La Huida

El día amaneció frío y lluvioso. La humedad calaba hasta los huesos.





El reciente invierno descargaba su furia aquella mañana maldita de junio. Los caminos se hallaban intransitables por eso la volanta, tirada por cuatro caballos y dos a la cincha, avanzaba lentamente, o mejor dicho lo menos lentamente posible. Pues la idea era partir rápido. ¡Muy rápido!


El carruaje conducido por un peón avisado, llevaba en el pescante a dos negros, sirvientes del hombre que iba adentro. Sin embargo y a pesar de su experiencia, el conductor, no podía evitar que la volanta se hundiera peligrosamente en los pantanales mientras que de rabillo observaba como se balanceaba peligrosa y amenazante. Ese era el único camino, transitable, que llevaba al interior del país. Se lo conocía como el Camino Real aunque esto era dudoso puesto que el Camino Real siempre fue el que unía a Córdoba con el Alto Perú y la volanta aún no había llegado a Luján. De todos modos así le decían. No lo vamos a cambiar nosotros ahora.


Al llegar a los pagos de San Andrés de Giles un desvío hacia el norte, en dirección a Areco, abría la comunicación con Santa Fe y Córdoba. A esta última ciudad pretendían llegar los viajeros.


Pero no vayamos tan rápido y retornemos a nuestro misterioso pasajero. No estaba solo, lo acompañaban su mujer, sus hijos, un secretario y dos mil desarrapados a caballo que infatuaban de soldados. El hombre no tuvo suerte, esta vez. No era su día. Resulta que los improvisados soldados lo abandonaban. De a puñados se escapaban, negándose a dejar sus hogares. Finalmente quedó solo. ¡Bah… con su familia! Pero en estas circunstancias era como estar sólo.


Para sus adentros rumiaba bronca. ¡Siempre estuvo todo tan tranquilo! ¡Venir a pasarme esto ahora, justo en mi gobierno! ¡Maldecía su suerte.


Extrañaba la Gobernación de Córdoba. Aquello sí, era un solaz. Un poco aburrida, cierto, pero sin sobresaltos.


En cambio Buenos Aires era alegre y bulliciosa, pero ruin. ¡Estos porteños no tienen cojones! ¡Cobardes y encima me acusan de huir! Se entregaron y ahora quieren mi rendición. De ningún modo ¡No la voy a firmar!


Si los ingleses quieren quedarse con los caudales ¡Allá los tienen, los acabo de dejar en Luján, yo me marcho a Córdoba pero volveré con hombres valientes a echar a estos herejes ladrones. ¡Ya verán!


En paz consigo, Sobremonte echó una última mirada en dirección al sur.