La cultura política radical

Por Miguel Ángel Iribarne - “Con la democracia se come, se cura, se educa…”.

 

Podrá parecer anacrónico que, habiendo accedido el Radicalismo a la Presidencia en 1916, cifremos en una frase pronunciada por RAUL ALFONSIN en 1983 la idea más profunda que nos parece representar su cultura política. Y, sin embargo, creemos que no es de ninguna manera inapropiado. Es más: que es lo que YRIGOYEN pensaba y era lo que hubiese dicho explícitamente si otro no hubiese sido su estilo.


En efecto, el caudillo radical que domina los últimos años del siglo XIX y las tres primeras décadas del XX no tuvo otro programa –y esto sí lo dijo explícitamente- que la Constitución misma. Y, en ese sentido, asumió la trascendental responsabilidad de conducir al país de la República posible de ALBERDI a la república plenamente representativa definida en la Carta Magna. No había en el pensamiento yrigoyeniano, que prevalecerá en la UCR hasta los años 30, ninguna definición de políticas públicas u orientaciones concretas de gobierno; solo la apelación al voto popular libremente expresado como condición de una verdadera palingenesia de nuestra vida pública. Cuando en alguna ocasión fue requerido por un correligionario eminente, como PEDRO MOLINA, a un debate abierto sobre el modelo económico a propugnar, se negó resueltamente, estimándolo “una futilidad”. Ello no hacía sino garantizar la continuidad del abstencionismo estatal al que, en cambio, ya pretendían corregir algunos líderes conservadores, como se pudo observar en el programa del Partido Democrata Progresista en 1915.


No se trataba de ello. “Venga el voto libre y lo demás se nos dará por añadidura!” parecía ser la consigna expresiva del gran partido popular. El problema consistía en que la libertad de sufragio ya había llegado. Y lo había hecho por obra de los conservadores “modernistas”, que en su afán de oxigenar las instituciones con la incorporación de algunas decenas de radicales al Congreso, y por aquello de la heterogénesis de los fines, habían terminado permitiendo a su conductor acceder a la misma Presidencia.


Este rasgo estructural de la cultura política radical tendrá consecuencias inhibitorias para la acción de gobierno desarrollada entre 1916 y 1930. Lo que se observa claramente en la carencia de preocupación por el destino de la precaria industrialización generada al amparo de la I Guerra, así como en la falta de una reacción proporcionada ante la crisis mundial del ’29. No en vano la obra de DI TELLA y ZYMELMAN sobre la historia del desarrollo económico argentino rotula elocuentemente al período 1919-1933 como “la demora”.


Es válido conjeturar que YRIGOYEN pudo haber sido el continuador popular de la cultura liberal-conservadora. Era un liberal en lo político, como lo acredita su respeto al pluralismo. Objetivamente resultó un liberal en lo económico, según se desprende de au aludida resistencia a discutir el abstencionismo estatal. Era leal al socio británico, lealtad que incluía su misma neutralidad en la I Guerra. En cuanto a su origen familiar era hijo de un vascofrancés llegado a Buenos Aires en 1839; es decir que pertenecía a aquella temprana inmigración que se fundió tan completamente con la sociedad criolla, en la que incluso adquirió prestigio rápidamente. Sin embargo el líder radical no cumplió su posible destino. Parece haber primado en él algún oscuro resentimiento del que fueron partícipes otros radicales de su entorno. De cualquier modo, podemos intuir que, interiormente, sabía que su verdadero adversario, la contrafigura cabal de aquello que confusamente creía expresar, no era Roca sino Mitre.


Tal vacío, tal inhibición para formular la transformación pendiente en cursos de acción objetivos, culmina tras la muerte del caudillo. Por entonces ALVEAR, en busca de una ideología, comenzará el largo coqueteo de la UCR con la izquierda -sobre todo el PS y el PC- que originariamente se expresará en el esbozo de constitución de un “Frente Popular” hacia 1936/38, y que –como veremos- cuajará, aunque imperfectamente, en la “Unión Democrática” de 1946.


Por aquella época se dio, dentro del Radicalismo, una curiosa situación. La conducción alvearista se inclinaba tácticamente a un entendimiento con todos los partidos opositores que, objetivamente, favorecía el crecimiento de las posiciones de socialistas y comunistas. Poco después surgiría dentro de la UCR la fracción “intransigente”, políticamente opuesta a la conducción partidaria, pero que –a la hora de definir su autoconciencia ideológica- se decantaría por la Socialdemocracia, cuya influencia será visible en la Declaración de Avellaneda de 1945. Es decir que, por uno u otro de sus brazos, objetiva o subjetivamente, el partido se izquierdizaba, dando nacimiento a una curiosa situación que duró varios años, durante los cuales los cuadros radicales estaban situados claramente más a la izquierda que sus votantes. Esta deriva tuvo como natural correlato una acentuación del perfil laicista del partido, que no dejó de perjudicarlo en su enfrentamiento electoral de 1946 con el Peronismo emergente. Y fue desde esa perspectiva que orientó su oposición –especialmente parlamentaria- al régimen peronista, particularmente en todo lo que hacía a la política internacional, al régimen de los servicios públicos y, finalmente, al intento de PERON de dar entrada a la inversión externa directa en la explotación petrolífera.


Este sesgo se afianzó bajo el liderazgo de ALFONSIN, cuando la UCR se afilió formalmente a la Internacional Socialista, no obstante lo cual el ex Presidente se lamentó de que en sus encuentros comprobaba que la mayoría de los participantes se situaba a su derecha.

Hoy, arrancando la tercera década del siglo XXI, el Radicalismo se enfrenta a sendos desafíos en su leadership y en sus seguidores. Entre los primeros se trata de determinar si el partido tiene aún posibilidad de ser alternativa de gobierno o si debe instalarse en el rol de copartícipe establemente minoritario del sistema político. Entre los segundos existe la tentación de fluir hacia el PRO u otras formaciones eventuales de centro-derecha, por una parte, o mantenerse fieles a la identidad partidaria, pero –en este caso- ubicándose en qué ángulo del espectro ideológico?


Más allá de sus ocasionales contradicciones y sus reiterados “puntos muertos”, el legado de la cultura política radical al país es difícilmente soslayable. Se trata de la preocupación permanente por la institucionalidad y el pluralismo que la convierten en la expresión más firme del liberalismo político (no necesariamente económico ni educativo). Con todos los valores que ello ha aportado, sobre todo a nuestros estratos medios, y también con los límites que aquella condición impone, particularmente en las etapas más dramáticas de la historia común.