La colonización del peronismo








Soy de los que creen que el peronismo caducó el 1 de julio de 1974, día en que murió su viejo líder. Entendámonos: caducó como sujeto activo de nuestra vida pública, como generador de marcas en la historia. Subsistió, y quizás siga subsistiendo, según la frase de Jorge Asís que recuerdo imprecisamente, como una “máquina generadora de recuerdos que producen votos”. Los sucesivos gobiernos lo maltrataron, ningunearon, subestimaron o usaron; es decir, lo convirtieron en objeto del conflicto político.


Así Alfonsín intentó subalternizarlo, Menem se apoyó en él sin consultarlo para un nuevo proyecto a la vez conservador y modernizante y Kirchner, a fuerza de látigo y chequera, lo convirtió en recurso político de su cleptocracia. Ninguno de ellos se empeñó sistemáticamente en alterar su realidad íntima y la significación histórico-cultural que pervivía en él. Realidad y significación que, por lo demás, tampoco fue revivida por sus cuadros dirigenciales. Hubiesen debido hacer las cuentas con su más preciado valor, el pensamiento estratégico de Perón, discerniendo lo que permanecía vivo en él y actualizándolo en función de las nuevas realidades, algunas de las cuales el mismo fundador había vislumbrado.


Las cosas comenzaron a mutar con el acceso de CFK a la Presidencia y, sobre todo, con la muerte de su marido. Allí nace el proyecto de hacer conscientemente del partido oficialista otra cosa. Por un lado a través de un nuevo “trasvasamiento generacional” en que los jóvenes cristinistas sustituyesen a los despreciados cuadros preexistentes. Por otro, comenzando a declinar el verbo peronista según un sesgo ideológico que combinaba curiosamente el “nacionalismo” marxista con el progresismo sociocultural y moral.


La primera tarea correspondió, naturalmente, a La Cámpora. En la praxis política su estructura comenzó a desplazar a la del Partido Justicialista. El cambio fue progresivamente visible en la integración de las listas legislativas y, tratándose del Ejecutivo, en el decidido intento de captación de las “cajas” más significativas. A diferencia del PJ, La Cámpora expresaba la concepción leninista de un “ejército de revolucionarios profesionales”. Sí, aunque alguno sonría: revolucionarios, porque subjetivamente así se sentían; y profesionales, vaya si lo fueron…


Paralelamente avanzaba la colonización ideológica. En este plano se abrió una inesperada veta para las viudas de la Unión Soviética, como los Heller, los Sabatella, los Barcesat y tantos otros. Divine surprise…! El prolongado esfuerzo, en el fondo gramsciano, de Vittorio Codovilla comenzaba a rendir frutos políticos prácticos por vías inesperadas, sesenta años después de que, en las elecciones de febrero del ’46, el PC convocase a la “unidad democrática para batir al nazi-peronismo”. “Heterotelia”, como diría Monnerot, o “heterogénesis de los fines”, según el lenguaje de la posteridad de Vico.


Los dos procesos convergerían simbólicamente en estos meses, Por un lado, el jefe de La Cámpora, Máximo Kirchner, se apresta a asumir la presidencia del PJ bonaerense. Lo acompañan algunos de sus coequipers neocamporistas, dispensados para la ocasión no solo del requisito de haber nacido o residir en la Provincia (casi una antigualla folclórica) sino incluso del de ser, al menos, afiliados al Partido, lo que constituye un elocuente indicio de la estimación que por tal estructura histórica albergan. El otro hecho trasciende lo anecdótico para volverse ominosamente simbólico. Me refiero a las declaraciones del mismo dirigente en ocasión de los homenajes tributados a José Rucci en el último aniversario de su fallecimiento, cuando el santacruceño prefirió evocar a Agustín Tosco. Tenía distintos sindicalistas entre los cuales optar; eligió a Tosco, quien había declinado la candidatura que le ofrecía el PRT (ERP), para no romper con el Partido Comunista. El ascendiente de Carlos Heller sobre Máximo tiene raíces…


A esta altura del proceso, la anulación práctica de la subjetividad peronista parece consumada. Y, sin embargo, es difícil imaginar el emprendimiento de una Derecha Popular –como la que desde esta página se propicia– sin la integración en ella de ciertos sectores sociales, territoriales y culturales que se han venido referenciando en el peronismo. Sin ellos, las condiciones de gobernabilidad de una Argentina que quiera escapar al “socialismo del siglo XXI” resultarían –como se ha demostrado- muy menguadas. Para los que aún se sienten peronistas, se trata de una profunda opción cultural. Como ha escrito Claudio Chaves, la idea imperante durante los ’60 de que el peronismo, además de policlasista, podía ser un movimiento “poli-ideológico”, constituyó un error estratégico (Desde la vereda de enfrente). Hoy tocamos sus frutos. Este género de errores puede tornarse especialmente deletéreo en circunstancias de reacomodamiento del poder mundial, cuando sus resultados están lejos de limitarse al plano intelectual.


De eso se trata hoy: de que quienes siguen reconociéndose en el movimiento del ’45 acierten en definir en qué cultura política contemporánea encuentran afinidad y consonancia. De tal acierto, y de los rechazos concomitantes, depende, en gran medida, la configuración del país futuro, si no su misma supervivencia nacional.