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Oscuridad sobre España

Por Miguel Ángel Iribarne -

 

Y aplicamos la palabra en dos sentidos independientes pero parejamente valiosos para nuestro objeto de hoy. Hay oscuridad en el sentido de incertidumbre sobre el presente y el futuro próximo de España. Y, por otro lado ,en cualquiera de los dos modos en que pudiera dibujarse el panorama ulterior, habría oscuridad como carga ominosa de zozobra y negatividad respecto del mañana de nuestra Madre Patria.


Cuenta la leyenda que Francisco Franco, ya en su ancianidad, tuvo una conversación franca con el enigmático general americano Vernon Walters, al que habría dicho –palabras más, palabras menos- lo siguiente: “Mire: yo sé que después de mi muerte, aquí vendrá lo que Uds. llaman la democracia; y que con ella vendrán la droga, la corrupción y la disolución de las familias. Pero le puedo predecir que algo de lo que vivimos no vendrá: la guerra civil. Y eso porque hemos construído una clase media que no existía en los años 30,,,”


La reflexión del Caudillo no era baladí: siempre ha existido (ya Aristóteles lo había advertido) cierta correlación entre la amplitud de los estratos socioeconómicos intermedios y la estabilidad política. Y en esta perspectiva, la España de 1975 lucía muchísimo mejor dotada que la de 1936. En este sentido – y sólo en este sentido- puede aceptarse que Franco estaba en lo cierto cuando dijo aquello de que todo estaba “atado y bien atado”. La liberalización económica se había sumado al desarrollismo de los tecnócratas, y ambos a los mecanismos de seguridad social y capacitación que fueron el aporte específico del falangismo, para generar una movilidad social ascendente hasta entonces desconocida. Allí había, como saldo, una amplia clase media de talante consumista y temor a los factores de inestabilidad y disrupción.


Las vulnerabilidades estaban en otro lado. Por una parte, en la acentuación de la eterna propensión hispana hacia los ¨reinos de taifas¨, que se traduciría en el decantado Estado de las Autonomías, capaz de intentar convencernos de que existe hasta una ¨nación andaluza¨, y de que un malagueño musulmán nacido en 1885 sería su fundador. El rostro trágico del particularismo, por contraste, lo encarnaría ETA, motor de una estrategia terrorista tanto física como psicológica de la que cosecharían pingues beneficios los políticos burgueses del Partido Nacionalista Vasco. Las tendencias centrífugas lúcidamente analizadas por Ortega en Espaªna Invertebrada volvían por sus fueros precisamente en el momento en que el país comenzaba a ensayar la democracia, como si ésta fuese incompatible con la vigencia de un proyecto integrador.


Paralelamente, el ethos espanol, tanto el religioso como el cívico, empezaba a hacer agua ante el bombardeo gramsciano. Uno y otro acusados de haber legitimado a la Dictadura, en ningún momento lograron superar una situación y una actitud meramente defensivas, que -como toda estrategia a tal punto reducida- fueron constantemente perdiendo terreno en cuanto a la capacidad de generar la agenda pública. En el ámbito religioso, y no obstante los admirables ejemplos de santidad y heroísmo prodigados por tantos espanoles, se ha llegado a vivir en el escenario social no ya un proceso de mera secularización, sino de verdadera ¨cristofobia¨; así ha denominado el jurista judío sudafricano J.H.H. Weiler a una actitud de espíritu, ampliamente difundida en círculos dirigentes y mediáticos, que no se limita a propugnar la laicidad del Estado -legítima en sí-, ni siquiera el laicismo de tipo positivista, sino que alienta una sistemática hostilidad contra la persona de Cristo y su obra en cualquiera de las denominaciones confesionales existentes.


Todo este proceso, variado pero persistente, ha sido posible por la iniciativa del PSOE (sin hablar de la pasividad obtusa del PP, que sería materia de otra nota), así como por la adopción acrítica de una cultura global-progresista por parte de la mayoría de las organizaciones “nacionalistas”, es decir particularistas, que pueblan las comunidades autónomas y el Parlamento español. Pero ha sido el socialismo, moderado y pragmático con Felipe González, jacobino y logiado con Rodríguez Zapatero, el que con Pedro Sánchez se pone, simplemente, a disposición de una voluntad de poder desmadrada, que ningún sistema de valores ordena ni articula, y que por ello carece de límites para comprar aliados.


No siempre había sido así. No siempre el PSOE fue sinónimo de desarraigo. Baste recordar los juicios de alguien tan poco sospechable de irenismo ideológico como José Antonio Primo de Rivera, empeñado incluso en rescatar el patriotismo del propio Indalecio Prieto y de asegurar que “entre los socialistas espanoles hay muchos espanoles socialistas”.


Los resultados de las elecciones de julio han venido a cristalizar los efectos negativos de los procesos que comentamos. Hoy reina la incertidumbre porque no se sabe “cómo sigue” el devenir político-institucional, ante la suerte de empate parlamentario producido. Pero reina también, y sobre todo, porque en cualquiera de los dos caminos que arrancan de la presente encrucijada resulta difícil imaginar un modo de gobernar constructivo y permeado de futuro. Tanto en la eventual alianza entre el PP, Vox y algún partido local, como en la que conformarían el PSOE, Sumar y toda una galaxia de grupos más o menos separatistas. En este momento España está políticamente partida en dos mitades iguales que no se quieren, exactamente igual que en 1936. Y si la actual configuración de la sociedad española y su encastramiento en la UE y la OTAN alejan la posibilidad de un conflicto armado interno como el de aquellos años (y en eso acertó Franco) la perspectiva de la decadencia y aún la descomposición no puede estimarse improbable.


MIGUEL ANGEL IRIBARNE

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