Una ciudad peligrosa

Por aquellos años, la segunda década del siglo XIX, Buenos Aires despertaba, orgullosa, a su libertad. La nueva situación había aflojado los resortes del poder y la inestabilidad de los gobiernos era el pan de cada día. Cuando estas cosas ocurren, algunos miembros de la sociedad se sienten con derecho a acometer todo tipo de tropelías, persuadidos que no pagarán por su inconducta y comportamiento antisocial.





Resulta que en aquel Buenos Aires un comerciante inglés de enorme poder económico había alquilado un hermoso caserón a orillas del río, ubicado al sur de la ciudad, lo que hoy sería el Parque Lezama. En su casa, Mr Fair, que así se llamaba el hombre, organizaba fiestas o encuentros todos los días de fiesta, que él denominaba de solteros, pues concurrían a lo largo del día amigos y conocidos para comer, beber y conversar. En su enorme terraza al río gozaban de la brisa ribereña, de exquisitos habanos y excelentes vinos. Toda esta exposición pública y alarde de riqueza de quién no escatimaba en ofrecer los mejores manjares a sus visitantes era harto conocida en la pequeña aldea.


Este despliegue de riqueza y dispendios tentó a quienes con envidia, rencor o necesidad miraban con codicia lo que allí se realizaba en la seguridad que acumulaba sus riquezas en aquella casa.


Una banda de aproximadamente quince muchachones decididos, planificó el atraco, que debería ser llevado adelante por la noche, cuando se suponía que todos dormían en aquel caserón oscuro. Uno de los forajidos, arrepentido o acobardado por la gravedad de los hechos, contó a la víctima lo que se preparaba contra él.


Alertada la policía se preparó un operativo para sorprender y detener a los malvivientes. De a uno y a distintas horas del día fueron ingresando los policías vestidos de civil. La idea era distribuirlos en la casa de manera de sorprender a los cacos. La noche establecida, los ladrones no dieron señales de vida. Pero el jefe estaba dispuesto a acabar con esta banda y esperó un día más. ¡Menos mal! Pues la segunda noche, a eso de las doce, aparecieron.


Sin que lo notaran se les había facilitado el acceso. Una vez dentro y confiados de su suerte descuidaron la vigilancia. De pronto rugió la orden policial de fuego y se desató una balacera infernal. Alguno de aquellos chorizos fue herido, no se pudo saber quien. Todos huyeron.