Quillette: la revista que la izquierda progre no quiere que leas

Por Carlos Rodríguez

Publicado por La Revista Centinela el 8 de Enero del 2021


Claire Lehmann era de izquierdas hasta mediada su tercera década. “Me desilusioné con la izquierda en 2012 o 2013 cuando empecé a leer artículos sobre feminismo que decían que los científicos eran sexistas por decir, por ejemplo, que las mujeres tienen un reloj biológico. Creía que era erróneo y retrógrado pensar que los científicos estaban en conflicto con los derechos de las mujeres”.





Esta oposición entre ciencia e ideología parece ser lo que ha marcado su vida. La Asociación Americana para el Avance de la Ciencia advirtió en 2015 de que las mujeres tenían que superar, como última de las barreras necesarias para publicar en revistas científicas, la del machismo. La AAAS no ofreció ninguna prueba para hacer una afirmación como esa; si ya es una organización de científicos, ¿para qué recurrir al método? Lehmann les hizo el trabajo, y su conclusión era opuesta: ser mujer no supone una mayor dificultad en la publicación de artículos científicos. Por algún motivo, no se lo agradecieron.

El posmodernismo ha tirado la toalla con el eterno empeño del hombre de descubrir la verdad. Lo único que podemos saber de la realidad es lo que nos permite nuestra cultura. Y como podemos cambiarla, por ejemplo, cambiando el lenguaje, podemos forjar cualquier realidad que queramos. Contra esas ideas creó Claire Lehmann la revista Quillette.

¿CÓMO DEFINIR A QUILLETTE?

El contexto intelectual de Lehmann, y de la revista, lo pone el libro The Blank Slate, de Steven Pinker. El autor canadiense asestó un duro golpe a esta ideología meliflua, que se nutre también de esa concepción de que la mente del hombre es moldeable. No. Está configurada de una determinada manera, como resultado de miles de años de evolución biológica. De modo que la mente no es arbitraria, ni un espacio vacío, sino que tiene cualidades necesarias y, ante los poderes de un político, inmutables. Lehmann quería “crear un espacio donde pudiéramos criticar la ortodoxia de la tabula rasa”.

También definió a Quillette como “un espacio de puntos de vista inusuales”. Jerry Coyne la define así: “Piensa en una Slate, pero más seria, más intelectual y sin izquierdismo regresivo”, como recuerda con un punto de amargura la mentada revista.

Razonando sensu contrario, si lo que se puede leer allí no es lo usual, será una revista de pensamiento conservador, ¿no? No tan rápido. Varios de los autores, o de quienes han mostrado su entusiasmo por los contenidos de Quillette, no se pueden encajar en la derecha. ¿Son conspicuos derechistas Richard Dawkins o Andrew Sullivan? ¿Lo son Steven Pinker o Jonathan Haidt?

Es difícil, porque la izquierda se ha vuelto cada vez más exigente con la concesión de su nihil obstat. Exige una gran disciplina de odio hacia la cultura occidental, y una rapidez mental notable, que permita identificar en cada momento qué grupo racial o sexual es meritorio de una mayor o menor consideración. La nueva sociedad estamental, a diferencia de la que murió con la Revolución Francesa, cambia con celeridad y no es fácil estar a la última.

La línea divisoria no es derecha e izquierda, sino ciencia e ideología; por más que ambas líneas empiecen a separar conjuntos cada vez más iguales. Politico la ha definido como “el órgano no oficial de la oscura red intelectual”, un nombre satírico pero que ha hecho fortuna, y que engloba a los pensadores que todavía no han renunciado a la ciencia en los terrenos prohibidos por la ideología identitaria.

LOS CONTENIDOS QUE BUSCAN “OBJETIVIDAD Y VERDAD”


El primer artículo que pidió Lehmann a un autor se titulaba The shame and disgrace of the pro islamist left (La vergüenza y la deshonra de la izquierda pro islámica). El autor es Jamie Palmer, que sigue trabajando en la revista. Lehmann pensaba que Palmer era un gran autor, y no entendía por qué no escribía en los mejores diarios de Londres. Y lo mismo, pensaba ella, ocurría con otros autores que tenían cosas que contar, pero no dónde.

Desde entonces ha publicado infinidad de contenidos, que llegan a un público más amplio que, por ejemplo, The New York Times Review. Muchos artículos cuentan historias personales: “Tómalo por alguien que ha sufrido un abuso físico real: las palabras no son violencia”. O “Qué ocurrió cuando iniciamos un debate sobre la inmigración”. O “Cómo una acusación anónima echó mi vida a perder”. Casos reales en los que la ideología identitaria ha arruinado vidas. Recientemente, Lehmann ha recordado el caso de Stuart Reges. Escribió un artículo en Quillette, en el que explicaba por qué hay menos mujeres programadoras. Le acusaron de acoso sexual por haber escrito el artículo, y tuvo que responder con otro. Y aún otro, en enero del año pasado, explicando el castigo al que le ha sometido la Universidad por escribir esos artículos.

Hay un asunto que, aunque toca de refilón a la revista (sus protagonistas son amigos de Claire Lehmann y le informaron de su proyecto), define muy bien a Quillette. Tres autores enviaron 20 artículos a sendas revistas dentro del ámbito de conocimiento “estudios de agravios”. Los artículos estaban plagados de solemnes tonterías, como que la incidencia de la cultura patriarcal hace que las perras sean proclives a ser víctimas de violación por los canes macho. Siete de ellos pasaron el corte de la revisión por parte de otros expertos, (la revisión de pares propia de las revistas científicas), y se publicaron. Uno de ellos incluía un extracto de 3.000 palabras de un discurso de Adolf Hitler. Se ve que el pensamiento del cabo Hitler mantiene todo su vigor, al menos dentro de los estudios de género.

Recientemente, Quillette ha contratado a Colin Wright, doctorado en psicología evolutiva y autor del Wall Street Journal. Planea celebrar charlas, tiene previsto publicar un libro con sus temas habituales, así como elaborar otro en que se cuentan historias anónimas de víctimas de la ideología identitaria. Otra vez Claire definiendo a su medio: “Objetividad y verdad. El criterio periodístico de conocer la verdad es cada vez menos popular”, dice Lehmann. Pero mientras haya lectores que la busquen, Quillette tendrá futuro.