La vida cotidiana (Primera parte)


La vida social en el Buenos Aires colonial era intensa y participativa siendo las fiestas religiosas el centro de esta actividad. En las conmemoraciones el pueblo se encontraba en las calles y era una manera de integrarse a un destino común. Quizás por eso la religión desempeñó un papel importante en las invasiones pues los ingleses eran representantes de la herejía y de otro destino.





Entre las fiestas conmemoradas estaba San Martín de Tours, patrono de la ciudad, la Inmaculada Concepción, el ocho de diciembre, que de alguna manera daba comienzo al verano, y la más importante de todas, Semana Santa. En esta festividad la ciudad cambiaba su fisonomía y su espíritu. Todo parecía decaer, entristecerse. Se veían rostros demacrados por la vigilia y el recogimiento propio de la severidad de la fecha. Se recorrían las distintas estaciones religiosas instaladas en las diferentes Iglesias, de manera que si era tiempo de lluvia el trayecto era sencillamente imposible. Un barrial que enchastraba sotanas y vestidos y si era de seca, el polvo mortificaba la vista y la garganta. ¡Tantos eran los trastornos!


La Primera Estación era una altar instalado, para la ocasión, en la Plaza de la Victoria justo sobre el arco principal del Cabildo y de allí partía la procesión. La marcha se seguía de a pie o través de las ventanas.


La otra gran fiesta o evento popular y contra cara de Semana Santa eran los carnavales. La ciudad se transformaba en un pandemónium o mejor dicho en un loquero. Desde azoteas, veredas o tras las rejas se arrojaban baldazos, huevos de avestruz cargados de agua perfumada, huevos de gallina con sus claras y sus yemas, bacinillas desbordantes de líquido. En fin todo lo que mortificara la vida al transeúnte.


Los esclavos a sus patrones, las mujeres a los hombres, los niños a los mayores, la vida se trastocaba en esa fiesta endemoniada. Al amanecer del día fatal se apostaban los primeros francotiradores a la espera de los incautos. ¡No se salvaba nadie! Funcionarios de la Audiencia, Cabildantes y ¡hasta sacerdotes! Aunque estos, especialmente los más apartados del centro, curas populares promovían la fiesta pagana cual demonios disfrazados.


Otra fiesta popular que atraía multitudes aunque las mujeres en este caso no participaban eran las corridas de toros. La Plaza de Toros, como se la llamaba, o el Retiro era un anfiteatro de colores vistosos con capacidad para doce mil personas. El día de corrida la ciudad se transformaba, no se hablaba de otro tema y la multitud marchaba por la actual calle Florida lo cual de por sí era todo un atractivo.