Los comerciantes porteños

El comercio fue, en verdad, la única actividad productiva de la ciudad durante más de cien años. Los hombres dedicados a estos menesteres conformaron una clase social muy cerrada lo que los transformó en una pequeña oligarquía. El usufructo de su profesión venía desde muy lejos en el tiempo y pasaba de padres a hijos. Aunque de tanto en tanto alguno nuevo se sumaba siempre que contara con buenos vínculos en España y naturalmente aquí en Buenos Aires.


Desde los inicios estuvieron vinculados a los comerciantes limeños de quienes dependía su abastecimiento. Y por medio de ellos con los grandes comerciantes de Cádiz únicos autorizados en la península para comerciar con las posesiones coloniales de América. Era un negocio de pocos, cerrado, hermético, de amigos. Protegidos y privilegiados por un Estado Monárquico, intrusivo y todopoderoso.


Estos comerciantes vivían al día de manera que comenzaron a practicar negocios turbios, ilegales y gracias a ellos su fortuna se vio rápidamente en ascenso.


¿En que consistían estos negocios? En el contrabando.


Vendían de manera clandestina cueros de vacas y caballos a comerciantes portugueses, holandeses e ingleses.


Esto permitió la generalización de una práctica, las vaquerías, que satisfizo las necesidades materiales de nuevos sectores.


¿Y que eran las vaquerías?


Un pequeño grupo de hombres, cuatro o cinco, partían de la ciudad en busca de ganado salvaje, sin dueño. Iban muñidos de una larga lanza con una medialuna de hierro filosa en su extremo. A una legua no más hallaban los animales pastando mansamente. A carrera tendida se largaban sobre ellos, lanza en ristre y antes que se dispersaran por el dramatismo de la situación quedaban tendidos, mugiendo, centenares de ellos pues se les había cortado, con aquella lanza, el tendón de su pata trasera.


Se apeaban de sus montas y ocurría la matanza. Luego le sacaban el cuero, el sebo, la cornamenta y la lengua, el resto quedaba para perros salvajes, zorros, y aves de rapiña. Al regresar con su carga vendían a los comerciantes y se cerraba el negocio. Con el tiempo estos hombres que partían de la ciudad, al alejarse cada vez por el voraz extermino del ganado se aquerenciaban en las profundidades de la pampa construyendo sus ranchos y quedándose allá para siempre. Serían los futuros gauchos.

Al mismo tiempo otros hombres en carretas los buscaban por el interior de la provincia para comprarles los cueros y darles a cambio yerba, azúcar y alcohol. Serían las futuras pulperías. Y así de este modo se completaba el cuadro social y económico de la provincia de Buenos Aires en el siglo XVII.