Un santo bien criollo II

Cuando se detectó la tuberculosis en los pulmones de Ceferino, lo primero que aconsejaron los médicos fue que el niño cambiara de aire. Razón por la que el indiecito volvió a Viedma. Su padre quería llevárselo con él pero los salesianos lo aconsejaron que mejor estaría en la escuela y el Presidente de la Nación, Luis Saenz Peña, su amigo, le suplicó del mismo modo. ¡Lo mejor para Ceferino es la escuela!





De manera que pasó una temporada corta en Río Negro. La tristeza de Ceferino aumentaba pues había perdido contacto físico con su madre. Su padre se había separado de ella enviándola a tolderías lejanas.


Namuncurá contrajo, entonces, matrimonio con otra mujer, que le dio cuatro hijos más. ¡Y todo esto a la edad de ochenta y tantos años!


¡Raza fuerte y viril la de los mapuches! Calfucurá con noventa y dos disfrutaba de una indígena de veinte años, al momento de morir.


Pero Ceferino, no gozaba de esa genética. Su salud se agravaba. De modo que Monseñor Cagliero, obispo de Viedma, decide ir a Roma con él. En el viaje las conversaciones del sacerdote con el joven sobre cubierta y al anochecer llamaban la atención del pasaje. Es que la elite porteña que marchaba a París de francachela no comprendía aquellos diálogos entre un sacerdote y un indio. Especialmente cuando se hablaba de Jesucristo y su entrega en la cruz por amor al prójimo.


Al llegar a Turín fue enorme la sorpresa al ser aplaudido y vivado como el Príncipe Namuncurá, por aquello de ser hijo de un Rey. El orgullo de su raza jamás lo perdió. Pero su alma estaba entregada totalmente a Dios. Admiraba las iglesias que visitaba y lamentaba que en su Patagonia natal no existieran como allá.


En Roma fue recibido por el Papa Pío X a quién solicitó la bendición para su gente. Al irse, el Jefe de la Iglesia lo llamó y en un aparte le regaló una medalla de plata. Ceferino luego contaba “quizá me haya hecho ese regalo porque yo le regalé un precioso poncho de guanaco”


La tuberculosis avanzaba y los vómitos de sangre se sucedían con mayor frecuencia. Se lo veía pálido y desmejorado. Su eterna sonrisa se desdibujaba, aunque sus allegados decían que sonreía por los ojos, pues era dueño de una mirada límpida y buena. La mañana del 11 de mayo de 1905 Ceferino recordó un sueño que había tenido tiempo atrás, cuando Jesucristo le decía:


¡Ven conmigo, ven!