La antigua servidumbre de la guerra








La Constitución Gaudium et Spes, emitida por el Concilio Vaticano II, se refiere a la situación y el papel de la Iglesia en el mundo contemporáneo. En su parágrafo 81 alude a la necesidad de liberar a la humanidad de la “antigua servidumbre de la guerra”. La frase nos parece apropiada porque describe la significación de este fenómeno en el arco histórico de la sociedad humana. Se trata no de esta o aquella guerra puntuales, cuyas causas y antecedentes –así como sus eventuales medios de prevención o extinción– podríamos razonablemente analizar. Se trata de un flagelo que acompaña el devenir del hombre y del que no es fácil imaginar la eliminación dentro de la historia misma, porque parece corresponder al estado de naturaleza caída (natura lapsa) que es, precisamente, propio del hombre. Es desde esta perspectiva genuina de la antropología cristiana que hablamos sobre la guerra, porque nos parece la más profunda y, por ende, la más adecuada para comprender las dimensiones del fenómeno, sin lo cual serían ilusorias todas las tentativas de afrontarlo.





Hablamos de la guerra dando por supuesta la probabilidad del conflicto, ya que aquella no es otra cosa que la “culminación paroxística” de este (Bertrand Badie). Durante siglos la guerra ha sido definida en función de los actores estatales, únicos legitimados para emprenderla. Hoy, ante la crisis del Estado, necesitamos concentrarnos en un concepto de guerra capaz de abarcar sus variadísimas manifestaciones, tanto interestatales como intraestatales, preestatales y transestatales. Esto resulta tanto más apremiante en la medida en que nos vemos rodeados de conflictos armados cada vez menos “formalizados” en que se afirman los rasgos impresos por la “asimetría” y la “privatización” de la violencia. ¿En qué consiste, pues, atendiendo a tal exigencia, esta “antigua servidumbre”? “La guerra es un conflicto violento entre sociedades y grupos humanos organizados”, define concisamente Raimondo Strassoldo, lo que hace eco a la concepción de Grocio, según la cual se trata de un estado conflictual en que las partes “resuelven sus diferencias por la fuerza”. Pues, como complementariamente asevera Freund, “la enemistad guerrera es solo la forma más concretamente sensible, la más típica y la más espectacular”. De ningún modo la única, toda vez que la agresividad y la hostilidad resultan históricamente omnipresentes en las relaciones humanas.


La guerra, para Carl Schmitt –cuyas opiniones han sido tantas veces tergiversadas con el pretexto de vulgarizarlas–, “es un acto político, interno a la política y que, sin embargo, no es solo un instrumento de esta, porque el conflicto (la excepción, el desorden) origina, constituye y atraviesa la política, aún sin agotarla”. Pues “la guerra no es (…) el fin, la meta ni el contenido único de la política, pero es el presupuesto siempre presente como posibilidad real”.


Ante la permanente recurrencia de este fenómeno, puede decirse que ha fracasado la multisecular tentativa de muchos hombres por desarraigarlo y anularlo. Algunos autores juzgan que ese fracaso se deriva de la inexistencia de una autoridad universal con poder de coacción efectiva sobre todas las partes eventuales de un conflicto. Otros son menos optimistas: creen que el universo político es, necesariamente, un pluriverso, y que, si alguna vez se concretara la hipótesis de un gobierno mundial, inmediatamente se vería retado por una guerrilla de similar alcance geográfico.


El legado de la historia nos induce, más que a procurar la eliminación de la guerra, a buscar incansablemente su limitación. Por una parte, mediante los esfuerzos de la diplomacia para prevenir las guerras o apagar el fuego una vez iniciado; por otra, mediante diversas formas de regulación del choque en sí mismo. Esta búsqueda ha estado presente en distintas épocas y se ha enderezado, particularmente, a distinguir a los combatientes de los no combatientes, a limitar el tipo de armamento admisible, a inhibir el desarrollo del conflicto armado en ciertos tiempos y ciertos espacios, etc.


El esfuerzo consciente y parcialmente eficaz por limitar la guerra ha sido especialmente destacable en la Edad Media y en tiempos de la Ilustración. En el primero de los casos debemos apuntar los movimientos producidos en el origen del segundo milenio y conocidos por La Paz de Dios y La Tregua de Dios . Así, en el año 1010 en Orleans se proclamó formalmente tal Paz en presencia del rey de Francia, Roberto II. Una década más tarde, la Paz tuvo un efecto social importante porque ante una multitud los asistentes se comprometieron a respetarla bajo juramento y pena de excomunión a los que la violaban. Las prohibiciones fueron redactadas y contaban con más de veinticinco artículos, algunos de los cuales condenaban: incendiar o destruir viviendas (salvo que en ellas se refugiasen enemigos o ladrones), atacar a los clérigos, campesinos, ganado, graneros, etc. Posteriormente se fueron firmando compromisos similares, ampliando las prohibiciones a efectos de evitar los ataques a almacenes de las iglesias o de los campesinos, los raptos extorsivos, el castigo de los inocentes, la destrucción de las viñas, etc.


En cuanto a la Tregua, nacida hacia fines de la década del 20 del siglo XI, agregó la limitación de las contiendas en determinados tiempos del año (Cuaresma y Pascua) y varios días de la semana (desde la tarde del miércoles a la aurora del lunes). Es un hecho que, si bien el acatamiento a estos compromisos nunca fue absoluto, la capacidad disuasiva de la Iglesia sobre la nobleza feudal logró cierta disminución de la violencia sufrida no sólo por los propios eclesiásticos, sino también por los campesinos.


Un nuevo esfuerzo de limitación y humanización de la guerra habrá de derivar de algunas de las ideas propugnadas en el período de la Ilustración. La aplicabilidad de las mismas fue tanto más viable en cuanto los Ejércitos eran de índole estatal y de naturaleza profesional, permitiendo una bastante clara distinción entre la vida de los combatientes y de los no combatientes. Ello se conjugaba con un Derecho Público Europeo (siglo XVIII) que prácticamente excluía la posibilidad de verdaderas guerras de conquista y convertía los conflictos armados en lo que alguien llamó “juegos de ajedrez” entre especialistas con bajas reducidas.


Sin embargo, el ala izquierda de la Ilustración capturó el curso de la Revolución Francesa, y esta desencadenó la “levée en masse”, la conscripción universal cuyo gran usufructuario fue Napoléon I. En ese contexto la guerra se volvió no solo masiva, sino ideológica. Guerra a los castillos, paz a las cabañas”, proclamaban los soldados franceses en toda Europa, pero su abierto anticristianismo provocaba por reacción resistencias encarnizadas, como las de España y la de Rusia, que –con el tiempo– se convertirían en arquetipos de las formas irregulares, “no clásicas” de la guerra.


A partir de entonces las guerras interestatales, por una parte, ganaron en amplitud, intensidad e ilimitación, desembocando en el concepto de “la Nación en armas” (Van Der Goltz) y de “guerra total”(Von Ludendorff). Pero, paralelamente y luego del “empate nuclear”, proliferarían las guerras transestatales, a las que así denominamos porque en ellas al menos uno de los contendientes no es un Estado. Toda esta evolución, por una u otra vía, arrasa con las limitaciones precedentes, en particular a la distinción entre combatientes y no combatientes que procuraba ahorrar a cuantos fuese posible los sufrimientos o los daños que la situación bélica generase. Precisamente, el hecho de que los Estados hayan perdido, de hecho, el monopolio de la guerra legítima complica mucho más, casi hasta imposibilitarlo, todo esfuerzo de acotamiento o domesticación de la beligerancia.


Nos encontramos, así, con la guerra posmoderna, que ya Ernest Junger vislumbró como una guerra civil mundial. Tal como describe Emanuele Castrucci, “no es la guerra de los militares, es la guerra de todos, y, sobre todo, la guerra de los civiles. Los civiles se vuelven, como el partisano de Schmitt, irregulares, irreconocibles, insidiosos, ocultos, el peor de los enemigos posibles. Reviven aquellos aspectos de la guerra civil que la época de la estatalidad había logrado fatigosamente abolir”. De donde resulta que solo un nuevo ordenamiento del espacio global, a través de instancias políticas probablemente superadoras del Estado que conocimos, puede albergar la posibilidad de volver a “domesticar” la guerra y aligerar su antigua servidumbre.