Pobrismo no es peronismo








Tenemos más inflación que el resto del mundo y producimos pobres, pero nos percibimos “cracks”, como en 1925 cuando éramos el sexto país. Cada década que pasa estamos peor.





La solución está en manos del problema, porque la política descree del mérito y prefiere darle plata a la gente y empobrecerla, en vez de trabajo y educación para enriquecerla. La política está regida y condicionada por la pobreza porque el que maneja los pobres gana las elecciones, pero les quita libertad a cambio de comida. Los esclaviza.


Cabe diferenciar que el Peronismo siempre estimuló el esfuerzo, empezando por aquellos criollos, campesinos e inmigrantes sin oficio ni calificación, que debieron capacitarse y uniformarse primero para después convertirse en trabajadores registrados, sindicalizados y remunerados. Fue Perón el que otorgó derechos reales a los trabajadores que se esforzaban: salario vital, aguinaldo, vacaciones, turismo y salud.

El esfuerzo y la ley son la única forma de hacer menos pobres: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente” y “el hombre debe producir al menos lo que consume” son frases doctrinarias. No hay nada más peronista que progresar, que hacer mérito, que perseguir y lograr movilidad ascendente.


No son peronistas quienes sostienen que el problema es la desigualdad y prefieren nivelar hacia abajo y empobrecer a todos por igual. Es una tiranía pretender que todos seamos análogos. Quitarle a los ricos para darle a los pobres no es Peronismo, mucho menos sindicalismo. No se enriquece a los pobres empobreciendo a los ricos.


El trabajador quiere ganar más, comprarse casa, auto e irse de vacaciones; quiere diferenciarse, no que todos sean igualmente pobres. El trabajador quiere más trabajo y menos subsidio; quiere dignidad no limosna. No se ayuda a la gente haciendo por ella lo que ella debe hacer por sí misma. El desafío no es igualar trabajadores a la fuerza sino aumentarles las oportunidades laborales, con una mirada ascendente, no descendente.


Desde el año 2000 las organizaciones sociales crecen y se multiplican. Hoy manejan 20 millones de planes, a expensas de los sindicatos, que se achican por la reducción del trabajo registrado, y porque rechazaron administrar esos planes sociales, como algo transicional.


El problema son los sindicatos corporativos


La CGT, conducida por sindicatos “gordos”, olvidó los principios Peronistas y se dedica a mantener un modelo en que “los trabajadores hacen que trabajan y los empleadores hacen que pagan”; negocia con las corporaciones empresarias salarios bajos, insuficientes para vivir, y el trabajador debe buscarse otro medio de vida.


El gremialismo se aburguesó y en lugar de mantener la libertad otorgada (y enseñada) por Perón, que era militar por formación pero liberal por concepción, los dirigentes actuales frenan la evolución, restringen la libertad, olvidan la democracia, impiden las nuevas organizaciones y retrasan las modernas actividades.


La cúpula sindical actual es conservadora y paga a funcionarios para acrecentar su poder y frener la creación de nuevas organizaciones sindicales, contradiciendo el artículo 14 bis de la Constitución que establece que la “organización sindical debe ser libre y democrática, reconocida por la simple inscripción en un registro especial”.


Los “gordos” obstaculizan el desarrollo de nuevas tareas como el “teletrabajo” y el “reparto”, que por definición son nuevas actividades que necesitan sindicatos específicos, y las convierten en meras nuevas “modalidades” laborales para engordar, aún más, las obesas arcas de sindicatos creados hace más de ochenta años, cuando estas nuevas actividades ni siquiera estaban pensadas.


La burguesía dirigencial defiende un “modelo” sindical que convalida que los policías monotributen, sin una asociación gremial que los proteja, que los enfermeros sigan precarizados e ignorados profesionalmente porque FATSA se niega a que los sindicatos de profesión obtengan su personería, o que los jubilados se organicen gremialmente como trabajadores pasivos, para mejorar su movilidad.


La Cartera Laboral tiene frenados unos diez mil expedientes de inscripción o personería por presión de los jeques sindicales. En lugar de permitir que el sindicalismo crezca y multiplique la fuerza de los trabajadores con nuevas asociaciones, el viejo sindicalismo sostiene, equivocadamente, que eso dividirá su potencia y ejerce prácticas antisindicales que debilitan y alejan a los trabajadores de su sindicato y de un empleo digno.


En el sindicalismo hay muchos peronistas pero poco peronismo. Mucho sindicalista se dice peronista, pero no lo es si se roba afiliados que no representa o llama a un Ministro para que le niegue la personería a un nuevo gremio. Los anarquistas le pidieron a Perón por el status quo, pero el ex presidente rompió con esa inercia de como estaban hechas las cosas.


Durante el primer gobierno de Perón se crearon numerosos sindicatos y, sin embargo, mucho sindicalista que se dice peronista se opone a esa libertad sindical, afirmando que el unicato es el “modelo sindical argentino”; pero eso es falso, porque la legislación contempla tres tipos de sindicatos: de actividad, de profesión y de empresa, y todos son necesarios. Los números contradicen a los defensores del unicato sindical, ya que hay 7 millones de trabajadores no registrados.


El “modelo” sindical argentino promueve olas de denuncias ante la Organización Internacional del Trabajo – OIT, porque los sindicatos corporativos restringen la libertad de los pequeños sindicatos independientes; por eso, debe liberarse la creación de nuevas organizaciones, para que nazca un sindicalismo sano, con Estatutos actualizados. Si el Estado no limita la apertura y cierre de asociaciones empresarias, no corresponde que lo haga con los gremios.


Es claro que las mejoras laborales se debieron a los sindicatos, pero el conservadurismo sindical actual impide la renovación dirigencial y el crecimiento del mercado laboral que permitirá registrar y sindicalizar a nuevos trabajadores.


Hay que evolucionar a un sindicalismo flaco. Hasta cien mil afiliados un sindicato es manejable y permite representar mejor los intereses diferenciados de sus trabajadores, con menor corrupción porque tiene menos caja. En Argentina hay sindicatos obesos que terminan entregando los derechos en vez de protegerlos: Comercio 1 millón de afiliados, Rurales 800 mil, Construcción 500 mil, Estatales 400 mil y Sanidad 300 mil.


Sin solución política no hay solución gremial


Necesitamos una enmienda laboral que reconozca nuevas actividades y una política sindical que autorice nuevos sindicatos, chicos y bien fiscalizados, que puedan negociar salarios con las pequeñas empresas generadoras de nuevos empleos, que también están excluídas de las corporaciones empresarias. El desafío de estos nuevos empresarios y sindicalistas es crear y mantener empleos genuinos.


Si el Peronismo creó los derechos laborales en Argentina, es el que hoy debe actualizarlos. Dirigentes ambiciosos se suben al Peronismo para conseguir un cargo pero luego no hacen nada para modificar la realidad. Ser peronista es bajar la pobreza, no comentarla; es reducir los planes y aumentar la producción y el empleo formal, principalmente en el sector privado (p.e. Gas, Minería, Pesca, Tecnología y Farmacología), no es promover un subsidio para cada problema.


La sobreregulación desalienta la inversión y el empleo. Hay que abrir los convenios laborales para actualizarlos y discutir nuevos beneficios. Los convenios cerrados son una barrera para la registración laboral y protegen a muy pocos trabajadores. Es mejor 500 pymes con 3 trabajadores cada una que una sola empresa con 1500 empleados.


Los sindicalistas debemos convencer a nuestros representados que la mejor forma de defender el trabajo es yendo a trabajar, no quedarse en casa esperando el sueldo, como hizo durante la cuarentena el sesenta por ciento de los trabajadores estatales, dejando sin atención esencial al resto, que sí pusimos el cuerpo a la pandemia. Hace falta un neosindicalismo que le sume responsabilidades a los derechos laborales.


A 90 años del nacimiento de la Confederación General de Trabajo, debemos promover una modernización y reingeniería sindical. Una CGT conducida por gremios “gordos” no sirve, porque solo beneficia a la cúpula que, paradójicamente, menos necesita, y porque entrega derechos sindicales a cambio de caja para las obras sociales, y los argentinos necesitamos ambos: trabajo y salud.


El sindicalismo corporativo mantiene al gobierno en el poder pero no beneficia a los trabajadores. Los sindicatos gordos promueven salarios bajos. Los sindicatos están con Alberto, pero los trabajadores ¿lo están?


Es probable que algunos compañeros se enojen cuando lean estas líneas, o que reciba otra amenaza de muerte del Secretario General de CGT, Héctor Daer, pero no me preocupa mi vida, sino la posibilidad de que gane un “Bolsonaro”, con votos suficientes para matar a todo el movimiento obrero. Estamos a tiempo de limpiar, curar y fortalecer a nuestro gremialismo.


La pandemia redujo la economía 5% promedio, pero la cuarentena Argentina la redujo 12%: perdimos 4 millones de empleos (a pesar de la prohibición de despidos), cerraron medio millón de empresas y generamos 3 millones de nuevos pobres. La salud también anduvo mal: 2 millones de contagios y 40 mil muertos covid. Osea, más alla de la sobreactuación oficial, ni trabajo ni salud. El Estado no puso el hombro, solo imprimió billetes sin respaldo, la política no perdió un solo puesto de trabajo. Los desempleados, pobres y muertos son todos de la clase obrera y el sector privado.

Los políticos dicen que quieren un nuevo sindicalismo, pero no se atreven a cambiarlo, y promueven planes que desalientan el trabajo real. Maurico Macri pregonaba una reforma laboral, pero terminó acordando con los mismos sindicalistas que criticaba en campaña; y Alberto Fernández llegó diciendo que los trabajadores seríamos parte de su gobierno pero convalidó reducciones salariales, desempleo y se aferró a una agenda global que deja más gente en la calle. A pesar de la “prohibición de despidos”, ni los amparos judiciales frenaron el sunami de desempleo.


La verdad es que cuando un político habla miente, cuando calla encubre, cuando está en el poder roba y cuando está en la oposición rompe. Por eso hay que meterse y construir una nueva dirigencia, porque no hay solución gremial sin solución política.