El partido comunista y las mayorías políticas

Por Miguel Ángel Iribarne

Para Foro Patriótico



Del Frente Popular al camporismo


La relación del Partido Comunista argentino con las fuerzas políticas sucesivamente mayoritarias en el país atravesó diversas etapas desde su fundación en 1918 a la actualidad. Esa relación se centró inicialmente en el Radicalismo y más tarde en el Peronismo, frente a los cuales se siguieron distintas líneas estratégicas según las cambiantes fórmulas emitidas al respecto desde el Kremlin, a través de la Komintern primero y luego de la Kominform, respecto de las cuales –hasta la implosión de la URSS en 1991- el PC local tuvo márgenes de maniobra mínimos, por no decir nulos.


Como se recordará, el PC de nuestro país fue constituido en enero de 1918, como resultado de la ruptura con el Partido Socialista y la adhesión a la III Internacional conducida por Lenin. Puede decirse que desde entonces hasta mediados de la década del 30, la organización siguió una línea relativamente aislacionista, lo que se debió a dos órdenes de razones. La primera fue la necesidad que toda entidad nueva tiene de perfilarse distinguiéndose de la que fue su matriz, en este caso el PS. La otra derivaba directamente de la estrategia de “clase contra clase” preconizada desde Moscú hasta el VII Congreso Internacional, realizado en 1935. Dicha fórmula planteaba a los partidos satélites el seguimiento de una línea “ultraizquierdista”, que los distanciaba, además, de los partidos burgueses “progresistas”.


Resultó así que el comportamiento seguido por el PCA respecto del Radicalismo –con o sin Yrigoyen- fue, durante ese lapso, de abierto enfrentamiento. Aún derrocada, la UCR era caracterizada “como nuestro enemigo principal” por parte del “Boletín Interno” de agosto de 1932 . La II Conferencia Nacional del PCA celebrada en La Plata en 1934 definía: “Hay que arrancar a la masa de la influencia radical”, siguiendo un artículo premonitorio de Rodolfo Ghioldi en la revista Soviet de agosto de 1933, en el que se afirmaba que “la revolución antilatifundista y antiimperialista se realizará no con el aporte radical, sino a pesar del radicalismo”. Toda esa época bien podría ser calificada de izquierdismo como enfermedad infantil del comunismo, según la frase de Lenin, si no fuese que el mismo Lenin y el primer Stalin la sostuvieron por más de una década y media.


El VII Congreso barrería con tales devaneos, solo explicables por el desarraigo social y cultural de los PPCC de muchos países. Y su efecto sobre la Argentina será instantáneo. Según la resolución principal de la III Conferencia Nacional del Partido, reunida en Avellaneda el 20 de octubre de 1935, la nueva fórmula es el Frente Popular. “El camino argentino para llegar ese gran Frente Nacional Antiimperialista es ya ahora llegar aun acuerdo entre todos los partidos de oposición sobre la base de un programa común de defensa de las amplias libertades democráticas”. Adiós a las condenas a los “social-fascistas” del PS. Adiós a las exigencias de “clase contra clase”; cómo explicar, si no, el cortejo al visceralmente burgués PDP de Lisandro de la Torre. Pero, por sobre todo, adiós a las condenas al Radicalismo, al que en 1933 Ghioldi comparaba con el nacionalsocialismo alemán y que, apenas dos años más tarde, en cuanto partido mayoritario en el país, se busca convertir en base de masas de la coalición en ciernes.


Los años inmediatamente siguientes serán el escenario de una performance bastante decepcionante en nuestro país para la nueva fórmula bolchevique en su versión stalinista, a diferencia de los éxitos iniciales del frentepopulismo en Francia y España, por ejemplo. Por un lado, la UCR, marginada por métodos non sanctos del proceso electoral del ’38 y desgarrada por hondas contraposiciones internas, será un barco a la deriva hasta el putsch del ’43. Por otro, la descarada reversión de alianzas consumada por Stalin con el pacto Ribbentrop-Molotov, disolverá al nazismo como actor cuya enemistad coagulaba al propuesto Frente. Solo en 1941, con la invasión hitleriana a la URSS, el PC podrá volver a levantar la voz, aunque esta voz ahora será más débil que en tiempos de la Guerra española.


Por entonces, un conjunto heteróclito de factores convergerán para embrollar la situación argentina. El repliegue de Gran Bretaña, al que le interesa nuestro abastecimiento más que nuestra neutralidad, la presión de EEUU que no tolera ésta última, el hastío respecto del fraude, el crecimiento aluvional del sector de trabajadores industriales, el extravío de la UCR, las muertes de Ortiz, Justo y Alvear –entre tantos otros- crean un escenario de incipiente descomposición del poder que solo el Ejército atina –aunque fuera torpemente – a intentar detener. Es muy difícil definir lo que los golpistas del ’43 querían – incluso los miembros del GOU. Está claro lo que rechazaban. Y en este rechazo asomaba prioritariamente, ya en ese año, el riesgo de que el fin de la IIGM generase una recuperación y aumento de las corrientes de extrema izquierda que, incluso, podía manifestarse en una efectiva guerra civil. Perón era quizás quien verbalizaba más explícitamente estas prevenciones.


El Ejército movió sus piezas primero: el 4 de junio de 1943. Y más allá de mil y un consideraciones tácticas o circunstanciales, la estrategia profunda –seguramente no consciente en muchos de los actores – radicaba en la prevención del Frente Popular.

De allí en adelante, y muy por encima de las motivaciones particulares y de las intenciones específicas de quienes aparecían en la escena pública, el Ejército y el PC eran las realidades irrevocablemente enfrentadas. Este último comprendió y asumió el reto. Por eso se aferró con energías renovadas a restablecer el alicaído proyecto frentista, que terminó concretándose en 1945-46 bajo la forma deterior de la “Unión Democrática” a nivel nacional y, en la Capital Federal, en las listas de “Unidad y Resistencia” que coaligaban al PC y el PDP.


Si los marxistas fueran lo que creen que son (los certeros diagnosticadores de las leyes del desarrollo histórico), el 17 de octubre del ’45 se hubiesen entremezclado en la Plaza con el obrerismo peronista. En lugar de ello estaban esperando que el Procurador de la Corte presentase su propuesta de Gabinete. Del mismo modo, sesenta y tres años más tarde, creían encontrar el futuro en la casta político-burocrática kirchnerista y no en los chacareros autoconvocados en todas las rutas de la Zona Núcleo. Pero si, olvidando el Materialismo Dialéctico, todo se trata de una cuestión de nudo poder, qué otra cosa podían hacer los comunistas de tiempos de Farrell sino abrazarse al Embajador Braden, cuyo principal asesor era un stalinista supérstite de la Guerra Civil española!

No es extraño, pues, ni inesperado, que el 21 de octubre el PC emitiera un manifiesto que consigna: “El malón peronista con protección oficial y asesoramiento policial que azotó el país, ha provocado rápidamente por su gravedad la exteriorización del repudio popular de todos los sectores de la República y millones de protestas. Hoy la Nación en su conjunto, tiene clara conciencia del peligro que entraña el peronismo y de la urgencia de ponerle fin (…) En el primer orden nuestros camaradas deben organizar y organizarse para la lucha contra el peronismo hasta su aniquilamiento (menudo sustantivo…NdA) . Perón es el enemigo número uno del pueblo argentino.”. Dos meses más tarde, el comunismo realizará su Conferencia Nacional en la que el Secretario General, Vittorio Codovilla, presentará su informe titulado “Batir al nazi-peronismo para abrir una era de libertad y progreso”. Otros dos meses y el electorado del país votará libremente, por primera vez bajo la garantía del Ejército, eligiendo a quien el PC consideraba “el candidato imposible”.


Anclado en esta concepción de la historia contemporánea el Partido navegará a través de la década peronista. Las ocasionales discrepancias con la conducción stalinista-codovilliana (Puiggros, Real, etc.) serán quirúrgicamente extirpadas y el comunismo mantendrá su condición de “meteoro”, de cuerpo extraño dentro de la sociedad argentina, en relación inconmovible con el Kremlin.


Será en tal situación que lo encontrará el movimiento insurreccional del ’55. Pero mientras los oficiales responsables de la conducción superior en los gobiernos tanto de Lonardi como de Aramburu mantendrán su visceral prevención respecto de las estrategias comunistas, algunos de los civiles subidos a sus espaldas se mostrarán más receptivos, por aquello de “el enemigo de mi enemigo…”. Así resultará que los sindicalistas de los Diecinueve Gremios Independientes –una creación ex nihilo- del PC se lanzarán al asalto de diversas estructuras gremiales en Bs. As. y Rosario con suerte varia, aunque finalmente negativa cuando se produjo la normalización electoral de tales organizaciones durante el gobierno de Frondizi.


Mucho más sustancioso será el botín en el campo universitario. Allí se reeditó la Unión Democrática para purgar a las aulas de catedráticos acusados, por ejemplo, de haber apoyado en 1952 la reelección de Perón. Este era terreno apetitoso para el PC. No en vano Codovilla era italiano y, aunque no lo manifestase explícitamente, en múltiples ocasiones actuó como un discípulo de Gramsci. De hecho, la organización que comandaba fue una de las más “gramscianas” del mundo, en cuanto a su prioridad por la captación de los aparatos culturales de la sociedad, que sería especialmente evidente durante el gobierno de Alfonsín.


Si volvemos a la década del ’60, podremos comprobar dos mutaciones estratégicas complementarias: el “entrismo” desde las corrientes marxistas y el “giro a la izquierda” en el Peronismo. El primero, cuya paternidad algunos atribuyen a Trotski, consistió en la incorporación de los propios militantes a partidos de masas como medio de obtener una convivencia sistemática con los trabajadores y promover la radicalización de los mismos y, eventualmente, de sus organizaciones, hacia las posiciones sostenidas por las fuerzas de raíz leninista. Obviamente, en las condiciones políticas de la Argentina de la segunda mitad del siglo XX, la estrategia “entrista” tenía como target obligado al Peronismo.


Este movimiento se correspondía, a su vez, con el denominado giro a la izquierda, que Perón amagó por esa época, más como una táctica extorsiva hacia el sistema político que lo proscribía que como una estrategia consistente. Quienes creyeron que el “giro” podía ser algo más se decepcionaron amargamente. En primer lugar John William Cooke, quien pretendió que el General se radicase en La Habana, topándose con las reiteradas preferencias de Perón, que eligió como anfitriones a Stroessner, Pérez Jiménez, Trujillo y Franco. De cualquier modo, la maniobra no había resultado gratuita: como consecuencia de ella muchos peronistas dejaron de pensar al PC como el enemigo. El efecto fue que, durante los ’60 y la primera mitad de los ’70 se produjo un trasiego incesante entre las organizaciones marxistas-leninistas y el Peronismo. Este último se hallaba desguarnecido ideológicamente, y sólo el liderazgo –en este caso reactivo- del propio Perón, retardó la colonización total .


Cuando hablamos, pues, de camporismo, no lo hacemos suponiendo una ideología o estrategia pergeñadas por el gris odontólogo de San Andrés de Giles. Recogemos su nombre usado como bandera por la generación que, encabezada por CFK, intentará con apreciable éxito convertir al Peronismo en una adyacencia político-cultural del PC, en la cual se dan cita tanto los que se habían estrellado en la lucha armada lanzada desde La Habana (vid. Fue Cuba de Juan Bautista Yofre), con los que, siguiendo el itinerario gramsciano, habían peregrinado por al alfonsinismo y el Frepaso hasta convertirse en viudos vergonzantes de la URSS.


En realidad, y particularmente en estos últimos años, sólo son ciegos quienes no quieren ver. La jefa del kirchnerismo proclama a José Ber Gelbard –el hombre de Moscú en el gabinete de Perón- como su modelo de Ministro de Economía. Su hijo, presidente del respectivo bloque de diputados, declara que, en lugar de Rucci, hubiese preferido homenajear a Agustín Tosco, el sindicalista más importante identificado con el PC en nuestra historia. Y en las cúpulas partidarias y parlamentarias proliferan los nombres de Carlos Heller, banquero del PC, Eduardo Barcesat – su jurista para todo servicio-, Martín Sabatella, Roberto Baradel, Hugo Yasky, Mónica Macha, entre tantos otros. Va de suyo que el PC y su desprendimiento el PC Congreso Extraordinario integran formalmente las sucesivas etiquetas electorales del kirchnerismo: Frente para la Victoria, Unión Ciudadana, Frente de Todos…Entretanto en las calles porteñas, Stalin y Trotski prosiguen su viejo combate, pero el primero lo hace a través de las estructuras supuestamente herederas de aquél que alguna vez llamaron “el enemigo número uno del pueblo argentino…”.-