Un país que no va a ningún lado

Por Ricardo Auer

Publicado en Infobae el 1 de diciembre de 2021


Hay que debatir qué se necesita hacer hoy para llegar a ciertos objetivos dentro de 10 años. Para eso hace falta definir los objetivos nacionales, qué queremos, adónde queremos ir.



La decadencia de las naciones se caracteriza principalmente por las profundas divisiones internas y las corrupciones generalizadas, que producen anomia, estancamiento y parálisis. Gran Bretaña introdujo con prepotencia el consumo de opio en China, que produjo, entre 1860 y 1945, fuertes fraccionamientos políticos, caos de conducción y resquebrajamiento de las instituciones imperiales. Fue conocido como el Siglo de la Humillación. La colonización británica de India fue posible porque, luego de la desintegración del Imperio Mogol, India se fraccionó en varios estados, todos débiles e inestables. Mientras el Imperio español se fraccionaba en Sudamérica, Portugal mantuvo a Brasil, grande y unido, porque la Casa Real de Braganza se instaló en Río (1808-1821) y mantuvo una férrea conducción política y cultural. EEUU tuvo que librar una sangrienta Guerra Civil (1861-65), para resolver profundas diferencias estratégicas sobre su futuro. Las dos Guerras Civiles internas dentro de Europa (I GM y II GM) diluyeron definitivamente su poderío (incluyendo el poder imperial de GB), favoreciendo los potentes surgimientos de los EEUU y de la URSS. La caída del Muro de Berlín fue producto de la crisis interna dentro de Rusia, cuya Nomenklatura no tuvo la capacidad de aggiornar sus estructuras e instituciones a los tiempos modernos. El surgimiento de China se ve favorecido por su unidad cultural y su pragmatismo estratégico, sin atarse a rigurosidades ideológicas. El relevante papel geopolítico de Rusia, se cimienta en su reunificación cultural, política y religiosa, con criterios nacionales.


Nuestro país transita senderos de total ambigüedad y contradicciones. Su dirigencia parece ignorar que nos acechan demasiados peligros estratégicos y no simplemente problemas económicos financieros. El desguace de la cultura conlleva la fragilidad de las instituciones, fácilmente observable en la privatización de cada parcela del estado en manos de grupos oligárquicos que lo usufructúan para beneficio propio. Pareciera que Argentina no tiene un proyecto de vida en común; somos una suma de facciones en pugna permanente, conducidas con criterios y agendas que nos llegan del exterior. El abrazo de Perón y Balbín permitió vislumbrar la posibilidad de un diálogo fraterno, pero rápidamente llegó la larga noche de los absolutismos y extremismos. Alfonsín y Menem, si bien reencauzaron el clima de diálogo, continuaron gobernando con criterios orientados ideológicamente desde el exterior; Alfonsín del PSOE y Menem del Acuerdo de Washington. A partir del estallido del 2001, continuaron potenciándose aún más los seguidismos estratégicos externos que fueron enrareciendo el clima político, hasta llegar a la situación actual, de confrontación permanente y de aislamiento de toda la clase política de la agenda popular. El resultado es un país estancado y sus habitantes cada vez más pobres. Todo a la deriva y con futuro incierto.


Esta democracia de baja intensidad carece de ideas políticas que permitan salir del atolladero; todo se sintetiza en agravios y ataques personales hacia uno u otro contrincante. Los medios de comunicación, también agrietados, en lugar de balancear, agitan aún más las diferencias, para su beneficio económico y eventualmente, político. Un negocio para unos pocos vivos. Ambos grupos principales, ocupados en resolver sus rencillas internas, se han convertido en una oligarquía política entusiasmada en mantener sus privilegios y de proyectar su futuro personal, antes que cumplir con su misión básica, ocuparse de resolver los problemas de la gente. Este permanente “abandono de los ciudadanos” en que incurren, es una mala praxis que está comenzando a ser registrada por la ciudadanía y los resultados electorales de los últimos años nos van señalando una orientación de castigo, aunque todavía no sea tan explícita ni efectiva.


El gran problema del sistema político actual no son sus opiniones encontradas, ni que no se encuentren puntos de coincidencias, ni que se pierda tanto tiempo en temas secundarios. El problema mayor es que de perpetuarse sine die este statu quo, jamás podremos resolver tantos problemas acumulados, que impiden un normal desarrollado nacional. Y eso es realmente imperdonable e insostenible. Se necesita un plan estratégico integral que ataque las causas, no sólo los efectos, y que no se reduce sólo a temas económico-financieros, sino que tiene una envergadura mucho más elevada. Así como está, el país no va a ninguna parte. Aunque cada sector tenga soluciones parciales, no la tiene para el todo. Precisamente resolver tantos problemas y crear condiciones para el desarrollo, solo puede lograrse mediante amplios debates no cerrados a alguna ideología determinada. Eso es lo que ocurre en todo el resto del mundo: China no es ni comunista, ni capitalista, ni estatista, ni privatista, ni aperturista liberal, ni cerrada autonómica, pero tiene un poco de todo, aunque mucho más de identidad nacional propia. Con matices ocurre lo mismo en Europa, EEUU, Japón y otras potencias. Seleccionar las partes de cada doctrina, y situarla en la realidad de cada país, es lo único que funciona hoy en el mundo. Todos los países tienen un mix ideal “situado”, para encontrar su solución “nacional”; fórmula que no puede copiarse de un país a otro, obviamente. Encontrarla requiere debate abierto y fraterno. Lamentablemente el sistema político argentino, con su actual estructura y liderazgos impide cualquier camino racional en ese sentido.


Toda América está buscando nuevos modelos de desarrollo, que compatibilicen justicia social con sostenibilidad económica y democracias realmente más representativas, donde los políticos cumplan con su misión de trabajar para el pueblo y no para ellos mismos. Requiere mucho debate y ponerse de acuerdo en las creencias básicas compartidas por las mayorías, en sus valores e ideales, que permita arreglar las instituciones y los instrumentos legales y de procedimiento para encauzar el desarrollo. En todos lados la gente reprueba a los políticos y se recrean nuevos partidos o coaliciones, en permanente renovación, con nuevos liderazgos, muchos de ellos impensados y a veces contradictorios. Los votantes desilusionados de unos y otros, van buscando nuevas alternativas. En ese sentido Argentina aún permanece demasiado estática y conservadora. Hacen faltan nuevas ideas creativas para enriquecer la dialéctica de un nuevo cauce político. Las clases medias, antes centro-dominantes, están desplazándose hacia izquierdas y derechas. La realidad económica golpea fuertemente sus tradicionales conceptos de consumo, pacifismo y orden tranquilo; al encontrar mayores incertidumbres en su futuro se vuelcan a alternativas anteriormente no transitadas. Simplemente porque ya no confían en las coaliciones políticas que le venden humo y no resuelven ninguno de sus problemas.


Las recetas “enlatadas” provenientes del norte desarrollado, tampoco funcionan en la práctica por estos lares, aunque las mentalidades colonizadas de las dirigencias locales, de izquierda y de derecha, las intenten seguir aplicando. Los chinos están más interesados en una política de cumplimiento con el FMI que los EEUU, simplemente porque un paso en la dirección contraria, produciría una cascada de incumplimiento hacia los innumerables créditos que ellos han otorgado a numerosos países, urbi et orbi. De las ilusiones tampoco se puede vivir. Nada cambia con variaciones cosméticas en las actuales coaliciones; ya no alcanza con cambiar de disfraz; sería siendo más de lo mismo, en distintas proporciones internas de poder. La triste realidad exige cambios cualitativos y de magnitud. Salvando las distancias, se necesitan transformaciones importantes del estilo de lo que ocurrió en China con el cambio de la era Mao Zedong a la de Deng Xiaoping. Necesitamos que se caiga nuestro Muro de Berlín y comenzar a respirar aires más saludables. Vivimos en permanentes emergencias, que han creado esta atmósfera tóxica que impide vislumbrar algún futuro.


Hay que debatir qué se necesita hacer hoy para llegar a ciertos objetivos dentro de 10 años. Para eso hace falta definir los objetivos nacionales; qué queremos, adónde queremos ir. La relación con el mundo es la base de partida de cualquier proyecto nacional. Sin una correcta evaluación y determinación geopolítica, Argentina nunca podrá salir de la trampa en que está encerrado. El mantenimiento de la grieta, pareciera resultar, por sus efectos de fraccionamiento político, una continuación del proceso militar, por otros medios. Se podría decir que existe una sutil correlación entre los alineamientos extremos geopolíticos (de algunos líderes políticos) y el tamaño de la grieta interna, debido a que de ese modo nos apartamos del pragmatismo estratégico, que siempre busca defender los intereses nacionales y nunca las ideologías personales de los dirigentes. Para el político la vida es siempre presente; para un estadista la tarea es siempre futuro. No se puede seguir con tantas ambigüedades, incoherencias y contradicciones geopolíticas, que revelan una gran desorientación, demasiado cortoplacismo y la falta de una firme identidad nacional, clásicas señales de países pocos serios y responsables. Por ello, se necesita un auténtico cambio de la naturaleza del régimen actual y liderazgos con pensamiento estratégico y críticos del absolutismo ideológico. Más importante que encontrar soluciones rápidas es formular las preguntas correctas que hay que hacerse para salir de la trampa de la decadencia actual. Es tiempo de hacerlas, para no seguir navegando sin rumbo en un océano cada vez más embravecido.