El revisionismo histórico liberal

Por Claudio Chaves - El presente escrito es parte de un capítulo del libro: El Revisionismo Histórico Liberal. Vida y Obra de Olegario V. Andrade, de Claudio Chaves El objetivo de la publicación es poner en manos del lector una mirada historiográfica que avanza en una dirección diferente a lo que se ha escrito hasta el momento.

 

Las Dos Políticas, trabajo histórico-político de relevante valor historiográfico fue escrito por Andrade con el fin de promover la candidatura presidencial de Urquiza a las elecciones de 1868. Se trata de un trabajo de alto valor sociológico que ubicó al movimiento liderado por el entrerriano en el marco de las disputas surgidas a partir de la Primera Junta de Gobierno. En una línea histórica de profunda raigambre popular al reivindicar, como luego veremos, a figuras señeras del caudillismo provinciano.

Durante bastante tiempo se pensó escrito por José Hernández. Distintos autores así lo creyeron hasta que Fermín Chávez puso las cosas en orden. En el diario La Prensa, del domingo 3 de febrero de 1955, en un fundamentado artículo, demostró irrebatiblemente la paternidad del poeta de Gualeguaychú sobre dicho opúsculo. Las dudas habrían surgido porque el trabajo salió publicado anónimamente al inicio de la campaña presidencial de 1868. La inexistencia de un autor persiguió seguramente el objetivo de hacer del ensayo una producción intelectual del partido federal del interior y no de alguien en particular, que podría restarle fuerza.

Como el producto fue bueno algunos historiadores atribuyeron luego el trabajo a Hernández pues su figura, desde el punto de vista intelectual, siempre fue más valorada que la de Olegario. Si esto ha sido así no nos parece justa la apreciación.

Como idea general podemos afirmar que el ensayo procuró establecer la visión histórico-política del gran partido nacional del interior. Fijar sus orígenes, su razón de ser y el sentido de su lucha. Fue al mismo tiempo una declaración de principios, un cuerpo de doctrina con el cual, el interior, pudiera identificarse, explicarse y proyectarse.

“Mi estimado General adjunto a V.E. unos ejemplares del folleto Las Dos Políticas, que he publicado últimamente.

Estoy seguro que las ideas que encierra y que no me pertenecen, porque forman el sentimiento uniforme del pueblo argentino han de ser bien recibidas por V.E.

Este folleto tiene una segunda parte. Ella que será publicada oportunamente contendrá una vindicación más explícita de la política de V.E. y la narración histórica de los grandes sucesos en que ha figurado” [1]

El objetivo, entonces, de este trabajo fue dar a publicidad los hechos más salientes de la vida política de Urquiza y hacerlos conocer por medio de un texto en el marco de una línea histórica con raíces en el pasado reciente. Andrade manifestó expresamente que no le pertenecían porque formaban parte del sentimiento del pueblo. Lo que significaba que la línea interpretativa de “Las Dos Políticas” fue la puesta en palabras y la racionalización de la atmósfera que se respiraba en el interior del país.

El trabajo circuló de mano en mano. Fue un manifiesto, una declaración de principios y, también, la plataforma electoral del Partido Federal del Interior. Fue un documento importantísimo por ser el primer intento de replanteo de nuestra historia, desde una óptica nacional y provinciana.

Al comienzo afirma:

“Nuestros grandes problemas políticos no han sido resueltos, porque no han sido planteados”

Y a partir de esta idea desarrolló su visión de los hechos históricos. Antes de abordarlos es justicia observar que sus argumentos centrales se sustentaron en ideas ya vertidas por Juan Bautista Alberdi. De ahí, que Olegario explicara que no le pertenecen. Escritos y pensamiento que Andrade conocía pues circulaban en el ambiente periodístico y culto del interior del país. El sustento histórico-político del ensayo de Andrade se apoya en una de las tesis centrales de Alberdi:

“No son dos partidos, son dos países; no son los unitarios y federales, son Buenos Aires y las provincias. Es una división de geografía, no de personas, es local no política. Con razón cuando se averigua quienes son los unitarios y federales y donde están, nadie los encuentra; y convienen todos en que estos partidos no existen hoy; lo que sí existe a la vista de todos, es Buenos Aires y las provincias alimentando a Buenos Aires” [2]

Esta es la argumentación fundamental del revisionismo de Andrade, fundado en el de Alberdi, constituyendo ambos la columna vertebral del revisionismo histórico liberal.

Por el contrario la explicación de aquellas luchas, por el desacuerdo entre unitarios y federales, que el conjunto de la historiografía argentina, salvo algunas excepciones, aplica para entender aquellos años, oculta la verdadera causa del desencuentro. Esconde en sus pliegues los argumentos construidos por Rosas y mantenidos por Mitre. Esto es, ignorar que el punto central del conflicto fue Buenos Aires sometiendo a las provincias, puesto que como porteños, que eran, no convenía mentar al demonio y menos hacerse cargo de la responsabilidad que les cabía.

En este sentido Andrade, en “Las Dos Políticas”, [3] (desde ahora y hasta finalizar el capítulo tomaremos la edición citada a pie de página) se mete de lleno en el centro del conflicto: “nosotros hemos visto una cuestión política donde sólo había una cuestión económica”

“Las cuestiones de organización, de forma de gobierno, de instituciones liberales, eran los diferentes disfraces de la cuestión económica. ¡Y durante cincuenta años nos hemos hecho matar por una quimera! La cuestión económica no ha sido resuelta. Vamos a buscarla en su punto de partida, en su origen histórico”



¿UNITARIOS Y FEDERALES?


Esta ecuación explicó, por aquellos años y aún hoy continúa en uso, los desacuerdos de los argentinos. Este error, esta incomprensión del conflicto político del siglo XIX, impulsó a Andrade a sostener que nuestros grandes problemas políticos no habían sido resueltos porque no habían sido planteados. O en tal caso, lo ocurrido es que habían sido mal enfocados.

¿En definitiva, la pugna entre estos dos partidos existió o no?

Una excelente aproximación al tema fue dada por un político del interior y al mismo tiempo gran pensador, Pedro Ferré. Una rareza ver juntas esas dos actividades. El Brigadier Ferre debe ser considerado un antecesor del revisionismo liberal. Este correntino federal, firme adversario de Rosas, por porteño, observó luminosamente el problema:

“Después que llegué a Buenos Aires, donde tenía entonces amigos sinceros, fui instruido del plan que Rosas se había propuesto establecer, de acuerdo con algunos de los principales de Buenos Aires, cuyo resultado debía ser subyugar a todas las provincias.

Rosas hizo reunir a los sujetos de predicamento, que le pareció necesario y les habló categóricamente en estos términos. Veinte años de experiencia debe convencernos que no es posible conseguir la dominación de las provincias, como conviene a la nuestra. Ellas la han resistido con éxito, y lo harán siempre favorecidas de su localidad y del entusiasmo con que sus masas han aprendido el sistema de federación. Si vosotros me aseguráis vuestra firme cooperación, propondré un plan cuyo resultado llenará el objeto porque combatimos ha muchos años. Y dijo, es preciso que en lo sucesivo finjamos haber variado de sistema, declarándonos federales como por convencimiento. Nuestros pasos, nuestras acciones y todo cuanto exteriormente pueda tener visos de federación debemos emplear para merecer la confianza de los pueblos….Perseguiremos a Lavalle como unitario llenándolo de vituperios, y esto halagará a las masas de los pueblos que miran a aquel partido como coautor de su pretendida dominación. Creerán que nosotros somos los primeros que en Buenos Aires aparecen conformes con la opinión general; y así empezaremos a merecer su confianza.” [4]

Poco importa si esto ha sido así, si efectivamente Rosas explicitó de ese modo sus argumentos. Lo que vale es cómo interpreta el conflicto Ferré:

Rosas se dice federal para dominar a las provincias, esto último es lo esencial. Para el revisionismo histórico liberal, entonces, solo la lucha de las provincias contra los porteños da respuesta fidedigna al problema y explica el conflicto:

“En vez de llamarse a esta época el principio de la división civil entre federales y unitarios, debe llamarse el nacimiento de la lucha entre las provincias y la antigua capital. No hemos acertado en las verdaderas denominaciones de las épocas y de los partidos argentinos” (Andrade)

La falta de acierto respecto de los verdaderos contendientes políticos no es un problema inocuo ni insípido, ni para la política, ni para la historiografía. Pensar el conflicto como unitarios y federales, es creer que la organización o desorganización nacional se jugó en las desavenencias entre Rivadavia y Dorrego o entre Lavalle y Rosas, cuando estos fueron encontronazos entre porteños.

Por el contrario considerar el conflicto como lo propone Andrade, siguiendo a Alberdi, es apreciar que los verdaderos contendientes han sido Artigas y el Directorio; Bustos y Rivadavia, Bustos y Dorrego (de quien decía Andrade ¡La grandeza de su muerte, oculta los errores de su vida) ; Ferré y el general Paz versus Rosas y así hasta la revolución del 90’ cuando, larvado, vuelve a resurgir el asunto.

“La historia argentina está esperando el intérprete grandiosamente inspirado, que demarque una vez por todas, el itinerario de nuestros antagonismos y de nuestros extravíos…” (Andrade)

¿Y, entonces, existió o no pugna entre unitarios y federales? ¿Fue verdaderamente un conflicto central en la historia del siglo XIX argentino?

¿La organización nacional y la voluntad de constituirnos como nación estuvieron jugadas en esta controversia? Veamos.

San Martín, ya en 1816, observaba correctamente el problema. En carta a Godoy Cruz, decía:

“Me muero cada vez que oigo hablar de federación. ¿No sería más conveniente trasplantar la capital a otro punto, cortando por este medio las justas quejas de las provincias? [5]

Esta frase supone y lleva implícitas varias afirmaciones. Primero, San Martín piensa en construir una nación donde antes había colonias, pues habla de una capital. Segundo lo desespera oír hablar de federación, la cuestión es llevar la capital al interior. Esto es, que quede en manos de las provincias.

Los quejosos eran los provincianos, fueran unitarios o federales. La opinión de San Martín fue coincidente con la de Artigas que aspiraba a que la capital estuviera fuera de Buenos Aires, puesto que la organización nacional debía buscar como capital el interior.

Últimamente, los historiadores más modernos no terminan de salir de la encerrona tradicional. A los unitarios los denominan liberales y a los provincianos federales. Es que acaso ¿no eran liberales también?:

“Dos fuerzas políticas protagonizaron los principales conflictos de los años sesenta: liberales y federales. Estos últimos remontaban su origen a la década de 1820…se identificaban con una tradición política con arraigo en amplios sectores de la población del interior, y que tenía un enemigo declarado: los unitarios. Hacia la década de 1860, esa tradición había incorporado nuevos tópicos, que modificaron la matriz inicial en la medida que la Constitución de 1853 se convirtió en un punto fundamental de su discurso y simbología” [6]

Esta mirada en nada difiere de las tradicionales: los federales son el interior y los liberales los unitarios porteños. Como si no hubiera habido federales en Buenos Aires ¡bien porteños! Y unitarios en provincias ¡bien provincianos! El galimatías al cual someten a estudiantes y lectores es el mismo de siempre. Es decir unitarios y federales. ¡Y dale que va! Esta “novedosa” descripción amerita algunos comentarios.

Primero, en el interior había unitarios, como el General Paz que con apoyo de federales provincianos combatieron por la organización nacional en contra de los porteños. En Buenos Aires en reiteradas oportunidades unitarios y federales se pusieron de acuerdo para hacer frente a los provincianos.

Segundo la autora afirma que “esa tradición (supongo la federal-provinciana) para 1860 había incorporado nuevos tópicos” es decir el constitucionalismo y en este caso vuelve a errarle al vizcachazo, los caudillos liberales del interior siempre lucharon por la organización constitucional, al menos los más lúcidos: Artigas, Bustos, Ferré, Paz, en el caso de estos últimos, aliados para derrocar a Rosas. En síntesis unitarios y federales provincianos y constitucionalistas enfrentados a los porteños.

Tercero y final, la autora de marras, no deja en claro los bandos en los que divide a los argentinos: Liberales por un lado y federales por el otro. ¿Es, acaso, el federalismo un cuerpo doctrinario alternativo al liberalismo?

Este asunto es más delicado fundamentalmente desde el punto de vista del pensamiento.

El liberalismo, al igual que el nacionalismo y el marxismo son cuerpos doctrinarios duros. Incluso algo más, ideologías que abrazaron a la humanidad los últimos doscientos cincuenta años. ¿Dónde encaja aquí el federalismo? ¿Es una nueva ideología? ¿Nacida en nuestras pampas y para el mundo? No, esta prospectiva no explica gran cosa. Los hombres del interior, los que la autora denomina federales, en contraposición a los liberales, no son otra cosa más que liberales. En síntesis los caudillos provincianos, también, fueron liberales. Pero si los porteños fueron liberales y los provincianos del mismo modo ¿que impidió que este cuerpo doctrinario los contuviera? Más adelante abordaremos el intríngulis.

Por eso Andrade adelantándose a la confusión que sospechaba que ocurriría, cuando los historiadores abordaran el período en los términos histórico-políticos del rosismo-mitrismo, advirtió en su notable texto:

“Federales y unitarios, lomos negros y mazorqueros, nacionalistas y liberales, todos esos nombres con que se han bautizado los partidos argentinos, no han sido más que disfraces de una gran cuestión económica.” (Las dos políticas) Como luego se verá esa cuestión económica fue la Aduana, la libre navegación de los ríos y la nacionalización de la renta aduanera, en definitiva, Buenos Aires y las provincias.

Ahora bien ¿el conflicto unitarios y federales existió? ¿Hubo controversias entre ellos dignas de ser señaladas? Sí, por supuesto que las hubo, pero ellas se dieron en el estrecho marco de provincia, como lo explica el General Paz:

“No será inoficioso advertir que esa gran facción de la república que formaba el partido federal no combatía solamente por la mera forma de gobierno, pues otros intereses y otros sentimientos se refundían en uno solo para hacerlo triunfar. Primero, era la lucha de la parte más ilustrada contra la porción más ignorante. En segundo lugar, la gente de campo se oponía a la de las ciudades. En tercero, la plebe se quería sobreponer a la gente principal. En cuarto, las provincias, celosas de la preponderancia de la capital, querían nivelarla. En quinto, las tendencias democráticas se oponían a las miras aristocráticas y aún monárquicas…” [7]

De esta lectura podemos conjeturar que el problema entre unitarios y federales fue, en primer lugar, un conflicto estrictamente social y fundamentalmente cultural, entre los sectores urbanos y las masas rurales. Si entendemos que por aquellos años la población rural trepaba al 80% y la urbana el 20% no hay dudas donde se hallaba la mayoría y quienes expresaban la voluntad popular. No encontramos razones para disentir con esta interpretación, que conceptuamos acertada. Pero entendida, siempre, en el estrecho marco de provincia. Unitarios y federales disputaban el poder en su provincia; la administración y gestión del gobierno provincial.


La ruralidad presentaba rasgos específicos y, en ciertos casos, antagónicos a costumbres y prácticas urbanas conceptuadas prejuiciosamente, por el campo, como un amaneramiento feminoide y ciertamente extranjerizante de las ciudades, según puntuales y específicas definiciones de época.

Facundo Quiroga refiriéndose a algunos hábitos de oficiales muy urbanos, decía: “Generales de papel, a la moda, a la extranjera”

Redoblando la idea aseguraba del general de “papel” Ruiz Huidobro:

“Cambiaba cada día de ropa interior y exterior, y en la ciudad se contaba con asombro que poseía trescientos sesenta y cinco camisas; como una muestra más de su refinado afeminamiento llevaba también en la mano un pañuelo de batista” [8]

Sarmiento ¡cuando no! también se sumó a esta polémica de la moda y las costumbres, naturalmente desde una posición contraria a Facundo. Para él, se hacía necesario mudar esos hábitos salvajes de las masas rurales, integradas en los ejércitos para que estos fueran la vanguardia de la urbanidad y portadores de una nueva civilización.

Incorporado al Ejército Grande de don Justo José de Urquiza, miró con desprecio al gauchaje que paradójicamente venía a poner punto final a la dictadura de Rosas y organizar la Nación. Como luego veremos a Sarmiento se le hacía muy difícil unir ruralidad y caudillos con República institucionalizada. Eran términos antagónicos.

“Yo era el único oficial del ejército argentino que en la campaña ostentaba una severidad de equipo, estrictamente europeo. Silla, espuelas, espada bruñida, levita abotonada, guantes, quepí francés, paletot en lugar de poncho, todo yo era una protesta contra el espíritu gauchesco. Esto que parece una pequeñez era una parte de mi plan de campaña contra Rosas y los caudillos, seguido al pie de la letra, discutido con Mitre y Paunero y dispuesto a hacerlo triunfar sobre el chiripá si permanezco en el ejército. Mientras no se cambie el traje del soldado argentino ha de haber caudillos. Mientras haya chiripá no habrá ciudadanos y para acabar con estos detalles de mi propaganda culta, elegante y europea, en aquellos ejércitos de apariencias salvajes, debo añadir que tenía botas de goma, tienda fuerte, catre de hierro, velas de esperma, mesa, escritorio y provisiones de boca” [9]

Sarmiento estaba dispuesto a acabar con nuestras costumbres y gustos en aras de construir una nación moderna. Iluminismo vanguardista en estado químicamente puro. Los cambios y el progreso introducidos a golpe de espada bruñida.

Este refinamiento, que en la mayoría de los casos significaba incorporar confortables costumbres europeas, no era bien visto en el mundo pastoril. La campaña austera y frugal objetaba como extravagante y ajeno lo que en las pequeñas ciudades se desarrollaba como moda.

Aún se conserva en la localidad de Monte, expuesto al público, el rancho donde habitó don Juan Manuel de Rosas en su estancia Los Cerrillos. La rusticidad de su estilo, la precariedad de sus formas y la sencillez de sus líneas, revelaba, aún, en los estratos más altos de la campaña, lo que venimos afirmando.

Sólo cuando la ruralidad, esto es los federales, se apoderaron del gobierno de sus provincias, algunas cosas cambiaron. Al ejercer el mando desde el centro mismo de la ciudad, como no podía ser de otro modo, cierta pátina de ciudadanía adoptaron estos caudillos, dándole a sus costumbres una urbanidad y refinamiento desconocido, como fue el caso de Rosas al construir San Benito de Palermo a orillas del Río de la Plata y en las afueras de la ciudad. Urquiza, de igual modo, pero al revés, llevó los usos urbanos a la campaña, en el fabuloso Palacio San José.

La decisión de Rosas de ser un hombre rural lo acometió desde niño. Cuenta Mansilla, su sobrino, que en el Buenos Aires colonial y aún después, tener tienda en la ciudad era símbolo de distinción y buenas costumbres. La familia Rosas de gran fortuna, consolidada en el campo, pretendía que sus hijos adquirieran modales distinguidos, empleándolos en importantes tiendas de comerciantes de renombre de la pequeña urbe. Su madre obligó a Juan Manuel a emplearse en una de ellas. El niño huyó despavorido de su conchabo urbano. No soportó la idea. Marchó al campo, a casa de sus parientes, los Anchorena. Allí respiraba inmensidad. Creció a e hizo fortuna. Solo volvería para asumir la gobernación. La decisión de vivir en un lado o en el otro, era, en lo profundo una decisión cultural de implicancias políticas.

Un conocido comerciante inglés de la época, William Mac Cann, ha dejado imágenes elocuentes del choque de estos mundos, como así también la natural asociación al atraso y la ociosidad que las costumbres camperas despertaban en los extranjeros y en la ciudad:

“Generalmente, los propietarios que desean adaptar sus costumbres a la vida europea, son aquellos que, por accidente o de propósito, se han vinculado a los extranjeros de Buenos Aires. Vuelven al campo con el deseo de mejorar sus propiedades y en lo posible conforman su vida a los hábitos y comodidades de la civilización. Como dato muy ilustrativo de lo que acabo de decir, mencionaré el caso de un rico propietario a quien visité. Este hombre vivía, -según una frase que oí de sus propios labios- en estado natural. Su indumento era el del gaucho; el cuarto en que dormía no había sido barrido desde seis meses atrás. Bajo el lecho que ocupé, se hallaba un gallo de riña, favorito del patrón, atado a una pata de la cama para que su dueño pudiera tenerlo a mano y divertirse con él; colgaban de las paredes, estribos, espuelas y otras prendas de montar, todas de plata. La comida consistió en carne y nada más que carne; no se nos dio sal, ni pan, ni galleta, ni verduras de ninguna especie. Bebimos solamente agua y comimos en el suelo, a falta de mesa.

Las costumbres atávicas darán paso, con el tiempo, a otros usos de índole superior. Ya el vestido a la europea se generalizaba mucho y, cuando se le ve en el campo, llevado por un criollo, es señal de que en esa comarca se va operando algún cambio en la manera de ser general. A ningún extranjero que se respete se le habrá ocurrido adoptar el indumento nacional, y por cierto, que ello no agradaría a las clases cultas, todo lo contrario.” [10]

La ciudad y el campo, dos realidades distintas, dos mundos controvertidos, y la conflictividad propia de la convivencia cotidiana.

El enfrentamiento entre unitarios y federales encerraba, entonces, el secreto de la “lucha de clases” expresada en dos cosmovisiones culturales diferentes, pero en el marco estrecho y reducido de la provincia. Ciudad y campo. Disputaban el poder político lugareño y no lograban establecer una firme alianza nacional, sencillamente porque no había Nación y los caudillos que gobernaban las provincias privilegiaban su poder local antes que arriesgarlo en una patriada nacional. Fueron muy pocos los jefes provinciales que pugnaron por una organización constitucional del país: Artigas, Bustos, Paz Ferré y finalmente Urquiza. La idea unitarios versus federales seduce por el costado de redención social que esconde.

Por supuesto que no es lo mismo sostener una argumentación que la otra. Las consecuencias políticas e historiográficas nos llevan por caminos diferentes.

“Rivadavia había sido el ídolo del partido localista. En sus brazos había subido al poder supremo. En su nombre y en su servicio copió las atribuciones del gobierno nacional realista y patrio, de que había sido cabeza Buenos Aires por espacio de tres siglos, y las dio a su gobierno de provincia.

En su nombre y en su servicio, creo las instituciones de aislamiento, que sirvieron al despotismo de Rosas, y que en la mano de la mazorca fueron el hacha destructora de las vidas y de las libertades del pueblo.

Rivadavia fabricó las herramientas con que Rosas forjó las duras cadenas de su dictadura.

A él se le debe la doctrina de las facultades extraordinarias, el banco oficial de emisión que costeó las sangrientas bacanales de la tiranía, la policía militar que reemplazó al régimen municipal, y que Rosas empleó como una hambrienta jauría para que husmease las presas destinadas al sacrificio” (Las dos políticas)

Muy claro, unitarismo y federalismo porteño han sido lo mismo para los liberales provincianos.

Toda la historiografía argentina, sin excepción, señala que el asunto central de la primera mitad del siglo XIX ha sido la cuestión de la organización nacional, si esto ha sido así, y no hay duda de ello, se trata, entonces, de señalar y definir con exactitud los contendientes. El asunto central radica en saber quien organizó constitucionalmente al país.

Si han sido los provincianos, los porteños, los federales o los unitarios y por otro lado si corresponde yuxtaponer los términos, esto es provincianos sinónimo de federales, porteños sinónimo de unitarios. Como hemos visto esto último es un absurdo. Andrade lo explica luminosamente:

“Buenos Aires ha querido desde 1810 mantener en sus manos el monopolio del comercio exterior, y en sus cofres el producto de las rentas que él produce. Esta es la verdad histórica. Este es el punto de partida de nuestras revoluciones civiles. En vez de llamarse a esta época el principio de la división entre federales y unitarios, debe llamarse el nacimiento de la lucha entre las provincias y la antigua capital heredera de las facultades y prerrogativas del virreinato.” (Las dos políticas)

Y por si quedaran dudas de como entendía el conflicto la intelectualidad de Paraná, insiste Andrade, sobre el asunto unitarios o federales y haciendo referencia a los porteños asegura:

“Unitarios, hasta que la fuerza de las armas obligó a firmar a Buenos Aires los tratados de 1820 y 1831, en que reconocía como igual en derechos políticos a cualquiera otra provincia argentina.

Federales, mientras este sistema ha significado el aislamiento, que convertía en propiedad de una provincia el tesoro…” (Las dos políticas)

PROVINCIANOS Y PORTEÑOS

Cuando Alberdi desarrolló la idea de que el conflicto argentino debía explicarse como el enfrentamiento entre provincianos y porteños y que las desinteligencias entre uno y otro bando debían ser comprendidas a la luz de estas diferencias geográficas, lo hacía a sabiendas que en cada uno de estos bandos se hallaban hombres que provenían indistintamente de una u otra región, agrupándose en uno u otro bando, según sus ideas, estilos o temperamentos.

No hubo jamás un encuadramiento taxativo y automático según origen, puesto que hubo porteños que se alinearon con las provincias como José Hernández, Carlos Calvo, Tomás Guido, entre otros y provincianos que lo hicieron con los porteños como Sarmiento, Vélez Sarfield o Guillermo Rawson para nombrar solo a algunos. Esta mixtura de ninguna manera negaba la existencia del conflicto, sencillamente ponía en evidencia la libre elección individual.

La visión política de Alberdi abrevaba en lo que dio en llamarse historicismo, esto es la mirada que habilitó el romanticismo. Orientada a considerar la existencia de fuerzas inmanentes y secretas que conducen los destinos de la humanidad, independientemente de la voluntad de los hombres y que estos últimos deben acompañar sin poder torcer el destino misterioso de esas fuerzas. En ese sentido no le importaba que un porteño respaldara a Urquiza o un provinciano a Mitre. Para él lo significativo consistía en apreciar las fuerzas telúricas que se levantaban en defensa de intereses regionales o sociales y no en la responsabilidad individual de los hombres. Las regiones con sus intereses, sus tradiciones y su cultura creaban y daban origen a las fuerzas políticas que las expresaban y los hombres se encolumnaban según su voluntad personal.

“Urquiza y López Jordán son accidentes accesorios; no son la causa del poder de Entre Ríos, sino el efecto. La causa que los creo queda en pie, y no es otra, que la que hace y hará el poder progresista de esos países liberales: su geografía, es decir, sus caudalosos ríos navegables; sus campos fértiles, en que crecen los ganados como el pasto; sus bellos y numerosos puertos fluviales, dotados de vastos muelles naturales, que son sus márgenes.

El poder omnímodo de Rosas, no le venía ni residía en la ley escrita, como se cree. Esa ley, al contrario, era el efecto y la expresión del hecho vivo y real de ese poder omnímodo que residía en la condición y manera de ser económica del país” [11]

Andrade interpreta en la misma dirección los hechos históricos:

“Rivadavia había sido el ídolo del partido localista. En sus brazos había subido al poder supremo. En su nombre y en su servicio ha dicho un historiador contemporáneo, copió las atribuciones del gobierno nacional, realista y patrio, de que había sido cabeza Buenos Aires por espacio de tres siglos, y las dio a su gobierno de provincia.” (Las dos políticas)

De modo que ha sido el partido localista, expresión de las necesidades de Buenos Aires, quien elevó al poder a Rivadavia. Bernardino fue la hechura de una realidad que estaba por fuera de él.

En otro tramo de su libro asegura de Rosas y su derrota en Caseros:

“Veinte mil hombres permanecieron fieles a la tiranía. Si es injusto atribuir a Buenos Aires los crímenes, las expoliaciones, los antojos salvajes de Rosas, no es injusto negar su complicidad en los principios trascendentes de su política soberbia, exclusiva y vanidosa, con sus aspiraciones capitales de predominio y de absorción” (Las dos políticas)

Cuando uno recorre los textos periodísticos de Andrade (sería abrumador citarlos) se observa que Olegario privilegiaba hablar de Buenos Aires como entidad política o partido antes de las individualidades que la gobernaron.

En síntesis Rosas, Rivadavia, Dorrego y luego Mitre fueron individualidades modeladas por las necesidades porteñas, por lo tanto cara y seca de una misma moneda.

Tanto Alberdi como Andrade no creen, como el marxismo, que la existencia determine la conciencia (de forma individual o como clase). Para ellos, la conciencia se orientará según el ejercicio de la libertad individual. Pero esa libertad tiene límites, determinados por las tradiciones, las costumbres, las fuerzas económicas, o valores prevalecientes en la época. Otorgándole al individuo la posibilidad de elegir dentro de esos parámetros.

“Hay en el pensamiento de Alberdi una concepción sobre la esencia universal del progreso que no excluye la libertad humana. Como somos libres podemos, sin embargo, acelerar o inhibir el ritmo del devenir social pero no crear el designio de la historia” [12]

RAZONES DEL ENFRENTAMIENTO

Cinco causas fueron las que en el período que va de 1810 a 1861 perturbaron la vida política del país. No todas se dieron de manera simultánea o tuvieron el mismo grado de importancia. Cada una de ellas expresó las necesidades de una región, evidenciando el grado de fractura alcanzado luego de la independencia.

La enumeración no responde necesariamente a una valoración, sino a una manera didáctica de presentar el problema:

a) Librecambio o proteccionismo

b) Libre navegación de los ríos.

c) Nacionalización de la rente aduanera.

d) Organización nacional.

e) Civilización o barbarie.


[1] A.G.N. A.U.: T. 281. Andrade a Urquiza. 23/3/ 1866 [2] Alberdi, Juan B.: Grandes y…Ob. Cit. P.32 [3] Andrade, Olegario V.: Las dos políticas. Bs. As. Ed. Devenir. 1957. [4] Ferré, Pedro: Memorias. Bs. As. Ed. Coni. 1921. P.45 [5] Meyer, Jorge : Alberdi.. Ob. Cit P. 68 [6] Sábato, Hilda: Historia de la Argentina. Bs. As. Ed. Siglo XXI. 2012. P 97 [7] Paz, José M.: Memorias. Bs. As. Ed. Schapire. 1968. T. 2. P. 34 [8] Cárcano, Ramón: Juan Facundo Quiroga. Bs. As. Ed. Anaconda. 1940. P. 76 [9] Sarmiento, D. F., Alberdi J. B.: Las ciento y una. Cartas Quillotanas. Bs. As. Ed. Losada. 2005. P. 124 [10] Mc Cann, William: Viaje a caballo por las provincias argentinas. Bs. As. Ed. Hyspamérica. 1985. P. 118 [11] Alberdi, Juan B.: Obras Escogidas. Bs. As. Ed. Luz del día. 1956. T. X. P. 153 [12] Alberini, Coriolano: Problemas de la historia de las ideas filosóficas en la Argentina. La Plata Universidad Nacional de la Plata. 1966. P. 34.