Políticas públicas y teoría de género...¿Simple perspectiva o nueva hegemonía?









Qué es la perspectiva de género


La perspectiva de género se desarrolla históricamente en torno al análisis de las relaciones vinculares entre hombres y mujeres y la redefinición de los roles socioculturales establecidos. El concepto de “género” en sí ha ido evolucionando su significado de acuerdo con el desarrollo de teorías principalmente feministas, pero también en función del surgimiento de múltiples reclamos sociales y movimientos políticos. Por eso,

La perspectiva de género –en tanto caja de herramientas que permite analizar, diseñar y alterar políticas públicas que atiendan a las desigualdades basadas en el género– se ha ido modificando desde sus orígenes en la década del cincuenta. Esta perspectiva consiste en un abordaje específico de los fenómenos sociales, que recurre a herramientas analíticas desarrolladas por los feminismos como movimiento político y tradición académica. La perspectiva de género comprende marcos teóricos y metodologías que sirven para investigar e intervenir sobre las desigualdades estructurales en el acceso a bienes materiales y simbólicos que afectan a los sujetos en función de su identidad o expresión de género –es decir, el complejo modo en que se apropian subjetivamente de y son asignados socialmente en relación con la feminidad o la masculinidad– (Bergallo & Moreno, 2017, pág. 46).

En sus orígenes el concepto de género ofreció la posibilidad de cuestionar el de sexo biológico en el marco de la reflexión política; el primer concepto representaba la construcción cultural de la sexualidad, identificando así los condicionantes de la propia libertad; mientras que el segundo concepto aludía simplemente a los aspectos biológicos, aquellos sobre los cuales la cultura patriarcal hegemónica fundaba los prejuicios que daban origen a la opresión y dominación; lo construido frente a lo natural. Sin embargo, como se verá más adelante, esta mirada simplificaba el concepto de sexo en sí mismo ya que desconocía la distinción de “un «sexo» como sexualidad o práctica erótica, una «identidad sexual» definida como elección del objeto de deseo y un «rol sexual» como una serie de prescripciones culturales y de expectativas respecto a lo que es apropiado para un hombre y una mujer en cuanto a su deseo y comportamiento erótico” (Osborne & Petit, 2008, pág. 147); de modo que sexo posee en sí mismo una significación más amplia que la puramente biológica.


Por otro lado, la perspectiva de género fue ampliando su marco de explicación hacia disciplinas de los campos más diversos, de modo que fue mutando su conceptualización:

desde los años 70, el género se fue definiendo en término de status, de atribución individual, de relación interpersonal, de estructura de la conciencia, como modo de organización social, como ideología o como simple efecto del lenguaje. Esta multiplicidad de sentidos y planteamientos no comienza a ser una fuente de especial preocupación para las teóricas feministas hasta que se añade en los años 80 el cuestionamiento de la propia utilidad del género como categoría analítica con la capacidad excepcional que se le había atribuido para desvelar la situación de la opresión de las mujeres (Osborne & Petit, 2008, pág. 148).

De este modo, el término género evoluciona desde una mera conceptualización cultural del sexo a conectar la organización social con aspectos psicológicos, roles sociales, símbolos culturales, etc., haciendo un especial hincapié en la situación y rol social de la mujer. Sin embargo, la conceptualización del género sin el uso del término tiene un antecedente relevante en Simone de Beauvoir, importante referente feminista; su memorable expresión “no se nace mujer, se llega a serlo” presentada en la obra El Segundo Sexo (1949), sienta las bases para una discusión que trasciende la mera biología en la categorización del binomio hombre-mujer. Beauvoir cuestiona que la mujer-hembra se distinga en la especie humana por contraposición al varón, pero que a la vez no se pueda definir en sí misma por su condición de hembra. Por lo tanto, ¿qué es una mujer? La mujer no se define por un destino fisiológico, económico o psicológico: “todo sujeto se afirma concretamente a través de los proyectos como una trascendencia, sólo hace culminar su libertad cuando la supera constantemente hacia otras libertades; no hay más justificación de la existencia presente que su expansión hacia un futuro indefinidamente abierto” (De Beauvoir, 1995, pág. 64). Es decir, hay una construcción del ser mujer que no viene definido por entidades inmutables biológicas que definan los caracteres.


Kate Millett, en la década del 70, lleva la discusión acerca del sexo y los roles sociales que éste implica a los términos de una relación política de dominación: “Aun cuando hoy día resulte casi imperceptible, el dominio sexual es tal vez la ideología más profundamente arraigada en nuestra cultura, por cristalizar en ella el concepto más elemental de poder. Ello se debe al carácter patriarcal de nuestra sociedad y de todas las civilizaciones históricas” (Millett, 1995, pág. 70). De este modo, el sistema de género es concebido desde la relación social hegemónica que genera la opresión hacia la mujer y, por lo tanto, la desigualdad sexual.


Así, en la búsqueda de una definición acerca de qué es la mujer en sí misma, desde el aspecto meramente sexual se estaría hablando de una mujer como hembra humana, mientras que desde el género sería entendida como el producto de una relación política de domesticación patriarcal (Osborne & Petit, 2008, pág. 152). Lévi-Strauss, si bien entiende al sujeto humano como varón o mujer, plantea el parentesco como una relación de imposición biológica del hombre sobre la mujer, en la cual ésta es un mero producto de intercambio para el armado de relaciones (Lévi-Strauss, 1969). Así es como el análisis acerca del rol de la mujer y su opresión sociocultural como si se tratara de una mercancía alimenta la teoría de género como una perspectiva de liberación, al punto de poder concluir, con Gayle Rubin, que “el movimiento feminista tiene que soñar con algo más que la eliminación de la opresión de las mujeres: tiene que soñar con la eliminación de las sexualidades y los papeles sexuales obligatorios. (…) Una sociedad andrógina y sin género (aunque no sin sexo), en que la anatomía sexual no tenga ninguna importancia para lo que uno es, lo que hace y con quién hace el amor...” (Rubin, 1986, pág. 135).


CLAVE I. Hoy en día la perspectiva de género se presenta en los más diversos campos de las ciencias sociales como un continuo cuestionamiento de los roles ejercidos históricamente por hombres y mujeres en la sociedad, redefiniendo éstos y el mismo concepto de sexo, de modo que no se opere ni catalogue sobre un binomio biológico, sino sobre una diversidad sexual de géneros: heterosexual, homosexual, bisexual, travesti, intersexual, transexual, transgénero, queer, etc.


CLAVE II. El concepto de género como categoría social es presentado, además, como una propuesta superadora a nivel sociocultural de las categorías biológicas deterministas. El género al ser asociado a roles y relaciones culturales determinadas por consensos y contextos, es una categoría transdisciplinar. Por lo tanto:


La perspectiva de género opta por una concepción epistemológica que se aproxima a la realidad desde las miradas de los géneros y sus relaciones de poder. Sostiene que la cuestión de los géneros no es un tema a agregar como si se tratara de un capítulo más en la historia de la cultura, sino que las relaciones de desigualdad entre los géneros tienen sus efectos de producción y reproducción de la discriminación, adquiriendo expresiones concretas en todos los ámbitos de la cultura: el trabajo, la familia, la política, las organizaciones, el arte, las empresas, la salud, la ciencia, la sexualidad, la historia (Gamba & Diz, 2007).

CLAVE III. Esta perspectiva ha sido asumida por diversos gobiernos como eje del desarrollo de numerosas políticas, especialmente educativas, no tanto por su análisis teórico acerca de las relaciones sociopolíticas entre hombres y mujeres sino más bien legitimada por las diversas y múltiples conquistas sociales logradas en defensa del reconocimiento de derechos civiles y políticos de las mujeres y diversas minorías a lo largo de las últimas décadas del siglo XX.


¿Sólo una perspectiva?


La presencia de la perspectiva de género en la reflexión académica y en el desarrollo de políticas públicas ha ido acompañando diferentes procesos históricos que podrían llevar a considerar si existe realmente una perspectiva de género o diversos enfoques que la conceptualizan. Si uno se remite al origen del término, el género en sí mismo proviene del uso gramatical, el cual permite clasificar palabras como femeninas, masculinas o neutras[1] en función del lenguaje. Sin embargo,

a partir de la segunda mitad del siglo XX empieza a considerarse, cada vez con más fuerza, que los rasgos propios de la feminidad y la masculinidad obedecen a la asignación de roles o funciones a cada uno de los sexos por parte de la sociedad. De esta manera, la expresión género, que en un principio tenía un uso meramente gramatical, pasó a convertirse en una categoría utilizada por las ciencias sociales para el estudio de las diferencias entre varón y mujer (Miranda-Novoa, 2012, pág. 343).

En este sentido, Joan Scott, académica e historiadora estadounidense especializada en investigación en historia del género, sostiene que este concepto abrió la posibilidad de universalizar, dentro del ámbito político-académico, los reclamos específicos del feminismo:

el empleo de “género” trata de subrayar la seriedad académica de una obra, porque “género” suena más neutral y objetivo que “mujeres”. “Género” parece ajustarse a la terminología científica de las ciencias sociales y se desmarca así de la (supuestamente estridente) política del feminismo. En esta acepción, “género” no comporta una declaración necesaria de desigualdad o de poder, ni nombra al bando (hasta entonces invisible) oprimido. […] Este uso de “género” es una faceta de lo que podría llamarse la búsqueda de la legitimidad académica por parte de las estudiosas feministas en la década de 1980 (1990, pág. 27).

De este modo, el término género permite, como categoría analítica, escindir la dimensión biológica corporal de la dimensión cultural y reunificarlas comprendiendo el cuerpo como “la superficie material en la que la cultura talla la(s) identidad(es) subjetiva(s), donde la sociedad define la forma aceptable de varones y mujeres, los únicos dos protocolos corporales legitimados como naturaleza humana” (Péchin, 2011, pág. 191). Esto permite poner en discusión no tanto la subordinación de la mujer como mujer sino las relaciones de género como relaciones de poder en tanto que son relaciones sociales (Scott, 1990).


CLAVE IV. ¿Qué se ofrece, entonces, desde una perspectiva de género? Un análisis de este marco conceptual específico de políticas sociales y educativas requiere lo mismo del concepto de perspectiva. La Real Academia Española la define como “punto de vista desde el cual se considera o se analiza un asunto” o “panorama desde un punto de vista determinado”.[2] Por lo tanto, siguiendo el desarrollo histórico del concepto de género resultaría posible afirmar que la perspectiva de género, como perspectiva en sí, no deja de ser una mirada singular sobre la realidad sociocultural y sus diversas situaciones y relaciones. Esta mirada singular pone, hoy principalmente, el énfasis en las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Esto permite que la reivindicación de derechos de las mujeres como mujeres (y la equiparación de estos derechos con los de los varones) se realice desde un marco explicativo que permita comprender la realidad para poder modificarla. La perspectiva de género ofrece las herramientas analíticas para realizarlo porque:

provee marcos teóricos y metodologías útiles para analizar e intervenir sobre las desigualdades estructurales en el acceso a bienes materiales y simbólicos que afectan a los sujetos en función de su identidad o expresión de género, el complejo modo en que se apropian subjetivamente de, y son asignados socialmente en relación con, la feminidad o la masculinidad (Basterra, 2016, pág. 432).

Más allá de las perspectivas de análisis, es indudable que, históricamente, se han forzado las diferencias entre varones y mujeres para naturalizar la asignación de determinados roles en función del sexo. Por este motivo hoy resulta fundamental analizar el esquema de relaciones socioculturales que evidencian las asimetrías de roles y relaciones de mujeres y varones. Sin embargo, no es tanto la diferenciación social de roles basada en características biológicas lo que motiva los movimientos feministas emancipatorios sino las estructuras políticas y culturales que, con una lógica determinista amparada en dichas características, generaban y sostenían situaciones de desigualdad. Sin embargo, en la búsqueda de la igualdad reivindicadora de derechos no siempre se ha compartido la idea de que

para ser ‘iguales’, las mujeres tuvieran que aceptar los valores sociales machistas predominantes […], ni aceptaban que el ‘tratamiento igual’ liberaría a las mujeres en aquellos casos en que condujera a resultados desiguales o cuando significara igualdad en la miseria, ni que la igualdad económica, social y política exigiera que las mujeres y los hombres realizaran las mismas tareas, ni que las mujeres y los hombres fueran esencialmente idénticos. No subestimaban la diferencia sexual, sino que insistían en el derecho de las mujeres a ser diferentes y consideraban que este enfoque no era una expresión de carencia de poder y de resignación, sino de orgullo, poder y autoafirmación femeninos. Las feministas francesas resumían esta concepción como ‘la igualdad en la diferencia’ (Bock, 1991, pág. 414).

Por lo tanto, retomando la noción de perspectiva como punto de vista se podrá comprender la necesidad de repensar aquellas estructuras sociales reproductoras de desigualdad en función de la mera caracterización biológica, ya que con el concepto de género se propone hacer foco en todo aquello que es construido culturalmente y por lo tanto pasible de dinamismo.


VISIÓN SANA. En definitiva, el principal mérito de los estudios de género consiste en que han permitido poner el acento en las diferencias sociales reproductoras de desigualdad. En este sentido se comprende la idea que menciona Bock (1991, pág. 414) de buscar la “igualdad en la diferencia” como principal motivante para la conquista de derechos: hombres y mujeres, si bien son diferentes en muchos aspectos biológicos, pertenecen a una misma especie humana por lo cual ambos son merecedores de los mismos derechos en función de su igualdad y dignidad. Es por esto que resulta necesario y prioritario, culturalmente, poner el foco de análisis en la reproducción de desigualdad.


Sin embargo, como el género es “un concepto en permanente transformación por cuanto implica una mirada sobre lo social nutrida de categorías producidas en el seno de los movimientos sociales y de la academia” (Basterra, 2016, pág. 432), hoy en día

la perspectiva de género se complejizó al entretejer el análisis del género con las jerarquías sociales vinculadas al campo de la sexualidad, respondiendo a desarrollos del movimiento social y la academia LGBTI. A partir de la década del dos mil se comienza a hablar cada vez más de perspectiva de género y diversidad sexual, atendiendo a estos dos campos diferentes analíticamente pero estrechamente relacionados en las vivencias de las personas (Basterra, 2016, pág. 435).

De este modo se explica que hoy, fruto del carácter cambiante y susceptible de transformaciones que ofrece el concepto de género, la redefinición de roles sociales desiguales entre varones y mujeres no parece haberse convertido en la prioridad de la perspectiva que originariamente se impulsó con la Declaración de Beijing. Esto se debe a que “se modifican los consensos políticos y académicos sobre los significados de diversas nociones relevantes y también sobre las modalidades de intervención sobre distintos problemas sociales” (Basterra, 2016, pág. 432). Sin embargo, así se alimentan las polémicas en torno a políticas públicas fundadas desde un marco conceptual que no termina de definirse.


Kate Millet sostiene, de hecho, que “tan arbitrario es el género que puede incluso oponerse a la base fisiológica: «aunque los órganos genitales externos (pene, testículos y escroto) favorecen la toma de conciencia de la masculinidad, ninguno de ellos (como tampoco su conjunto) resulta imprescindible para que esta se produzca»” (Millet, 1995, pág. 78). Estos mismos conceptos son los que se han podido observar en documentos mencionados en el Capítulo 4, en los cuales se sostiene, por ejemplo, la posibilidad de que haya mujeres con pene y hombres con vagina.[3] Se advierte así que hoy el concepto de género pareciera tener el

propósito de eliminar, de forma absoluta y radical, las diferencias de género y sexo entre varón y mujer. La justificación de dicho objetivo radica en que la aceptación de cualquier tipo de diferencia entre los sexos es traducida como la perpetuación y el fortalecimiento del patriarcado, es decir, del modelo de la subordinación de la mujer al varón (Miranda-Novoa, 2012, pág. 350).

De este modo, la concepción constructivista del género que critica Miranda-Novoa justifica la eliminación de las diferencias de sexo basándose en la noción de un sistema patriarcal que rige las relaciones sociales, políticas, económicas, etc. instaurando el modelo heteronormativo que

presenta a la heterosexualidad como una norma “implícita” de comportamiento, la cual está socialmente jerarquizada sobre otros tipos de orientaciones sexuales. Se presupone que todas las personas “son” y “deben ser” heterosexuales, lo que es considerado “normal”, “saludable”, “natural”. Este régimen se sostiene y reproduce a partir de instituciones que legitiman y privilegian la heterosexualidad en conjunción con variados mecanismos sociales que incluyen la invisibilización, exclusión y/o persecución de todas las expresiones de la sexualidad que no se adecuen a él. Es por ello que toda acción destinada a erradicar la discriminación por orientación sexual y/o por identidad de género es una manera de desarmar las relaciones de poder que se instituyen a partir de la hegemonía social y cultural del régimen heterosexual (Raviolo, Francia, & Pincione, 2017).

CLAVE V. Concebir la existencia de un régimen sociocultural heterosexual hegemónico como marco comprensivo y explicativo de las desigualdades entre hombres, mujeres y las ahora llamadas “disidencias sexuales” pone de manifiesto que la teoría de género no pareciera simplemente aportar una perspectiva sino la explicación acompañada de la solución: deconstruir todo aquello que remita a lo que identifica como régimen o sistema hegemónico actual.


La perspectiva de género como nueva hegemonía político-cultural


Graciela Morgade, actual Subsecretaria de Participación y Democratización Educativa del Ministerio de Educación de la Nación, y especialista en educación sexual con perspectiva de género, relata en un reciente trabajo el proceso mediante el cual se redactaron consensuadamente los lineamientos curriculares que establece la Ley 26.150. Allí cuenta que en la comisión redactora se dieron intensas discusiones y que, “a pesar de la buena voluntad de todas las especialistas académicas, terminó habiendo dos documentos porque la Iglesia, como es habitual, logró incluir algunas de sus condiciones en el documento general y terminó proponiendo otro” (Morgade, 2016, pág. 73). De manera llamativa la autora considera “especialistas de buena voluntad” solamente a quienes representan el enfoque que ella sostiene, mientras quienes poseen un enfoque diferente no parecieran ser ni académicos ni especialistas sino meros reproductores de los dictados institucionales del régimen hegemónico cuestionado. Más adelante, afirmará que

“la sexualidad” es un campo en disputa en la academia. Durante décadas, o siglos podríamos afirmar, una vez consolidadas las “ciencias” frente a la religión y la metafísica, la sexualidad fue patrimonio de la medicina y de las ciencias biológicas. La disputa no es menor, ya que el modelo hegemónico en la enseñanza de la sexualidad ha sido “compartido”, al menos desde su perspectiva dogmática, tanto por la religión como por las instituciones biomédicas (Morgade, 2016, pág. 75).

La Ley 26.150 entiende la educación sexual integral como “la que articula aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos” (Art. 1) y, por lo tanto, también culturales. En este sentido es comprensible la presencia de la dimensión tanto médica como religiosa, las cuales responden a dimensiones científicas y culturales, y no simplemente a perspectivas dogmáticas.[4] Por lo tanto, ¿cuál sería el motivo que justificase como único enfoque de análisis y acción el que propone la perspectiva de género? Podemos observar que no se presenta solamente como un enfoque de análisis sino como una propuesta superadora que debe ser aplicada tanto en políticas públicas como en los más diversos ámbitos sociales y culturales.


CLAVE VI. Resulta llamativo que los autores que promueven la perspectiva de género suelen presentarla descalificando cualquier enfoque alternativo u ofreciendo soluciones en función de afirmaciones contundentes que también podrían ser cuestionadas como “dogmas” (por ejemplo, “el género es una construcción cultural”), y sin dialogar con otras perspectivas. Éstas, además, son calificadas despectivamente de hegemónicas para ser deslegitimadas y reemplazadas.


Por otro lado, la perspectiva de género no sólo se hace presente en todos los ámbitos políticos, sociales y culturales, sino que se promueve activamente incluyéndose en todo tipo de material formativo y de difusión mediática. Esto se debe a que, si bien para algunos autores simplemente ofrece un enfoque de análisis explicativo, cada vez más es considerada como

una mirada específica e imprescindible acerca de las injusticias basadas en el género y sus relaciones causales con la política pública. La acción o la omisión del Estado siempre tienen un sesgo en relación con el género, es decir que reporta beneficios para algunos sujetos e impacta negativamente sobre otros en función de sus identidades o expresiones de género. La misma consideración hay que tener respecto de la sexualidad y las relaciones sociales jerárquicas que implica. Cuando se omite la perspectiva de género y diversidad sexual la política pública refuerza los privilegios de los grupos hegemónicos y acentúa las desventajas de los sujetos subordinados (Moreno & Rossi, 2018, pág. 723).

CLAVE VII. Entender la sexualidad humana en el marco de las relaciones políticas de poder supone un determinado posicionamiento teórico que obliga a reflexionar acerca de su carácter ideológico, como se ha visto en el apartado anterior. Y si omitir esta perspectiva trae indefectiblemente como consecuencia el refuerzo de los “privilegios hegemónicos” presentados como los supuestos causantes de la desigualdad, se convierte en una teoría necesaria con pretensiones universalistas y excluyentes, ya que no reconoce la existencia de otras miradas sino, a lo sumo, perspectivas analíticamente relacionadas. En este sentido, es importante considerar la conveniencia (o no) de asumirla como universal.


Kate Millet, a su vez, explica el sexo (biológico, corporal) como una categoría social impregnada de política,[5] con lo cual las relaciones sociales entre personas de diferente sexo necesariamente se darán en virtud de asimetrías de poder, las cuales estarán fundadas en asignaciones estereotipadas por la cultura hegemónica dominante:

Así, por ejemplo, 1a política sexual es objeto de aprobación en virtud de la «socialización» de ambos sexos según las normas fundamentales del patriarcado en lo que atañe al temperamento, al papel y a la posición social. El prejuicio de la superioridad masculina, que recibe el beneplácito general, garantiza al varón una posición superior en 1a sociedad. El temperamento se desarrolla de acuerdo con ciertos estereotipos característicos de cada categoría sexual (la «masculina» y 1a «femenina»), basados en las necesidades y en los valores del grupo dominante y dictados por sus miembros en función de lo que más aprecian en sí mismos y de lo que más les conviene exigir de sus subordinados: la agresividad, la inteligencia, la fuerza y la eficacia, en el macho; la pasividad, la ignorancia, la docilidad, la «virtud» y la inutilidad, en la hembra. Este esquema queda reforzado por un segundo factor, el papel sexual, que decreta para cada sexo un código de conductas, ademanes y actitudes altamente elaborado (Millet, 1995, pág. 72).

La masculinidad es entendida, entonces, como responsable de las injusticias sociales y la desigualdad. La deconstrucción de la masculinidad permitiría, ante todo, desestructurar la “familia heteropatriarcal” que es entendida como una institución social y económica opresora:

Lo económico, ligado a lo reproductivo, está necesariamente vinculado con la reproducción de la heterosexualidad. [Para la familia tradicional] No se trata simplemente de que excluya las formas de sexualidad no heterosexuales, sino de que su eliminación resulta fundamental para el funcionamiento de esta normatividad previa. No se trata sencillamente de que ciertas personas sufran una falta de reconocimiento cultural por parte de otras, sino, por el contrario, de la existencia un modo específico de producción e intercambio sexual que funciona con el fin de mantener la estabilidad del sistema de género, la heterosexualidad del deseo y la naturalización de la familia (Butler, 2000).

Considerando estas nociones acerca de la sexualidad se sostiene, desde un posicionamiento gramsciano, que una histórica clase patriarcal dominante impuso su poder y visión del mundo de manera hegemónica a través de diversas instituciones y organizaciones sociales y religiosas, imprimiendo su propio interés como si se tratara del sentido común general de la sociedad, de manera normativa. Gramsci sostiene que

“hegemonía” significa un determinado sistema de vida moral [concepción de la vida, etcétera], he ahí que la historia es historia “religiosa”, según el principio “Estado-Iglesia” de Croce. ¿Pero ha existido alguna vez un Estado sin “hegemonía”? (…). Hay lucha entre dos hegemonías, siempre. ¿Y por qué triunfa una de ellas? ¿Por sus dotes intrínsecas de carácter “lógico”? [La combinación en la que el elemento hegemónico ético-político se presenta en la vida estatal y nacional es el “patriotismo” y el “nacionalismo” que es la “religión popular”, o sea el vínculo por el que se verifica la unidad entre dirigente y dirigidos.] (Gramsci, 1975, pág. 339).

De este modo, los cuestionamientos que la perspectiva de género hace a los planteos hegemónicos tradicionales en torno a la enseñanza de la educación sexual serían más bien una crítica hacia un “sentido común normativo” de pretendida universalidad, instalado por una tradición sociopolítica (y religiosa) dominante. Esta perspectiva plantea que, ante la redefinición de los valores asociados a la sexualidad, así como de los agentes responsables de llevar adelante la educación sexual de niños y adolescentes, es necesario concebir al cuerpo sexuado desde la noción de “construcción social” en contraposición a la heteronormatividad impuesta, y desde allí construir la perspectiva de género como nueva forma de ver y enfrentar la realidad. Esta construcción suele ser encabezada por el feminismo que buscaría reemplazar al patriarcado, reproductor cultural de la masculinidad hegemónica, representando al colectivo oprimido de mujeres y, por ejemplo, a aquellas personas que se identifican con la comunidad LGBT+.


FUNDAMENTAL. Si recordamos que vivimos en una sociedad plural y diversa, no pareciera muy sano, democráticamente hablando, sostener ni promover desde el Estado una perspectiva única homogeneizadora de las realidades políticas y sociales anulando la pluralidad. Es por esto por lo que algunos autores, con apariencia de pluralidad, sostienen que

lo político es siempre una instancia de “lucha”. Pero (…) no sería una lucha “antagónica” de la que solo se sale mediante la destrucción del/de la oponente, sino una lucha “agonística” (…), en las que el combate mantiene la relación adversarial sin que ésta se transforme en una relación amigo-enemigo radical, absoluta.
En esta manera de entender lo político, para los feminismos y los movimientos sociosexuales orientados por la teoría “queer”, tanto los cuerpos como las estructuras son territorios de disputa; también lo es el Estado en tanto articulador de la política en general. Y muy centralmente lo es la política educativa en cuestiones de género y sexualidades ya que, en tanto campo de disputa de intereses sobre “los cuerpos y las mentes”, tiene expresiones y determinaciones específicas: actores políticos civiles y religiosos, actores políticos académicos, sistemas internalizados de creencias y valores en los sujetos particulares, intereses económicos, etcétera (Morgade, 2016, pág. 67).

De este modo se justifica la deslegitimación de lo establecido mediante su categorización como hegemonía, a la vez que se sostiene una lucha agónica que ofrece la apariencia de debate plural mientras va tomando forma una nueva hegemonía que se presenta como revolucionaria a nivel gnoseológico y moral.


Consideraciones finales


CLAVE VIII. Es evidente que el Estado tiene la responsabilidad de velar por los derechos humanos de toda la población, especialmente de aquella más vulnerable por ser excluida o minoritaria pero no en cuanto individuos pertenecientes a un determinado colectivo “relegado” sino en cuanto personas individuales, pero sociales, que son ciudadanos argentinos y por lo tanto sujetos de derechos. Es en este sentido que el reconocimiento a la identidad única de cada persona es el fundamento del reconocimiento de la diversidad social, y no al revés.


La identidad individual no debe subsumirse forzadamente en una identidad colectiva homogeneizadora. La reivindicación de derechos de una población minoritaria exige su visibilización a la vez que el conocimiento de los diversos grupos existentes en la sociedad para la comprensión integral de su cultura. Martha Nussbaum sostiene que “se requiere el conocimiento sobre los varios subgrupos étnicos, nacionales, religiosos y de género que conforman la propia nación, y sobre los logros, las luchas y los aportes de esos subgrupos, pero también sobre las tradiciones y las naciones ajenas” (Nussbaum, 2010, pág. 115).


La comprensión y reconocimiento de la diversidad cultural de una sociedad no debería forzarse mediante la imposición de una única perspectiva. La perspectiva de género se posiciona de manera hegemónica y con pretensión de universalidad desde los más diversos ámbitos culturales, pero principalmente cuando se apropia (y goza) de las estructuras políticas del Estado para instalarse como la única perspectiva que garantiza la igualdad, la libertad y el derecho a la diversidad.


Difícilmente podrían encontrarse políticas públicas que no respondan a ningún posicionamiento teórico-ideológico; la perspectiva de género, sin embargo, se explicita como marco de estudio transversal en las universidades, como eje rector de numerosas leyes, políticas públicas, materiales curriculares, discursos, etc. Sus postulados son expresión frecuente del mundo artístico y periodístico, ocupando espacios de privilegio en los medios masivos de comunicación, etc., en general deslegitimando no sólo las demás miradas sino excluyendo todas aquellas que contradigan sus afirmaciones y lectura de la realidad. Es de esta manera que es posible afirmar, por lo tanto, que la perspectiva de género ha devenido en la nueva hegemonía político-cultural.

[1] Categoría gramatical inherente en sustantivos y pronombres, codificada a través de la concordancia en otras clases de palabras y que en pronombres y sustantivos animados puede expresar sexo. Ver definición de la RAE. [2] Ver definición de la RAE. [3] “Las feminidades y las masculinidades, así como otras expresiones de género, son vivencias personales que no se vinculan con una genitalidad ni una corporalidad determinadas. Por eso, en este manual se utilizan los términos “sistema genital pene-testículos” y “sistema vulva-vagina-útero-ovarios” para hacer referencia a la corporalidad promedio de las personas, teniendo en cuenta que no todas nacen con los sistemas genitales definidos de la misma manera” (Comas & Otero, 2018, pág. 204). [4] Dogma: proposición tenida por cierta y como principio innegable. Ver definición de la RAE. [5] Kate Millet entiende por política “el conjunto de relaciones y compromisos estructurados de acuerdo con el poder, en virtud de los cuales un grupo de personas queda bajo el control de otro grupo” (Millet, 1995, pág. 68).

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