La familia es lo único creíble








No hace falta leer a los grandes pensadores para identificar los graves problemas que azotan a las sociedades modernas. O la dirección que estas toman, a veces voluntariamente, otras inconscientemente. Las grandes falacias aparecen cuando uno menos las busca: en las pequeñas cosas, en los detalles. Como en la ciencia histórica: el misterio se halla en los detalles. Viene oportuna la afirmación de un gran pensador argentino, cuando, entre sonrisas, comentaba que existen todo tipo de días, el de ayer, el de hoy y el de mañana, pero el más sorprendente, es el día menos pensado. ¿A cuento de qué viene esta introducción? Primero: estar alerta aunque el interlocutor que tengamos enfrente no guarde la jerarquía de los grandes intelectuales. Segundo: leer bien el mensaje, lo que habitualmente se conoce como comprensión de texto. Injusta acusación que habitualmente recae sobre los estudiantes, cuando en general le ocurre a buena parte de la sociedad. ¡Pero dejemos ya de hablar tanto!



Escuchaba la otra noche, no importa cuando, la nota que el periodista Luis Novaresio le realizó a la Secretaria de Legal y Técnica, la doctora Vilma Ibarra. Al que le interese la busca en YouTube y listo. En dicha nota el periodista la consultaba sobre las nuevas restricciones que impondría el gobierno nacional, ante el aumento exponencial de casos de covid. La funcionaria, con voz calma y doctoral, aseguró de manera tranquilizadora que se podrá concurrir a un gimnasio, tomando las precauciones protocolares pertinentes, porque el dueño o el gerente del lugar saben controlar y evitar contactos cercanos imprudentes. Se podrá asistir, así mismo, a un restaurante o bar porque el dueño o los mozos, del mismo modo, saben vigilar, o a plazas o espacios públicos porque ahí está la Policía, expresión clara y directa del control estatal. Lo que se prohíbe en el gobierno de Alberto, Cristina y Massa, son las reuniones familiares en domicilios privados, pues al no haber una autoridad competente, el desborde y el descontrol es la norma. Y, entonces, apareció el día menos pensado.


Observe el lector, deténgase y repare en este “pequeño” detalle: en la familia no hay autoridad, el gobierno no confía en ella, como sí confía en los gerentes, mozos o policías. La autoridad familiar, en caso de existir, no tiene ninguna jerarquía ni valor, es irresponsable y sin conciencia social. Al no poder ingresar el Estado en la organización fundamental de la sociedad, se la descalifica, se le resta poder y ningunea y no se hace ninguna reunión. ¡Se acabó!


El periodista no percibió la gravedad del hecho. ¿Comprensión de texto? Puede ser, pero en realidad sospecho que no se dio cuenta; forma parte de su sentido común, pues Novaresio se suma a la misma onda progre, con sus más o con sus menos, que la señora Ibarra. No es adrede, es inconsciente y de ahí la gravedad. Desvalorizar y desconocer la familia como institución fundamental del Estado, sobre la cual se erige la sociedad, es uno de los más graves problemas actuales, no solo argentino sino de Occidente.


El comunismo soviético se metió con la familia, adentrándose en su intimidad. Recomiendo al lector el formidable libro del historiador inglés Orlando Figes, “Los que susurran”, sobre la vida cotidiana en la URSS. El título lo dice todo, imperdible. Allí cita una idea de Anatoli Lunacharsky, responsable del área cultural del régimen soviético, quien en 1927 aseguraba: “La así llamada esfera de la vida privada no puede estar fuera de nuestro alcance, porque es precisamente allí donde debe cumplirse el objetivo final de la Revolución.”


La idea de Vilma, es en principio, no meterse al interior de la familia, sino descalificarla, restarle poder. Luego, vaciada de importancia, entidad y jerarquía, sería más fácil penetrarla por medio de la escuela; actuando entonces la ideología de género, el feminismo ideológico, el igualitarismo totalizante, la represión del mérito, etc, etc, etc. Este camino es más sutil, casi una estrategia sin tiempo. Cuando para el Estado la familia es un ámbito sospechoso, vamos en camino de perderla.


No vaya a creer el lector que el sovietismo ha sido el único asaltante de la familia. La Revolución Francesa también lo intentó apoyada en los escritos de Rousseau. El libro más peligroso de este autor es el “Emilio”, la construcción de un personaje de ficción, configurado en su imaginación, con el claro objetivo de crear el hombre nuevo. Como Rousseau cree que el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad lo corrompe, hay que aislarlo, apenas nace, de la sociedad. Esa sociedad primigenia es la familia, entonces dice: “Por lo tanto yo he tomado la decisión de procurarme un alumno imaginario, suponerme la edad, la salud, los conocimientos y todas las facultades convenientes para procurar su educación, conducirlo desde el momento de su nacimiento hasta aquel en que sea adulto y no tenga necesidad de otro guía. Emilio es huérfano. No importa que tenga su padre y su madre. Él debe honrar a sus padres, pero no debe obedecer a nadie sino a mí.” En su iluminismo enfermizo los jacobinos todo lo retorcieron, la medición de los años, los meses, los días de cada mes, el sistema métrico decimal, la escuela pública. Era necesario barrer con todo lo anterior, construir de un golpe un orden nuevo y la familia era un impedimento.


Nada de lo narrado se vincula de manera directa con las opiniones de Vilma Ibarra y Alberto. No hay un iluminismo encendido, lo que sí hay es un progresismo defensivo, que avanza sinuosamente, imperceptiblemente.


Con la pandemia aparece la oportunidad de lo que quizás llevaría más tiempo implementar. Finalmente si unimos las palabras del doctor Gollán, sacadas de contexto, de una frase de Perón, acerca de que el hombre es bueno pero si se lo controla (Perón dijo vigila) es mejor, con las que dijo Alberto y Vilma, el resultado fatal es que a la familia hay que controlarla. El nazismo en su brutalidad criminal fue más benévolo con la familia… aria, naturalmente.