Los caminos de la xenofobia

Tandil, 1 de enero de 1872. Una masacre inexplicable sucedió en esta ciudad. Se desconoce aún la cantidad de muertos.


Así titulaban los diarios pueblerinos la tragedia ocurrida el día anterior ¿Pero…,qué había pasado?





Con las primeras luces del amanecer un grupo de criollos a caballo, con sus lanzas en ristre, vivando a la Confederación y con divisas punzó en sus chuzas, asaltaron el juzgado de Paz en busca de armas. Al ver pasar a un organillero italiano que volvía a su hogar, fue molido a golpes y muerto a cuchilladas por esa jauría de hombres endiablados. Desde ese momento una orgía de sangre y crímenes se desató sin freno ni control. Al grito de matando gringos y vivando a la religión se lanzaron como bestias hambrientas contra inmigrantes vascos que se habían establecido en la zona.


Cayeron sobre unos carreros que esperaban el día para ingresar a la ciudad. Los degollaron a todos. Un adolescente de dieciséis años logró salvarse escondido bajos unas bolsas. Enmudeció para siempre. El raíd estremecedor no se detuvo, fueron hasta el almacén de un vasco y ahí mismo lo degollaron, su mujer fue respetada pues era argentina y el peón, un adolescente hijo de italiano, sufrió el degüello.


Como poseídos volaron a lo de un estanciero inglés, se ensañaron matándolo de a poco y a sus dependientes, que era un matrimonio joven.


Pero el horror, la muestra más cruel del desvarío humano se desarrolló en la casa de un tal Chapar, un gringo que había hecho fortuna, allí la vesania no tuvo límites, una criaturita de cinco meses fue degollada, su madre al verlo enloqueció y luego la mataron como a su otra hija de cinco años ingresándole puñaladas por sus costillas.


Una adolescente luego de ser violada corrió la suerte de todos, muerta sin piedad y sin miramientos. Una monstruosidad indescriptible. Jamás vista.


Después de la carnicería los criminales descansaron a orillas de un arroyo como si nada hubiera pasado. Allí fueron detenidos por la policía y grupos de vecinos armados. Juzgados, pagaron con sus vidas los horrores cometidos. No había explicación ni entendimiento, sin embargo uno de los asesinos le imploró al Juez “Yo señor lo único que le pido es que me de su palabra de honor de que no ha de permitir a ningún italiano que toque mi cadáver quiero ser enterrado por hijos del país y no quiero que ningún italiano me toque, ni aún el chiripá”