Pinedo y el frente nacional








Tres veces ministro –con Justo, Castillo y Guido–, su pensamiento y gestión económica han sido objeto tanto de investigaciones rigurosas como de polémicas iracundas. Tal vez sea oportuno comenzar hoy, a cincuenta años de su muerte, a asomarnos a su perspectiva política.


Hasta julio de 1935 la Internacional Comunista (Komintern) impuso a sus partidos satélites la línea estratégica denominada “clase contra clase”. Y aludimos a partidos satélites toda vez que la organización partía del supuesto de que en la URSS ya no había clases sociales, por lo que la consigna resultaba inaplicable para el PCUS. En el resto del mundo se propiciaba, pues, la unidad con los demás “partidos obreros”. En la práctica ello implicaba una intensa presión sobre los partidos socialistas para que aceptasen la alianza con el PC, so pena de ser fulminados como “socialfascistas”.


Al llegar en la fecha referida a su VII Congreso, la Komintern podía comprobar el fracaso de dicha línea estratégica. La mayor parte de los partidos socialistas no habían cedido a la presión; en el mejor de los casos se había logrado que desgarramientos de los mismos se subieran al tren del PC, pero sin trastornar decisivamente la configuración político-electoral y sindical en los países correspondientes. Mientras tanto, el fascismo había ascendido al poder en Italia y el nazismo en Alemania, además de proliferar los autoritarismos de derecha en Europa Central y Oriental, controlar el poder en Portugal y crecer de modo amenazador en España.


En estas circunstancias se produce el volantazo del VII Congreso. Realizado entre el 25 de julio y el 20 de agosto de 1935, el mismo resultará famoso por sustituir la línea “clase contra clase” la estrategia del “Frente Popular”. Se trataba, básicamente, de abandonar los límites clasistas e intentar sumar a los “partidos”burgueses” que estuviesen objetivamente dispuestos a colaborar en la lucha contra el “fascismo”, etiqueta ésta última –por lo demás- suficientemente elástica para cubrir a todos los sectores de derecha o centro-derecha dispuestos a resistir activamente la expansión bolchevique.


El Frente Popular otorgaría de esta manera a los distintos PPCC de países no controlados por Moscú al menos tres ventajas: a) les permitiría confundirse con los partidos democráticos, desarmando prevenciones su respecto; b) aumentaría sensiblemente la fuerza de una izquierda en la que la mayoría operaba solo según miras tácticas, mientras los comunistas fijaban los objetivos de mediano y largo plazo; c) colocaría a la derecha a la defensiva, amenazándola con demonizarla en cualquier momento como “fascista” en la medida en que se obstinase en su resistencia.


Naturalmente, esto era mucho más que una movida de política electoral y partidaria. Se trataba de una vasta operación de cultura política, que requería el involucramiento de buen número de intelectuales orgánicos, encargados de persuadir a amplias franjas moderadas de la sociedad de que, como se decía en París, “a gauche, pas de ennemis” (a la izquierda no hay enemigos). Por esta vía los PPCC de diversos países lograron sumar a su estrategia general no solo a los socialistas, sino a partidos “burgueses” de matriz laicista y antitradicional, como los radicales y radical-socialistas en Francia, la Izquierda Republicana y la Unión Republicana en España, etc.


Precisamente fue en estas dos naciones que acabamos de citar donde la nueva estrategia de la Komintern logró, en lo inmediato, mayor impacto político. En Francia, el Frente Popular llevó en 1936 a la jefatura del gobierno a Leon Blum, mientras en España su homólogo –liderado por Largo Caballero- se haría con las riendas de la malhadada II República entre febrero y julio del mismo año, desembocando en la Guerra Civil.


¿Cómo desembarcó esta nueva perspectiva estratégica en la Argentina? Se trataba de rotular como fascistas a los miembros del gobierno de Agustín P. Justo, es decir de la “Concordancia”: radicales antipersonalistas, conservadores y socialistas independientes. Operación un tanto forzada en el plano intelectual, pero viable en alguna medida en el ámbito propagandístico, aprovechándose de las limitaciones que el gobierno había impuesto al principal partido de la oposición: el Radicalismo liderado por Alvear. Se trataba de cooptar cuadros de éste, además de los del PS y, significativamente, del Partido Demócrata Progresista, quizás la agrupación más visceralmente burguesa de la Argentina si la comparamos con el policlasismo vigente en conservadores y radicales. Después del aludido VII Congreso, el Secretario General de la Internacional, el búlgaro Georgiy Dimitrov, explicaba las condiciones y objetivos en la concreta situación argentina: “Paso a paso, el partido debe decir su palabra, hablar con las masas, hablar en nombre de las masas y en nombre del pueblo argentino, conducir no sólo la propaganda concreta y la agitación activa, no sólo popularizar los principios de nuestra gran enseñanza marxista, que es absolutamente necesaria, sino también efectuar conclusiones prácticas, ocupar una posición independiente, buscar acciones comunes con todas las fuerzas democráticas del país, con el Partido Socialista, los sindicatos, el Partido Radical, las organizaciones cooperativas, etc. Todas las fuerzas democráticas antifascistas deben estar unidas en acciones conjuntas. Entonces nosotros recibiremos a los cuadros, que van a crecer y que podrán luchar y no temer a la lucha contra el enemigo”.


Sobre esta base se montó, el primero de mayo de 1936, la avant-prémiere del Frente Popular en nuestra tierra. En esa ocasión, y con motivo de la celebración del Día del Trabajador, hablaron en un acto conjunto José Domenech por la CGT, Lisandro de la Torre por el Partido Demócrata Progresista, Mario Bravo por el Partido Socialista, Arturo Frondizi por la Unión Cívica Radical y Paulino González Alberdi por el Partido Comunista. La escena estaba fijada: confluencia de todos los partidos “progresistas” contra el gobierno “fascista”. Resulta a la vez grotesco y siniestro que, mientras al general Justo se le reservaba el papel de Hitler, en Moscú avanzaban a velas desplegadas los recordados juicios de la “Gran Purga” orquestada por Stalin.


Debe anotarse, sin embargo, que no toda la clase política cayó en la trampa. Desde la coalición oficial, la Concordancia, surgió la voz de Federico Pinedo, quien en ese momento no desempeñaba funciones públicas, quien en una conferencia dictada en el Teatro Coliseo pocas semanas después llama a un “Frente Nacional” enderezado a enfrentar “la levadura dictatorial del comunismo” anidada en la proto-coalición opositora.


Pinedo había ya dejado de ser Ministro de Economía; volvería a serlo en 1940, pero a lo largo de ese lapso y aún después fue una de las figuras de la clase política argentina que permanentemente supo enfocar nuestra realidad en el contexto del escenario internacional vigente. Fue a instancias de él que, según algunos, se publicó el 1 de junio de 1936 en La Prensa, el Manifiesto del Frente Nacional, que –entre otros juicios– aseveraba: “La suposición de que el ‘frente popular, compuesto de radicales personalistas, ‘socialistas, demócratas progresistas y comunistas pueda adueñarse de la República y someterla a los experimentos de sus fantasías demoledoras y de sus rencorosas pasiones es una hipótesis monstruosa que la Nación argentina no puede contemplar indiferente, y a la que en una forma u otra ha de oponer su inquebrantable deber y voluntad de vivir.(…) Al ‘frente popular’ debe oponerse el ‘frente nacional’(…) Y habrá de verse que no solo lo mejor y más significativo, sino también la mayor parte del pueblo de la República, está dispuesto a defender en todos los terrenos los intereses permanentes de la Nación Argentina”.


Cierta o no la atribución de la autoría de este documento a Pinedo, es evidente que es él quien propone su más autorizada exégesis. Y ello en la exposición aludida del Teatro Coliseo. El ex ministro analiza: “Muchos de los que hoy militan a nuestro lado en el Frente Nacional han creído que en todo tiempo y en todo lugar el poder conferido a la masa del pueblo debía forzosamente producir las consecuencias desastrosas de la orgía demagógica que hoy nos amenaza; otros, sin dejar de percibir los excesos a puede conducir el ejercicio del poder por masas incultas, han justificado la democracia, sosteniendo que debía hacerse crédito a la perfectibilidad humana o por la sencilla razón de que no veían al alcance de la mano un sistema mejor; otros, en fin, hemos creído y sostenido durante años que, no obstante los errores repetidos y las manifestaciones de incapacidad y de injusticia derivadas de pronunciamientos populares, debían esperarse del sufragio universal resultados benéficos, si se lograba mover a las muchedumbres con un gran ideal de transformación social, que al satisfacer el interés de los más contemplara y sirviera el interés colectivo”.


Tres rasgos distintivos, al menos, surgen de la visión pinediana expresada en este texto. El primero es la comprensión de la circunstancia argentina como proyección de un enfrentamiento mundial, al que alude cuando diagnostica certeramente la “levadura comunista”. Por lo demás, el mismo nombre del proyecto que se lanza revela esa visión: “bloque nacional / frente nacional” eran rótulos ya usados en Francia, España, etc, para referirse a la organización de resistencia a la conjunción de las izquierdas.


El segundo es la vocación expansiva que trasunta la propuesta y que, a nuestro juicio, trasciende a las estructuras existentes de la Concordancia. El párrafo que venimos de transcribir demuestra que el autor tenía en cuenta distintas sensibilidades –hoy diríamos subculturas políticas- y a todas les señala el enemigo común, operación inexcusable de una política de alto bordo. Sin identificar a aquel es vano es apelar a los consensos.


El tercero, fundamental, es que la construcción histórica que se promueve no limita su propósito a la preservación de la existente, esa noción deterior del conservatismo, sino que apunta a “un gran ideal de transformación social”; es decir, que se inscribe en la corriente que en ocasiones hemos definido como la derecha reformadora, que, tras su eclipse en 1916, veinte años después volvía a alentar a la Argentina.


Si se me permite la conjetura, creo que a Pinedo ya le quedaba chica la Concordancia, y apuntaba, en el mediano plazo, a una confluencia política más vasta que incluyese a muchos radicales. Mostrar el enemigo era intentar desmontar la operación de seducción que éste había iniciado públicamente el 1ro. de mayo precedente. Alvear no respondió al convite. Tampoco lo haría luego, en 1940, cuando se trató sobre el Plan de Recuperación Económica planteado por Pinedo de regreso en el Ministerio. La clase política no comprendió a Pinedo, incluyendo a los miembros de su coalición. Pero el Frente Popular quedó varado. Renacería de manera mediatizada en 1945/46 con la Unión Democrática. Claro que en esta ocasión la dinámica de resistencia se basaría en apoyos sociológicos originales, diversos de los que ocupaban la escena en 1936.