La globalización subnacional, un desafío para los países

Por Marcelo Elizondo

Publicado en Clarín el 21 de abril de 2021


Las organizaciones políticas tradicionales están en crisis en el mundo. Y en el estado nacional se debilitan las herramientas para la organización política. Lo muestran las desobediencias populares locales ante pretendidos confinamientos en varios países, o la incapacidad de regular el explosivo intercambio de datos e información suprafronterizo, y de abordar el creciente fenómeno de las telemigraciones de trabajadores globales, y hasta de manejar los brotes localistas en Escocia, Barcelona o Hong Kong.



Algo parecido ocurre a nivel supranacional: en la Unión Europea, después del Brexit, la estrategia de vacunación común se debilita con búsquedas individuales de varios países (por caso, Alemania estaría buscando autónomamente vacunas rusas); y, en el Mercosur, Uruguay y Brasil pretenden flexibilidad. Y hasta el Reino Unido se muda y busca ingresar en el Trans Pacific Partnership.


Pero existe algo más: las propias personas están desvinculándose gradualmente del Estado tradicional, deviniendo en supra o subestatales.


En su libro “The Road to Somewhere: The Populist Revolt and the Future of Politics”, David Goodhart dice que la sociedad mundial está compuesta por dos grandes grupos de personas: las personas “somewhere”, que están determinadas por un sentido de lugar y apego a un grupo definido (más pequeño y local que el “estado”); y las personas “anywhere”, globales y no ligadas al lugar sino a sus logros y su posición. Y agrega que los “somewhere” se convierten luego en “anywhere” cuando incrementan niveles de formación.


Las nuevas tecnologías flexibilizan vínculos, acercan organizaciones y personas sin importar donde se localicen, promueven conocimiento y prestaciones mundiales. Y hasta crean nuevas enfermedades universalizadas pero también sus antídotos (como el aerosol Enovid que ya presentan los israelíes y se fabricará en Canadá y atacará el coronavirus más allá de las novísimas vacunas).


Dice Klaus Dodds en la Universidad de Londres, que vivimos una era de competencia estratégica internacional en la que -además de las geografías físicas- adquieren relevancia creciente las geografías digitales. Ocurre que la mitad de la población mundial tiene menos de 30 años de edad y más de 4.500 millones de personas interactúa anualmente (deslocalizadamente) por internet.


Ha aparecido así una globalización “subnacional”. En el trabajo “La geografía de la innovacion” (Local Hotspots Global Networks), elaborado por la World Intellectual Property Organization, se muestra una internacionalización más empujada por el flujo mundial de datos, información y conocimiento que por el intercambio de bienes físicos; y apoyada en las llamadas Global Innovation Networks (GIN).


Éstas son redes que vinculan puntos focales que se distribuyen por el planeta sin importar demasiado en qué país se encuentran. En ellas actúan empresas, universidades, inventores e innovadores y personas superformadas, prestadores de servicios e infraestructura. Todos vinculados en ecosistemas. Llama “hotspots” a estos puntos focales y una paradoja sobre ellos es que están mejor vinculados con los demás puntos focales similares en el resto del globo que con la propia economía de sus países.


New York, San Francisco y Boston; Shanghai, Guandong y Shenzhen; Seul, Lyon, Londres o Bengalaru son ejemplos de puntos focales (hotspots) autónomos y crecientemente desnacionalizados en una red internacional de la economía global del conocimiento.


Dice aquel trabajo que en solo 30 grandes hotspost en el mundo (en apenas 16 países) se crean el 70% de las patentes y 50% de los artículos científicos en el planeta; pero que hay en total 174 hotspots en el mundo produciendo activamente -dentro de aquellas redes- con distinto grado de intensidad, innovación y conocimiento. La nueva economía del capital intelectual no ocurree en los “países” sino en determinados centros específicos que se conectan con el resto por encima o por debajo de sus países.


Asistimos al derrumbe de categorías. Eso explica que empresas multinacionales crean polos “desarrollados” en países emergentes aunque también flujos migratorios indetenibles crean asentamientos “subdesarrollados” en países ricos.


El FDI Intelligence toma nota de esta subnacionalización y efectúa un análisis -de Aideen Duffy- que llama “Ciudades Globales del Futuro 2021/22 de FDI - ganadores generales”. En él, ranquea como las mejores a Singapur, Londres, Dubái, Ámsterdam, Dublín, Hong Kong, Nueva York, Shanghái, Paris, Tokio, Beijing y Abudabí. Y a la vez el World Economic Forum destaca el valor de ciudades y regiones y reclama para ellas instituciones que garanticen derechos subjetivos, políticas públicas y regulaciones apropiadas para el dinamismo tecnológico, conectividad dura (infraestructura) y conectividad blanda (personas formadas, cultura, apertura). Es la irrupción de la “mesoeconomía”.


En este marco, podríamos entre nosotros acudir a un ejercicio de clasificar cuatro grandes geografías en Argentina: una de grandes ciudades (propensas a la globalidad cultural), una de pauperizados conurbanos (hundiéndose en la miseria), una de zonas rurales altamente competitivas (generadoras de nuestras mayores exportaciones) y otra del interior altamente dependiente de subsidios y empleo público.

Pues conviene comenzar a pensar estratégicamente en la mejor vinculación entre ellas (hoy esencialmente tensionadas) y -a la vez- en alentar la mejor internacionalidad virtuosa de algunas de nuestras regiones y áreas con mayor capacidad de adaptación a este nuevo tiempo.