales supuestamente moderadas: “El violador sos vos / El tirano sos vos / El opresor sos vos”. El feminismo hizo su aporte a la construcción de este clima macartista: instalando que a la mujer hay que creerle siempre y que, en materia de ofensa de género, no existe la presunción de inocencia ni la prescripción del delito. Todo varón es culpable hasta que demuestre lo contrario. Linda Snecker, del partido de izquierda sueca, lo explicitó: “No podemos verte y saber si sos violador o no. Por eso asumimos que lo sos. Esa es la cruda verdad. Es por eso que los hombres deben asumir su responsabilidad colectiva. Todos los hombres”.


Si alguien cree que estos delirios nos son ajenos, vean el mensaje de una docente hace un tiempo en Twitter: “Tres alumnas me dijeron que: Todos los hombres, todos, son violadores en potencia. Tuve que respirar dos o tres veces para contestarles suave y tranquilamente. ¿Lo peor? Que 18 varones del aula no se animaron a refutarlas”.


Ya lo dijo Paloma San Basilio: “Con el tema del acoso podemos volver a la Inquisición”.

La ley se aplica con retroactividad. Desaparece el contexto, no hay gradación, ni escala en los delitos. Un comentario fuera de lugar configura a un acosador. Un baboso es lo mismo que un violador. No se distingue, como en el derecho penal, la infracción del crimen. No hay atenuantes. Un solo hecho, un solo acto, un solo paso en falso, define a la persona en su totalidad y de por vida. Bien lo sabe Roman Polanski.


Lo que en otro tiempo hubiera sido visto como grosería, desubicación, falta de delicadeza o de educación, hoy es crimen de lesa humanidad. Todo forma parte de ese patriarcado que, de acuerdo al relato hegemónico es el paradigma y basamento de todas las injusticias, de toda explotación, del colonialismo y del imperialismo. No importa que los varones puedan ser tanto o más explotados que las mujeres en el trabajo. Que lo hayan sido a lo largo de la historia. Incluso más que las mujeres. En el nuevo relato feminista, el motor de la historia no fue la explotación de una clase por otra, sino la dominación de una mitad de la humanidad -los varones- sobre la otra -las mujeres-. Ser varón ya configura un privilegio. Cuando no configura a un delincuente, aunque más no sea en potencia.


Lo mismo pasa con el nuevo racismo que tiene un discurso acusatorio no solo para el que comete un acto racista, sino para el que no admite su culpa intrínseca por no ser negro: “Negar sus privilegios blancos es participar del sistema racista”, dijo por ejemplo Maboula Soumahoro, una catedrática franco-africana. “Reconozcan y admitan su poder y privilegio y el hecho de que se están beneficiando de sistemas racistas”, fue el cargo de Sandra Inuqit, referente de una asociación Inuit (esquimal) de Canadá, a todos los no esquimales.


La contracara de la implacabilidad que muestran en el juicio al que se corre de la ortodoxia es el recurso constante a la victimización: si alguien critica lo que dice una mujer es por misoginia. Punto. Es llamativo ver cómo el empoderamiento femenino tan publicitado, pone en primera fila a personas disminuidas a las que no se puede criticar.


Lejos de tomarlo como un desafío al sistema, la elite mundial se hace vocera de esto. Es algo en lo cual no reflexionan los militantes de una “revolución” que curiosamente no sufre la oposición del poder, no exige sacrificios -más bien es premiada-, ni implica riesgos; más aun, es promovida desde arriba. En Argentina tenemos un presidente que habla inclusivo y tapa su inoperancia con iniciativas de género. Que ha multiplicado las estructuras estatales y el presupuesto destinado a la corrección política.


Que el profesor canadiense Jordan Peterson, implacable detractor de las ideologías políticamente correctas, sea objeto de cancelación casi parece natural. La universidad de Cambridge le retiró hace un tiempo el ofrecimiento que le había hecho como investigador invitado por una campaña organizada por estudiantes y profesores. Pero los dardos de los cultores de la corrección política no se limitan a sus acérrimos oponentes; se extienden a cualquiera que se corra aunque más no sea unos milímetros de la línea oficial. El progresismo no quiere ni siquiera oír una variante distinta de su credo. ¿Están tan convencidos que no pueden someter sus ideas a debate? La libertad académica y la libertad de expresión están reservadas a los que profesan la fe.


La nueva inquisición quiere quemar en la hoguera a la autora de Harry Potter -pese a sus inclinaciones políticas de izquierda- por el solo hecho de pedir que las mujeres sean llamadas mujeres y no personas menstruantes… Veamos la acusación/sentencia contra la escritora: “Seamos claros: lo que preconizan J.K.Rowling y otros TERFs es la tortura y la muerte de los jóvenes trans”. ¿Qué diálogo o debate puede haber después de semejante veredicto?


El colmo fue la sugerencia del filósofo progresista Peter Singer a sus colegas de escribir con seudónimo en la revista que edita para eludir la censura de …. ¡la izquierda! Lo dijo con todas las letras: “Actualmente, la mayor oposición a la libertad de pensamiento y discusión proviene de la izquierda”.


“El feminismo hegemónico es un tsunami: ir en contra te hunde”, decía proféticamente el profesor Pablo de Lora poco antes de ser él mismo revolcado por la ola. La Universidad Pompeu Fabra de Barcelona lo canceló por pedido de estudiantes ofendidos. Víctima impensada, ya que está lejos de ser un reaccionario. ¿Cuál fue su delito? Atreverse a decir herejías como que “no toda instancia de agresión contra la mujer lo es ‘por el hecho de ser mujer’”. O señalar los problemas jurídicos e institucionales que plantea la afirmación de que “la identidad de género es pura voluntad”, que basta con que una persona diga que se siente mujer para que lo sea a todos los efectos. “Hay mujeres que no se sienten cómodas compartiendo el baño con personas trans -osó decir-, y también surgen problemas en el ámbito de la competición deportiva”. Listo. Crucificado. Machista, cis y heteropatriarcal. Y el terror cunde. Ninguno de sus colegas osó defenderlo.


Esto pasa en ámbitos universitarios, precisamente donde no se debería eludir el debate sino promoverlo. ¿Cómo generar el espíritu crítico que declaman con un discurso único? “Lo más penoso de todo -reflexionaba De Lora- es [ver a] un conjunto de tibios [que] no se atreven a dar el paso de acercarse a ti y mucho menos defenderte en público”. Y advertía: “Tienes una masa de tibios asustados, una minoría enfervorizada, y una institución rendida: es el caldo de cultivo perfecto para el totalitarismo”.


Sobre esto alertaban también los 150 intelectuales que, preocupados ante el “clima de intolerancia” generado por “los excesos de la nueva izquierda antiracista contra todo punto de vista que difiera del suyo”, firmaron una carta abierta en Harper’s Magazine el 8 de julio de 2020. Entre los signatarios estaban Margaret Atwood, Wynton Marsalis, Noam Chomsky, Martin Amis, JK Rowling y Garry Kasparov. En el texto afirmaban que esto “era esperable de la derecha radical, pero la actitud censora está expandiéndose en nuestra cultura: hay una intolerancia a los puntos de vista contrarios, un gusto por avergonzar públicamente y condenar al ostracismo...”


“Un clima de miedo, contrario a la libertad de expresión, se instala debido a [la cancel culture]”, decía Thomas Chatterton Williams, otro de los firmantes, a Le Monde. Y, para darle la razón, este diario francés reprodujo la carta de los intelectuales adosándole la innecesaria advertencia editorial de que el verdadero peligro no proviene de la izquierda radical sino de la extrema derecha y los “supremacistas blancos”.


¿Qué mejor prueba de que la cancel culture ya no es tan marginal y de a poco impregna o al menos amedrenta a círculos más amplios?


O peor, que es una manipulación finalmente funcional al sistema ya que habilita la censura sin necesidad de imponerla desde el Estado. Lo que supuestamente se ejerce en nombre de minorías, en realidad no es ya una protesta contra el statu quo sino parte de él.


Históricamente, la censura, el índex de libros prohibidos, el juicio inquisitorial, los límites a la libertad de expresión estuvieron asociados a los regímenes autoritarios, a las dictaduras. Hoy ya no es así. La censura se ejerce en universidades, editoriales, medios de comunicación y hasta empresas, para excluir del discurso público algunos puntos de vista y también a sus voceros. Una tendencia que llega hasta la reescritura de libros -traicionando la memoria de sus autores-, la censura retrospectiva de films y obras de arte o el anacronismo en la reconstrucción del pasado para incluir la cuota obligada de diversidad, tolerancia y buenismo.


La justificación de este neomacartismo es que los colectivos en cuyo nombre se ejerce, organizados por raza, género, orientación sexual, etc., fueron privados de derechos a lo largo de la historia y silenciados, y por eso están autorizados ahora a la revancha -una venganza, ex post facto contra terceros que nada tuvieron que ver con su opresión, pero son culpables por su color de piel o su nacionalidad.


Hace poco, la ganadora del puesto de primera princesa en el concurso Miss France fue objeto de todo tipo de ataques en las redes por su condición de judía. Peor aun fue la justificación pública de esos ataques: “No se puede ser inocentemente israelí”, dijo Houria Bouteldja, una activista argelina. Tampoco se puede ser inocentemente blanco o inocentemente varón.


¿El racismo de los oprimidos no es racismo? Aunque cueste creerlo, eso sostienen. Su odio es legítimo. Su venganza es justicia. Del mismo modo que antes afirmaban que la censura progresista no era censura. Que la represión en nombre de la colectivización socialista fue necesaria para la felicidad de los pueblos. El genocidio marxista no fue genocidio. La dictadura del proletariado no era dictadura. Tampoco el régimen cubano de partido único.


¿Y acaso no vivimos hoy un clima soviético que lleva a que, en público, muchos opten por callar?


Recientemente, Riss, caricaturista de Charlie Hebdo, que sobrevivió al atentado y hoy dirige la revista, dijo: “Creímos que sólo las religiones tenían el deseo de imponernos sus dogmas. Nos equivocamos. Ayer, decíamos mierda a Dios, al ejército, a la Iglesia, al Estado. Hoy, debemos aprender a decir mierda a las asociaciones tiránicas, a las minorías ombliguistas, a los blogueros y blogueras que nos pegan en los dedos como maestritos de escuela”.


Lo llamativo es que estos fiscales de la diversidad no se autoperciben -por usar un verbo que les es caro- como parte del establishment. Más aun, se desconciertan al ver que la rebeldía pasó a “la derecha”, como califican rápidamente y sin matices a todo el que no comulga con ellos. Tampoco se autoperciben como la policía del sistema aunque pergeñan organismos para monitorear el odio -el ajeno, nunca el propio- o invierten meses de trabajo -a sueldo de lobbistas internacionales, como declaran sin complejos- para descubrir que existe gente que no piensa como ellos, que incluso piensa lo contrario que ellos; qué atrevimiento… Y esa gente encima se organiza y se reúne, junta fuerzas para impulsar su agenda, algo que en el universo mental de estas “minorías ombliguistas” sólo ellas tienen derecho a hacer.