Francia y el "malestar de las democracias"

Por Miguel Ángel Iribarne

 

Hace una semana el Presidente de Francia que –con la sola excepción de Francois Hollande- marcó las cotas más altas de impopularidad durante su mandato, resultó cómodamente reelegido para cumplir otro quinquenio al frente del país. Cómo se explica esta paradoja? Y bien: a diferencia de la inflación, aquí sí que estamos frente a un fenómeno “multicausal”. Por una parte, y siguiendo una suerte de manual de instrucciones vigente desde 2002, apenas conocidos los resultados de la primera vuelta, el oficialismo galo apeló al reflejo del “Frente Republicano” tendiente a construir un “cordón sanitario para frenar a la ultraderecha”. Por otro, Macron prodigó gestos de complicidad hacia los votantes izquierdistas y ecologistas poco tenidos en cuenta durante su precedente gestión. Paralelamente, los medios masivos explotaban sistemáticamente el tema de la vecindad de Marine Le Pen con Putin, conocida desde hace muchos años, pero inocua hasta hoy para su imagen política, explotación repercutida por todos los opinión-makers globalistas de Occidente. Todo ello sin olvidar la incidencia que alcanza ya en Francia el voto musulmán, obviamente volcado, en esta particular opción, a favor del Presidente.


El conjunto de esta estrategia brindó los resultados esperados, aunque con una reserva no menor. El “Frente Republicano” que en 2002 había permitido a Chirac derrotar a Jean-Marie Le Pen por 82 contra 18 y que hace cinco años le había reportado a Macron 66 contra 34 de Marine se redujo en el presente ballotage a 58 contra 42. En veinte años la demonización de la derecha popular asimilándola al fascismo se ha demostrado de manera cabal como un instrumento de rendimiento decreciente. Como diríamos por aquí “con el antifascismo no alcanza”. Y ello no sólo plantea incertidumbres serias respecto del futuro a mediano plazo, sino que sugiere ya un complicado escenario en las inminentes elecciones parlamentarias. En efecto, si nos remitimos a los números de la primera vuelta presidencial, las variadas opciones de la derecha suman 39 puntos, las de la izquierda 33 y la socialtecnocracia de Macron el 28, lo cual genera profundas dudas sobre la composición del Parlamento y, como consecuencia, sobre el signo político del próximo Prémier. Tema particularmente delicado porque una eventual “cohabitación”, sea con Le Pen sea con Melenchon, debilitaría las posiciones francesas en la Unión Europea, entre otros efectos deletéreos.


Resultado ambiguo, en suma, el de este proceso electoral. Ambiguedad de la que dio testimonio el prudente y mesurado discurso de la victoria del Presidente reelecto, que demuestra tener clara conciencia de la fragilidad del respaldo aparentemente amplio del electorado, y choca notoriamente con el mensaje triunfalista e ideológicamente militante que le dirigiese Alberto Fernández.


La progresiva disminución de la eficacia electoral del “cordón sanitario” que se aprecia en Francia se emparenta, por lo demás, con procesos análogos que vienen registrándose en diversos países europeos. Italia, por ejemplo, donde actualmente el primer partido según todas las encuestas resulta ser Fratelli d’Italia, liderado por Giorgia Melloni, a quien la intelectualidad de izquierda no se privaría de rotular como “neofascista”. O España, donde tal calificativo ha acompañado desde su origen a Vox, que hoy pelea por el segundo lugar en las encuestas, acaba de ingresar en el gobierno nada menos que de Castilla y León, y puede repetir ahora en Andalucía. O Hungría, donde la formación Fidesz de Viktor Orban, abominable a los ojos de Bruselas, viene de ganar las últimas elecciones parlamentarias con un nivel record de 53 % de los votos, enfrentándose a una variopinta coalición en la que figuraban los probablemente verdaderos fascistas de Jobbik.


Qué está pasando en tantos países donde destacados politólogos no vacilan en hablar de un malestar de la democracia? Provisoriamente nos permitimos proponer una doble hipótesis, que en manera alguna pretende significar una explicación exhaustiva. Existe, por una parte, una desconexión de la Clase Política con las realidades populares. Por otra, dicha Clase experimenta un proceso de fragmentación que desilusiona a los votantes y despierta en ellos la nostalgia de liderazgos fuertes.


En lo que se refiere a la aludida desconexión, el sociólogo estadounidense no conformista Joel Kotkin hace notar que “las recientes elecciones francesas han revelado la irrelevancia comparativa de muchas de las preocupaciones de la élite, desde la fluidez de géneros y la injusticia racial hasta la omnipresente ‘catástrofe climática’. En lugar de ello, la mayoría de los votantes están más inquietos por el aumento del precio de la energía, los alimentos y la vivienda. Muchos sospechan que las élites cognitivas, de las cuales el presidente Emmanuel Macron es figura emblemática, carecen incluso de la ambición de mejorar sus condiciones de vida”. Mirado en términos más generales, puede conjeturarse que la causa principal de la desconexión radica en que, mientras la Clase Política tiene por prioridades la protección de las minorías sexuales y alógenas, así como la restricción ecológica, la cuestión objetivamente dominante es el continuo empobrecimiento de las clases medias trabajadoras y la clausura de su acceso a la propiedad. Cualquier similitud con nuestra situación interna no es mera coincidencia.


El otro factor negativo radica en la gran fragmentación de las Clases Políticas de los diversos Estados: en ningún país de la Europa occidental, salvo las Islas Británicas, el partido que se ubica al tope de las elecciones generales llega al 30 % de los votos. Así ocurre no solo en Francia, sino en España, Portugal, Italia, Suiza, los Países Bajos, Bélgica, Alemania y Escandinavia. Ello, en regímenes parlamentarios como son todos ellos, obliga al recurso de las coaliciones, las cuales tienen una mayor o menor fragilidad según las respectivas culturas políticas, pero, en cualquier caso, no transmiten certidumbres duraderas a los votantes.


La desconexión y la fragmentación de la Clase Política estimulan el fenómeno de la “acción directa”, que ya describiese Ortega en España Invertebrada, fenómeno del cual los gilets jaunes franceses fueron un ejemplo espectacular. Pero, como lo vió hace un siglo el propio Ortega, la misma propensión puede extenderse a los cuarteles. Un toque de atención al respecto lo dieron las dos cartas abiertas de militares –en retiro en la primera de ellas, en actividad en la segunda- remitieron hace algún tiempo con respecto a la situación general del país. Originalmente generales retirados habían expresado su inquietud por la amenaza que supondrían “el islamismo y las hordas de los suburbios” (estas últimas vinculadas precisamente al primero). Los signatarios amenazaron con intervenir ante el “creciente caos”, que –según ellos- podría llevar a la “desintegración de la Nación”. Las críticas al documento por parte del propio Macron y la amenaza de sanciones de su Ministra de Defensa motivaron que un nutrido grupo de oficiales activos se manifestara en solidaridad con sus firmantes, sosteniendo que los generales en la reserva "tienen razón sobre la esencia de su texto, en su totalidad". "Vemos violencia en nuestros pueblos y aldeas. Vemos que el odio por Francia y su historia se está convirtiendo en la norma", señala la carta, subrayando que, en caso de que estallare una guerra civil, serán los militares quienes "mantendrán el orden en su propio suelo". En este contexto, los autores instan a las autoridades a actuar para cambiar la situación actual. "Esta vez no se trata de emociones personalizadas, fórmulas prefabricadas o cobertura mediática. No se trata de extender sus términos o ganar nuevos. Se trata de la supervivencia de nuestro país, de su país", concluye el mensaje.


Sumemos a ello la ominosa presencia de una guerra que, poco a poco, puede desbordar los límites regionales. Toutes les comptes faites –como dicen por allá-, un cóctel fuerte, un cuadro por demás complejo, en torno a la realización en junio de la “tercera ronda”.-