Ni vencedores ni vencidos







El 13 de noviembre se cumplieron 65 años del derrocamiento del Tte. Gral. Eduardo Lonardi de la presidencia de la Nación, por parte de una importante facción liberal del Ejército y la Marina.




Lonardi, con el concurso de un puñado de jóvenes oficiales y civiles nacionalistas y católicos (entre los que cabe destacar, entre otros, al entonces Mayor Juan Francisco Guevara -a quien Lonardi adjudicó el 80% del triunfo de la revolución- y al capitán Ramón Eduardo Molina), el 16 de setiembre de 1955 inició en Córdoba el pronunciamiento contra el gobierno presidido por el General Perón que culminó con su derrocamiento, pese a que nutridas fuerzas del Ejército permanecieron leales a su gobierno pero les faltó determinación y voluntad de lucha para sostenerlo.

Lonardi puso su gestión bajo el lema "ni vencedores ni vencidos" y aclaró que el peronismo, como movimiento político y social, no era su enemigo. Mantuvo en sus funciones a los dirigentes de la CGT y de los sindicatos, quienes comenzaron conversaciones y acuerdos con su Ministro de Trabajo Cerrutti Costa. También el ex Canciller de Perón Atilio Bramuglia estaba en contacto con sectores lonardistas y pudo haber ingresado a su gobierno.

Sin embargo, una importante facción del Ejército y, sobre todo, de la Marina, estaban en desacuerdo con esta línea conciliadora y querían una política duramente antiperonista y una represión a ultranza contra el peronismo y su política social, contando con el apoyo de importantes sectores del radicalismo, del comunismo y del socialismo.

Esta facción -que luego fue denominada "gorila"- desplazó a Lonardi del poder, sin que el jefe de Granaderos, custodia del Presidente, a cargo entonces del entonces Cnl. Alejandro Agustín Lanusse, saliera en su defensa. Esta defección nunca fue olvidada por el movimiento lonardista.

Las consecuencia fueron desastrosas para el país y marcó su futuro de las próxima décadas: se intervino la CGT y todos los sindicatos poniendo a su frente a interventores militares o a políticos radicales, socialistas y comunistas, se entregó la Universidad a la izquierda, se prohibió al partido peronista e, incluso, la mención del nombre de Perón (Dec. 4161), se secuestró el cadáver de Eva Perón que estaba en la sede de la CGT, se encarceló a los dirigentes sindicales y políticos del partido derrocado y se reprimió con fusilamientos (la primera vez desde las guerras civiles argentinas del siglo XIX) a los autores de la contrarrevolución peronista del 9 de Junio de 1956, de la que el gobierno tenía conocimiento anticipado. Fusilamientos por hechos producidos antes que se decretara la Ley Marcial. El dirigente socialista Américo Ghioldi celebraría los mismos escribiendo en La Vanguardia: "se acabó la leche de clemencia".

Esa sangre derramada iba a traer funestas consecuencias en los años por venir y es responsable (junto con otros factores sobrevinientes entre los que cabe mencionar la revolución cubana), de la posterior radicalización de un importante sector del peronismo, radicalización también acicateada por la proscripción del peronismo para presentarse a elecciones, lo que motivó el surgimiento de gobiernos débiles y sin legitimación popular y sujetos a la tutela militar, lo que produjo un daño irreparable al sistema político y a las propias Fuerzas Armadas.

El legado de Lonardi se prolongó en el llamado movimiento lonardista, que tuvo larga vigencia en sectores militares y civiles –encontrando un caracterizado vocero en el semanario Azul y Blanco, dirigido por Marcelo Sánchez Sorondo, único medio de prensa que criticó los fusilamientos- y su espíritu de reconciliación y concordia sigue vigente en la atormentada Argentina contemporánea.

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