El orden político del espacio global









Creo que Antonio Gramsci y Carl Schmitt son quizás los dos más provocativos pensadores políticos del siglo pasado. Entre aquéllos que, sin hesitación, podemos considerar incorporados a la categoría de clásicos. El primero está frecuentemente presente, expresa o implícitamente, en las reflexiones del Foro respecto del condicionamiento que sobre las conductas políticas ejercen los aparatos ideológicos y sobre el “cambio del sentido común” como agenda de las corrientes púdicamente autodefinidas como “progresistas”. Hoy, sin embargo, enfocaremos nuestra atención sobre el imponente jurista renano, en particular sobre uno de los temas que introdujo a partir de los ’40, cuando –condenado a una suerte de exilio interno por la animadversión de la jerarquía de las SS- decidió limitar sus publicaciones a temas de derecho internacional.





El pensamiento schmittiano de las dos décadas precedentes había estado marcado por la idea de la centralidad del Estado. Schmitt situaba su perspectiva jurídico-política en el mundo del ius publicum europaeum, esa magna construcción dentro de la cual el ordenamiento estatal había cumplido la misión histórica de externalizar el conflicto y acotar su desarrollo. Dicha impronta es tan fuerte que muchas de las recensiones ulteriores de su obra resultan signadas por el “estatalismo” de aquella época.


Sin embargo, ya en 1933 Schmitt escribía: “hoy lo Político no puede ser definido en términos del Estado; más bien el Estado debe ser definido en términos de lo Político”. Y en los años subsiguientes su pensamiento estará progresivamente marcado por la convicción de que el Estado había dejado de ser el objeto central de la Teoría Política. Tal transformación será el resultado convergente de dos recursos intelectuales a los que sintéticamente aludiremos.


En primer lugar, el surgimiento del concepto de “Estado total”. Ya en 1932 Schmitt había señalado: “La ecuación Estado=Política se vuelve al mismo tiempo incorrecta y engañosa allí donde el Estado y la Sociedad se interpenetran recíprocamente, donde todos los asuntos previamente estatales se vuelven sociales y donde todos los tópicos ‘puramente’ sociales envuelven al Estado… Entonces los dominios previamente ‘neutrales’-religión, cultura, educación, economía- dejan de ser neutrales en el sentido de no relacionados con el Estado y no políticos. Como un contraconcepto polémico a tales neutralizaciones y despolitizaciones aparece el Estado total, ya no ajeno a ningún asunto, potencialmente abarcativo de todos los campos, basado en la identidad del Estado y la Sociedad”.


Este concepto es elaborado por el autor como reflexión sobre las prácticas de la República de Weimar, con sus continuos forcejeos y alternativos acuerdos entre intereses sociales organizados, que vacía al Estado de su rol político superior y trascendente a los mismos. En tales condiciones el Estado pierde el monopolio de lo Político, que se vuelve difuso entre una pluralidad de actores sociales, hasta el punto de generar la eventualidad de que la línea divisoria amigo-enemigo vuelva a atravesar la propia sociedad nacional, como antes del inicio del mundo “westfaliano”. De esta manera, el “Estado total cuantitativo”, como Schmitt lo llamará, se convierte, paradójicamente, en el comienzo del ocaso del Estado como objeto central de la Teoría Política.


El otro proceso intelectual concierne a las experiencias tecnológico-bélicas que se desatarían sobre el mundo pocos años después de las precedentes afirmaciones. El renano se convence rápidamente de que la guerra aérea, por una parte, y la radio, por otra, signarán la declinación del Estado como unidad significativa en la política mundial al modo en que lo había sido por más de dos centurias. En las conferencias pronunciadas a partir de 1939, y recopiladas en una edición de 1941, Schmitt admite expresamente que el sistema europeo de Estados soberanos que había emergido de la decadencia del feudalismo estaba sufriendo su crisis terminal en la medida en que nuevas tecnologías militares y comunicacionales creaban modos de organización del espacio que entraban en colisión y relativizaban la importancia de las fronteras basadas en las coordenadas bidimensionales de la soberanía territorial.


Es decir que, mientras por una parte la difuminación del concepto de “lo Político” desnaturaliza al Estado, por otra este resulta desbordado y sus ilusiones autárquicas quebradas por las nuevas dimensiones del conflicto global. En suma, es la crisis de la soberanía lo que impulsará a Schmit a buscar nuevos horizontes para su reflexión.


Así que, en el ápice de la II Guerra Mundial, el pensador alemán estimará que el colapso del orden westfaliano abre el camino para la conformación de “grandes espacios” (Grossräume) como nuevos elementos ordenadores del territorio en la política mundial. Se trata, en este caso, de bloques macrorregionales, continentales o subcontinentales que pivotan en torno a un país rector y se expresan en sistemas jurídicos y económicos diferenciados. Como explica Kervegan: “en lugar de la noción microespacial de un territorio cerrado, corolario del concepto clásico de un Estado soberano, tendría que adoptarse la noción de un espacio de límites indefinidos o, más bien, flexibles”.


Es un hecho que la idea del Grossraum había sido sugerida a Schmitt por su reflexión sobre la Doctrina Monroe, y que hacia mediados de 1940 todavía existía algún indicio de que los EEUU podían aceptar ese modelo como base para la reorganización del orden mundial. El 6 de junio de ese año el Secretario de Estado Early manifestaba que no había “intención por parte del gobierno de intervenir en ningún problema territorial en Europa o Asia. A este gobierno le gustaría ver aplicada una Doctrina Monroe para cada uno de esos continentes”.


Ni la deriva ulterior del conflicto, ni la diarquía surgida de su desenlace favorecerían, sin embargo, tales concepciones. De hecho, los dos grandes vencedores de la guerra albergaban visiones niveladoras del sistema mundial, obvias en la conceptualización marxista-leninista de la historia, por una parte, y prevalentes en los policy-makers rooseveltianos por otra. A este último respecto, el Schmitt de 1943 no se hacía ilusiones: “Hoy los EEUU intentan afirmarse en África y el Cercano Oriente; en el otro extremo del globo extienden su mano hacia China y el Asia Central. Llenan la Tierra entera con un sistema de puntos de apoyo y vías aéreas y proclaman el “Siglo Americano” para nuestro planeta. Ya no se puede hablar de límites, por generoso que sea al determinarlos”.


El sistema bipolar, como un rodillo, se extendió en las décadas siguientes por el mundo, mientras en su subsuelo germinaban transformaciones tecnológicas que no tardarían en influir sobre la misma estructura del ordenamiento global. Si el renano había detectado en la guerra aérea y en la radio los signos anunciadores de la caducidad del concepto clásico del Estado, qué hubiese dicho de la revolución informacional de los ’70, del acelerado desarrollo misilístico y de la eventualidad de los “ciberataques” que vaciaban de realidad el concepto heredado de frontera. Finalmente, cuando el derrumbe del Muro y la ulterior implosión de la URSS eliminaron la “restricción política”, el entramado de la globalización tecnoeconómica alcanzó su plenitud. Fue la década ridens de la unipolaridad clintoniana, en la que “el fin de la Historia” anunciado por Fukuyama parecía no sólo deseable, sino fácilmente alcanzable. Cuando Thomas Friedmann, desde el New York Times anunciaba que el mundo era liso (“the World is flat”).


Pero lo que nos esperaba era el regreso del drama. La segunda etapa fue la de la globalización dramática, desatada por la primera ola del terrorismo global encarnado en Al Qaeda. De pronto descubrimos que hubiese sido más útil leer a Huntington que a Fukuyama. Redescubrir la omnipresencia de lo Político y la conflictualidad que le es inherente y que ni la técnica ni la economía per se pueden exorcizar.


La peculiaridad del planteo de Huntington es que no pretendía volver al modelo interpretativo westfaliano, sino que apuntaba como sujetos de la guerra y de la paz, antes que a los Estados, a las civilizaciones. Y descubría “líneas de falla” entre las mismas que, por ello, constituían regiones especialmente polemógenas del mundo: los Balcanes, el Cáucaso, el Medio Oriente, el triángulo China-India-Pakistán, etc. No casualmente, pues, todas esas regiones han sido escenario de endémica violencia sea bajo la forma de enfrentamientos fronterizos, choques entre ejércitos regulares y, mucho más abundantemente, conflictos en que al menos uno de los contendientes no tenía naturaleza estatal. En términos aproximativos, las tesis huntingtonianas no son idénticas a las schmittianas, pero, en todo caso, resultan más compatibles entre sí que las de Fukuyama o Friedmann.


En ese marco, las dos primeras décadas del nuevo milenio han presenciado una multiplicidad de tensiones tendientes al reacomodamiento del poder mundial. Amén de las olas promovidas por Al Qaeda y, ulteriormente, Daesh (ISIS), tuvimos la presunta “Primavera Árabe”, de la cual derivaron las guerras civiles de Siria, Libia y Yemen, la vuelta de Rusia al Medio Oriente y la consolidación de Turquía como potencia regional; la cuestión georgiana, la cuestión Ucrania y la afgano-armenia; y a partir de 2007/8 se incorpora al escenario la crisis financiera, luego el Brexit, el inocultable crecimiento de las derechas identitarias en toda Europa, así como de su versión estadounidense, el trumpismo, y junto con ello la fractura expuesta que marca ya al sistema político de dicho país, la más grave en el siglo y medio que transcurrió desde la Guerra de Secesión. La suma e interacción de todos estos hechos y procesos no deja de recordarnos, por sus contradictorias dinámicas, lo que fue el tiempo de entreguerras del siglo anterior.


Y aquí la pregunta se impone: en qué tipo de conformación del orden espacial mundial desembocarán todas estas convulsiones. ¿Volveremos a un sistema bipolar, a una nueva “Guerra Fría” en que Beijing reemplace a Moscú? Este pronóstico no se halla desasistido de argumentos: el volumen de la población china, su masa continental, las dimensiones de sus fuerzas armadas, sus recursos en la tecnología de las comunicaciones, la aparente solidez de su sistema político interno, la resiliencia de su economía ante la pandemia, etc. etc. Solo parece militar en contra de esta perspectiva -pero no es poco- la notoria debilidad de su soft power (*) para encolumnar tras de sí un número significativo de aliados/clientes.


El otro “futurible” consiste en la acentuación de las tendencias hacia la multipolaridad, presentes ya de uno u otro modo en el mundo de nuestros días. Esta visión implica la actualización del concepto de “grandes espacios”, sea con la impronta “civilizacional” aportada por Huntington o con otra que igualmente contemple la pluralidad cualitativa del espacio global. Quienes la sostienen niegan que el mundo sea “liso”; lo ven, más bien, como una gran constelación de nodos estratégicos de diversa magnitud, que establecen entre ellos relaciones jerárquicas, sí, pero no necesariamente excluyentes. Militan en su favor realidades difícilmente cuestionables, como la fractura interna de los EEUU, que debilita su soft power, pero también el ascenso persistente de la India, la consolidación de Rusia en un ámbito ultrarregional, el fortalecimiento de Turquía y Brasil, etc.


Nos parece prematuro inclinarse por una u otra de las hipótesis para conjeturar el orden político del espacio global futuro. En cualquier caso, se nos impone el interrogante sobre los modos de inserción de Latinoamérica en uno u otro cuadro. Intentaremos abordarlo pronto.


(*) A fines del ’80 Joseph Nye difundió esta expresión para referirse a la capacidad de atraer o cooptar en lugar de coaccionar, y desde entonces ha tenido una proficua utilización, sobre todo en el campo de las Relaciones Internacionales.





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El Foro es un espacio de encuentro de pensadores que, con variada pertenencia y plural mirada, reflexionan y trabajan con el anhelo de alcanzar el desarrollo de la Argentina y la unión nacional. Nuestra Patria, y en especial sus dirigentes, necesitan contar con concepciones y propuestas que se nutran en nuestras raíces y en los valores que nos engrandecieron, para superar la imposición de una ideología “progresista” que, con un discurso único y “correcto”, pareciera condicionar y atravesar toda la realidad política del país. La importancia de contar con una usina de ideas así inspirada, que revitalice el pensamiento y la acción al servicio del Bien Común, es lo que aquí nos une.

 

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