La batalla cultural fue común a todas las épocas

Por Claudio Chaves -

 

­En los últimos tiempos ha crecido una crítica abrumadora acerca de la utilización exasperante de la historia por parte del kirchnerismo, y de manera personal por Cristina. Periodistas e ignotos historiadores/as, se han puesto al frente de esta patriada que resulta contradictoria, en un país donde la historia ha sido una de las herramientas más consistentes, en la consolidación de la nacionalidad. Ver la obra escrita de Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López, Ernesto Quesada, David Peña o Ricardo Rojas, entre otros, tonifica lo afirmado.

A mi ver y entender ese uso "incorrecto" de la historia es lo único que el kirchnerismo ha hecho bien. Conozco el rechazo que estas palabras ocasionan en la intelectualidad políticamente correcta, pero sígame el lector que esto tiene un final feliz. ¿Cuál fue el sentido de ese uso y si se quiere abuso de la historia?

Pues, enraizarse en ella, hallar identificaciones con las cuales alinearse, constituir un armado epistemológico que dé sentido y dirección a su accionar político. ¡Lo cual no es poco! El camporismo, que nos gobierna, tiene corta y mala tradición en el peronismo, pero no ignora el valor del arraigo, lo ha tomado, de arrebato, del justicialismo. La pertenencia a una tradición y a un pasado constituye y configura un sujeto histórico. Esta construcción fue denominada peyorativamente relato, por lo tanto descalificada. ¿Está mal construir un relato, una leyenda, un mito? ¡Este es el debate!

En principio diría que si no se está bien plantado, con fuertes simientes, una brisa te voltea, no hace falta ser muy ducho en política para saberlo.

Ahora que Alberdi está de moda, lamentablemente tanto para un fregado como para un barrido, leemos de él: "Entre el pasado y el presente hay una filiación tan estrecha que, juzgar el pasado, no es otra cosa que ocuparse del presente. Si así no fuese, la historia no tendría interés ni objeto." (Grandes y Pequeños Hombres del Plata) Si invertimos la idea podemos afirmar que un presente sin historia sería un vacío insoportable de tolerar. No habría política o dicho de otra manera la política sería solo un asunto técnico, un problema práctico. Con ceos, gerentes, brazos neumáticos y algoritmos, solucionaríamos todos los inconvenientes. Al decir del pensador francés, Gilles Lipovetsky, prevalecería el Imperio de lo Efímero, pues liquidar el poder del pasado es vivir inmersos en el instante; el presente se ha erigido en el eje principal de la temporalidad social para todos aquellos que descartan las tradiciones. Esto no parece que estuviera ocurriendo en el mundo, especialmente cuando observamos los vientos que corren de afirmación de las identidades nacionales y culturales en lo que ha dado en llamarse el soberanismo.

CULTURA Y POLITICA

La cultura es una construcción y un legado que se asienta fundamentalmente en el mundo de las pasiones, las emociones y los sentimientos, por supuesto también en los saberes, es la argamasa constitutiva de nuestra identidad. La cultura nos envuelve y nos vincula al pasado, a la historia. La política no puede ser ajena a ese mundo y si lo es, carece de densidad.

Pasiones, historia e identidad, constituyen un haz inescindible. La individualidad, valor tan caro al liberalismo, se alcanza solo cuando juegan las emociones, las pasiones y las intuiciones pues nos recortan del conjunto, porque son propias, originales e intransferibles. Todo lo contrario a lo que afirman los liberales iluministas de que las pasiones nos transforman en hombres masa. En fin, tema para otra nota. Lo cierto que frente a la utilización ideologizada y exagerada de la historia por parte del kirchnerismo, Juntos por el Cambio respondió con la asepsia, la gestión y los números. Para el autor de la presente nota el inconveniente no está en el uso de la historia sino en el ordenamiento con el cual nos identificamos. Y en este punto Cambiemos fue un desierto. Nada antes que ellos: venimos a cambiar la historia de los últimos doscientos años afirmaba Macri. El pasado era repudiable en su conjunto. Por lo tanto puro presente. El aparato cultural de Juntos por el Cambio, fue la insubstancialidad. Tanto en los ámbitos específicos de Cultura como en los de Difusión.

Ninguno de los coaligados ayudó a construir una identidad. Los radicales, entre Alfonsín, Angeloz y De La Rúa, para no hablar de Yrigoyen, Alvear y Alem no podían dar ese debate. La Coalición Cívica buceaba en Hannah Arendt y el PRO en Boca. Ni de manera personal o partidaria se encontraron con el pasado.

DENSIDAD POLITICA

No se necesita recurrir a Gramsci para entender la importancia de la batalla cultural y de la lucha por construir un sentido común que disloque el ordenamiento social. Batallas que siempre estuvieron presentes en nuestra historia. Tuvimos buenos exponentes. Sarmiento dejó en claro, en Facundo, que en la Argentina convivían la Civilización y la Barbarie y que las luces alcanzarían a todos el día que la educación se generalizara. No es este el ámbito para debatir si el sanjuanino se refería a leer, escribir y a las cuatro operaciones o a modificar usos y costumbres arraigadas en las tradiciones. Por las dudas que fuera esto último José Hernández en 1872, en plena Presidencia de Sarmiento, publicó el Martín Fierro para ponerse del otro lado de la grieta cultural. Pero claro eran épocas en que las ideas no se mataban, las ideas, entramadas en la historia construían políticas.

El general Urquiza al proponerse nuevamente como candidato en 1868 alentó a Olegario V. Andrade a que redactara un programa de presentación política. El general no lo necesitaba, el mismo ya era historia, sin embargo Andrade escribió un ensayo formidable denominado Las Dos Políticas, que no fue otra cosa que un recorrido por nuestro pasado que explicaba a Urquiza.

Todos estos hombres abrevaban en el historicismo de modo que se sentían un eslabón más de la cadena de la evolución. Roca fue la continuación de esa línea, naturalmente sumando los cambios de su presente.

Hipólito Yrigoyen del mismo modo. Él era una línea histórica, por lo tanto un programa. Venía del autonomismo porteño que fue la modernización y actualización del federalismo rosista. Pasó por el roquismo y jamás aceptó al mitrismo, razón por la cual se enfrentó a su tío Alem y a Lisandro de la Torre.

Tuvo historiadores que lo explicaron y dieron sentido político a su figura: Emilio Ravignani, Diego Luis Molinari, Ricardo Caballero, Gabriel del Mazo y Manuel Gálvez, entre otros. El general Agustín P. Justo hizo suya la historiografía mitrista, promovió la creación de la Academia Nacional de la Historia y fue amigo de uno de nuestros máximos historiadores, Ricardo Levene. ¿La historia fue, acaso un hobby para el general Justo? De ningún modo fue un componente central de su política. Tan cierto que generó como contraposición al Revisionismo Histórico que fundó su academia: el Instituto Juan Manuel de Rosas, que dio tanto que hablar en las décadas siguientes. Al aparecer el Coronel Perón y ganar las elecciones en 1946, en un raid excepcional, apenas tres años de exposición pública, el Revisionismo intentó envolverlo, pues el hombre no arrastraba tradición alguna. No pudieron. Perón zafó del apriete afirmando que: bastantes problemas tengo con los vivos, para ganarme otro con los muertos. Sin embargo entendió el valor de las raíces. ¡Y las halló!: en la historia de la institución de la que formaba parte y en el general San Martín. Conmemorando de manera apoteótica el centenario de su fallecimiento.

CONCLUSION

La crítica al uso de la historia encierra un problema, clausura el debate y por este camino se renuncia a ser una opción luminosa y concluyente. El kirchnerismo tiene claro el valor de la historia y lo ha usado, quienes lo enfrenten deberían pensar mejor. El PRO da vueltas como una calesita. Un día critica al peronismo por populista, otro día al radicalismo por lo mismo y ahora le advierte al progresismo que no lo corren más. Hay que estar bien plantado para unir todo en un haz y además alzarse con el pueblo.

El camporismo, que nos gobierna, tiene corta y mala tradición en el peronismo, pero no ignora el valor del arraigo.