Gracias, Chile

Por Claudia Peiró - Argentina le debe mucho a su rotundo “NO”, aunque los políticos locales no lo hayan notado

 

El domingo 4 de septiembre los chilenos se pronunciaron de modo contundente, inapelable -62 % de los votos-, en rechazo al proyecto de Constitución pergeñado por una asamblea dominada por ultraminorías que, lejos de buscar consensos, radicalizaron sus propuestas facciosas.


De nada sirvieron las promesas de último momento del presidente, Gabriel Boric, de que reformaría los aspectos más discordantes del proyecto, si éste era aprobado.

El de los chilenos fue un reflejo defensivo, una reacción de supervivencia, una reafirmación de unidad, frente al espíritu divisivo y peligrosamente fragmentario del texto constitucional sometido a referéndum.


Los argentinos le vamos a deber mucho a este rechazo: bien podríamos haber sido las siguientes víctimas de estos riesgosos experimentos que ya están en germen en nuestro país, donde encuentran terreno fértil en la ignorancia o defección de muchos políticos.


El artículo 1°, quizás el más conflictivo del proyecto constitucional, declaraba a Chile un Estado “plurinacional. El artículo 2° ampliaba: “La soberanía reside en el pueblo de Chile, conformado por diversas naciones”. Y, más adelante, art. 5°, punto 1: “Chile reconoce la coexistencia de diversos pueblos y naciones en el marco de la unidad del Estado”, y punto 2: “Son pueblos y naciones indígenas preexistentes los Mapuche, Aymara, Rapanui, Lickanantay, Quechua, Colla, Diaguita, Chango, Kawésqar, Yagán, Selk’nam y otros que puedan ser reconocidos en la forma que establezca la ley.”


La “plurinacionalidad” es la consagración institucional del indigenismo y la negación del mestizaje y de la historia

La “plurinacionalidad” es ni más ni menos que la consagración institucional del indigenismo que, como queda claro ahora, siempre tuvo por objetivo la fragmentación bajo cubierta de reivindicación de derechos.


La plurinacionalidad es la negación del mestizaje, signo constitutivo de las naciones hispanoamericanas. Es decir, la plurinacionalidad es la negación de nuestra historia y, para decirlo en la jerga moderna que cultivan los promotores de estas modas, la deconstrucción de nuestras naciones mediante la deslegitimación de sus bases fundantes.


Consultado por el periódico El extremo sur, de Chubut, acerca de qué significaba “plurinacional”, un periodista mapuche respondió: “Se entiende como lo opuesto al Estado-nación, aquella ficción de las élites chilenas del siglo XIX que artificialmente homologó el Estado con una nación única, la chilena, de características monoculturales y monolingües”. Según él, “esa no es la realidad de Chile, un territorio habitado por al menos una docena de primeras naciones preexistentes al Estado desde hace siglos”.


Ajena a estas cuestiones estratégicas, inmediatista siempre, la política argentina ha dicho poco y nada al respecto. El Gobierno quedó catatónico porque su lectura se limita a que “perdió” uno de sus aliados (Boric); un poroteo cortoplacista, sin conciencia de los intereses permanentes de la Argentina, que están muy bien servidos por este rechazo categórico a darle legitimidad a grupos que cuestionan la soberanía chilena sobre todo su territorio, como también pretenden hacerlo en la Patagonia argentina.


Esta vez la nota la dio el presidente de Colombia, Gustavo Petro, haciendo gala de una ignorancia poco digna del cargo que ocupa: “Revivió Pinochet”, dijo, faltando el respeto a los chilenos que, no sólo han reformado ya varias veces aquella Constitución de la dictadura, sino que decidieron, en un referéndum anterior, el 25 de octubre de 2020, darse una nueva.

El indigenismo es la nueva punta de lanza de la fragmentación social, política y territorial de Latinoamérica; como en el pasado lo fue la lucha armada y la consigna de convertir a la Cordillera de los Andes en la Sierra Maestra de América

Lo que sucedió ahora, es que ese mismo electorado impidió que aquella decisión abriera una Caja de Pandora llena de riesgos para la soberanía y la integridad territorial del país.


Porque el indigenismo es la nueva punta de lanza de la fragmentación social, política y territorial de Latinoamérica; como en el pasado lo fue la lucha armada y la consigna de convertir a la Cordillera de los Andes en una larga Sierra Maestra, hoy el mordiente es el cuestionamiento a la existencia de nuestras naciones por la vía de reivindicar a los pueblos “originarios”, terminología artificial y que apenas disimula su verdadera intención.


Desde los años 80, los “derechos” de los pueblos aborígenes son esgrimidos, no con fines de integración sino de fragmentación; hay organizaciones no gubernamentales, o mejor dicho para-gubernamentales, que fogonean estas políticas y que, con un grado de injerencia inexplicablemente tolerado por los Estados latinoamericanos, financian a estos grupos y les dan letra con el discurso revisionista de nuestra historia bajo el signo de la leyenda negra antiespañola.


El proyecto constitucional chileno llegaba al delirio de aceptar la coexistencia de una supuesta “justicia indígena” en oposición a un principio esencial del republicanismo y la democracia: la igualdad ante la ley. El Estado, decía el abortado proyecto constitucional, debe “respetar, promover, proteger y garantizar el ejercicio de la libre determinación” de las “naciones” indígenas, y el artículo 309 agregaba: “El Estado reconoce los sistemas jurídicos de los pueblos y naciones indígenas, los que en virtud de su derecho a la libre determinación coexisten coordinados en un plano de igualdad con el Sistema Nacional de Justicia”.


¿Es posible exagerar la gravedad de estas disposiciones y el riesgo evitado con su rechazo? Pensemos que este proyecto constitucional fue pergeñado en momentos en que, en el sur de nuestro continente, sellos como la agrupación Resistencia Ancestral Mapuche (RAM) o la Coordinadora Arauco Malleco (CAM), le han declarado la “guerra a Argentina y Chile”, y protagonizan actos de sabotaje, incendios y amenazas.


Los años 90 vieron la eclosión del indigenismo. Por ejemplo, en el sitio web británico The Mapuche Nation (sic) se lee: “El día 11 de mayo de 1996, un grupo de mapuches y europeos comprometidos con el destino de los pueblos y naciones indígenas de las Américas, y en particular con el pueblo mapuche de Chile y Argentina, lanzaron la Mapuche International Link (MIL) en Bristol, United Kingdom”.


Es decir que The Mapuche Nation, la “nación” que los constituyentes chilenos querían reconocer, tiene el centro de operaciones de su “lucha por la autodeterminación” -tal el objetivo que declama- en el nº 6 de Lodge Street, en la ciudad portuaria de Bristol, en Inglaterra.


Una revista extranjera consagraba su tapa a Gabriel Boric, en la edición previa al referéndum. ¿Es casual? ¿O ya estaban preparando el terreno para consagrarlo como nuevo paladín de los derechos de los pueblos “originarios”?


Entre nosotros, recientemente, funcionarios nak&pop declararon “sitio sagrado mapuche” al Volcán Lanín. Tuvieron que dar marcha atrás, pero el hecho de que autoridades argentinas hayan llegado a considerar legítima semejante medida es un síntoma de la penetración de estas doctrinas divisionistas.


A fines de los 90 una agencia de desarrollo extranjera vinculada a iglesias protestantes comunicó a sus partenaires argentinos que, en adelante, sólo financiarían programas destinados a los “pueblos originarios”. Desde un interés nacional, no debería haber diferencia alguna entre un pobre criollo y un pobre wichí, o toba o mataco. Pero, por si no bastara, la agencia aclaraba que, como la “nación wichi”, por ejemplo, no está asentada sólo en el norte argentino, sino también en Bolivia, los proyectos podían ser binacionales...


¿Cuánto falta para que una entidad internacional -por caso la ONU o alguno de sus derivados: Unesco, FAO, OMS, PNUD, etc- declare la necesidad de proteger a tal o cual “nación originaria” de la arbitrariedad del Estado chileno, argentino, boliviano u otro? Y no faltará la ayuda de idiotas útiles locales. ¿Cuánto falta para que alguien proponga un protectorado bajo supervisión internacional para defender los derechos de las supuestamente preexistentes naciones indígenas?


Chile nació mestizo, como mestiza nació la Argentina, como México, Paraguay, como todas las naciones hispanoamericanas. Ese mestizaje es el que hay que reivindicar y profundizar; el mestizaje es la verdadera integración. Y es la salvaguarda contra las intentonas divisionistas.


Lo otro es facción, fragmentación y gueto. Es ofrecer flancos débiles a las ambiciones ajenas.


Gracias, Chile.