Un santo bien criollo 1

La Campaña al Desierto o para decirlo sin eufemismos la guerra contra el indio abarcó más de cien años de nuestra historia. En ella se vivieron momentos de gloria como de intolerable injusticia. Los caudillos mapuches, Calfucurá y Manuel Namuncurá, fueron los últimos jefes del imperio pampa.





Calfucurá muere en 1873 luego de un brutal ataque sobre las ciudades de Azul y Tapalqué. Namuncurá, su hijo, fue elegido cacique. Sobre él marcharon las fuerzas militares comandadas por el General Roca en 1879, infringiéndole sucesivas derrotas. Acorralado, vencido, sin combatientes y hambreado, Namuncurá se entregó a las fuerzas nacionales en 1884.


Se le otorgó el grado de Coronel con derecho al uso de uniforme y salario, asimismo tierras en la localidad de Chimpay, a orillas del Río Negro. Allí nació Ceferino, hijo de una cautiva chilena Rosario Burgos y Namuncurá. Sus años de infancia fueron duros y sufridos. De niño se cayó a las aguas del Río Negro salvándose de milagro, pues el torrente que lo arrastraba lo dejó sobre la orilla, un tramo más adelante.


Vivió con enorme tristeza la lucha desigual de su padre con el gobierno nacional por conseguir las tierras prometidas. Sin embargo las malditas escrituras jamás aparecían.


Razón por la que le escribió a su padre: “Papá, ¡Cómo nos encontramos después de haber sido dueños de esta tierra! Ahora nos hallamos sin amparo. ¿Por qué no me llevás a Buenos Aires a estudiar. Para ser un día útil a mi raza?


Toda la vida de Ceferino fue penosa y doliente. No conocía muy bien su identidad, ni los años que tenía. En una carta a un sacerdote amigo le manifestó dudas sobre su verdadero nombre. “En la tribu me decían Morales pero cuando viajaba en tren con mi padre rumbo a Buenos Aires me dijo ahora te llamás Ceferino. ¿Habré tenido algún otro nombre?”


Su padre lo había ubicado en una escuela de la armada, en Tigre, pero Ceferino le pidió que lo sacara, eso no era para él. Lo llevó, entonces, con los salesianos. Allí fue compañero de Carlos Gardel.


Al poco tiempo se le desató una tuberculosis galopante por lo que fue enviado a Roma en la idea de que aquellos aires podían mejorarlo. Fue atendido por el médico del Papa. Pero todo fue en vano. La raza Mapuche no tenía defensas frente a la tuberculosis. Su alma buena y caritativa, su espíritu bautismal hicieron de él una persona especial.