Vamos a la playa

La zona del Ajó ya era conocida desde el siglo XVIII cuando el sacerdote Tomás Falkner realizó una carta topográfica del lugar. Se la denominó así porque los baquianos daban ese nombre a los suelos fofos y blandos llenos de cangrejales barrosos. Años después un tal Angel Fulco pobló la región, desde Rincón de Lopez (Río Salado) hasta Rincón del Ajó. En 1839 el Gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas creó el partido de Rincón de Ajó.





Luego fue subdividida y vendida a distintos estancieros de la región, como los Cobo y los Ramos Mejía, a mediados del siglo XIX. Estas suerte de estancias, enormes extensiones de tierra apta para la ganadería, llegaban hasta el mar ofreciendo a las familias poseedoras, un milagro de la naturaleza, puesto a sus pies. Esta región se sumió, luego, en el silencio hasta que se tuvieron noticias nuevamente, cuando un barco alemán, La Margarita, se acercó peligrosamente a sus costas. En el navío no había un alma. La noticia inquietante acerca de un barco fantasma encendió la imaginación. Comenzó, entonces, a circular la escalofriante historia de que a bordo se había cometido un horrendo crimen, desapareciendo la tripulación, vaya a saber porque. Finalmente el enigma se aclaró cuando en alta mar fueron rescatados los marinos y enviados a Alemania.


Recién en 1930 la región fue adquiriendo la fisonomía actual, esto es, una clara orientación al turismo. Construido el camino de la costa, trescientos autos acamparon, en 1932, en la playa la Margarita hoy Mar de Ajó. El evento fue organizado por el Automóvil Club Argentino.


Las primeras construcciones datan de esos años y los materiales llegaban desde General Lavalle, luego de un viaje definitivamente complicado, a caballo o en carretones, atravesando, guadales, cañadones, lagunas y médanos. La voluntad de aquellos hombres superaba con creces la medianía general.


Con la llegada del peronismo y el ascenso de los trabajadores, el tiempo libre emergió como un aspecto más de la justicia social, Mar de Ajó, entonces, creció como centro turístico. Era de todos modos una proeza llegar. La vieja empresa el Alba atendía ese servicio que se realizaba sólo si no llovía, Caso contrario… a esperar en la ruta. Si el veraneante alcanzaba Mar de Ajó pero su destino era adentrarse en zonas inhóspitas como San Bernardo el derrotero se realizaba en viejos carros a caballo y por la playa. Y esto hasta bien entrada la década del 60’.