Italia: la crisis sin fin

Por Miguel Ángel Iribarne -

 

Gianfranco Miglio (1918-2001) es, a mi juicio, el más destacado politólogo italiano de la segunda mitad del siglo pasado. Decano, durante mucho tiempo de la Facultad de Ciencias Politicas en la Universidad del Sacro Cuore de Milán, no fue -sin embargo- un intelectual abroquelado en su gabinete de estudio, sino una figura comprometida con múltiples proyectos de renovación del sistema institucional italiano, para desembocar, en los ’90, en el rol de ideólogo de la Liga Norte, una de las verdaderas novedades del sistema político de su país luego de casi medio siglo de empantanamiento bipolar.


En 1983, en un trabajo titulado “El mito de la Constitución sin soberano” ( Il mito della Constituzione senza sovrano”, en Una Repubblica migliore per gli Italiani,

Ed. Giuffré), MIGLIO realizó una rigurosa disección del orden constitucional establecido entre 1946 y 1948 por obra de los representantes de la “Resistencia” antifascista, que mantuvo durante largo tiempo su vigencia y aun hoy funciona sin perjuicio de correcciones parciales y en cierto modo vergonzantes. Miglio observó que lo que se había instalado era un régimen de parlamentarismo puro, que traía aparejada la intrínseca debilidad del Poder Ejecutivo, la notoria hipertrofia del sector público, el loteo del Gobierno y la escasa renovación de la Clase Política. Este parlamentarismo puro tenía su correlato en la experiencia francesa de la IV República, que en doce años tuvo veinte premiers, mientras en Italia, desde 1948 a hoy se anotan cuarenta y tres.


Los enormes perjuicios causados a uno y otro país por el “gobierno de asamblea” y la consecuente inestabilidad del Ejecutivo fueron interrumpidos en 1958 en Francia por el acceso al poder del general De Gaulle. Italia no tuvo su De Gaulle. Esa ausencia trató de ser compensada por algunos Presidentes relativamente “activistas” como Francesco Cossiga, Giorgio Napolitano o el actual Sergio Mattarella, que intentaron operar sobre el Parlamento desde su función presuntamente superpartes. Debe aclararse que este último aspecto quizás no fuera rigurosamente observado por Napolitano o Mattarella. Ambos, de algún modo, se convirtieron en actores internos asociados a los puntos de vista de la Unión Europea, interesada en desplazar, en su momento, a los gobiernos de Berlusconi y Conte en beneficio de figuras de raigambre tecnocrática como Mario Monti y Mario Draghi. Es interesante observar que estos dos Presidentes que representan al nuevo “soberano” pertenecen a las dos culturas politicas que originaron el Partido Democrático: los postcomunistas reciclados y los católicos de centro-izquierda respectivamente. De tal modo, el PD –que no supera en intención de voto el 20 % del electorado- se ha venido asegurando una presencia nada desdeñable en la composición de los gabinetes de las últimas dos décadas, postergándose permanentemente un regreso a las urnas que podría poner en evidencia que “el rey está desnudo”.


Finalmente, parece que la hora de la verdad ha llegado, y que en dos meses tendrán lugar los comicios nacionales. Todos los sondeos apuntan a una primacía del centro-derecha (Meloni, Salvini, Berlusconi). Eso en las boletas; habrá que ver si tales números se plasman en un nuevo gobierno que efectivamente los represente o contemplaremos otro engendro alumbrado en la Presidencia con la bendición de Bruselas. O de Washington.


(*) Se trata de una competencia por demás pareja. Otros señalarían a Norberto Bobbio, Pier Paolo Portinaro, etc. etc.