Los que votan todos los días









En calles, plazas y rutas del país hemos vivido vísperas del 9 de julio y el mismo Día de la Independencia como un estallido de presencias y demandas heterogéneas y aun contrastantes. A dos meses de la primera consulta electoral del gobierno Fernández, la sociedad argentina vuelve a expresar estridentemente su notable grado de fragmentación, así como la dificultad que tiene para expresarlo constructivamente a través del mero vehículo electoral.





Frente a la Casa Rosada y al Ministerio de Desarrollo Social se ventilaron reclamos de la muchedumbre de excluídos o se ejercitaron presiones obedientes a las internas de ese Gobierno “prematuramente envejecido” según Jorge Asís. En San Nicolás, entretanto, los productores autoconvocados del campo se hicieron sentir frente al derrotero de un oficialismo que agrava en la materia los errores del 2008.


En democracia, el día del comicio, y sólo ese día, somos políticamente iguales. Si vamos a la “realidad efectiva” de las cosas –como diría Maquiavelo- comprobaremos que los otros setecientos veintinueve días del correspondiente bienio funcionan las desigualdades. Y no nos estamos refiriendo solo a los desniveles de riqueza, cultura, información y status que, obviamente, condicionan, en su momento, las conductas cívicas de los individuos. Pensamos también en la adscripción de unos más que de otros a estructuras organizativas que, sin ser por sí mismas de naturaleza político-electoral, inciden sobre la conformación y la intensidad de las diversas corrientes y sobre las políticas públicas adoptadas por los Gobiernos en respuesta a aquellas. Estamos hablando de las minorías organizadas que, según Mosca, por serlo son capaces de doblegar las inclinaciones y los intereses de supuestas mayorías de hecho atomizadas.


Ha observado Bidart Campos en su magnífica obra Las élites políticas, que, para entender la dinámica de las mismas, debemos computar no sólo las específicamente tales, sino también “cualquier élite no política que en un momento dado se politiza. Y se politiza cuando –según nuestro recordado jurista y politólogo- “a favor o en contra del poder oficial, asume y despliega una actitud política”. Va de suyo que el concepto de “élites” tal cual está usado aquí no tiene el menor trazo valorativo en el sentido ético o estético de la palabra; coincide con la acepción profusamente utilizada por Pareto al desarrollar el tema en su Tratado de Sociología General. Es decir, que el sentido utilizado es “altimétrico”; tiene que ver con el nivel de poder o de influencia que cada agrupamiento reviste. Quizás fuera más prudente hablar de “dirigencias” o de “minorías rectoras” para evitar las connotaciones que puede acarrear la palabra “élites”.


Ahora bien: si observamos el decurso de la Argentina de 1930 hasta 1975, al menos, podemos comprobar la nítida politización de la dirigencia militar, por ejemplo. Pero también, al menos desde el ’45, de la sindical, que llegará a su apogeo –victoria pírrica- al protagonizar el enfrentamiento con el Rodrigazo. Estas dos secciones dirigenciales politizadas definen el perfil de la Argentina de la época, caracterizada por la decadencia del socio mayoritario británico, de la industrialización sustitutiva y la tendencia a la corporativización de las estructuras socioeconómicas. Una Argentina claramente periclitada en la década del ’70 sin haber encontrado un nuevo modelo de desarrollo y, correlativamente, una razonable inserción en la economía mundial.


El país ha vivido conflictos y hasta guerras internas sin que, casi medio siglo después, haya recuperado un modelo y una forma de inserción. Y en esta Argentina desnortada han surgido nuevas formas de agregación social que, inevitablemente, han determinado la aparición de nuevas dirigencias politizables.


Como en otros momentos de la historia de un país irrevocablemente “movilizado”, podemos detectar la operatividad de tales dirigencias en la calle. ¿Y quiénes están en ella en julio de 2021? Dejemos de lado, al menos por ahora, a quienes coparon la Plaza de Mayo en pos de la liberación de Milagro Sala. Allí sólo se trata de dinámicas internas al oficialismo en las que se movilizan sectores de la burocracia estatal y el izquierdismo satelital. Vayamos a la 9 de Julio y a San Nicolás y allí toparemos con actores más genuinos en el escenario de la presente fragmentación argentina.


Lo que observaremos es que las dirigencias politizables –y, de hecho, politizadas- nacen de una determinada configuración de los factores endógenos y exógenos que diseñan a la Argentina actual. El naufragio de la Argentina de la industrialización protegida sin reemplazo exitoso se expresa en la explosión de un liderazgo representativo de los desocupados, subocupados y marginales, que a través de los llamados “movimientos sociales”, y en una relación ambigua con el Estado –entre extorsión y cooptación- cubren los primeros planos sustituyendo a los divididos y marchitos elencos sindicales, hasta ayer señores de la calle. Paralelamente, la transformación tecnológica de los agronegocios, iniciada en los ’90 abre camino a un vasto número de emprendedores del campo, propietarios o no, sin cuya productividad la Argentina desaparecería lisa y llanamente del comercio internacional y el Fisco se licuaría.


Estos eran los sectores que ocupaban el espacio público el 9 de julio: la muchedumbre de los malamente asistidos en la que ya empiezan a confluir los retazos con menos espaldas de la clase media, por una parte. Los chacareros de la “zona núcleo”, por otra. Tanto unos como otros adscriptos difusa y provisoriamente a estructuras progresivamente más líquidas, en las que se destaca el fenómeno de los autoconvocados.


Sea cual fuere la conformación estable que tales organizaciones finalmente asuman, lo que está claro es que la gente que, al día siguiente de la elección, habrá de pesar en los cursos de acción posibles para el Gobierno está allí: piqueteros cada vez más numerosos de los grandes “conurbanos” y productores internacionalmente competitivos del corazón de la pampa. Unos, producto de un fracaso que ya se prolonga demasiado tiempo para que el país lo soporte sin fragmentarse. Otros, vanguardia de un comienzo positivo de inserción del país en la economía global. El modo con que el poder político asuma este doble desafío en el futuro inmediato es quizás más significativo que las elecciones mismas.