San Martín, un soldado andaluz

Por Gustavo Druetta

Para Foro Patriótico


Al contemplar los monumentos a San Martín en la Plaza homónima de la CABA, o el que corona el “Cerro de la Gloria” en Mendoza, brilla el guerrero que cruzó los Andes, libertó a Chile y fundó la libertad del Perú. Esto último hace exactamente 200 años. Pocos se preguntan cómo fue que adquirió sus cualidades guerreras. Y más aún, cómo se despertó su pasión por una misión que lo transformó, en sólo seis años de su vida, en un prócer sudamericano merecedor de la gloria. Con una conducta ejemplar, no exenta de errores humanos, que en la Argentina se elogia, pero no se imita. La formación de su extraordinaria personalidad es menos conocida que su paso por la tercera edad, representada por la estatua del abuelo Don José en compañía de sus dos nietas, erigida en Palermo Chico frente a la réplica de su casa de Grand Bourg cercana a París, donde vivió en los años 30 y 40 del s. XIX. Su breve e intenso accionar en el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata entre 1812 y 1816, y en Chile y Perú de 1817 a 1822 (10 años y medio en total), y el posterior ostracismo en compañía de su hija Merceditas de 1824 a 1850 cuando fallece (25 años y medio), sólo agotan las etapas de la adultez y la vejez. Dando por sentado que era un personaje fuera de serie cuyo pasado español poco amerita conocerlo.

Para comprender la primera mitad de su biografía, 26 años en España luego de sus primeros cinco años en el Yapeyú natal y en Buenos Aires, hay que trasladarse al último cuarto del siglo XVIII durante el reinado de Carlos IV y su reemplazo posterior por Fernando VII a inicios del siglo XIX. Y comenzar por una estadía inicial de año y medio en Madrid, entre 1874 y 1875, luego de haber arribado al puerto de Cádiz con sus padres y cuatro hermanos. Con 5 añitos cumplidos a bordo de la nave “Santa Balbina” que portaba un millón de pesos oro para gastar en España. José Francisco y toda la familia, van a contemplar la frustración y amargura del progenitor, Capitán Juan de San Martín, campesino de Palencia enganchado en la milicia a los 18 años.


Esperanzado en el reconocimiento de sus servicios ultramarinos, había visto agotarse los 1.500 pesos oro ahorrados en 19 años a cargo de grandes estancias ex jesuíticas en los actuales Uruguay y Argentina, mientras peticionaba inútilmente, una y otra vez, su ascenso a Tte. Coronel. Y también un cómodo destino en España como jefe de una fortaleza, acorde con su edad avanzada, ya que superaba los 50 años. Incluso, ante una negativa, estaba dispuesto a regresar a América como alternativa favorable para su familia y el cuidado del patrimonio que había dejado en Buenos Aires. El rey y la nobleza cortesana no premiaron su lealtad. Su ingreso tardío al cuadro de oficiales desde su condición de soldado y suboficial, sin pasar por la formación de cadete, fijaba en el bajo grado de capitán el techo jerárquico para éste “hijosdalgo” sin ancestros nobiliarios. Sus justas aspiraciones denegadas de un plumazo, selló el anclaje familiar en Málaga. Fue “agregado” a esa guarnición, con el sueldo reducido al no integrar el cuadro de mando. Aquel joven campesino de Cervatos de la Cueza que había enriquecido las arcas reales y episcopales, comandando indígenas en la producción agrícola y de ladrillos para Montevideo y Buenos Aires, y adiestrándolos para luchar contra bandoleros y bandeirantes esclavistas, empezaba a envejecer al borde de la pobreza.

Vale caminar por el sinuoso barrio viejo de Málaga, donde Juan le alquilaba una casa a un coronel. En ese laberinto de calles y plazoletas jugaba el niño José Francisco con sus amigos y Rufino, un año mayor -también nacido en Yapeyú- mientras cursaban las “primeras letras” de la educación inicial. La primogénita María Elena, que era mujer, y sus otros dos hermanos mayores varones, Manuel Tadeo y Juan Fermín, habían nacido en Calera de las Vacas, en la Banda Oriental. Juan tuvo que malvender sus dos propiedades en Buenos Aires, mientras sus cuatro hijos varones ingresaban al ejército como cadetes, condición de partida que prefiguraba una profesión con mejor futuro que la del padre.

Tenía 12 años y medio, o 13 según algunos autores, cuando en el verano andaluz José Francisco salió temprano de su casa, subió por un sendero empedrado una empinada ladera montañosa dejando atrás las ruinas de un anfiteatro romano, hasta superar la altura de los minaretes de una antigua alcazaba mora y llegar al poderoso fuerte de Gibralfaro. Desde sus almenas se domina el horizonte verde azul del Mediterráneo, más allá del cual se vislumbra el África. Cumplía la orden de presentarse a “sentar plaza” de cadete, como lo habían hecho un par de años antes sus dos hermanos mayores en otro regimiento. El 14 de julio de 1789 había sido admitido en el 2do. Batallón del Regimiento de Infantería de Murcia “El Leal”, instalado en Málaga. Sí, justo el día en que el pueblo francés tomaba la Bastilla y se desencadenaba la Revolución Francesa. El uniforme que usaría hasta fines del siglo XVIII -como una premonición más- era blanquiceleste.

Embarcado en 1791 para combatir el alzamiento de jeques argelinos, estuvo de guarnición en Melilla y soportó 33 días de asedio en Orán. Allí, integrando la compañía de granaderos a pie, entre los 13 y 14 años de edad, San Martín se destacó en una peligrosa acción extramuros. Debían proteger a la descubierta y bajo fuego rebelde, a los zapadores que tapaban las excavaciones practicadas por el enemigo, cuyo fin era minar y hacer volar las murallas del fuerte asediado. Promisorio bautismo de fuego, precedente de otra guerra donde iba a probar su precoz aptitud para la conducción de hombres.

Amenazada desde 1793 la frontera norte de España por la propagación revolucionaria francesa, ese año va a desembarcar en la costa catalana el “adolescente” San Martín para marchar con su regimiento unos 400 km., cargando su fusil, mochila y equipo de acampar, hasta Zaragoza. Y de allí a las fortificaciones de Seo de Urgel, al pie de los Pirineos centrales. Un pintoresco poblado medieval del este de Cataluña, hoy lindante con Andorra.

Sacado de la lista de ascensos por el favoritismo de un mal jefe con cadetes españoles nativos y de alcurnia, pero defendido por otro oficial veterano que lo conocía y destacó su valentía en Orán, el “indiano” San Martín ascendió a Subteniente 2do. cumplidos ya sus 15 años. Como oficial ahora portaba sable y mandaba una fracción de fusileros -la mayoría de edades superiores- de una de las compañías del regimiento. Con ellos atacó con audacia varios pequeños fuertes franceses contribuyendo al inicial éxito ofensivo español, lo que le facilitaría dos ascensos sucesivos hasta Teniente 2do. en 1795, cumplidos los 17 años ya de regreso en España. El año anterior habían sido derrotados por la imparable contraofensiva de la Convención republicana, mediante la leva general de un millón de ciudadanos en armas. San Martín y sus camaradas terminarían cayendo prisioneros en la defensa del fuerte de Colliure. Antes de repatriarlos con la promesa de no volver a combatir a Francia, y ya decapitados el borbón Luis XVI y María Antonieta, los oficiales jacobinos incitaban a los soldados y jóvenes cuadros españoles a imitarlos, colgando a los generales y ministros de la nobleza, el rey incluido, y liberándose de la opresión borbónica absolutista. Fue el primer y crudo contacto con el “liberalismo” político revolucionario del joven San Martín. Lo retomaría más tarde leyendo a Voltaire, Montesquieu, Rousseau y otros autores de la Ilustración, todos presentes en la “librería” personal de 700 y pico de volúmenes que trajo consigo a América.

Otro episodio que marcó fuertemente su experiencia militar y percepción política, fue el de 1798 en el mar Mediterráneo. Se había embarcado el año anterior a los 19 años y navegaría por 13 meses en la fragata “Santa Dorotea”, a cargo del marino irlandés Félix O´Neil. San Martín comandaba a un centenar de soldados del regimiento de Murcia, que actuaban como “infantería de marina” por una paga mayor a la del servicio de armas terrestre. Además de combatir a los piratas bereberes, formaba parte de la flota española en la guerra contra Inglaterra (1796-1802). En el desigual combate de Cartagena (a 150 Km. de ese puerto) contra el poderoso navío “Lion” de la escuadra de Su Majestad, la nave española fue capturada luego de sufrir grandes destrozos, 20 muertos y 32 heridos. Valor y sangre derramada elogiados por el capitán enemigo Marley Dixon, antes de remitirlos a la isla de Menorca en manos inglesas, y enseguida dejarlos repatriarse a España con la promesa de no combatir contra Gran Bretaña mientras no se canjeara prisioneros y hasta que se hiciera la paz.

El futuro Libertador pudo así calibrar la importancia de la guerra por mar, lo que utilizaría para su campaña al Perú en 1820. También apreció el trato cordial recibido por parte de la potencia marítima imperial, cuyo régimen monárquico parlamentario era un deseo siempre frustrado de los liberales españoles y americanos, promotores de la sanción de la Constitución de Cádiz de 1812. Posteriormente diezmados por la represión ingrata y feroz de Fernando VII contra los hombres del “Trienio Liberal” (1820-1822). Un destino de torturas, horca, o larga prisión, que podría haber corrido San Martín, iniciado en las logias liberales e independentistas de Andalucía entre 1809 y 1811. Pero en enero del mismo año de la sanción de la “Pepa”, San Martín navegaba hacia el Río de la Plata, cumpliendo sus 34 años a bordo de la fragata “George Canning”. En su petición de retiro, sin sueldo, pero con uso del grado, uniforme y fuero militar, había mentido diciendo que viajaba a Lima para atender negocios familiares (inexistentes). Como finalmente arribó al Perú, aunque fue para libertarlo, su engaño resultó saldado. Pero el “ahorro” de un sueldo de oficial entre las razones por las que le otorgó su baja la Junta de Gobierno de la Isla de León que mandaba en Cádiz, único territorio español libre de invasores franceses, resultó desastroso para la corona borbónica.

Apenas San Martín desembarcó en las playas de Paracas el 8 de septiembre de 1820, su ya acendrada fama de “traidor” a España y al rey, tuvo un motivo más para afirmarse. Incluso y sorprendentemente, hasta el día de hoy, en algunos académicos, círculos y públicos de España. A pesar de que en la conferencia de Puncheuca de mayo de 1821, cerca de Lima, San Martín le propuso al virrey De la Serna firmar un armisticio, constituir una junta de gobierno de carácter liberal y pedir a la corona española en envío de un joven borbón para “reinar” en Perú, Alto Perú, Chile y la Argentina, previa jura de sus constituciones e independencia. Es decir, propuso una inédita unión hispanoamericana entre Estados autónomos pero asociados bajo el paraguas de una casa real. Si no española, podía sondearse a Suecia, Rusia u otra potencia europea no protestante.

Volviendo a España, los 30 años cumplidos por San Martín en febrero de 1808, coincidieron con ese año del levantamiento antifrancés del 2 de mayo en Madrid. Y una terrible experiencia en Cádiz donde estaba destinado. A fines de ese mes fue asaltada por una turba la casa del gobernador de Cádiz y capitán general de Andalucía, General Francisco Solano y Ortiz de Rosas, Marqués del Socorro, vástago de la nobleza virreinal venezolana. Linchado por obra de instigadores absolutistas y católicos tramontanos que lo acusaban de “afrancesado”. El capitán San Martín era su ayudante de campo y amigo. Por el parecido físico entre ambos fue confundido con Solano y acosado. Desbordado por el número de atacantes y a punto de ser asesinado por un grupo que lo corrió hasta la puerta de la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, lo salvó un sacerdote blandiendo un crucifijo y gritando que San Martín no era Solano que ya estaba muerto. Una medalla con la efigie del jefe sacrificado que consideraba un modelo de soldado y administrador político, y a cuyas tertulias era invitado, acompañó al Libertador hasta su muerte. Fue por el recuerdo imborrable de ese terror que siempre repudió la anarquía.

Ya en junio de 1808, alejado de Bailén e integrado al Ejército de Andalucía en el “Regimiento de Voluntarios de Campo Mayor”, San Martín comanda una victoria relámpago en el combate de Arjonilla y se destaca como ayudante de campo del general Antonio Malet, Marqués de Coupigny, en el gran triunfo de Bailén del 19 de julio. Así logra su ascenso a Tte. Coronel de caballería. Un arma llena de oficiales de la nobleza. Lo sentiría una reivindicación de la aspiración paterna. Aunque como nunca será designado jefe de una unidad -difícil no siendo noble, ni rico, y peor siendo americano- permanecería en la categoría de “graduado”, o sea no efectivo (el reglamento decía no “vivo”), sin ejercer el mando de un batallón correspondiente a esa jerarquía y cobrando siempre el sueldo menor de capitán.

En tal situación, de nuevo ejerció la ayudantía de campo del marqués (que quería favorecerlo en su carrera) en la defensa de Gerona de 1809. Trasladado en 1810 Malet como jefe del estado mayor del Ejército de la Izquierda en las “Líneas de Torres Vedras”, Portugal, llamó a San Martín para que volviera a ayudarlo en las difíciles tareas de la logística y conducción de tropas. Allí no sólo conoció al futuro Duque de Wellington, jefe el ejército inglés y futuro vencedor de Napoleón en Waterloo. Era el principal aliado de España y del ejército portugués comandado por Carr Beresford, el primer derrotado de la invasión inglesa de 1806/1807 al Río de la Plata. Sino que aprendió la arquitectura militar de las tres líneas de fortificaciones artilladas que estratégica, e inexpugnablemente, rodeaban a Lisboa. Obra del famoso general británico. Lección que aplicaría en Tucumán y en Mendoza para prevenir ataques realistas sorpresivos.

Tácticas de la infantería española, equipos y movimientos de la caballería francesa, tecnología de la artillería inglesa de campaña y fortificada, cartas de navegación de la marina de guerra británica. Nada dejó de aprender don José de San Martín, junto a las ideas de la Ilustración. Decía que la fundación de una biblioteca pública era más importante que 100 batallas ganadas. Por eso devolvió 10.000 pesos oro con que lo había premiado el Cabildo de Santiago de Chile para que fueran destinados a la construcción de la biblioteca nacional. Por eso fundó la de Lima, a la que donó unos 600 volúmenes de su propiedad que le quedaban, casi todos traídos de España. Haciendo el tranquilo servicio de guarnición en los años de paz, profundizó su conocimiento de la lengua francesa, ejerció su inspiración artística pintando acuarelas marinas en abanicos que vendía con éxito y pulsó su guitarra andaluza acompañando una afiatada voz, que sería famosa en las tertulias patrias cuando cantaba el himno como solista. Todo eso silencia el bronce de sus estatuas ecuestres.