La perfección es enemigo de lo bueno

Por Amando de Miguel

Publicado en La Gaceta el 8 de diciembre de 2021


Mi amigo Gonzalo González Carrascal y yo quedamos en comentar, vía Skype, el apotegma de Voltaire: “La perfección se alcanza poco a poco, lentamente; se requiere la mano del tiempo”. La verdad es que la sentencia más me parece de Santa Teresa de Ávila. Quiero decir que el asunto de la búsqueda de la perfección parece más una cuestión mística o, rebajándola un poco, estética. Vamos, que tendría que preocupar, más bien, a los poetas o a los demás artistas o artesanos. Son los que necesitan vivir de sus escrúpulos; lo que puede resultar admirable, por concienzudo.



Se dice, vulgarmente, que “la perfección es fascista”. Algo hay de tal cosa, por lo que tiene de empeño irracional. En nuestro idioma, disponemos de algunas palabras con un efecto curioso. Se les puede proveer de un sufijo, y se transforman en otra idea, que viene a ser su caricatura más realista. Ejemplos: “oportuno-oportunismo, autoridad-autoritarismo, popular-populista, perfección-perfeccionista”.


Bien está esmerarse en el trabajo, el estudio o cualquier otra dedicación cotidiana. Por ahí anda la raíz de la dignidad humana. El riesgo está en que, si se insiste demasiado en el impulso, la cosa acaba degenerando: la perfección se hace perfeccionismo. En latín, se repetía este paradójico adagio, muy caro a Cicerón: summun ius, suma iniuria (el esfuerzo supremo por cumplir con el derecho conduce a la injusticia). Por cierto, me viene a las mientes la consabida fórmula de los tribunales de justicia estadounidenses: “juro decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”, se hace decir a los testigos. En su afán perfeccionista, si se toma en toda su literalidad, no deja de ser una melonada. La solemos presenciar en tantas “películas con juicio”, por lo general, tan atractivas y características de la sociedad de los Estados Unidos de América. A lo que voy, se trata de un juramento imposible, por perfecto y utópico.


La alternativa al “camino de perfección” cotidiano podría ser, a escala individual, la simple satisfacción con la obra bien hecha


La parte más aceptable del afán de perfección es la que se consigue con un buen sistema de enseñanza, esto es, de aprendizaje. Ni qué decir tiene, que este es el aspecto más abandonado de la vida española. Un extremo lógico del perfeccionismo es la procrastinación, que ni siquiera es palabra aceptada entre nosotros. Consiste en la tendencia a posponer las tareas u obligaciones perentorias por otras más entretenidas. Significa lo contrario de la moral del esfuerzo, en la que debe apoyarse una buena trayectoria educativa, constituida por “cursos”.


En política, el perfeccionismo de la época contemporánea es, sin duda, el socialismo, con todas sus variopintas modalidades. Una gran parte de las naciones de la Iberosfera se hallan regidas por esa ideología, matizada por las distintas variaciones étnicas.


El aforismo de los socialistas utópicos, de principios del siglo XIX, era: “de cada uno según su capacidad, a cada cual según sus necesidades”. Como es sabido, la frase procede del Evangelio de San Mateo, en la parábola de los talentos, tan difícil de entender. Karl Marx recogió la divisa con entusiasmo. Todavía, podría valer para definir, hoy, a los regímenes socialistas, comunistas o populistas de toda laya. Es una buena expresión de las ínfulas perfeccionistas de todos esos sistemas políticos revolucionarios, seguidores, más o menos fieles, de las enseñanzas de Marx. Algunos acaban en vulgares dictaduras, en prácticas oligarquías. Cuando se imponen a todas las demás fuerzas políticas, se hacen totalitarios: la granja de los animales de Orwell. Ni qué decir tiene que, en casi todos ellos, se cumple el efecto de la summa iniuria. Se mantienen gracias a un constante esfuerzo de propaganda, en cuyas artes, los socialistas de todas las camadas han alcanzado indudable maestría. Tanto es así, que gozan de un general aprecio en el mundo. Se valen del éxito de las socialdemocracias, que son como el socialismo presentable o civilizado.


La alternativa al “camino de perfección” cotidiano podría ser, a escala individual, la simple satisfacción con la obra bien hecha. En tal caso, se contentaría con el reconocimiento, más bien tácito, por parte del prójimo. En el plano colectivo de la organización política, la opción más asequible sería la democracia sin más, siempre imperfecta. Por eso mismo, se trata de un sistema, estadísticamente, raro; en consecuencia, tan inefable como valioso.