Impactos preliminares en la geopolítica como efectos de la pandemia







1. INTRODUCCION


Hay cambios esperables para la política y para la economía internacionales para el momento de la ansiada vuelta a la normalidad post-confinamientos. Uno de ellos estará en el marco geopolítico.





Dice José María Peiró (en “Psicología de la organización”) que hay cuatro elementos esenciales en el ambiente de negocios: los grados de estabilidad, simplicidad, aleatoriedad y acceso a recursos. Pues en ello influye decisivamente la geopolítica, que estudia la interacción supranacional de las poblaciones, el poder político, los territorios y la economía.


Un nuevo marco geopolítico podría comenzar a influir en el contexto global como efecto de distancias, diferencias, y roces que se están viendo entre países.


Se amplían consideraciones al respecto, más abajo, en este documento.


2. ALGUNOS CASOS INTERNACIONALES


En los últimos meses Australia ha pedido una profunda investigación sobre los orígenes del COVID-19, a lo que China ha reaccionado amenazando con el ingreso de granos y carne australianas en su territorio. Antes la Canciller Merkel y el Presidente Macrón habían objetado conductas de China en la materia (además de expresiones de Boris Johnson en la misma línea). Pero esto va más allá: la India ha manifestado su oposición a que el proyecto chino conocido como “One Belt One Road” se extienda por Cachemira por sus disputas con Pakistán. Y Japón ha anunciado hace unas semanas incentivos del gobierno para que sus empresas tiendan a sustituir proveedores en China en sus cadenas de valor y que busquen proveerse en el ASEAN


Hay criterios que probablemente comenzaran a influir más de aquí en más. La formación de alianzas entre países (o la enemistad entre otros), la confluencia regulatoria entre estados (o las diferencias entre muchos), la cercanía geográfica o la similitud cultural que facilitan la integración (contra disidencias que las complican), o la confluencia estratégica entre proyectos políticos: todos son ejemplos de reevaluaciones.


Y ya habíamos visto antes la tensión entre EEUU y China que comenzó hace algunos años y hoy tiene también en el COVID-19 un gran capítulo. Y también al Brexit, que es justificado por sus impulsores en la búsqueda de nuevas alianzas británicas con países más parecidos a sus modelos jurídicos y culturales (menos regulacionistas) como los de Canadá o EEUU.


Pero además esta corriente de complejidad geopolítica no es para nosotros algo extraño. Hace ya un tiempo Brasil pretende flexibilizar el Mercosur (a lo que al parecer adhieren Uruguay y Paraguay): quiere apertura y nuevas alianzas. Algunas razones hay: el Mercosur es el bloque de menor relación exportaciones/PBI del mundo (apenas 14% mientras el promedio mundial supera al 30% y hay casos como la Alianza del Pacifico o la Unión Europea que logran más de 50%).


Mientras que también influirá la geopolítica en la decisión de la Unión Europea sobre si avanzará rápidamente o no en el tratamiento del acuerdo pendiente con el Mercosur. En este contexto Holanda aprobó el reciente 2 de junio en su Parlamento una declaración contraria al acuerdo Mercosur Unión Europea invocando prácticas contrarias al ambiente de Brasil en la Amazonia, y la competencia desleal de quienes no garantizan cumplimiento de normas laborales (Austria había hecho lo propio el año pasado (y si bien el proceso de aprobación aun llevará tiempo hay rediscusiones como ésta en diversos planos). Hace unos meses Austria había aprobado un mandado al gobierno contrario al pacto. Nada es definitivo, ni definitorio (el tratado requiere pasos procesales pendientes), pero son señales.


A su vez, todo eso ocurre mientras pierden credibilidad los organismos multilaterales. La Organización mundial de la salud en primer lugar. Peor además la Organización Mundial de Comercio ha quedado rebasada por un escenario de rediscusión de los vínculos externos comerciales de los países. A la vez que la Organización de las Naciones Unidas han estado ausentes de este escenario en el que más que lo sanitario ha estado en juego la administración y el poder político. Lo supranacional se ha debilitado. No solo la multilateral: la Unión Europea no pudo impedir los cierres de frontera o el Mercosur acude a la discusión sobre su flexibilidad impulsada por Brasil y la cuarentena en Buenos Aires es desafiada en las calles por el respeto relativo de la gente.


Las conductas de los países después de la pandemia no serán, pues, fáciles de anticipar.


3. UN NUEVO CONTEXTO: LOS CAMBIOS VIENEN DESDE ABAJO


El mundo que viene será complejo en varios sentidos: ciudadanos sensibilizados, poderes gubernamentales debilitados (pese a que se pronostica “mas estado”, lo que no parece fácil de implementar ante crisis políticas recurrentes), finanzas volátiles, sólida evolución tecnológica sin detención que afecta las condiciones del comercio internacional, exigencias regulatorias cualitativas y una economía internacional en la que se destacan grandes empresas innovativas (al respecto, los últimos meses han servido para mostrarnos desde una empresa privada que lanza una nave al espacio, hasta otra que es un medio más relevante que los oficiales para la comunicación de líderes políticos, pasando por las que nos permiten comunicarnos muchas personas con imágenes e interacción aun dentro del confinamiento o las que proveen facilitaciones ante la anormalidad haciendo proliferar el e-commerce).


Cabe preguntarse en qué estado quedaran las situaciones fiscales en los países desarrollados luego de los generosos paquetes de salvataje que están siendo anunciados. ¿Se debilitarán las monedas de estos países al inicio? ¿Subirán después las tasas de interés y se deberá proceder a un ajuste de equilibrio luego de estos auxilios?


¿Como quedará la Unión Europea después de la dura discusión que se dio antes de aprobar el paquete de auxilio? (se aprobó pero la voluntad de Alemania u Holanda fue muy diferente que la de los países del sur de Europa y a discusión mostró otra vea distancia en las visiones). ¿Habrá más cercanía entre países por sus identidad cultural que por la geografía? ¿Hasta dónde la confluencia de intereses prevalecer en la integración económica? Que tan relevantes serna ahora las empresas globales? ¿Es esperable que aparezcan espacios públicos no estatales para abordar los problemas nuevos?


La vuelta de la normalidad no será muy apacible. Dice el Deloitte University Press en uno de sus trabajos que los catalizadores que impulsan cambios en el ambiente de negocios internacional serán las tecnologías, las nuevas aspiraciones del consumidor, nuevas plataformas de desarrollo de los negocios y los movimientos políticos y el respectivo contexto de la economía.


Richard Haass, Presidente del Consejo de Relaciones Exteriores del Council of Foreign Relations y autor del libro “The World”, expresa que en un mundo posterior a COVID-19, "es muy posible que ni Estados Unidos ni China salgan de esto en una posición mejorada, y nos trasladaremos a un mundo donde la distribución del poder ... es aún mayor ... donde es aún más difícil de forjar el liderazgo. Y el mundo simplemente no se autoorganiza. Entonces, supongo que estamos entrando en una fase peligrosa de las relaciones internacionales ". Según Haass, “hace varios años, el gran debate en Europa fue ... si Europa se volvería cada vez más integrada. ... Ahora es el debate opuesto. ¿Cuánto menos integrado se vuelve Europa? ... Este es potencialmente el momento más peligroso para el proyecto europeo que se remonta a cuando comenzó a raíz de la Segunda Guerra Mundial. ... Si fuera europeo, estaría diciendo ... '¿Cómo construimos un piso debajo de Europa?' y luego volvamos a calibrar después de la pandemia sobre cómo sería una nueva era de la Unión Europea ".


Pero a la vez hay visiones (muchas) como las de Kevin Casas-Zamora, secretario general de la organización intergubernamental IDEA Internacional: "cuando se asiente el polvo de la pandemia, veremos que China emerge como el actor más poderoso en la escena mundial", por encima de unos Estados Unidos y una Unión Europea (UE) que han mostrado sus debilidades”, afirma. "No es una buena noticia para los que defendemos el avance de la democracia", dice en una entrevista telefónica con Efe sobre el hecho de que China, según su opinión, vaya a ser la potencia dominante en el mundo post-COVID-19.


Para este exvicepresidente de Costa Rica y exresponsable de asuntos políticos de la Organización de Estados Americanos (OEA), el hecho de que China pueda llegar a ser la primera potencia mundial significará un revés para la democracia, pues si este sistema se ha extendido es en parte porque Estados Unidos ha promovido sus valores por el mundo, dice Casas-Zamora.


Breno Bringel, de la Universidad complutense, expresa en un artículo especializado que podríamos definir el actual momento como de caos global. El caos no implica (dice) la ausencia total de algún tipo de orden, sino que evoca la turbulencia, la fragilidad y la indefinición geopolítica contemporánea ante los múltiples “riesgos globales” y destinos posibles (Prigogine y Stengers, 1997). La imprevisibilidad y la inestabilidad pasan a ser la regla y eso se refiere no sólo a la mayor volatilidad ante amenazas, sino también a la propia dinámica de las fuerzas políticas y del capitalismo contemporáneo. El orden mundial que emergió con la caída del Muro de Berlín buscó extender la democracia formal en el mundo (por más que las principales potencias la desestabilizara y la interrumpiera siempre que necesario) de manos dadas de la globalización neoliberal en una especie de “social-liberalismo global”. Y unido a eso, acude a Ramón Fernández Durán recordando lo que había llamado irónicamente “globalización feliz” (Fernández Durán, 2003) que últimamente (sostiene) recibe un jaque mate con esta pandemia. No estamos (dice) como posturas precipitadas argumentan, ante el fin de la globalización y la emergencia de la “desglobalización”, aunque sí posiblemente frente al fin de la globalización capitalista actual “as we know it”. El grado de radicalización de la expansión territorial y financiera del capital a lo largo de las últimas décadas fue posibilitado por la construcción de un gran acuerdo capitaneado por Occidente —con Estados Unidos a la cabeza (por más que su hegemonía esté cada vez más mermada)—, que permitió construir una narrativa dominante de crecimiento, sintonizada con la expansión sin límites de las empresas transnacionales y el beneplácito de diversos grupos de poder y de organizaciones nacionales e internacionales. Su despliegue se dio, como es conocido, bajo la retirada de cualquier tipo de barreras ante una gramática de desregulación, flexibilización y liberalización que afianzó el neoliberalismo en el mundo, a la vez que destrozaba el medioambiente y el tejido social. Junto a eso, vino un proceso de disputa cultural para arraigar la globalización neoliberal como un modelo no sólo económico, sino también societal. A pesar de las feroces críticas del movimiento alterglobalización y de una diversidad de resistencias territoriales —y por más que la crisis de 2008 haya destapado la dimensión más trágica y letal del capitalismo financiero y de la globalización—, la respuesta no fue una alternativa a eso, sino una radicalización del modelo. Las pérdidas fueron socializadas con toda la población y los Estados aplicaron políticas de ajuste y austeridad, mientras salvaban a los bancos, quienes, a su vez, privatizaron los beneficios. La globalización capitalista pudo así seguir su curso de acumulación y expoliación, profundizando el modelo extractivista.


Bringel sostiene que la mayoría de los bloques regionales, a su vez, salen fragilizados de esta pandemia y, en algunos casos, desmantelados y sin autoridad moral ante la pandemia. Este es el caso de la Unión Europea que durante la crisis sanitaria global perdió la oportunidad de erigirse como una alternativa al fracaso de la respuesta a la pandemia de Estados Unidos, pero también frente al modelo centralizado y autoritario chino. Las fisuras y las asimetrías al interior del bloque volvieron a aflorar, dificultando la coordinación hacia dentro y la proyección hacia fuera. A su vez, aquellos proyectos regionales que intentaban hace unos años proyectarse en América Latina como regionalismos contra-hegemónicos —tales como la UNASUR, la CELAC y el ALBA-TCP (Cairo, Bringel y Ríos, 2019)—, han pasado casi desapercibidos en la pandemia y no han tenido envergadura suficiente para construir cualquier respuesta política supranacional relativamente bien articulada. Los BRICS, otra iniciativa creada con pretensiones contra-hegemónicas —aunque nunca anti-sistémicas—, acordaron a finales de abril de 2020, a pesar del gobierno Bolsonaro y de las tensiones entre la diplomacia de Brasil y China, avanzar en la cooperación para minimizar los efectos de la pandemia.


Ahora bien: todo está en redefinición, pero por el otro lado el régimen monolitico autocrático chino avanza. Dice Julio Cirino en The Post que Xi Jinping es la cabeza única de un Gobierno o un tipo de Gobierno cerrado y autoritario qué se presenta como una alternativa a los sistemas democráticos con economías de mercados. El Partido Comunista chino no solamente está haciendo cada vez más fuerte su estructura de policía interna, sino que desarrolla y ofrece al mundo tecnologías de control de los seres humanos como no se habían visto hasta ahora. Y agrega que es un problema a analizar e+el hecho de que ahora plantea la exportación de ese modelo y el desarrollo de nuevas reglas en la política internacional que hagan, o que van a hacer en este mundo un poco menos libre cada vez. Y esto guarda relación con el desarrollo del problema del coronavirus.


Uno de los temas que suele traer más confusión es el de la actividad privada en China, en realidad esta no existe, claro, si hablamos de un pequeño comercio, casi un kiosco , si, es posible que sea “privado”, pero si hablamos de una empresa relevante y muchísimo más si hablamos de una que tiene que ver con tecnologías, o militares o de la información tal cosa no existe. Por supuesto alguien podrá señalar (dice Cirino) que – jurídicamente- aparecen como privadas multitud de empresas chinas, la verdad es que el estado chino controla la actividad empresarial, aún la de las empresas extranjeras radicadas en China mediante un mecanismo simple. En primer lugar, mediante el acceso o no a dinero tanto del Banco de Exportaciones e Importaciones de China, como del Banco de Desarrollo chino, por mencionar solo dos ejemplos. En segundo lugar por el hecho que, en el caso de las empresas chinas, los miembros del Board de Directores tienen que ser miembro del Partido Comunista Chino (PCC) y la mayoría llega a estos puestos justamente por ser altos miembros del PCC y finalmente, como si esto no fuera suficiente, toda empresa nacional o extranjera que funcione en China debe tener un “comité del Partido” dentro de la empresa en el que participan sus empleados y la autoridad de este comité es muy significativa.


Die el presidente del Eurasia Group Ian Bremmer que se cierne sobre todas las demás tendencias que vemos en este tiempo de disrupciones el ascenso de China a una verdadera superpotencia política. Se esperaba la llegada de China como potencia económica y tecnológica; los datos han estado apuntando en esta dirección desde hace años. Más sorprendente ha sido el uso que hace Beijing del alcance del coronavirus y la ayuda humanitaria para aumentar su atractivo y oportunidad de “poder blando”, convirtiendo repentinamente a China en los ojos de muchos como un rival geopolítico legítimo de Estados Unidos. Si bien en este momento aún carece de la fuerza militar para representar realmente una amenaza total y existencial para EE. UU. de la forma en que la Unión Soviética alguna vez planteó, su papel agresivo en la lucha contra el coronavirus ha impresionado a muchos, especialmente en comparación con EE. UU. A pesar del papel que desempeñó China para encubrir el brote inicial y permitir que el virus se propagara a nivel mundial, la respuesta de China al coronavirus lo está convirtiendo en una alternativa más creíble para el liderazgo mundial de EE. UU., especialmente para aquellos países desesperados por encontrar ayuda en cualquier lugar donde puedan conseguirla.


4. COMENTARIOS SOBRE LA CRISIS. (¿“mas estado”?)


Estamos viendo a Estados Unidos concentrado en su agenda doméstica (en medio de un cuadro de división social, agenda electoral, y retracción internacional) aunque a la vez que tiene su foco externo en el conflicto con China. Las marchas en las calles de EEUU ahora, como antes las que se vieron en París o Beirut, mas la incapacidad de prevenir y enfrentar la pandemia de modo sagaz, muestran serias dificultades de la política, que desde hace tiempo está en crisis en el mundo.

El poder relativo (que alguna vez Georg Jellinek definió como una relación de mando y obediencia en una comunidad) ya no puede lo que podía.


Es probable que ni bien se recupere cierta normalidad la proliferación de soldados chinos en Hong Kong no pueda impedir las nuevas protestas en las calles, o que el presidente Macrón no encuentre instrumentos para contentar los reclamos de los chalecos amarillos otra vez, y que la dureza anti-inmigratoria no pueda contener el ingreso de africanos hacia Europa. O que tengamos nuevas protestas y crisis sociales.

El mundo saldrá más pobre de la pandemia. La crisis que vive el mundo (antes del COVID y seguramente también después) parece producirse porque aún pervive la sensación de que el poder político es la fuerza superior en una sociedad (la misma que alguna vez permitió desde regular de modo intervencionista procesos, planificar al economía, reprimir alzas de precios, impedir importaciones; hasta encarcelar sin mayores inconvenientes opositores, controlar con poco límite la vida de las personas, restringir la publicación de ideas, estatizar empresas sin mayores costos). Pero ese poder ya no es el que era.


Ahora bien: muchos auguran “mas estado” por el estado está en crisis: no pueden contentar reclamos sociales, no puede regular flujos de información (que es el principal, insumo en la economía actual) o financieros globales, no logra crear aquellos proyectos abarcadores que cobijaban a muchos diversos en una población, no consigue evitar que los mercados reaccionen mal si desequilibra sus finanzas. Y a al vez hay dada vez mas empresas globales que crecen, como lo muestran SpaceX en la NASA o Twitter transformándose en el boletín oficial del siglo XXI, o zoom proveyendo la solución para el teletrabajo. La pandemia ha mostrado paradójicamente la crisis del estado tradicional: el servicio de salud pública no estaba preparado; las fronteras políticas no impiden flujos infecciosos; los servicios de inteligencia de todos los países han sido sorprendidos; la reacción estatal ha sido sobreregular, prohibir e imponer restricciones cuyo impacto inmediato fue el derrumbe de la economía, la psicología y la sociabilidad.


Al parecer estamos ante un profundísimo cambio de época. Que venia ocurriendo desde antes de la pandemia. Y una explicación unidimensional es incompleta. Pero aun así, algo que puede sentenciarse es el corriente profundo debilitamiento de muchos colectivos del siglo XX: la familia tradicional, la empresa como ámbito de desarrollo de una carrera profesional, las iglesias como refugios espirituales, los sindicatos como representantes, los partidos políticos como ordenadores de ideales. Y dentro de este proceso de degradación ha ingresado el mayor colectivo social: el estado.


Entendido como una organización política que ejerce poder (e impone un orden) sobre un territorio (como lo definía Mario Justo López), el estado padece hoy el debilitamiento de su capacidad de tomar decisiones y hacerlas efectivas. En lo activo las políticas que ejecuta no controlan procesos y en lo pasivo los sujetos ya no se le someten como antes.


Ahora vemos protestas en todo EEUU. Pero también en Brasil: en los últimos días de mayo hubo manifestaciones contrarias al gobierno (que reclamaban “democracia” y que fueron dispersadas por las fuerzas policiales) y otras a favor del presidente (que propone liberar a actividad económica). Y en Hong Kong la policía antidisturbios en las últimas semanas se desplegó en toda la ciudad después de una llamada en línea para una acción de protesta el (1 de mayo de 2020), aunque finalmente no hubo signos de manifestación. Los organizadores han aclarado que estaban pidiendo a la gente que apoyara las "tiendas amarillas" que son las empresas amigas de la protesta.


Pero es previsible que una vez recuperada la normalidad reaparezcan protestas (hay clima de conflicto en el mundo. Así como antes de esta pandemia vimos movilizaciones en París, Beirut, Bagdad, Santiago. Todos son ejemplos de reacciones por disgusto incontenido. Como la vimos en Barcelona, Santa Cruz/La Paz. Quito o Hong Kong: muestran la debilidad para imponer decisiones de la autoridad. Es posible que esto ser repita después de ls confinamientos.


Dificultades de un orden que ya no existe y un nevo orden que no se ah consolidado. Como lo muestra también la guerra comercial entre China y Estados Unidos (que muestra la dificultad de controlar la globalidad del conocimiento productivo y la reacción negativa de los actores económicos que obligó a reducir le tensión en ese conflicto).


Así como en el estado se debilita el poder político, también mengua el valor del territorio: la vecindad ya no justifica (tal como se ha visto en los meses anteriores al COVID-19 en el independentismo catalán, el separatismo kurdo, el autieuropeísmo en Italia, el Brexit o el antimercosurismo de Bolsonaro); es difícil controlar inmigrantes (desde Venezuela o hacia Italia); los capitales viajan instantáneamente (las empresas tecnológicas, que prevalecen en el mundo, son aterritoriales) y hasta los cambios de domicilio para escapar de una autoridad regulatoria son de difícil tratamiento.

Ya antes de la pendemia los británicos estuvieron alejándose de Bruselas porque piensan que las excesivas regulaciones les impiden autonomía internacional, el presidente Trump retiró a Estados Unidos de ámbitos internacionales (como Turquía, pero también la OTAN o Afganistán) porque no cree que tenga sentido actuar lejos defendiendo a terceros, y en Venezuela hay un presidente que no es presidente y otro al que no se reconoce pero ejerce el poder. El poder está en crisis desde antes de la pandemia y en el “post covid” esto nos e solucionara fácilmente.


La principal causa del conflicto más relevante antes de la pandemia en el mundo (Estados Unidos-China) no fue la tierra ni los mares, ni cosas físicas, sino la propiedad intelectual -el saber, el conocimiento productivo- y el acceso al conocimiento será la principal puja post pandemia; y los europeos y los norteamericanos no pueden definir quien cobra impuestos sobre empresas que ya no son territoriales. El mundo se digitaliza y lo digital es inasible para el estado. Hay unos 8 billones de dólares que se generan en intercambios de datos transfronterizos en el mundo que las estadísticas no pueden registrar como comercio internacional (las mismas estadísticas que ya no pueden distinguir si los 25 billones de dólares de récord nominal de comercio internacional en el planeta en 2018 fueron de bienes o de servicios, o de ambos mezclados), y mientras el comercio internacional de bienes y servicios se duplicó desde que empezó el siglo el intercambio de datos a través de las nuevos dispositivos globales se multiplicó por 45 -y en todo el mundo la cantidad de conexiones directas entre maquinas autónomas a través de internet ya es mayor que la cantidad de conexiones entre personas a través de dispositivos-.


Jean Bodin explicó hace más de tres siglos que el estado tiene en esencia soberanía (superioridad del poder político interno e independencia internacional) y con esa idea muchos se han quedado. Pero el poder político ya no puede. Pero ya antes de la pandemia las poblaciones reclamaban de la política soluciones que ésta ya no puede dar: los gobiernos ya encuentran límites a su financiamiento, los desequilibrios económicos que inspiran desconfianza generan grandes turbulencias en los mercados, los liderazgos políticos son cada día más fugaces, y los emergentes públicos -desde Greta Thunberg hasta Abiy Ahmed pasando por Sandra Oh e Indya Moore- son imprevistos.


Incluso fue admitiendo esto que muchos países han puesto en marcha desde que empezó el siglo XXI un proceso de reducción de la alícuota de impuesto corporativo (cuya alícuota promedio se ha reducido en las mayores economías del mundo más de 30%): un modo de conducir lo inevitable.


El tiempo de cambio es profundo y acudir a las herramientas del pasado no ayuda demasiado. Los procesos sociales se enfrentan hoy al debilitamiento de una herramienta cuasimágica, el poder político. Ahora habrá que encontrar otros instrumentos, más consensuales, espontáneos, privados, informales, legítimos, horizontales, abiertos.


El mundo que suceda a la pandemia será desordenado, volátil, complejo. Podríamos prever algunas cualidades que no serna sino proyecciones en aceleración de lo que habíamos visto ya en los últimos años en avance.


Una primer cualidad de este nuevo mundo es el “competivismo”. Los países ya no cooperan como hace unos años y ejecutan reformas domésticas para sacar ventajas. Las políticas monetarias expansivas son un ejemplo de ello, pero más lo son las reducciones regulatorias: el Banco Mundial detectó entre 2018 y 2019 en 115 países 294 reformas regulatorias simplificando la acción de las empresas (destaca los casos de Arabia Saudita, Jordania, India o Bahréin) y lo más relevante en esta materia es el proceso de desregulación en Estados Unidos (reducción de costos estimada en 50.000 millones de dólares), en una tendencia que quiere seguir el Brasil de Bolsonaro y a la que adhiere como uno de sus pilares ideológicos para la ruptura con la UE Boris Johnson. Ese competivismo se exhibe también en la constante reducción planetaria de impuestos a las empresas: la alícuota promedio de impuesto corporativo en el mundo se mueve a la baja y mientras era en 1980 de 40,3%, hoy lo es de 24,1%.

Una segunda condición vigente es el “aliancismo selectivo”. Los países ya no buscan un mundo horizontal amigable sino que han advertido que la reducción de obstáculos en frontera no lleva a plataformas domésticas equivalentes (por eso aparecen discusiones sobre diversas condiciones locales, como en EEUU contra China). Eso llevaría a agrupaciones de países que pactan aperturas reciprocas y dejan fuera a aquellos que consideran divergentes. Son ejemplo de ello los pactos recientes de la Unión Europea con Canadá y con Japón y el acuerdo entre alrededor de 50 países africanos. Hoy están vigentes más de 300 acuerdos de apertura comercial reciproca en el mundo y 50% del comercio transfronterizo mundial ocurre dentro de estos pactos (mientras se debilitan instituciones globales como la OMC).


Esto se vincula con la politización: los países pactan en función de coincidencias estratégicas que superan la materia económica. La propuesta de un gran acuerdo post Brexit de EEUU al Reino Unido es un ejemplo, como también lo es la “Nueva Ruta de la Seda” china.


Hay una tercera condición, que es tecnológica: la economía mundial se encuentra en medio de un inusitado proceso de reformas de la matriz productiva: la globalización ya no tiene el motor mayor en el alza de intercambio de bienes físicos sino en la generación de intangibles globales. Intangibles como invenciones, conocimiento apropiado y aplicado, licencias y patentes, know-how, ideas, la ingeniería como insumo, marcas comerciales, organización funcional, diseño, sistemas de comunicación económica en procesos integrados trasfronterizos de creación de valor, estándares certificados y el talento en la producción son los que impulsan la nueva economía. El profesor Barcuh Lev reclama desde la NYU que se redefinan patrones de medida económica de los activos de las empresas porque se está infracomputando a los intangibles; y Jonathan Haskel (en “Capitalism without capital”) asevera que en el mundo por cada dólar que se invierte hoy en tangibles se está invirtiendo 1,2 en incorpóreos. Dice McKinsey que el valor generado a través de intangibles ya duplica al generado por los tradicionales tangibles.


Así, es previsible que después de la corriente crisis sanitaria aparecerán exigencias nuevas en las regulaciones al flujo transfronterizo de personas y bienes, y que consecuentemente quedarán más cómodos los flujos de intangibles y servicios. Y es esperable que lo virtual gane terreno (desde el teletrabajo hasta los robots teledirigidos). Y que en los flujos de inversiones y comercio las exigencias cualitativas muy posiblemente superen en incidencia a las cuantitativas (formadas especialmente por las meras reducciones arancelarias o de costos nominales directos para transacciones).


Las instituciones multilaterales con las que hoy cuenta el mundo están probando que fueron concebidas para el siglo pasado y no han podido ni coordinar ni reaccionar con fuerza, y es bien posible que nos debamos preparar para la discusión de una nueva estructura institucional global, dado que, además, las instituciones nacionales claramente han quedado inertes y superadas por el fenómeno. Puede pensarse que -al revés de los que creen que esto desatará, después de esta crisis, una ola de retracción nacionalista- deba preverse que la globalidad se exacerbe novedosamente porque ya ni los problemas de salud pública son nacionales (como ya no lo son los climáticos, los productivos, los de seguridad, los financieros o cambiarios, los culturales y los científicos).


Dicho de otro modo: es imaginable que el mundo comercial que emerja después de esta crisis sanitaria (no solo por los bienes y los servicios sino por la calificación de empresas, las condiciones para la actuación de personas involucradas en negocios internacionales, los proyectos que el mercado demande o premie) esté basado en exigencias nuevas, creciente presencia de intangibles (estándares, nuevo know-how, innovación que abastezca novedosas aspiraciones, nuevas garantías y atributos reputacionales, propiedad intelectual, saber aplicado) y que crecerá fuertemente la actividad virtual, cognitiva, remota y teletecnológica.


La hasta hoy llamada cuarta revolución industrial se potenciará.

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