Dictadura digital, dictadura perfecta








El uso de la fuerza no es principio de vitalidad del poder sino de su desesperación. La fuerza es siempre un último recurso; después de ella, no hay nada. Por eso, la noción de hegemonía explica mucho mejor la vitalidad del poder. Antonio Gramsci definía al Estado como “hegemonía acorazada con coerción”. Lo que quería decir con esto era que son los procesos hegemónicos, entendidos como dominación cultural, los que estabilizan el poder. La coerción, en cambio, opera allí donde el consenso no basta. Así pues, el poder perfecto no es el que azota, sino más bien el que acaricia.





Lo que está sucediendo con el mundo digital —que es hace tiempo nuestro mundo— podría analizarse con arreglo a esta idea general. La censura en redes no es cosa nueva; más bien, se ha venido soportando desde hace tiempo una escalada de censuras especialmente dirigidas, por motivos ideológicos, contra cuentas y perfiles de derechas. No son suposiciones mías: es lo que Mark Zuckerberg admitió, sin vacilar, hace algunos años en el Senado norteamericano. Básicamente, que las élites de Silicon Valley son “progresistas”, y que a ello obedece la guerra ideológica contra disidentes.


Pero la sistematicidad de la censura es un efecto. Su causa se halla en la sistematicidad de la resistencia. Foucault ya decía que “donde hay poder hay resistencia”. Ahora bien, la resistencia puede hacer cosquillas o puede incomodar realmente al poder. La censura es fruto de la incomodidad; el poder, cuando censura, despliega su fuerza pero, en ese mismo acto de demostración de poder, deja ver también su debilidad. Y su debilidad consiste en ser desafiado; en verse obligado a dejar caer su máscara democrática para revelar sus mecanismos represivos. Por eso la aprobación a Trump creció del 47% al 51% luego de la censura de Twitter (según Rasmussen), y por eso las acciones de Twitter se desplomaron en la bolsa de valores.


Si la derecha es censurada, es porque ha hecho bien su trabajo. Aislada de los medios de comunicación tradicionales, la derecha supo refugiarse en las redes. Desde allí planteó su batalla cultural. Casi como guerra de guerrillas digital. La debilidad de las estructuras organizativas se compensó con un ingenio virtualmente infinito. Asedio de memes; infinidad de videos virales; contra-información, contra-cultura digital; periódicos alternativos; debates desopilantes; cuentas seguidas por millones de personas ávidas de opiniones desmarcadas de la corrección política. La izquierda fue ampliamente sobrepasada en el terreno online, mientras seguía agarrada a los periódicos de siempre, que juntan polvo en los cafés, y a una TV cada vez menos vista.

Pero todo esto quiere terminarse pronto. Los dueños del sistema no permitirán que la hegemonía progre siga siendo asediada. Trump fue un fallo del sistema; la derecha es un fallo del sistema. Deben cortar esto de raíz. Internet quiso ser el punto de llegada de la democracia, y así fue como lo vendieron durante tres décadas. Finalmente, terminará siendo el origen de la dictadura perfecta, que no es la del PRI mexicano, sino la de la total privatización del espacio público y la total publicidad de la vida privada a través de la vigilancia perpetua y ubicua.


La eliminación de las cuentas de redes sociales de Donald Trump marca este acontecimiento, que es el desvelamiento de la dictadura perfecta de lo digital. Porque la eliminación de la existencia online implica, políticamente, la eliminación de la existencia offline. No hace falta matar a nadie, como hicieron con Kennedy. La política en nuestra sociedad-red es, como bien notó hace algunos años Manuel Castells, política mediática y, más concretamente, política digital. ¿Qué quiere decir esto? Que la política por fuera de las plataformas digitales ha muerto; que es imposible hacer política sin existir digitalmente; que matar a alguien digitalmente equivale a matarlo políticamente.


El acontecimiento es Trump, pero esto alcanzará potencialmente a todos los disidentes. Las BigTech han mostrado tener más poder que el Presidente del país más importante del mundo que, además, es un empresario multimillonario. Twitter, Facebook, Instagram, YouTube, SnapChat, suprimieron a Trump de sus redes; plataformas de comercio, pago digital y donaciones como Stripe, PayPal y Shopify lideran un boicot contra las empresas de Trump. ¿Qué queda al hombre común? Mientras algunos libertarios de izquierda justifican la censura y el boicot oligopólico, Ron Paul, el político libertario más importante de la historia del movimiento libertario, acaba de ser bloqueado en Facebook por publicar una opinión considerada “incorrecta” por las “normas comunitarias”.


Todo esto supone el fin de la democracia. Ello así porque es el fin del espacio público en tanto que espacio abierto para todos al debate público, en virtud del cual el sistema democrático descansa. Ya no hay “plaza pública” alguna sino plataformas digitales privadas. Ya no hay ciudadanos sino usuarios. La diferencia es elemental: aquél tiene derechos y libertades políticas, éste no. El usuario ingresa, pues, a un espacio público privatizado que es determinante para el proceso político: un espacio público en el que, empero, no opera ningún Estado de derecho, sino “normas comunitarias” inefables, elásticas, flexibles al infinito, sobre las que fallan los dueños de las redes sociales y sus sistemas inteligentes. Un espacio público que, además, está controlado por un puñado de empresas que fueron beneficiadas por el Estado, y contra las cuales es imposible competir.


Existieron intentos. Parler, por ejemplo: una red social conservadora que fue rápidamente quitada de “Google Play”, el sistema de descarga de aplicaciones de Android, y de Apple Store, el equivalente en IPhone. Como ello no bastó para destruir la red en cuestión, Amazon desconectó los servidores en los que Parler funcionaba. Había que frenar la migración, la reagrupación digital de las derechas digitalizadas, porque lo que se está perdiendo es la hegemonía progre. Para peor, John Matze, CEO de Parler, ha revelado que ningún proveedor de servidores web quiere brindarles su servicio, por lo tanto no puede competir. ¿Se puede seguir hablando en este contexto de “libre mercado”?


Hay “liberales” que no encuentran en todo esto problema alguno. Al fin y al cabo, argumentan, es una empresa privada, y por lo tanto tienen la libertad de… censurar. Lo comparan con un periódico o con una empresa cualquiera. Comparación patética. La diferencia esencial del mundo digital es que, además de constituir un oligopolio, ha colonizado el espacio público, imponiéndole sus propias reglas y, por tanto, dejándonos a todos sin libertades políticas reales. Y más aún: el mundo online va colonizando sin cesar la totalidad de nuestra existencia, en un desquiciado proceso de privatización de lo público y de publicitación de lo privado. La pandemia aceleró este proceso, y lo que llaman “nueva normalidad” es precisamente eso.


Todas nuestras actividades van siendo absorbidas por las plataformas online. Ya no hablamos sencillamente de comunicación y divertimento; hablamos también de trabajo, religión, educación, provisión de servicios públicos, bancas online, compras, ventas, política, sexualidad. De lo más propio de la esfera pública, a lo más propio de la esfera privada. La distinción público/privado se va disolviendo. Internet parece constituir un momento de síntesis entre estas esferas que el mundo moderno concibió separadas. Los algoritmos y el BigData almacenan nuestra privacidad con fines comerciales y políticos, mientras los sistemas censores y los “revisores de contenido” suprimen nuestras opiniones disidentes.


La dictadura digital es una dictadura perfecta. Parece inevitable. Apagar el mundo online es apagar nuestro mundo offline, porque la interdependencia entre ambas dimensiones hoy es total. No en vano se ha dicho, desde la sociología contemporánea, que los datos y la información constituyen la verdadera infraestructura de la sociedad del Siglo XXI. Un mundo sin Internet es hoy imposible.


¿Qué hacer entonces? El aislacionismo es la peor decisión. Habrá que seguir combatiendo en las redes hegemónicas, que es donde está la audiencia indecisa, a la que la batalla cultural de la derecha debe conquistar progresivamente. El combate debe ser cauto, procurando evadir, en la medida de lo posible, la censura. Mientras tanto, habrá que esperar que alguna nueva red social pueda, con servidores propios, ver la luz. Se rumorea que Trump podría comprar su propia red social. Si eso ocurre, hay que duplicar nuestras presencias: estar en redes alternativas, pero permanecer en redes hegemónicas. Duplicar el terreno de combate. No caer presos de una burbuja donde terminemos hablando entre convencidos, porque en tal caso, la censura habrá ganado, y nuestra batalla cultural se transformará en una mera reunión de amigos.