El revisionismo histórico liberal II

Por Claudio Chaves - El texto siguiente conforma, junto al entregado en la edición anterior, un capítulo del libro: El Revisionismo Histórico Liberal. Vida y obra de Olegario V. Andrade.

 

LIBRECAMBIO O PROTECCIONISMO

Frente a esta disyuntiva las provincias no actuaron unívocamente. Buenos Aires y el litoral, cuya economía se apoyaba en la ganadería y en la exportación de sus derivados, no observaban con buenos ojos el reclamo de las provincias mediterráneas. Conocida y expuesta hasta el agotamiento -en libros y debates- ha sido la polémica entre Pedro Ferré y Roxas y Patrón. De manera que no abundaré en citas, sólo me referiré a los asuntos políticos de la controversia.

El cruce de opiniones ocurrió cuando el general Paz que había unificado nueve provincias mediterráneas, con base en Córdoba, amenazaba la prevalencia porteña con la organización nacional provinciana. Buenos Aires, gobernada por Rosas y sumida en una honda preocupación ante la osadía mediterránea pergeña un plan con las provincias litorales.

En ese momento la lucha por ganar influencia en el litoral (Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes) era central a los efectos de esa pelea. Si Paz sumaba Santa Fe a su proyecto, tendría garantizada la salida al comercio internacional y a la recaudación aduanera, que permitiría rentas capaces de sostener la existencia del Estado Nacional que el Manco imaginaba.

Paz se había comunicado con Ferré (Corrientes) y con López (Santa Fe) al parecer los tres habían acordado juntarse para organizar el país según la voluntad de los pueblos.

Buenos Aires, entonces, por medio de su gobernador Rosas convocó a una reunión urgente en Santa Fe para seducir al litoral de manera que abandonara la idea de constituir una nación junto a las provincias interiores. Fue en esas circunstancias que Ferré y Roxas y Patrón discutieron sobre diversos tópicos.

Como ya he dicho mucho se escribió acerca del tema del proteccionismo argumentado por Ferré. Especialmente lo ha hecho la escuela revisionista-nacionalista y la izquierda peronista que al nacer, la primera, en la década del 30 del siglo XX y la segunda a la caída del peronismo, ambas cayeron bajo el clima de época. Esto es, la sustitución de importaciones y el industrialismo forzado emulando lo alcanzado por la URSS. La idea fundamental de esas corrientes políticas fincaba en que sólo habría patria donde hubiera industria manufacturera o pesada. En este sentido se hacía imperioso buscar en el pasado aquellas figuras capaces de ser señaladas como los antecesores del pensamiento industrialista. Ferré encajaba en esa línea.

El correntino asumió en su discurso una postura proteccionista en defensa de las industrias artesanales del interior del país y el porteño Roxas y Patrón, rechazaba con énfasis esos argumentos. Este último centró su defensa del libre comercio en que sólo algunas provincias se beneficiarían con la prohibición, pero Santa Fe, Buenos Aires y Entre Ríos, no. Y este era el asunto político por excelencia. Rosas fomento le discusión para dejar en claro que las provincias litorales guardaban los mismos intereses. Buena razón para firmar el Pacto Federal con el solo afán de impedir la unión nacional que venía del interior del país, precisamente de Córdoba.

Andrade, en su libro, no hace referencia a este tema pues, como representante de Entre Ríos comulga con la libertad aduanera. Cuando acompañe la experiencia roquista se inclinará por el proteccionismo, en la dirección del movimiento industrialista que se cobijó bajo el ala de Roca.

LIBRE NAVEGACION DE LOS RIOS

“¿Cómo se complace a Buenos Aires? Claro está: manteniendo la clausura de los ríos, el exclusivismo del puerto, el monopolio del comercio, y finalmente absorbiendo todo interés nacional en provecho de Buenos Aires.

¿Qué importa el martirio del pueblo argentino? ¿Qué importa su deshonra? ¿Para qué quiere Congreso la Nación si no tienen las provincias para pagar sus diputados? (Las dos políticas)

La arbitraria prohibición que la provincia de Buenos Aires ejerció sobre la navegación de los ríos Paraná y Uruguay, perjudicó la economía de las provincias litorales.

“La clausura de los afluentes del Río de la Plata al comercio y a la navegación, tuvo nacimiento en las instituciones coloniales, dictadas por el gobierno español, empeñado en mantener la dependencia de estas lejanas posesiones.

Derrocado en 1810 el régimen metropolitano y devuelta la soberanía política del país al pueblo de sus provincias, Buenos Aires se erigió de hecho en metrópoli territorial monopolizando el comercio, la navegación y el gobierno general del país por el mismo método que había empleado España” (Las dos políticas)

Los buques extranjeros procedían a la carga y la descarga en este puerto, donde se cobraban los impuestos de importación y exportación; luego la mercadería era internada en barcazas o chalupas a puertos interiores o por los mismos barcos de extranjería. De esta manera Buenos Aires se quedaba con los impuestos aduaneros que eran la parte del león de todas nuestras rentas.

Las provincias de Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes se vieron afectadas por esta política absorbente, en la medida que disponían de puertos en condiciones de comerciar con el extranjero como: Rosario, Santa Fe, Paraná, Gualeguaychú, Concepción del Uruguay y Concordia. Para ellas era indispensable este comercio directo, que dejaba en sus aduanas los dineros necesarios para funcionar como entidades autónomas. Su administración dependía de esta recaudación tanto como los servicios ofrecidos a su comunidad.

El general Paz cuenta en sus memorias que estando detenido en Santa Fe, luego de que su caballo fuera boleado por un soldado del ejército de López, se sorprendió por la pobreza que atravesaba la provincia y, como muestra, observaba con asombro que el Secretario del Gobernador llegara media hora antes para barrer las oficinas. Imaginemos, entonces, lo que podía quedar para caminos, obras de bien general o educación si ni siquiera había para ordenanzas. A esa situación de indignidad y postración empujaba Buenos Aires al interior.

Esta provincia siempre jugó como moneda de cambio la libre navegación ante urgencias políticas que pusieran en aprietos su hegemonía. Cuando la situación política nacional se agravaba, en circunstancias en que el interior se aliaba al litoral para enfrentarla, entonces, y solo entonces; Buenos Aires cedía en este punto para quebrar la unidad lograda por las fuerzas nacionales. Veamos algunos ejemplos. En el año 1820 las fuerzas entrerrianas de Ramírez derrotaron a los porteños en la batalla de Cepeda; en esa oportunidad los ejércitos del Norte y de Cuyo se negaron a concurrir en su defensa, habilitando, de esta manera, el triunfo provinciano. Buenos Aires, aislada, sola y desamparada firmó el tratado del Pilar, por el cual además de comprometerse a concurrir a un Congreso a realizarse en San Lorenzo, Santa Fe, concedía al litoral la libre navegación de los ríos. Este Congreso jamás se realizó porque la habilidad política de los porteños desbarató el tratado por medio de otro pacto firmado con Santa Fe, el de Benegas. En este caso el Congreso se realizaría en Córdoba. Buenos Aires accedió a la firma, apurada por la situación, pero en lo profundo jamás pensó en cumplir el acuerdo. Si bien la opción mediterránea era correcta y acertada, devenía en dudosa y contraproducente para los porteños, en virtud del marco político en la cual había surgido: el interior disputándole al litoral el territorio de la reunión. Buenos Aires, entonces, debía actuar con celeridad para no perder la iniciativa. ¡Y así lo hizo!

Cuando el país esperaba ansioso la realización de este Congreso impulsado con denuedo por el gobernador Bustos, Buenos Aires retiró los diputados porteños del “diminuto” Congreso y firmó con las provincias del litoral el tratado del Cuadrilátero. Y nuevamente todo a fojas cero. La trampa rápidamente asimilada y aceptada por el litoral, le permitió a Buenos Aires retomar la iniciativa y conducir los acontecimientos que preparaba. A continuación obsequió al litoral la libre navegación de los ríos, pagándole de esta manera, con moneda espuria, su complicidad y el Congreso ya no se realizaría en Córdoba, como estaba pactado, ahora se reuniría en Buenos Aires. ¡Toda una obra maestra de la intriga y la artimaña!

Algunos años después y cuando en Buenos Aires gobernaba el federal Rosas, el país vivió una situación parecida a la de 1822.

El interior se consolidaba en manos del general Paz y nueve provincias respondían a la Liga Unitaria, que se afanaba en construir la Nación. El momento era de extrema gravedad para los porteños, que cavilaban temerosos, el arrollador avance militar del Manco y la consecuente organización nacional que ponía en peligro sus rentas aduaneras.

Fiel a su porteñismo exacerbado, Rosas se movió con celeridad, promovió el Pacto Federal que propuso a las provincias de Santa Fe y Entre Ríos, mientras Corrientes oscilaba entre la Liga Unitaria o el Pacto Federal.

Por el Pacto, los porteños garantizaban la libre navegación de los ríos y por el artículo 15 se convocaba, cuando todas las provincias firmaran el Tratado, a un Congreso Constituyente. ¡Toda una patraña!

El Pacto Federal era una artera maniobra para impedir la organización y la Constitución Nacional y Buenos Aires continuar usurpando ilegalmente las rentas aduaneras, como de hecho ocurrió.

Al respecto el general Paz, en una luminosa carta a Domingo de Oro, fechada el 22 de junio de 1851, decía:

“Es muy singular la coincidencia entre los exiliados de Montevideo (el grupo rivadaviano) de lisonjear a las provincias litorales, llegando a acordarles hasta subsidios a fin de que separasen sus pretensiones de las provincias mediterráneas.

Rosas mismo ha marchado sobre idéntico plan, pues que lo vimos ligarse con las tres provincias ribereñas el año 1831, lo que produjo el famoso tratado del 4 de enero de ese año. Entonces, como otras veces, se consiguió anular la influencia de las interiores y hacer que permaneciesen las cosas en el punto en que habían estado” [1]

¡Cuánta razón tenía el Manco! Porteños contra provincianos. El “unitario” Paz observando críticamente la conducta de los unitarios porteños. Sus Memorias encuadran en la línea del revisionismo liberal provinciano. Y además pone la mirada donde pocos la han puesto. ¿De qué sirve la letra de un pacto o un tratado? A la luz de lo que narra, ninguna. Lo que importa es la intencionalidad política de su ejecución. Y el Pacto Federal tuvo un claro propósito, impedir la Organización Nacional. Se equivocan quienes invocan este acuerdo como un Pacto Preexistente en camino de la Constitución.

Vencido el general Paz, las provincias fueron ingresando lentamente al Pacto y cuando exigieron el cumplimiento del artículo 15, Rosas lo anuló, como también la libre navegación de los ríos. ¡Así de sencillo! El interior aniquilado y vencido ya no volvería a ofrecer resistencia. Desde ese momento solo quedaba ponerse de rodillas. ¡Y así fue!

Desde la derrota de Paz, el interior ya no tuvo, hasta la emergencia de Urquiza, la figura capaz de concitar la unidad de las provincias.

Viene a cuento recordar que en sus andanzas en Córdoba, Paz conoció a quien luego sería su secretario y compañero de luchas, en el litoral, el Doctor Derqui. El unitario Paz asociado al federal Derqui. ¡Todo un proyecto provinciano!

NACIONALIZACION DE LA RENTA ADUANERA

Buenos Aires retenía para sí los impuestos recaudados en el único puerto habilitado para el comercio exterior. Los dineros provenientes de la aduana porteña multiplicaban por tres la recaudación fiscal total del país y eran de fácil obtención mediante una burocracia poco complicada.

Buenos Aires era dueña de la caja y no estaba dispuesta a entregarla a la Nación. Y este fue todo el secreto de su negativa a la organización constitucional del país.

Las provincias mediterráneas, por el contrario, aspiraban a la nacionalización de esta renta que les correspondía, por eso su convicción constitucionalista y el vigor puesto en la lucha por la organización nacional. Dependían de estas rentas para alcanzar una gestión digna, capaz de dar respuestas a las necesidades mínimas de sus pueblos. Mirón Burguín afirma en su libro que en la década de 1830, Jujuy disponía de una renta anual de nueve mil pesos, Córdoba de setenta mil y Buenos Aires de dos millones quinientos mil, la magnitud de los números es altamente elocuente y explica la razón de tantos males. [2]

La Constitución Nacional fue siempre el deseo más sentido de las provincias mediterráneas, sin ella no se contaba con los recursos necesarios para remontar la postración. La constitucionalidad era la única garantía de redistribución de la renta nacional. En ese sentido la sanción de una Constitución y la organización nacional en manos de las provincias venía a significar lo que la justicia social fue para el siglo XX: la redistribución de la riqueza. Aspecto que no han sabido ver ni la historiografía liberal porteñista, ni el revisionismo histórico que jamás le asignó un valor a las instituciones republicanas.

En definitiva y para decirlo en categoría populista, fue mucho más importante a los intereses populares, Urquiza que Rosas. El revisionismo se ha equivocado largo en sus apreciaciones acerca de lo popular y lo nacional. El general Paz vuelve a poner orden en la confusión de ideas acerca del tema central del siglo XIX, la redistribución de la riqueza nacional. En carta a don Domingo de Oro de junio de 1851le dice:

“Cansados estamos de oír echar en cara a las provincias que no tienen con que costear a sus Diputados, y ahora mismo, cuando se recuerda que sus sueldos les fueron satisfechos por el tesoro de Buenos Aires, se les hace pasar por la humillación de unos pordioseros. Hasta ha llegado a alegarse como excusa para no reunir un Congreso la pobreza de las provincias…

Si Buenos Aires ha gastado más es porque ha tenido más, es porque ha estado a su cargo la percepción de las rentas que deben reputarse nacionales. Suponer que esos gastos han sido hechos en su totalidad de sus recursos exclusivamente, sobre ser injusto, sería repugnante.

Nadie ignora que los impuestos de importación que pagan los efectos que se introducen en un país, recaen sobre los consumidores y consumidores son todos los pueblos que se surten de las mercancías de ultramar por el puerto de Buenos Aires.” [3]

Siguiendo esta línea de análisis, la sanción de la Constitución hizo más por el desarrollo de las fuerzas productivas nacionales que cualquier otra medida, puesto que al suprimir las aduanas internas que encarecían los productos en tránsito de una provincia a otra, generó las posibilidades de un mercado interno nacional. Rosas dejó al país en un estado de postración tal que descalifica la visión optimista del nacionalismo revisionista que valoró más su gobierno de fuerza que una República institucionalizada.

Andrade en su libro observó:

“Rosas prohibió la introducción a las provincias de capitales en dinero, para entorpecer su progreso material y estorbar la explotación de sus ignotas riquezas” (Las dos políticas)

Y si a esta visión le adicionamos lo que escribió Vicente Quesada, un hombre que perteneció a lo que denominamos el revisionismo histórico liberal y a la generación del Paraná, resulta que la realidad pos-rosista ha sido la de un país sumido en la miseria y la postración:

“Rosas era todo. Su personalidad lo absorbía todo. No pudo ni quiso fundar instituciones para no disminuir su poder personal y autoritario, irresponsable y dictatorial; tiránico en los medios y menguado en los fines. Su caída dejó al país dislocado y pobre: las provincias no tenían otros vínculos generales entre sí sino la delegación del encargo de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina. La renta única era la de la aduana única. Las provincias vivían de gabelas, de los derechos de tránsito que imponían al comercio, de modo que las mercaderías que aduanaban en Buenos Aires, se recargaban con los derechos que pagaban por atravesar el territorio de otras provincias hasta llegar al mercado consumidor. La instrucción pública, la vialidad, los correos, todo era un mito.” [4]

Buenos Aires entendía cabalmente las necesidades de las provincias, pero sus intereses económicos la cegaban y empujaban a conductas deleznables y a posturas políticas rayanas en la soberbia y la humillación. Y en este punto unitarios o federales porteños no diferían mucho respecto de su política hacia el interior del país. El periódico más importante de esa provincia, La Gaceta, publicaba en 1819:

“Los federalistas quieren no solo que Buenos Aires no sea la capital, sino que como perteneciente a todos los pueblos, divida con ellos el armamento, los derechos de aduanas y demás rentas generales: en una palabra que se establezca una igualdad física entre Buenos Aires y las demás provincias, corrigiendo los consejos de la naturaleza que nos ha dado un puerto y unos campos, un clima y otras circunstancias que la han hecho físicamente superior a otros pueblos, y a la que por las leyes inmutables del orden del universo está afectada cierta importancia moral de un cierto rango. El perezoso quiere tener iguales riquezas que el hombre industrioso; el que no sabe leer, optar a los mismos empleos que los que se han formado estudiando; el vicioso disfrutar el mismo aprecio que los hombres honrados” [5]

Esta visión desafortunada y egoísta fue en lo esencial la razón última de tanto desencuentro. El general Paz, que no era federalista, pero sí provinciano afirmaba:

“No habrá quien se persuada que una virtud oculta favorece los progresos de Buenos Aires, mientras consuma la ruina de las provincias.

Tampoco habrá quien lo atribuya a una especialísima predisposición de sus naturales, porque si son efectivamente inteligentes, activos, industriosos, no puede decirse que los de las provincias carezcan de esas mismas dotes, que si no se desarrollan a la par, es por falta de ocasión y de estímulos. Todos son hijos de una misma raza, y su educación, más o menos es la misma.” [6]

Los estímulos y la ocasión fueron las rentas aduaneras y la organización nacional. Un país constituido con Cámaras legislativas donde discutir la redistribución de la renta nacional era la única garantía de igualdad y equidad. Un poder nacional con poder efectivo sobre la aduana y con gobernadores, genuinos representantes de las provincias, eran la medida justa y necesaria para alcanzar la pacificación y la concordia.

ORGANIZACIÓN NACIONAL

El Congreso de 1816, luego de declarar la Independencia de los pueblos de América del Sur, se trasladó a Buenos Aires, y a poco andar cayó bajo la influencia del porteñismo exacerbado. Como resultado de ese error, las autoridades surgidas de ese organismo lentamente se enfrentaron al resto del país. En este caso fue Artigas y su conjunción de fuerzas las que desbarataron la labor del Congreso y su producto más acabado: La Constitución de 1819. Ante este fracaso Buenos Aires se replegó sobre sí misma y se olvidó de lo que hasta la víspera impulsaba con gran convencimiento. Maniobró, como ya lo hemos visto, por medio de una serie de tratados celebrados con las provincias del litoral y Córdoba que le sirvieron para desprenderse de eventuales compromisos constitucionales emanados de dichos pactos. Finalmente Buenos Aires logró su objetivo. Reunir el Congreso en su territorio. La flamante iniciativa se la conoce como el Congreso de 1824. Los caudillos del interior, como Bustos o Ibarra, no obstante el primero haber fracasado con su congreso de Córdoba, miraron con simpatías y esperanzas la realización porteña. Depositaban su confianza en la nacionalización de la renta aduanera más allá de quien la promoviera, y en volcar esos beneficios en las asfixiadas economías del interior. Sin embargo vieron frustradas sus expectativas al conocer la letra chica de la Constitución. La misma encerraba trampas imposibles de aceptar por los hombres del interior. Veamos algunas. El Senado de la Nación se compondría por dos representantes por provincia “de los que al menos uno no sea ni natural ni vecino de aquella”. De esta manera los hombres de “casaca negra” esperaban asegurarse el Senado pues podrían colar un senador en la medida que las provincias no podrían mantener a dos viviendo en Buenos Aires, como de hecho pasó con los representantes provincianos a dicho Congreso. Por otro lado la Cámara de Diputados sería presa fácil pues estos serían elegidos en proporción a la población, en este caso Buenos Aires correría con ventajas por el mayor número de habitantes.

Otra triquiñuela intolerable se hallaba en la sección VII de la Constitución y en el apartado correspondiente a la Administración Provincial, ahí se lee en el artículo 130: “En cada provincia habrá un gobernador que la rija, bajo la inmediata dependencia del Presidente de la República” y en el artículo 132: “El Presidente nombra los gobernadores de las provincias, a propuesta en terna de los Consejos de Administración”

Fue imposible que los caudillos avanzaran más en la lectura del texto Constitucional. ¡Era una trampa! De manera que su reacción fue unívoca. La rechazaron de plano. Los mentados Consejos de Administración resultaban de la disolución de los cuerpos legislativos de las provincias, deviniendo en organismos anodinos e inoperantes; sin embargo lo más temerario se escondía en el artículo 154 que autorizaba al Ejecutivo Nacional a meter mano en los Consejos: “Los Concejos de administración tienen derecho de petición directamente a la legislatura nacional, y al Presidente de la República para exigir la reforma de los abusos, que se introduzcan en su régimen y administración” Esto lisa y llanamente era la autorización, por lo neblinoso de su vocabulario, a la intervención del Ejecutivo Nacional en las Legislaturas Provinciales que son las que elevarían la terna de los futuros gobernadores.

El Ejecutivo Nacional avanzaba, aún más, sobre los Consejos de administración y en el artículo 158 decía:

“Para que los consejos de administración se expidan uniformemente en el ejercicio de sus importantes funciones, el presidente de la república formará desde luego un reglamento, en que se establezca la policía interior de estos cuerpos, los períodos de su reunión, y el orden que deben observar en sus deberes y resoluciones” [7]

No se podía continuar participando de esta nueva estafa porteña. Si bien las rentas aduaneras se nacionalizaban ¿De qué serviría esta medida? ¿Quién iba a manejar y orientar las inversiones? ¿Hacia dónde se dirigirían? Era evidente que estas discusiones debían darse en el parlamento y con el Ejecutivo Nacional. Pero ninguno de estos estamentos expresaba la voluntad de las provincias. Incluso, como hemos visto, las Legislaturas Provinciales y los gobernadores quedaban atados a la decisión presidencial.

La propuesta fue rechazada por todos los caudillos provincianos que como Bustos, Quiroga e Ibarra descubrieron el peligro.

En los inicios de la década de 1830, fue la figura de Rosas la que cerró todos los caminos para la organización, pero algunos provincianos ya habían aprendido la lección:

“Buenos Aires es quien únicamente resistirá a la formación del Congreso, porque en la organización y arreglos que se meditan pierde el manejo de nuestro tesoro con que nos ha hecho la guerra y se cortará el comercio con extranjería que es el que más le produce; pero por esas mismas razones los provincianos debemos trabajar en sentido contrario a ellos, para que nuestro tesoro nos pertenezca y para poner trabas a ese comercio que insume nuestros caudales, ha muerto nuestra industria y nos ha reducido a una miseria espantosa. Nada importa, mi amigo, la paz y la tranquilidad, si la industria territorial, que es manantial fecundo de riqueza, ha de quedar sin protección, siguiendo el problema si el tesoro de la Nación nos pertenece a todos o sólo a los señores porteños como hasta aquí y nuestros puertos desiertos” [8]

Quien escribía esta carta era Manuel Leiva, representante de la provincia de Corrientes ante el Pacto Federal, quien al ver la negativa de Rosas a cumplir lo acordado se despacha con lo leído.

El general Paz en sus Memorias, apuntaba acerca de los unitarios porteños refugiados en Montevideo:

“Los unitarios de Montevideo se mostraban en la palabra Constitución tan enemigos como el mismo Rosas” [9]

Frente a tantas evidencias es absurdo continuar pensando el conflicto como el de unitarios y federales, es preciso, ya, modificar esta perspectiva que ha distorsionado la historia argentina del siglo XIX con consecuencias sobre el siglo XX.

CIVILIZACIÓN O BARBARIE

Bajo esta falsa opción se desenvolvió uno de los dramas más dolorosos del siglo XIX argentino. Aunque la mirada maniquea no fue acuñada en nuestras pampas, puesto que latía en el pensamiento progresista europeo de aquellos años, en la argentina vino a cerrar “por arriba”, esto es, en el territorio de las ideas y el pensamiento, lo que ocurría en el escenario de la política y la guerra.

El ataque fue masivo, devastador; dirigido al centro mismo de la identidad del contrario. Al plantearse el combate en el territorio de la cultura, sus efectos tuvieron extensión y consistencia en el tiempo, mensurable sólo a escala generacional. Los males ocasionados por medidas de orden económico pueden ser corregidos por otras que reviertan los efectos en el corto o mediano tiempo. Sin embargo, en el espacio de los valores y la identidad los daños suelen ser irreparables o reparables luego de varias generaciones. Remontarlos significa desaprender, desarmar principios constitutivos de una cosmovisión que condiciona y deforma la mirada.

La historia es un ámbito de debate donde no solo se discute el pasado sino las intencionalidades políticas del presente. Razón por la cual nunca está dicha la última palabra.

Quien llevó a la literatura política este esquema fue Sarmiento en su conocido libro Facundo, a quien injuria y ultraja. En la persona del caudillo riojano descalificó a la vida rural de las provincias y de Buenos Aires. En nombre de un liberalismo de factura urbana y europea arremetió con brutalidad sobre las mayorías provincianas.

“La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna; enriqueciendo la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quien abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América trasplantando el árbol y destruyendo lo indígena que podía ser obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa y no según América” [10]

Los comentarios de Jauretche son acertados y justos. Si bien el autor estaba situado en la escuela revisionista , corriente historiográfica que en el siglo XX descalificó la obra realizada por el liberalismo en el siglo XIX, sin avizorar las diferencias existentes al interior de esta doctrina; lo cierto fue que mucho antes que él y desde el propio liberalismo surgió la crítica al sector liberal porteñista. Sarmiento fue duramente censurado por sus posturas abstractas, europeístas y antipopulares por Juan Bautista Alberdi. El cruce de opiniones se dio inmediatamente después de la batalla de Caseros. Alberdi adhirió inmediatamente a Urquiza y Sarmiento, no obstante haber participado en el Ejército Grande, rompió con él y se marchó desairado. Las diferencias políticas entre estos dos intelectuales quedaron plasmadas en una serie de artículos periodísticos conocidos como “Cartas Quillotanas” de Alberdi y las “Ciento y Una” de Sarmiento. En ellas se pueden apreciar el abismo existente entre uno y otro liberalismo. Ya hemos reparado en algunas de las opiniones de Sarmiento respecto del ejército provinciano (pág 115) a esa mirada extravagante, Alberdi respondió:

“¿Y cuál es la base de su criterio militar? El clasicismo más rudimentario y más rancio…Usted leía por la noche manuales de estrategia francesa y cuando a la mañana siguiente veía gauchos y no soldados europeos a su alrededor, exclamaba: barbarie, atraso, rudeza. Y repetía las murmuraciones de nuestros oficiales clásicos.

¿Qué es la ciencia militar de nuestros oficiales clásicos? El producto de lecturas francesas sobre arte militar, como es la ciencia de nuestros publicistas el resultado de algunas lecturas de libros europeos. Estaba ya admitido que en política era errado el sistema de nuestros viejos liberales de aplicar a estos países desiertos, hoy y ayer esclavos, las últimas prácticas de la Europa representativa” [11]

Así, sencillo y simple, contestó Alberdi a Sarmiento, poniendo en evidencia las diferencias entre uno y otro liberalismo. Mientras Sarmiento, al decir de Jauretche, pretendió Europa en América, el tucumano procuró adecuar el liberalismo a nuestra idiosincrasia social y cultural. En el fondo lo que hubo, como luego veremos, era la diferencia entre el iluminismo racionalista de Sarmiento frente al historicismo romántico de Alberdi.

En Facundo, Sarmiento procuró demostrar la incapacidad natural de los argentinos “de adentro” para remontarnos a la altura de los pueblos más civilizados de la tierra. En su ingenuidad o malicia creyó que el trasplante cultural era el remedio adecuado para el progreso, de ahí la necesidad de desacreditar historias, costumbres y tradiciones. En el mismo libro afirmó: “Por lo demás, de la fusión de estas tres familias (la negra, la indígena, y el blanco español) ha resultado un todo homogéneo, que se distingue por su amor a la ociosidad e incapacidad industrial” [12]

Aún más, descalificó al hombre rural que conformaba el 80 % de la población, sospechando que sus usos y costumbres promovían el atraso y la ignorancia:

“El hombre de la ciudad viste el traje europeo, vive la vida civilizada tal como la conocemos en todas partes...el hombre de la campaña, lejos de aspirar a semejarse al de la ciudad, rechaza con desdén su lujo y sus modales corteses, y el vestido del ciudadano, el frac, la capa, la silla, ningún signo europeo puede presentarse impunemente en la campaña y el que osara mostrarse con levita, por ejemplo y montando en silla inglesa, atraería para sí las burlas y las agresiones brutales de los campesinos” [13]

Sarmiento no se imaginaba un país republicano, donde se respetaran las instituciones y las libertades individuales, si en él predominaba lo gauchesco, lo criollo y la ruralidad. Con este elemento humano, rústico y primario la consecuencia sería una democracia plebeya y bárbara, por eso en discursos y en escritos, manifestados en distintos momentos afirmó:

“Cuando decimos pueblo, entendemos los notables, activos, inteligentes; clase gobernante. Somos gentes decentes. Patricios a cuya clase pertenecemos nosotros, pues no ha de verse en nuestras Cámaras ni gauchos, ni negros, ni pobres. Somos gente decente, es decir patriota” [14]

Lo sorprendente en la figura del sanjuanino fue que el mismo se destacó, entre otras cosas, por montaraz y salvaje, debiendo experimentar, supongo, un conflicto interno entre lo que pregonaba y en esencia fue. La mona vestida de seda, mona queda, dice el dicho, y nunca más cierto que en Sarmiento. Ya mayor, y siendo Presidente del Consejo Nacional de Educación, no daba muestras de urbanidad ni de costumbres civilizadas, en colisión con sus opiniones. Es que el doctor “Yo” era contradictorio e incongruente. En un corto artículo aparecido en un periódico de época, un miembro del directorio del Consejo Nacional de Educación, escondido tras las letras J. A. B. dijo del sanjuanino:

“Una vez fue Sarmiento al Consejo un tanto resfriado. Se abrió la sesión. El secretario le presentó un despacho a firmar, y al hacerlo no sé cómo se ensució con tinta la palma de la mano.

Sin más ni más sacó la lengua y con ella se limpió la tinta. En seguida se pasa la misma palma de la mano por uno y otro lado de las ventanillas de la nariz con el objeto, sin duda, de contener las destilaciones del resfrío. Por cierto que no fue pequeña la dosis de jugo que se le pegó.

¿Qué cree el lector que hizo nuestro culto personaje?

Pues vuelve a sacar la lengua, color violeta por la tinta que antes limpiara y principia a lamer lo que había extraído de la nariz.” [15]

Tosco, como el más salvaje de los gauchos, no pudo doblegar, por más libros que leyera y escribiera, al gaucho montaraz que llevaba adentro, que para colmo de males le afloraba en los lugares menos indicados.

¡Qué diferencia con la opinión que, acerca, del mismo sector social tuvo Alberdi! El célebre pensador tucumano, que según descripciones de quienes lo conocieron fue un hombre educado y urbano de modales suaves y respetuosos, comprendió que al país se lo construye con lo puesto, con sus habitantes y sus costumbres, con sus gustos y sus defectos, su lenguaje y tradiciones. La democracia se realizaría con ellos, caso contrario, no habría democracia. En consecuencia afirmó:

“¿Qué es el caudillo en Sud América? Es el jefe de las masas. El caudillo supone la democracia, es decir que no hay caudillo popular sino donde el pueblo es soberano.

Artigas, López, Güemes, Quiroga, Rosas, Peñaloza, como jefes, como cabezas y autoridades, son obra del pueblo, su personificación más espontánea y genuina. Aparecen con la revolución americana: son sus primeros soldados. Son los jefes elegidos por la voluntad del pueblo, sustituidos a los jefes elegidos por la voluntad de los reyes.

Buenos Aires aborrece a los caudillos, porque ellos significan en la historia argentina el desconocimiento de la autoridad soberana y suprema, que el pueblo de Buenos Aires quiso asumir sobre los otros pueblos de la Nación Argentina.

Solamente ellos (los porteños) quieren reemplazar los caudillos de poncho por los caudillos de frac; la democracia semi bárbara por la democracia semi civilizada; la democracia de las multitudes de las campañas, por la democracia del pueblo notable y decente de las ciudades; es decir las mayorías por las minorías, la democracia que es democracia por la democracia que es oligarquía.”

“La democracia consiste en la soberanía del pueblo. El pueblo es soberano por los hechos generales y por las ideas de este siglo” [16]

Andrade por su parte reforzó esta idea:

“Los caudillos representan la resistencia de los pueblos al ascendiente usurpado, a la codicia sórdida, de la política centralista de Buenos Aires…que quería todo para ella y nada para las provincias, destituidas de un gobierno propio, privadas de sus rentas, de su comercio y de sus vías fluviales.

Los caudillos son la personificación ruda, informe mucha veces, de la idea de la igualdad federal, pero siempre la personificación de una causa que ennoblece a sus apóstoles armados, de un principio de justicia que no muere como los hombres, ni se corrompe como los partidos, y que se transmite de mano en mano, de generación en generación, como el arca de alianza del porvenir” (Las dos políticas)

Alberdi y Andrade, contracara de Sarmiento, como el interior lo fue de Buenos Aires, expresaron dentro de una misma doctrina filosófica, posiciones sociológicas y políticas antagónicas porque en ellas estaba la raíz del conflicto. El agua y el aceite.

Muchos años después, Andrade en Buenos Aires y al frente de la Tribuna Nacional, escribió:

“Para el mitrismo el calificativo de gaucho es un verdadero San Benito de oprobio. Sin embargo la verdadera patria Argentina, se compone en su inmensa mayoría de gauchos.

Solo entre nosotros, donde se hace alarde de empequeñecer y denigrar lo que es de casa, para poner por los cuernos de la luna cuanto viene de afuera, puede aplicarse como un mote vergonzoso el nombre dado generalmente a las clases populares.

No es el gaucho, por cierto, un tipo social repugnante, una casta embrutecida, despojado de sentimientos generosos. Es un tipo joven, perfectible, dotado de todas las fuerzas físicas y morales que constituyen la virilidad de las razas humanas. No tenemos pues que avergonzarnos del tipo social, que forma la mayoría del país.”[17]

Alberdi y Andrade han sido los portadores de una novedosa corriente historiográfica que ha pasado inadvertida o desvalorizada, hasta nuestros días, a la que denominamos liberalismo popular. Para la historiografía académica de la primera mitad del siglo XX, subsumida, por así decir, por el mitrismo, estos dos hombres no tuvieron estatura ni jerarquía. Enemigos políticos de Mitre, no fueron considerados, ni siquiera leídos. Se conoce la profunda animadversión que Mitre guardaba hacia el tucumano. Luego vino la escuela revisionista, que nacida al calor del auge nacionalista del mundo y traspolada al país por intelectuales vinculados a la cultura europea combatieron el liberalismo político e histórico porque eso hacían sus mandantes del viejo mundo. Para ellos el liberalismo era uno y malo. No supieron discriminar las distintas vertientes liberales. Hubo, al mismo tiempo, historiadores “sueltos”, esto es sin voluntad de crear escuela, que a comienzos del siglo XX abordaron la historia nacional en la perspectiva planteada por Alberdi y Andrade, como nos lo cuenta Chiaramonte en un reciente libro. Allí ubica a David Peña, Benigno T. Martínez, Cervera, Nicolás Matienzo, Emilio Ravignani, González Calderón como liberales críticos del mitrismo denominando a este movimiento primer revisionismo. [18]

Cierto es que Chiaramonte no vincula a los autores citados con Alberdi y Andrade ni hace una disquisición entre el liberalismo iluminista y el liberalismo historicista pero revela una voluntad de acercarse al problema.

La historiografía de la segunda mitad del siglo XX ha tenido historiadores de fuste que como Busaniche, Enrique Barba, Isidoro Ruiz Moreno, José María Sarobe o Enrique de Gandía, para citar solo algunos, abordaron los conflictos del siglo XIX en los términos de Alberdi.

Razón por lo cual resulta anacrónica la versión historiográfica de Tulio Halperín Donghi [19] que ha hecho de Echeverría y Sarmiento los dos grandes númenes de la Argentina decimonónica. Desechando el pensamiento alberdiano de quien afirma, en escritura críptica, ser un conservador, autoritario, dispuesto a entronizar a la élite a la cual él pertenece y Urquiza representa. Otorgándole a Sarmiento y a Echeverría una pátina revolucionaria que no se corresponde con la realidad. Porque si alguien expresó, con fundamentos intelectuales, a la élite conservadora de rasgos autoritarios, este fue Sarmiento, de quien el autor de marras observa, además equivocadamente, como un representante del historicismo romántico.

Halperín en otro libro [20] aborda el período de la organización nacional, desde la caída de Rosas hasta el ‘80. Retoma allí, nuevamente, el pensamiento de Sarmiento y Alberdi. Semejanzas y diferencias. En la comparación rescata como más democrático e inclusivo el del sanjuanino. Sin embargo no es precisa ni justa la compulsa, puesto que la vida política y cultural de estos dos intelectuales abarcó un extenso período del siglo XIX, y el pensamiento de ambos fue evolucionando. De modo que no es uno y para toda la vida. Lo correcto desde el punto de vista histórico-político sería precisarlo frente a acontecimientos de enorme magnitud y trascendencia como por ejemplo, Caseros, Pavón, la guerra civil interna, la guerra contra el Paraguay, el acuerdo Sarmiento-Urquiza y así hasta el 80’. El presente libro no procura una investigación de la obra de Donghi sino observar los esfuerzos del autor por remozar el iluminismo mitrista. Como los autores antes mencionados lo hacen con el historicismo alberdiano.

Halperín no puede evitar su admiración por Sarmiento, que en definitiva sería legítima, a condición de transmitir correctamente sus ideas y su accionar político sin desvirtuar, como lo hace, aspectos esenciales de la realidad social. Va un ejemplo. En su libro Ensayos de Historiografía, cuando aborda el tema Civilización y Barbarie afirma:

“Media Argentina está colocada, para Sarmiento, bajo el signo de la barbarie” [21] Por lo que venimos viendo y Donghi no desmiente, la controversia es entre ruralidad y vida urbana. Ahora si esto es así ¿de dónde saca Halperin que la barbarie es la mitad de la Argentina? ¿En qué parte de sus escritos Sarmiento afirma que la ruralidad es la mitad? Como Sarmiento no lo dice, me pregunto en que estadísticas se afirma Donghi para sostener semejantes guarismos. En ninguna, todo indica que la ruralidad por aquellos años oscilaba entre el 75 y el 80 % de la población. Esto es, la inmensa mayoría de los argentinos, no la mitad. Violentado las estadísticas Donghi le da a Sarmiento una jerarquía representativa que no posee. Más honesto sería decir que Sarmiento expresó a un cuarto de los argentinos.

Esta admiración por intelectuales de minorías dirigentes ha empujado a Donghi a los brazos de Gramsci. En sus memorias trasluce, en lenguaje monocorde, su valoración del pensamiento del marxista italiano al descubrir la importancia que éste asigna a los intelectuales, como reservorio de futuros cambios revolucionarios que deberán ocurrir. Es en el territorio de las ideas donde se ganan las batallas tanto contra la barbarie como contra el peronismo. En ese espacio se encuentra Donghi. [22]

Volviendo a Alberdi añade con cierta malevolencia a-histórica que en los textos del tucumano nada puede leerse acerca de una mejor redistribución de la riqueza, como si la justicia social fuera una bandera del siglo XIX:

“Crecimiento económico significa para Alberdi crecimiento acelerado de la producción, sin ningún elemento redistributivo. No cree siquiera preciso examinar si habría razones económicas que hicieran necesaria alguna redistribución de ingresos” [23]

Es injusta la acusación sobre Alberdi, puesto que la sanción de la Constitución guardaba además de cuestiones jurídicas y políticas, razones fundamentalmente económicas y redistributivas. Al nacionalizar la renta aduanera para ponerla en manos de la Nación, presidida por un presidente provinciano, como queda claro en sus escritos, sería posible direccionar las rentas que antes usufructuaban los porteños hacia inversiones en las provincias interiores. Por otro lado lo afirmaba el propio Alberdi:

“Pero es un hecho que los partidos no dan un solo paso que no tenga por objeto y resultado enriquecer o empobrecer al país, de cuyos intereses materiales son instrumento, los unos en el sentido de su mejor distribución entre toda la nación, los otros en el sentido de su concentración en el viejo centro metropolitano.” [24]

Como se ve el concepto de redistribución estuvo presente en el pensamiento de Alberdi y en el sentido de la ecuación, provincianos y porteños.

Finalmente Halperín no ha entendido el cavilar de Alberdi. En varios segmentos de su libro reitera la siguiente idea:

“Alberdi había postulado que el sistema de poder creado por Rosas sería capaz de sobrevivir a su caída para dar sólida base al orden pos-rosista” [25]

Cuando en realidad Alberdi jamás habló del poder construido por Juan Manuel, sino del poder de Buenos Aires que Rosas utilizó. Que es muy diferente.

“Sin talento, sin habilidad, sin justicia, Rosas no necesitó más que ocupar esa posición dominante (la gobernación de Buenos Aires) para dominar veinte años a sus adversarios más hábiles que él.” [26]

Argumento que Alberdi reitera a lo largo de su extensa obra y que no hace otra cosa que revelar su historicismo.Estando Alberdi en Europa visitó en algunas oportunidades al tirano exiliado: “al ver su figura toda, le hallé menos culpable a él que a Buenos Aires por su dominación, porque es la de uno de esos locos y medianos hombres en que abunda Buenos Aires, deliberados, audaces para la acción y poco juiciosos” [27]

En el libro, ya citado, del tucumano hay varios capítulos dedicados a demostrar como el esquema central de Sarmiento: civilización y barbarie; ciudad y ruralidad; atraso y progreso, se sustentaba en una incomprensión de la realidad económica a consecuencia de una mente ganada por el odio y la furia.

“¿Qué idea tiene de la civilización este autor de Civilización y Barbarie? La civilización, para él, está solo en las ciudades, porque según él, consiste en el traje, en las maneras, en el tono, en los modales, en los libros, en las escuelas, en los juzgados.

Para él, la América se divide en dos mundos: las ciudades y las campañas, que él considera como dos partidos, dos enemigos, antagonistas, incompatibles, representando uno la civilización y el otro la barbarie.

Lo curioso es que, según él, representa la barbarie el que cabalmente representa la civilización, que es la riqueza producida por las campañas; y ve la civilización en las ciudades, en que por siglos, estuvieron prohibidas y excluidas las artes, la industria, las ciencias, las luces, y los derechos más elementales del hombre libre.” [28]

Respecto de la furia y el odio, agrega:

“El libro Facundo es peligroso para los tutores argentinos de provincia. Es el manual del caudillo y del caudillaje, en que el autor desenvuelve y consagra la teoría del crimen político y social como medio de gobierno.” [29]

La irrupción de Urquiza en el centro de la escena política nacional salvó a Alberdi de ser un intelectual a la violeta. Esto es, alejado de la realidad y ajeno a los acontecimientos, sin poder influir sobre ellos, como fue la característica de la Generación del 37’. Esta generación, tan ponderada por una variopinta galería de historiadores porteñistas, no dejó de ser un grupo de intelectuales que giró en el vacío, sin lazos con la política, única alternativa capaz de modificar la realidad. Esta insubstancialidad intelectual hizo que se desperdigaran al menor bostezo del dictador porteño y buscaran en la extranjería un poder de fuego lo suficientemente poderoso como para voltear a Rosas, sin percibir que sólo del interior podría salir una fuerza capaz de aglutinar a todos los argentinos en torno a una Constitución.

Reunidos en Buenos Aires discutían sobre el bien y el mal. De los altos valores de la ética, tanto, como de lo prosaico. Se interrogaban sobre los modernos pensadores europeos, que gracias a Sastre consultaban en su librería, pero el país real no estaba allí. Ardía en las provincias, en las luchas que distintos caudillos como Artigas, López, Ramírez, Bustos, Ferré y Paz habían dado y ellos ignoraban.

Fue el entrerriano y su obra más acabada de democracia popular: el Acuerdo de San Nicolás, lo que posibilitó la comprensión profunda del país y de sus hombres. Alberdi, gracias al entrerriano, dejó de ser un intelectual abstracto.

¿Qué importancia tuvo la acción de Urquiza para ordenar las ideas de los intelectuales que ahora veían como se movía la historia?

Luego de Caseros, don Justo dispuso del suficiente poder militar como para destronar de sus cargos a los gobiernos provinciales que habían transitado sin chistar la dictadura rosista. En una palabra, de haber querido podría haber realizado en cada provincia un Caseros, como hizo Mitre luego de Pavón. Por el contrario, decidió construir el país con lo que había, con lo puesto, los caudillos. Esta enseñanza política central le hizo comprender a Alberdi el valor de la democracia popular. De ahí los dichos anteriormente citados. Y esta fue la razón del enfrentamiento con Sarmiento. Para quién era imprescindible, como ya hemos visto, suprimir el gauchaje y los caudillos si se quería organizar la nación en términos modernos.

Para la corriente revisionista Caseros y Pavón han tenido el mismo significado. Mitre, luego de su triunfo, actuó de la misma manera que Urquiza después de Caseros, afirma el historiador emblemático de esta escuela, Julio Irazusta, esto fue incluir al adversario, nos dice. O Irazusta miente ex profeso, cosa que no creo, o la ideología que profesaba, el nacionalismo antiliberal, le ha impedido apreciar los hechos tal cual sucedieron. En un artículo acerca de la labor intelectual de Guido Spano le reprocha al poeta no apreciar la coincidencia en política interior entre Mitre y Urquiza:

“Luego de Pavón, Mitre no arrojó el país al crisol otra vez. Cuando sus secuaces le pidieron desconocer la constitución y perseguir a Urquiza en la Mesopotamia, con singular prudencia les negó ambas cosas. En cambio siguió la línea diplomática planteada en Caseros que en el fondo era la misma.” [30]

La cuestión social, la fusión y la inclusión planteada por el entrerriano, a Irazusta se le antojan similares a la brutalidad mitrista ejecutada contra gobernadores y caudillos de la Confederación. La reivindicación de Rosas llevada a este extremo equivale a la ficción.

Andrade en su breve obra histórica sostuvo el mismo argumento que Alberdi:

“Los caudillos surgieron en cada provincia como un resultado fatal de la confiscación de la fortuna de las provincias, hecha por Buenos Aires. Por eso es que cuando vemos al partido localista de esa provincia, proclamar la extirpación del caudillaje, tenemos lástima de su ignorancia de la historia y de su miopía política.

¿Qué fueron los caudillos sino los gobernadores de las provincias abandonadas a su propia suerte, aguijoneadas por el hambre y por la inquietud del porvenir” (Las dos políticas)

La élite política porteña miró con desdén y desprecio a los jefes provinciales. Un historiador miembro de la denominada Generación del ‘37 que polemizó con Mitre por razones historiográficas y naturalmente políticas, no le iba a la zaga en sus opiniones descalificatorias de los caudillos. Decía don Vicente Fidel López de Ibarra, gobernador de Santiago del Estero:

“Es pesado y obeso como un cerdo, pasaba la vida a cuerpo tendido sobre una estera, cubierto apenas, bebiendo chicha, bostezando y roncando. La mirada opaca, perversa, el rostro abotagado, las barbas cenicientas y desgreñadas, la boca entreabierta…la figura más repugnante que podía representar unidos los vicios más groseros de la carne con la paralización más completa de los móviles morales”. [31]

Sin embargo un provinciano, un hombre que debe ser considerado dentro de la línea del liberalismo popular, tenía otra opinión del caudillo:

“Conocí y traté en Santa Fe a don Juan Felipe Ibarra y me hizo la mejor impresión por su educación, y la nobleza de sentimientos que manifestaba”[32]

Dos liberalismos. Dos políticas.

Fue la Generación del Paraná, la que se agrupó detrás Urquiza al vencer a los porteños, el más claro ejemplo de una generación nacional al servicio de una política nacional. No la generación del ‘37 tan estudiada como sobrevalorada.

Aquellos intelectuales, poetas, periodistas, pintores, ensayistas y prosistas al servicio de la Constitución y brillando en Entre Ríos han sido muy poco estudiados. Algunos historiadores como Fermín Chávez, Alfredo Terzaga o Jorge Abelardo Ramos los han rescatado de las sombras donde las luces del liberalismo porteñista o el revisionismo nacionalista jamás alumbraron.

EL ILUMINISMO RACIONALISTA

En los últimos doscientos años, Occidente construyó tres sistemas de ideas, cosmovisiones o sencillamente ideologías. El liberalismo, el marxismo y el nacionalismo, que permitieron abordar, a veces resolviendo y otras complicando, el desarrollo de la humanidad.

Podríamos agregar que fue el liberalismo, sistema de ideas prevaleciente durante el siglo XIX, el que facilitó el desarrollo del capitalismo y su posterior expansión hacia la segunda mitad del siglo XIX.

Cuando las nuevas ideas interpretaron el malestar de los pueblos, su fuerza se hizo incontenible y la voluntad revolucionaria arrasó primero con la monarquía inglesa y luego la francesa. Se expandió por el mundo y alumbró el nacimiento de una nueva sociedad plena de realizaciones económicas, donde las libertades individuales, tanto como los derechos humanos ganaron su espacio en la política fundando la primera república del mundo: los Estados Unidos.

Fue, también, el “relato”, por así decir, que insufló aire al impulso globalizador capitalista de fines de siglo, con centro en Inglaterra.

La Argentina que desde su independencia había estrechado vínculos con esta nación, a partir de Pavón afianzó aún más estos lazos. De todos modos, con Inglaterra o sin ella, el clima de época o del siglo fue el liberalismo. A Hispanoamérica había llegado desde distintos lados. De España, con matriz en el despotismo ilustrado de Carlos III, como también de Francia y sus intelectuales, de Inglaterra, como ya hemos dicho y también de los Estados Unidos. Este liberalismo en cualquiera de las versiones, despotismo ilustrado (todo para el pueblo sin el pueblo), es decir la revolución desde “arriba”, como la revolución desde abajo, esto es, la acción revolucionaria de las masas, o la transacción y el acuerdo entre la nobleza y la burguesía, guardan una similitud. Un mismo mecanismo de acción y comprensión de los cambios históricos. Una misma manera de concebir a la razón como agente de cambio.

“La razón se impone a la historia. El progreso no está en la historia misma: es obra de la razón que formula los valores y los impone a golpe de reformismo radical. La teoría iluminista del progreso implica el espíritu de utopía revolucionaria” [33]

En los primeros años del siglo XIX nuestros políticos estuvieron imbuidos de este liberalismo iluminista. A manera de ejemplo, Mariano Moreno, Monteagudo o Castelli fueron portadores de un liberalismo de fervor popular y Bernardino Rivadavia, y en general los unitarios porteños, más afines al despotismo ilustrado. Pero tanto unos como otros comulgaron con el principio iluminista de modificar la realidad a partir de ideas o esquemas que por fuera de la historia, por así decir, fueran capaces de cambiarla. [34] Por lo tanto con altas posibilidades de que estas ideas revolucionarias construidas racionalmente, tuvieran poca o ninguna encarnadura con los pueblos y a su cultura y esto muy a pesar de la voluntad de acercarse a ellos como era el caso de los hombres de mayo.

Alberdi realizó una observación inteligente acerca de estas conductas. Luego de narrar la creación del Ejército del Norte escribió:

“Iba el doctor Castelli como el representante político del gobierno provisorio. Penetró con pequeña resistencia y tomó posesión de las cuatro provincias, hasta el Desaguadero. Allí fue derrotado en Huaqui.

El insuceso fue debido al odio despertado en esos pueblos por la mala conducta de los libertadores. Castelli creía que todo estaba asegurado y que nada había que hacer. Argerich, el médico, y otros se dieron a escándalos contra la religión y el culto; los más se dieron al juego y a la disolución: despreciaron a los cholos, que fueron sublevados por los curas contra los herejes engrosando las filas del ejército realista. De ahí es que Belgrano, en la última expedición, hizo llevar escapularios y rosarios a sus soldados y ostentó un respeto exagerado a la religión. Ya era tarde el pueblo se había puesto contra ellos” [35]

Los iluminados de Mayo habían caído bajo el influjo del racionalismo a-histórico francés que ignoraba la cultura, las tradiciones y las costumbres, imponiendo sus verdades a golpes de sable o de Constituciones sin escrutar el alma popular.

A su manera don Juan Manuel de Rosas, claro que desde la política porteña, tenía una visión más sesgada al historicismo que al iluminismo al comprender la idiosincrasia de los sectores populares sin procurar alterar sus usos y costumbres. Contaba De Angelis “Un día escribí un artículo sobre Frutos Rivera, me esforcé en hacerlo lo mejor posible. El General Rosas me hizo llamar y me dijo: mucho trabajo le ha costado ese artículo, pero otra vez, no se ataree tanto; ¿ha pasado usted alguna vez delante de una pulpería cuando se pelean dos morenos…se ha fijado usted lo que dicen? …Carajo, hijo de puta, puñetero, a la gran puta que te parió y otras cosas por ese estilo y esto es lo que entienden nuestros paisanos.” [36]

Si bien no es el ejemplo más feliz resulta una aproximación al problema.

“En efecto, la razón se muestra tiránica en su intento de hacer tabula rasa, de destruir tradiciones, condicionamientos y costumbres, o sea la historia entera en la que estamos inmersos. Se siente inducida a una limpieza general, a eliminar las tradiciones, que se le presentan como meros trastos viejos de antiguos tiempos. La razón ajena a la historia, que se arroga la potestad de hacer todas las cosas de nuevo y mejor es, pues tiránica.” [37]

¡Ni que el autor hubiera leído el Facundo y supiera algo de historia argentina!

El pensamiento de los iluministas tiene otra vuelta de tuerca. Veámoslo de boca de uno de sus mentores:

“Juzgo a la especie humana indefinidamente perfectible, y que, de esta manera, debe hacer en el camino de la paz, de la libertad y de la igualdad, es decir, en el de la felicidad y de la virtud, progresos cuyos límites es imposible fijar.

También creo que estos progresos deben ser obra de la razón, fortalecida con la meditación, apoyada en la experiencia.

Toda sociedad que no es iluminada por los filósofos, es engañada por los charlatanes” [38]

Progreso indefinido y elitismo cultural. ¡He ahí la cuestión! Vanguardias esclarecidas que por sus saberes hacen callar a los charlatanes. Charlatanes que en la mayoría de los casos suelen ser la genuina voz de los pueblos.

El liberalismo iluminista ha sido, entonces, la ideología de la elite cultural porteña o aporteñada. En su afán de imponer sus ideas ignoraron la realidad, el ambiente y las tradiciones de los pueblos de las campañas. Herederos culturales de la Revolución Francesa les cabía lo que Hegel decía de aquel acontecimiento:

“Desde que el sol está en el firmamento y los planetas giran a su alrededor, no se había visto que el hombre se sostuviera sobre su cabeza, es decir, sobre el pensamiento y construyera la realidad de acuerdo con él.” [39]

Mitre, Sarmiento, Rivadavia, Agüero, Obligado, Valentín Alsina, fueron algunos de los más lúcidos representantes del iluminismo. Si para lograr la Nación, la República y la Constitución había que barrer con los jefes populares de las masas del interior el asunto debía hacerse sin dilaciones. El progreso bien valía algunas ausencias.

Sarmiento lo explicó magistralmente en 1856 en un artículo de “El Nacional” al relatar los avances de la ciudad de Buenos Aires:

“Si la ciencia no lo hubiese ya establecido en axioma, el espectáculo de Buenos Aires habría revelado a sus hijos el principio de que el progreso es fruto de la libertad que pone en movimiento febril la inteligencia y el capital. Y el hecho práctico aquí desmiente solemnemente la idea del progreso lento, paulatino, moderado. El progreso ha sido exabrupto, repentino, rápido.” [40]

Alberdi por el contrario creía otra cosa:

“promover el progreso, sin precipitarlo; evitar los saltos y las soluciones violentas en el camino gradual de los adelantamientos; abstenerse de hacer, cuando no se sabe hacer, o no se puede hacer; proteger las garantías públicas, sin descuidar las individualidades…cambiar, mudar, corregir conservando.” [41]

Sin embargo corresponde hacer una salvedad. Ciertamente Sarmiento en su obra Facundo procuró demostrar que fue la tierra, las costumbres y las tradiciones los elementos fundantes de la personalidad del caudillo riojano. En este punto se acercó a posiciones afines al historicismo sin embargo a la hora de actuar y dar recomendaciones para un buen gobierno dejaba su historicismo de lado y se comportaba como un iluminista de butibamba y butibarreno. En el mismo Facundo al definir al prototipo del unitario porteño, el partido que él abrazó, decía sin subterfugios:

“habla con arrogancia; completa las frases con gestos desdeñosos y ademanes concluyentes; tiene ideas fijas invariables. Es imposible imaginarse una generación más razonadora, más deductiva, más emprendedora y que haya carecido en más alto grado de sentido práctico”[42]

Las contradicciones de Sarmiento, evidentes y apasionantes, han estado dadas, a mí entender, por la educación provinciana de honda raigambre criolla y su decisión personal de adoptar un sistema de ideas ajeno a su tradición familiar.

No obstante esta salvedad un hombre que ha estudiado en profundidad el pensamiento del sanjuanino es categórico y terminante:

“Sarmiento piensa y escribe como un hombre de la Ilustración. Civilización, libertad y progreso son nociones asociadas en su mente; piensa entonces que los libros, las ideas, hacen los movimientos históricos. Diríamos que razona como Condorcet”[43]

Iluminismo e historicismo. Dos políticas al decir de Andrade. Dos liberalismos. Uno popular y otro elitista.

ROMANTICISMO E HISTORICISMO

A fines del siglo XVIII surge en territorio de lo que más adelante sería Alemania, un movimiento cultural intimista que oficia de reacción “nacional” a Francia, que irradia por el mundo su potencia y su sistema de ideas, sesgado a los fundamentos racionalistas de la Revolución de 1789.

Algunos autores refractarios al ideal romántico han observado cierto resentimiento en el pueblo alemán y sus intelectuales pues profesan:

“un odio profundo por Francia, por las pelucas, por las medias de seda, por los salones, por la corrupción, por los generales, por los emperadores, por todas las grandes y magníficas figuras de este mundo, que eran, simplemente, encarnaciones de la riqueza, de la maldad y de lo diabólico. Es una forma particular (el romanticismo) de anticultura, de anti-intelectualismo y de xenofobia, a la que los alemanes se han sentido especialmente propensos durante aquel momento particular.” [44]

Más allá de si esta aseveración es justa o no lo que aparece como real en el origen del romanticismo, es el rechazo a Francia.

A los principios cartesianos de la razón como camino al conocimiento, los románticos opusieron otras experiencias, como la intuición, las emociones, los sentidos. Al concepto de igualdad, verificado en el uso de la razón para saber y conocer, y su transmisión por medio de la educación y la escuela pública y obligatoria, que posibilita el acceso a la verdad para todos, el romanticismo opone la singularidad y la diferencia como valor, en la medida que el mundo interior es personal, único e irrepetible. Mientras el iluminismo construye una idea e intenta imponerla como bien y verdad universal, el romanticismo por su valoración de lo singular y la diferencia pretende entender las culturas, sin subordinarlas a un pre-juicio.

El romanticismo, entonces, en el terreno de la ciencia histórica, abrió el camino al historicismo y al relativismo cultural.

La idea central del historicismo es que:

“El progreso no se impone a la historia: se halla ínsito en ella. La creación no constituye un acto excepcional sino continuo. El progreso está en la esencia dinámica de la historia. Es inmanente no trascendente” [45]

De modo que entre el iluminismo y el historicismo se abrió un profundo abismo filosófico que trajo aparejado diferencias políticas gigantescas, puesto que no es lo mismo imponer por la fuerza y la violencia una idea, construida en el pensamiento y en el marco de un hecho revolucionario en dirección al futuro, que entender al progreso como inexorable en el devenir histórico cuyo avance se realiza por medio de leyes secretas e inmutables, signadas por la historia, las costumbres y la cultura.

En capítulos anteriores ya hemos dado ejemplos en Alberdi y Andrade de su manera de entender los procesos históricos y políticos desde el historicismo.

Andrade sin restar responsabilidad individual a Rosas afirmaba:

“Si es injusto atribuir a Buenos Aires los crímenes, las expoliaciones, los antojos salvajes de Rosas, no es justo negar su complicidad con los principios trascendentales de su política soberbia, exclusiva y vanidosa, con sus aspiraciones capitales de predominio y de absorción” (Las dos políticas)

De Alberdi tomo al azar -pues en todos sus trabajos aparece el historicismo- un fragmento de su explicación de la riqueza de Estados Unidos:

“La democracia de América debe la condición económica que le hace ser lo que es, no a estudios sabios, no a doctrinas a priori, al cultivo especial de la ciencia económica que nacía en 1776, con la república americana, justamente Smith daba a luz su libro en ese mismo año.

Ella es la obra espontánea de las cosas y de las circunstancias en que se encontraban los pobladores y fundadores de esas sociedades de Norteamérica.” [46]

El historicismo de Andrade y de Alberdi les ha dado una visión más amplia de los acontecimientos históricos como también más humana, al contemplar las realidades sociales tal cual venían dadas, dejando de lado las utopías del cambio drástico que por lo general cargan de heridas a las sociedades que las padecen.

En sus debates históricos Alberdi se enfrentó a la visión de Bartolomé Mitre, sesgada al liberalismo iluminista. La interpretación de ambos respecto de la Revolución de Mayo es un ejemplo de estas diferencias:

“La Revolución fue en gran parte, obra de la Europa, realizada en Europa, dónde estaba la autoridad de que dependía la América. Donde desapareció esa autoridad, allí desapareció esa dependencia, allí se operó de hecho la Revolución de América.

La Revolución Argentina es un detalle de la Revolución de América, como esta es un detalle de la de España; como esta es un detalle de la Revolución Francesa y europea. Solo empujados por las circunstancias de la invasión napoleónica a la península ibérica vino a los argentinos la idea de revolucionarse contra España” [47]

Esta forma de interpretar los hechos de Mayo difiere en lo fundamental de la visión de Mitre, liberal también pero de distinta escuela que considera los hechos de Mayo circunscriptos a la realidad de Buenos Aires con una visión local y remitida al puerto. [48]

Alberdi iniciaba así el replanteo de nuestra historia, el debate a fondo con el otro liberalismo, el mitrista.

El tucumano, junto a Andrade iniciaba el arduo camino del revisionismo de raíz liberal y popular.

“Mitre cree que la idea de la revolución, la idea revolucionaria, la idea de la independencia, ha germinado y surgido en Buenos Aires desde mucho antes a su explosión, en 1810, y que la revolución es hija de esa idea así formada en los porteños. Mitre explica toda la revolución por los hombres de Buenos Aires y sus ideas, y no en la acción general de las cosas que gobiernan a esos hombres” [49]

Reitera, Alberdi, su esquema historicista, no le interesan los hombres en sí, lo fundamental es la acción general de las cosas. En ese sentido critica las biografías, como la de Belgrano, en la cual Mitre pierde de vista el conjunto de los acontecimientos que determinan la marcha de los hombres. Mitre ignora la política mundial. Remite todo al insignificante espacio de Buenos Aires. Su provincianismo, su formación cultural ceñida al villorrio, se concilia con su iluminismo voluntarista, cuando pondera la acción de un puñado de patriotas que se movilizaron por una idea externa a los hechos. Por otro lado el historicismo de Alberdi marcha en la dirección de los tiempos y de las realidades de su presente. Firme defensor de la incorporación Argentina al torrente mundial no ignora que este es su mejor destino:

“Cada república de América tiene mayor intimidad con la Europa que con las otras repúblicas del mismo suelo.

¿Por qué causa? Porque solo la Europa consume sus materias primas, porque solo Europa puede darle los emigrados, los capitales, las manufacturas, las máquinas, las industrias, los buques…” [50]

La visión de Alberdi es global, toma al mundo en su totalidad y corresponde con la época, puesto que en Occidente se está desarrollando la segunda revolución industrial, con centro en Inglaterra. Revolución que afinca en los transportes y las comunicaciones que aceleran la consolidación de un mercado mundial.

De manera que en el pensamiento alberdiano hay continuidad en un punto: la política y la historia como devenir mundial y la Argentina, tanto como Iberoamérica, son un aspecto de aquella.

De la influencia europea en la Revolución de Mayo a la integración Argentina al mundo hay una línea interpretativa que el tucumano recorre sin contradicciones.

“Los polemistas de la historia revolucionaria olvidan completamente el estudio de los hechos que pasaban en España, la situación de su gobierno, el estado de su tesoro y recursos, cuya decadencia y ruina eran la causa principal de la independencia de América.

Si Belgrano adquirió en España y llevó de España al Plata sus ideas de libertad, igualdad, seguridad, etcétera, que enseguida inoculó en su país de Buenos Aires ¿Por qué sería la revolución de origen patrio como dice Mitre y no español? [51]

Formidable ha sido el esfuerzo intelectual de Alberdi y Andrade por poner “patas para arriba” a nuestra historia. Sus argumentos no se agotaron en su visión sobre los hechos de Mayo, avanzaron en una línea de razonamiento que los condujo a posiciones antagónicas al otro sector del liberalismo. Su militancia junto a Urquiza y a favor de la organización nacional, sus duros cruces con la política porteña y en contra de la Guerra del Paraguay y su amistad con Roca, así lo revelaron.

Otro aspecto historiográfico que dividió aguas entre las dos vertientes del liberalismo fue la polémica en torno a la figura del Inca como titular de una monarquía con capital en Cuzco.

Las potencias europeas vencedoras sobre Napoleón y reunidas en la Santa Alianza, organización internacional dispuesta a apagar los fuegos revolucionarios, se habían juramentado aplastar los movimientos democráticos que aún perduraban en el mundo. América hispánica estaba en la mira de las coronas europeas y el restaurado monarca español no veía la hora de hacerse sentir para poner en vereda a los revolucionarios americanos que no cejaban en su insensata lucha por la libertad, la justicia y la igualdad. Más que nunca la prudencia debía guiar nuestras acciones políticas. Si bien la Independencia no era negociable, la forma de gobierno podría tener sonidos menos provocativos. Era conocido que en Europa las restauradas monarquías esperaban oír la palabra República para asaltar sin miramientos a la región.

Al tanto de esta pesadilla internacional, el general Belgrano planteó en el Congreso de Tucumán la forma de gobierno a adoptar una vez declarados libres del yugo español. En un encendido discurso proclamó la necesidad de una monarquía, tal como lo exigía la Europa reaccionaria, pero con un matiz interesante y distintivo, al frente de la misma debía ser coronado un heredero de la dinastía de los Incas y la capital de la nueva Nación debía establecerse en Cuzco. En este sentido el proyecto era similar al de Miranda. La resistencia a esta posición la ejercieron los diputados porteños.

Mitre, con su característico estilo cáustico, niega que Europa fuera una amenaza a nuestro espíritu republicano al que denomina cálculo pueril para agregar luego:

“A este plan es imposible concederle sentido práctico, ni siquiera sentido común, ni aún en su tiempo. Como combinación política en sus relaciones internacionales, no era menos inconsistente” [52]

Afirmaba, también que la idea era

“Extravagante en la forma e irrealizable en los medios, este era una idea que estaba en la cabeza de muchos pensadores y tenía su razón de ser, sino en los hechos, por lo menos en la imaginación, que a veces gobierna a los pueblos más que el juicio. Aún aunque no respondiera a ninguna aspiración