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Más políticos, menos burócratas

Por Camila Duro - En el mar de apatía de la ciudadanía argentina, gran parte de la responsabilidad sobre el calamitoso estado del País cae sobre la clase dirigente (y con razón) a los ojos de la opinión pública. El problema es que, aunque suene llamativo, en Argentina no sobran políticos, lo que sobran son burócratas.

 

Desde hace 20 años el Estado en sus tres niveles de Gobierno ha engrosado sus filas con infinidad de contratos y empleados públicos al servicio de múltiples ministerios, secretarías, subsecretarías, direcciones, entes descentralizados y otros organismos públicos existentes o de reciente creación.

Por otro lado, casi cualquier joven -o no tan joven- que inicia su militancia en un espacio político ve en su horizonte cercano de crecimiento el hecho de “ser contratado”, hay un deber implícito de comenzar a gestionar algún tipo de recurso. Y si no te contratan es porque evidentemente no servís.

La militancia pasa a tener un grado de institucionalización enorme, que contrariamente a lo que se podría suponer, atenta directamente con la formación y la adquisición de herramientas políticas para resolver problemas. Por el simple hecho de que los recursos al alcance de la mano quitan creatividad y porque las iniciativas “se mueren en la víspera” para cuidar la silla y no pisar los callos de las personas equivocadas.

El paso del militante al burócrata es tan corto que destruye los incentivos para el arrojo, la valentía, las soluciones nuevas, la creatividad y la resolución de conflictos por fuera de la ventanilla estatal.

Esto no quiere decir que no haya que formarse para gobernar bien, sino que la crítica es a la rápida y violenta burocratización de la militancia que pierde, ante todo, el “hambre”. El cinismo llega rápido y arruina el entusiasmo de ir por el poder en serio para ejercerlo en serio. Ya que al disputar poder, en la agonalidad propia de la política, a veces se puede ganar y a veces se puede perder -y nadie quiere perder el trabajo, siendo sinceros-.

Este mar de burócratas es alimentado por dos relatos mitológicos, tanto quienes reclaman “más gestión” como quienes abogan por más “Estado presente”.

El primer mito nos habla de “gestionar mejor”. Necesitamos seres que vengan exclusivamente a administrar y que sean seleccionados por sus aptitudes técnicas. Este mito decide deliberadamente anular la humanidad del complejo equilibrio entre el tejido social y el ejercicio del poder. Descreen de las comunidades naturales y de que las personas elijan o traten de elegir siempre lo mejor para sí mismos y para sus familias. Son déspotas con un LinkedIn muy prolijo porque, en el fondo, son tan arrogantes que creen poder decidir absolutamente todo desde un escritorio ya que las urnas eventualmente los depositaron allí.

He aquí la contrapartida: Aquellos ciudadanos que reclaman que necesitamos más o mejor “gestión”, en realidad lo que reclaman es orden. El asunto es que la burocracia no es madre del orden, es la política. La posibilidad de hacer convivir los intereses de los distintos implica conocer las distintas realidades, las angustias, la cultura, los problemas y los valores que mueven a estos grupos diversos. No se puede gestionar como si no existieran tensiones que resolver, novedades, avenencias y, sobre todo, personas. El gestor “perfecto” ante un episodio de piojos infantiles, está más cerca de pensar que debe cortarle la cabeza a sus hijos que de comprar algún producto en la farmacia si justo se encuentra de vacaciones en un lugar alejado.

Por otra parte, las fuerzas políticas que hacen un elogio del gestor, o sea, del burócrata, piden que se los juzgue por objetivos y por resultados. Luego, cuando en las urnas son juzgados en función de los objetivos que ellos mismos se pusieron, le echan la culpa a los votantes que “no supieron entender”.

En el medio, muchos jóvenes políticos fueron achatados, aburguesados y achanchados. Luego de tener una pequeña (pequeñísima) porción de poder, transforman a la militancia en el medio para sostener su fuente de ingresos y, en última instancia, ganar elecciones es un medio necesario para mantener sus trabajos.

Es notable la carencia de cuadros jóvenes en la gran mayoría de los espacios. Muchos incluso algunos hablan de “renovación” y sus candidatos tienen más de 50 años ¿Dónde están los cuadros técnicos y políticos de 30 o 40 años? Fueron sepultados en las cómodas terceras líneas de puestos burocráticos. No se exponen, no padecen el poder y tampoco salen a buscarlo. Flotan, surfean la ola. Creen que hacer política es participar de eventos y sonreír para no llevarse mal con nadie porque “nunca sabes quién va a ganar después”.

Nos encontramos en la vereda de enfrente con otra vertiente mitológica que nos ha convencido de que si no ponen hasta el último empleado público militante, su Gobierno no camina. A la par, han creado miles de nuevos pseudo-derechos para ser necesarios en la vida de la comunidad desde el slogan del Estado presente. Es decir que bajo el mito de que “tomar la manija” significa tener “toda la manija” tanto política como socialmente, han agrandado la cantidad de kioskos a fin de tener un aparato cada vez mayor.

A estos cabría recordarles las icónicas palabras de quien fuera tres veces Presidente: “Algunos creen que gobernar o conducir es hacer siempre lo que uno quiere. Grave error. En el gobierno, para que uno pueda hacer el cincuenta por ciento de lo que uno quiere, ha de permitir que los demás hagan el otro cincuenta por ciento de lo que ellos quieren.”

Para afuera, han destruido las comunidades naturales de la sociedad reemplazándolas con una oficina estatal, anulando la iniciativa de las personas para solucionar sus vidas de la forma que mejor les parezca. Para adentro, esta incapacidad de dejar hacer, de confiar y de construir con otros los volvió adictos a sí mismos.

Curiosamente, padecen del mismo problema que los del mito contrario: sus cuadros y sus candidatos carecen de arrojo y valentía, no proponen nada nuevo, no logran adaptarse a las necesidades y reclamos de la sociedad. Todavía gozan de cierta proyección gracias a aquellos que sí pudieron vivir la experiencia de ir a conquistar el poder y que no tuvieron miedo de ejercerlo. Jóvenes -no tan jóvenes- que ya hoy tienen en su mayoría más de 40 años de edad. Pero es un tiro corto, también agonizan, ven que se les escapa el poder de las manos y que el sistema ya no es sustentable.

Probablemente el lector a esta altura le haya puesto -en su mente- caras y nombres a los mitos que se describen. Quizás esté visualizando a unos cuantos treintañeros de distintos espacios políticos castrados. Así como quizás escuche en sus oídos ciertos océanos de comodidad en la discusión política. Desde esta perspectiva burocrática de la política, cae también y a la par la calidad del debate legislativo porque nadie quiere sacar los pies del plato. Todos los ámbitos de la política se perjudican.

El gran desafío se torna entonces menos ideológico y más práctico, porque la política es -ante todo- una praxis. Debemos desandar el camino de los laureles que supimos conseguir: transformamos paulatinamente la existencia de los Partidos Políticos en un hecho anecdótico, cuando son los Partidos quienes, dentro del sistema, tienen la función de sostener los debates ideológicos, disputar el Poder y eventualmente, gobernar. El espectáculo que nos rodea nos muestra algo más parecido a fábricas a gran escala de burócratas con camisetas de colores.

Los cuadros políticos que Argentina necesita no van a salir de un repollo ni de una carrera universitaria -por muy buena que sea- ya que, como nos enseña Aristóteles, las artes prácticas se aprenden haciéndolas.

Necesitamos gente que no le tema a la incomodidad del poder y que vaya a buscarlo. Personas de palabra y de honor, de códigos, capaces de hacer pactos duraderos que no se rompen. Representantes que no entreguen en un escritorio lo que ganaron en las urnas. En resumidas cuentas, políticos que sepan hacer política y para eso, hacen falta espacios apropiados para tal fin. Lo distintivo del Poder -en un sistema Representativo y Republicano- es que éste se puede perder todo el tiempo y debe ser refrendado periódicamente. Si hiciste las cosas bien, te quedas durante el tiempo estipulado y si las hiciste mal, te vas a tu casa. La exigencia de la política es mayor a la de la burocracia. El engaño es disfrazar a la burocracia de algo que no es. Hacer política nunca va a tener un horario de 9 a 18, ni va a ser un oasis de comodidad. La vocación por lo público y la exposición al escrutinio social es exigente. Tal vez, al intentar edulcorar la política de cara a la ciudadanía y querer mostrarla más pulcra, más burocrática, más prolija, la estábamos aniquilando. Como diría un brillante escritor inglés, a veces extirpamos el órgano y exigimos la función. Más allá del beneficio inmediato de “la caja” y las toneladas de recurso humano al agrandar las estructuras estatales, si falta lo esencial, la política queda castrada. Y lo castrado jamás será fértil.

Es menester recuperar una visión más noble, más realista y más sana, probablemente también más generosa de la política. Con este espíritu necesitamos, a su vez, recuperar los espacios propios del quehacer político para que se puedan llenar de contenido los debates acerca de los desafíos que tenemos por delante, y así ponernos en camino de recuperar esta querida República Argentina que también supo ser una gran Nación.


CAMILA DURO

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