Sarmiento y el expansionismo chileno









En 1873 Bolivia y Perú firmaron un acuerdo ofensivo-defensivo ante las pretensiones territoriales del país trasandino.


Al cumplirse un nuevo aniversario de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento, bien vale recordar una controversia poco conocida de su Presidencia. Chile comenzó su expansión hacia el norte, en el año 1842, cuando declara de propiedad nacional las guaneras que existían en las costas de la provincia de Coquimbo, en el litoral desierto de Atacama, y en las islas e islotes adyacentes. Alentó la emigración y fue ganando terreno. El guano o excremento de aves marinas era el principal fertilizante de la época.

Además de esa riqueza, en 1866, fue descubierto el salar del Carmen en tierras, también, en litigio. De manera que a partir de este hecho no solo los islotes y el guano estaban en controversia sino también la tierra firme. Los salitrales de esta región adquirían una relevancia extraordinaria para el mundo, en la medida que de ellos podía obtenerse clorato de potasio, componente esencial para la fabricación de pólvora, y cloruro de potasio para la fabricación de fertilizantes.


El asunto se complejizó más pues Chile halló en Bolivia un sector político afín a un acuerdo. El general Melgarejo, Presidente de Bolivia, firma con Chile un tratado ruinoso para su patria, por el cual cedía 450 kilómetros y a partir de allí un condominio en los 150 kilómetros siguientes. En una palabra Chile se extendía, gracias a Melgarejo, desde Copiapó hasta Mejillones. No pudo ser. Un golpe de Estado lo desalojó del poder y el nuevo gobierno revisó lo actuado.


Lo cierto era que Bolivia necesitaba abrirse al comercio mundial. Mientras Melgarejo pretendía hacerlo con Chile y el capital británico, los gobiernos que le sucedieron prefirieron hacerlo con capitales franceses y británicos sin delegar la supremacía a Chile. Bolivia, también, rechaza la propuesta chilena de comprar los 150 kilómetros de condominio y firma con Perú un acuerdo, el 6 de febrero 1873, de unión, por medio de un pacto ofensivo-defensivo. Para nuestro país este acuerdo tenía reservado un punto, el que decía: “Las partes contratantes solicitarán la adhesión de otro u otros estados americanos”.


Para sondear la disposición argentina viajó, de manera secreta, un plenipotenciario peruano, el Dr. Manuel Yrigoyen. Una vez aquí solicitó una audiencia con el Presidente de la Nación, siendo recibido por el Canciller, don Carlos Tejedor. Mientras aguardaba la entrevista, desde Perú le informan: “A la República Argentina le interesa tanto como a Bolivia entrar en la Alianza defensiva, y con más razón hoy que la cuestión de límites de Patagonia amenaza entrar en la vía de los hechos”. Perú estaba al tanto de la situación en que se encontraba la Patagonia por la expansión de Chile hacia el sur.


Por aquellos años, se hace pública una carta del Canciller chileno, del 7/2/1872, al gobierno Argentino:


¨Como Chile se encuentra en posesión de una colonia en el Estrecho de Magallanes, cada día más adelantada y próspera, (Punta Arenas) podría muy bien atender toda la parte comprendida dentro del mismo estrecho, la Tierra del Fuego, islas adyacentes y la costa Atlántica hasta llegar a Puerto Deseado. Desde este punto podría tirarse una línea siguiendo el curso del mismo hasta llegar a la Cordillera de los Andes.¨

El 29/10/1872, reiteraba:


“Dividir por mitad todo el territorio de la Patagonia que es el que se cuestiona entre las dos repúblicas, a partir del río Diamante que formaba el límite sur de la provincia de Cuyo, segregadas de la Capitanía General de Chile por disposición del gobierno español para incorporarlo al Virreinato del Río de la Plata. Pero como esta división jurídica podría tener graves inconvenientes en la aplicación práctica…mi gobierno convendría en que esta división quedase determinada por el paralelo que forma el grado 45 desde el Atlántico a la indicada cadena de los Andes. De este modo la República Argentina adquiriría la mayor parte de la Patagonia y a Chile le quedaría la parte austral hasta el Cabo de Hornos”. En una palabra Chile se quedaba con el sur de Chubut y toda la provincia de Santa Cruz y Tierra del Fuego.


De a poco Chile irá aumentando sus exigencias y el tono en que las solicitaba y así el 5 de marzo de 1873 el Canciller Chileno, Adolfo Ibáñez, exigía:


“En concepto de mi gobierno, la fundación de una población en Río Gallegos, si es que se mandara establecer, no importaría una violación del territorio argentino puesto que la República de Chile tomó posesión de aquel punto y sus adyacentes desde el 21 de setiembre de 1843 (Fundación de Punta Arenas). El Río Gallegos y su caleta por su situación, por su proximidad a la colonia, por la inmediata comunicación que con ella tiene, forma indisputablemente parte del territorio Magallánico, del que mi gobierno se encuentra en actual y pacífica posesión”.


La llegada del enviado peruano coincidía con estas demandas desmesuradas.

La situación no podía ser más grave para Argentina y la propuesta que ofrecía el Perú muy oportuna. En los primeros días de julio de 1873, Yrigoyen se entrevistó con Tejedor. Luego de describirle la situación crítica que las naciones del Pacífico atravesaban, invitó al país a sumarse al acuerdo.


El doctor Tejedor, informó Yrigoyen, se manifestó resuelto a apoyar la propuesta: “Me dijo que la idea principal de este pacto me es simpática y que lo será, tal vez más, al Presidente de la República (Sarmiento). Y terminé la entrevista adquiriendo el convencimiento de que este gobierno está resuelto a resistir las pretensiones de Chile sobre la Patagonia aún por medio de las armas, y de que, conviniéndole por este motivo aliarse con nosotros, será muy difícil que se nieguen en lo absoluto a adherirse al tratado”.


En una segunda reunión Yrigoyen concluye que Tejedor teme una alianza de Chile con Brasil e informa que en el Gabinete de Sarmiento hay dos Ministros (no se conocen sus nombres) que estaban en contra del Tratado. El Canciller peruano De la Riva Agüero le escribe a Yrigoyen poniendo blanco sobre negro las ventajas de este acuerdo para la Argentina:


“A la política armamentista de La Moneda (Chile había mandado construir dos poderosos acorazados a Inglaterra) Perú le opone una política de pactos y acuerdos. Más importante que un barco es una alianza”.


Finalmente el Ejecutivo el 25 de septiembre de 1873 envía a Diputados el Tratado determinando que la reunión fuese secreta. Sarmiento se halla en una situación complicada pues los diarios chilenos, al tanto de lo que estaba ocurriendo, comienzan a publicar, maliciosamente, lo escrito por él, en su exilio chileno, respecto del derecho trasandino sobre el Estrecho de Magallanes e incluso sobre la Patagonia, aunque esto último es una interpretación forzada. El Canciller chileno, Adolfo Ibáñez, utilizó lo escrito por Sarmiento. Ante esa situación el Presidente le escribe a nuestro embajador en Chile su disposición a “renunciar a mi puesto, y consagrarme a combatir las pretensiones de aquella gente”. No fue necesario, continuemos con el relato.


En la Cámara de Diputados la bancada mitrista se opone al acuerdo. “El Diputado Santiago Cáceres gran amigo de Mitre atacó en toda su extensión el proyecto que venía a quebrar el principio de neutralidad, derecho el más sagrado y perfecto que tenían las naciones, atacando la soberanía de Chile… acarreando muchos males para la república desde que una vez conocido por el gobierno chileno, podía buscar mil medios para hostilizarnos concurriendo con otras naciones y hasta propendiendo quizás a desmembrar al territorio de la República Argentina”.


El Ministro, presente en la sesión, le advierte que los actos agresivos de Chile han recrudecido en los últimos tiempos de manera que se trata de robustecer la política Argentina. El Diputado Dardo Rocha aprobó sin reservas la política del gobierno nacional, solicitando, además, de parte del Congreso consenso y acuerdo para dotar al país de elementos de guerra para defender sus fronteras.

Finalmente el Diputado Onésimo Leguizamón, ante la negativa mistrista aseguró que el proyecto más que un tratado militar es una alianza política.


Aquí estaba el secreto y la causa última por la cual el mitrismo bombardeó desde el comienzo la firma del tratado. Una alianza política contra Chile la ¨Inglaterra del Pacífico¨ era un proyecto extraño a la estrategia del partido liberal.


Por su lado el Embajador Peruano en la Argentina le envía una nota informativa a su Canciller:


¨Ha venido a verme el Ministro de Relaciones Exteriores, doctor Tejedor y me ha confirmado la noticia, sobre el resultado favorable de la votación en la Cámara de Diputados. Solo 18 votos hubo en contra y para desengaño y desilusión mía y de usted casi todos fueron de los más notables y conocidos partidarios y amigos del general Mitre, entre ellos el doctor Rawson. Si los otros partidos políticos, a saber los de Alsina y Avellaneda, no hubieran sido favorables en su totalidad, habría fracasado el asunto. Hoy mismo según me acaba de referir también el doctor Tejedor, no se ha votado la cuestión en el Senado, por haberse opuesto un Senador, Torrent, íntimo amigo y correligionario de Elizalde y Mitre.¨


Del mitrismo quien explicó con mayor detenimiento y profundidad las causas del rechazo al Tratado fue el doctor Guillermo Rawson. No lo hizo en la Cámara. Sus argumentos los desarrolló en dos cartas, personales, dirigidas a su amigo Senador, Plácido Bustamante. En algunos de sus párrafos afirma que votar favorablemente el Tratado “conspira tenebrosamente contra la República más adelantada de Sud América, nuestra amiga de hoy, puesto que mantenemos cordiales relaciones políticas con ella”. Y sigue: “Chile ha fecundado para el comercio del mundo, el desierto y agreste Estrecho de Magallanes, que ha consagrado a ese fin sus capitales y sus esfuerzos desde 1839. En mi concepto el resultado práctico de la Alianza será despertar el encono de Chile contra nosotros”.


Sin ruborizarse, como en la actualidad tampoco lo hacen futuras diputadas e intelectuales respecto de que las Malvinas no nos pertenecen, decía:

“La masa de la Nación no se ha de apasionar y se interesará escasamente por la usurpación de Chile en el Estrecho y sus inmediaciones; las riquezas del Estrecho y los desiertos territorios vecinos son conocidos apenas de nombre entre nosotros. Qué interés, pues, qué pasión nacional ardiente se despertaría en el pueblo el día que se le notificara la existencia de una guerra para reivindicar contra Chile la posesión del Cabo de las Vírgenes o de otros puntos ignotos que es preciso buscar en el mapa para saber que existen. Lo mejor sería dejar que Chile tome posesión de toda la extensión del Estrecho y mantener por lo demás las relaciones con Chile que sean absolutamente compatibles con tal estado de cosas. Por supuesto que esto supone el rechazo a la Alianza porque bajo el imperio de ella no sería decoroso ni posible ese rol pasivo y prudente de nuestra parte. Si hubiéramos de realizar una Alianza con Chile sobre nuestros límites australes, yo no vería inconveniente en cederle todo el Estrecho. Él lo ha fecundado con perseverancia y lo ha hecho útil y servible para la comunicación interoceánica; a él le interesa el mantenimiento de esa preciosa vía y nadie puede conservarla con más eficacia”.


Cuando en 1874 se reabran las sesiones del Congreso el asunto no volvería a debatirse, la oposición mitrista del Senado no lo permitió. Cinco años después sobrevendría la Guerra del Pacífico. Si Argentina, Bolivia y Perú hubieran firmado ese pacto, como decía Riva Agüero y como querían los Diputados, sarmientistas, alsinistas y avellanedistas, la guerra no hubiera ocurrido.


La geopolítica nacida en Pavón y realizada por el mitrismo era clara, respondía al modelo de país: una economía agropecuaria vinculada a Europa. Era en definitiva una geopolítica Atlántica.


Sarmiento, Avellaneda y Roca tenían otra mirada, si bien no cuestionaban el modelo agroexportador, su geopolítica era más generosa: la América profunda no debía ser ignorada, como tampoco la Patagonia. El valor que se le otorgaba a los espacios geográficos era sustancialmente diferente entre estos sectores políticos. Cuando estalló la Guerra del Pacífico en 1879 un vasto movimiento peruanista-boliviano se conformó alrededor del periódico La Tribuna, vocero del pensamiento provinciano en Buenos Aires.


En mayo de 1879 en un teatro céntrico de Buenos Aires un nutrido grupo de personas expresó públicamente su repudio al vandalismo chileno. Desde los diarios porteños se desata una dura polémica alrededor de estos acontecimientos; siendo la Tribuna de los hermanos Varela y su jefe de redacción Olegario Andrade los más aguerridos defensores de la causa norteña. Hay un editorial del 13 de abril de 1879 en él queda reflejada la geopolítica del futuro Partido Autonomista Nacional (PAN)

“No podríamos decir si el gobierno argentino (Avellaneda) tiene un plan de política exterior madurado y adoptado, pero resuelto o vacilante, tiene que preocuparse mucho de las cuestiones que en el Pacífico se ventilan, porque está al frente de un País que forma parte del concierto Sud Americano, cuyo equilibrio ha sido perturbado por las agresiones de Chile. Contra ese sistema geográfico conspira abiertamente Chile, desmembrando a Bolivia, amenazando al Perú y disputando a la República Argentina sus mejores puertos del Atlántico. Chile dueño del Estrecho y de Mejillones sería la primera potencia marítima hispanoamericana”.


La Nación replicaba al día siguiente:


La República Argentina no se encuentra en condiciones de tomar por ahora parte directa ni indirecta en la cuestión del Pacífico. Nosotros no podemos ni debemos salir de la actitud circunspecta que nuestra posición, nuestros deberes y nuestra conveniencia nos señalen. Es que no juzgamos prudente ni acertado el contribuir a que se establezca como principio de derecho internacional americano, el de la injerencia de unas secciones del continente en los conflictos de las otras”.


El neutralismo mitrista era el máximo retroceso posible, dado por el partido liberal a un clima nacional de amplia simpatía por Perú y Bolivia. El Partido Autonomista fundado por don Adolfo Alsina, a esta altura fallecido, pero en manos de Roca, presentaba una visión más amplia de la patria, insertada en Iberoamérica. Esta última no se contraponía con el atlantismo, si se quiere lo complementaba.


La postura de Sarmiento al defender el pacto ubica al sanjuanino en la línea de una Argentina grande y bifronte: hacia el Atlántico y hacia la ruta sanmartiniana.