Frente a la dictadura de las redes

Editorial publicada por La Gaceta de la Iberoesfera el 12 de enero de 2021.


La suspension de las cuentas del presidente Trump —de sus ideas y de su visión del mundo—, en las principales redes sociales, así como el hostigamiento a redes alternativas como Parler, mucho menos poderosas, son señales que nos indican hasta qué punto los defensores de la libertad de pensamiento van perdiendo la guerra contra los multimillonarios de Silicon Valley y su imposición de una visión única de la realidad que desdeña la verdad y la sacrifica a un objetivo político.





Todos los usuarios de esas redes —todos los que todavía tienen la extraña manía de pensar por ellos mismos—, han comprobado hasta qué punto resulta imposible la defensa de sus principios en público. Es tal el grado de locura que el mero análisis de los hechos es calificado por los propietarios de esas redes sociales dominantes o por los dueños de las plataformas tecnológicas que las hospedan, como un acto de violencia o de odio. Que su visión sesgada de la realidad no pueda ser disputada, ni siquiera desde el mundo académico, es un desastre del que todavía no conocemos sus efectos a largo plazo.


A corto sí que lo conocemos y no debemos subestimarlo. Los propietarios de las grandes tecnológicas, con su ejercicio implacable de la censura o con su permisividad con el linchamiento digital, buscan desmoralizar a todos aquellos que con datos, información y opiniones fundadas tratan de disputar la visión sesgada de la realidad que sus algoritmos nos ofrecen como dogmas incuestionables.


Que todo esto fuera aplaudido por una dictadura entraría dentro de lo esperable. Que los gobiernos de las grandes democracias del mundo —con aisladas excepciones como una Ángela Merkel en retirada— asistan complacidos a esta exhibición de matonismo de empresarios multimillonarios alineados con la agenda globalizadora y sus sesgos totalitarios, es abrumador.


El ejemplo de Polonia, que está impulsando una ley de protección de los derechos de los usuarios de las redes frente a la actitud censora de los propietarios, es el camino. Pero no podemos engañarnos. Polonia apenas será una isla de libertad en un mar de complacencia o en un océano de desmoralización si no hacemos frente al monopolio de esa realidad tan alejada de la verdad a la que nos someten sin apenas casi darnos cuenta.


En España, sólo un partido ha dado la voz de alarma. Vox, la formación de Santiago Abascal, ha anunciado que impulsará una gran alianza internacional que haga frente a esta dictadura del pensamiento. Una dictadura, no nos olvidemos, objetivamente perversa y dañina para la salud de las democracias liberales que solo pueden estar fundadas sobre el derecho a disentir.


Será una batalla dura que deberá movilizar recursos no sólo creativos y académicos, sino financieros, legales y políticos. Y será difícil porque, como en tantas otras cuestiones, el enemigo lleva años de ventaja. Pero hay que dar esa batalla o un día, cuando la verdad haya sido extinguida por los algoritmos, lo lamentaremos.