La derecha que necesitamos

Transcribimos la versión sintética de la exposición formulada por Miguel Angel Iribarne el 15 del corriente en la Escuela de Conducción Política de la organización Ciudadanos.

 

Durante prácticamente treinta años Chile fue una rara avis en Sudamérica. Y ello tanto por la estabilidad político-institucional, que arranca en 1990, como por su continuidad macroeconómica que incluía un grado significativo de apertura al comercio mundial. Luego, en octubre de 2019, y ante la sorpresa no sólo de ajenos, sino en buena medida de los propios, el país explotó. Durante semanas el Estado pareció perder el monopolio de la violencia, la región metropolitana fue arrasada por el vandalismo y las propuestas más extravagantes comenzaron a hacerse oir e incluso, a encontrar cierto nivel de eco más allá de los grupos crónicamente anárquicos.


Al presidente Sebastián Piñera, encarnación de una centroderecha vergonzante y desvaída , se le ocurrió fugarse hacia delante, y puso en marcha un proceso de reforma de la Constitución, “la Constitución de Pinochet”, como se la llamaba, a pesar de que poco quedaba del texto original forjado en, y plebiscitado durante, la dictadura (1980).


Finalmente se votó, y el cuerpo político emergente resultó un aquelarre constituyente, dominado por la combinacion de comunistas patentados, “socialistas del Siglo XXI”, partidarios de la “cultura de a cancelación” e indígenas secesionistas. El engendro surgido de su trabajo pendió durante los últimos meses como una sombra ominosa sobre el futuro de Chile, mientras se acercaba el momento de la decisión verdaderamente soberana. Esta se pronunció el pasado domingo 4. En este caso, a diferencia del anterior, el voto de la población fue obligatorio, criterio que nos parece discutible cuando se trata de comicios ordinarios, pero sólidamente justificado, en el caso de actos constituyentes, los cuales fijan los términos del pactum subjectionis al que se referían los Escolásticos.


El resultado ha tenido una contundencia inhabitual en los actuales procesos comiciales: el 62 % de los votantes ha rechazado el proyecto de Constitución con el que una minoría vocinglera e iluminada pretendía cambiar sus vidas. Ha preferido postergar hasta nuevo aviso una eventual modificación de la Carta Magna –que ésta probablemente necesite- pero descartando in limine convertirse en conejillos de indias del proyecto antirrepublicano, “plurinacional” y neosocialista que los amenazaba.


Lo que ocurrió bien puede ser definido como la manifestación del instinto de supervivencia nacional en una emergencia que afecta a la identidad del común. Lo que interesa ahora registrar es el hecho de que una mayoría holgada, notoriamente policlasista, haya puesto temporariamente freno y detenido a todo un proceso de “deconstrucción” motorizado por minorías prepotentes. Una sumaria excursión en el tiempo nos puede ofrecer no pocos ejemplos que permitan sustentar la hipótesis de que existe, en este sentido, una plausible regularidad histórica.


Es conocida, por ejemplo, la resistencia de los jacobinos, durante la Revolución Francesa, a implementar el sufragio universal, resistencia acentuada a partir de la experiencia de los comicios legislativos de Prairial del año V, que arrojaron como resultado una Cámara con más de 70 % de diputados monárquicos. Luego vendrían el Imperio napoleónico, y la restauración monárquica, hasta que en 1848 se produciría, barricadas mediante, la implantación de la II República, de orientación radical y socialista. Pero en las subsiguientes elecciones generales, las primeras con sufragio universal masculino, se produjo un franco giro hacia la derecha. Cuando, finalmente, el sufragio popular por primera vez fue convocado para elegir Presidente, resultó electo por mayoría abrumadora el príncipe Luís Napoleón, luego emperador como Napoleón III..


Pero vengamos más cerca en el tiempo. En 1931 se proclama de facto la II República española, eligiéndose inmediatamente Cortes Constituyentes. En estas prevalecía claramente un pensamiento radicalsocialista. Cumplido, a fines de año, el cometido de aquéllas, en lugar de convocarse al voto universal para elegir el Parlamento, los constituyentes se autoconvirtieron en parlamentarios de modo de mantener el poder en las mismas manos, sin arriesgarlo en la confrontación electoral. Esta, de cualquier manera, fue inevitable en 1933, y –tras dos años de anticlericalismo furibundo y apoyo oficial a la minoría secesionista catalana- el voto universal favoreció de manera abrumadora a las fuerzas de centroderecha.


Miremos también al bizarro “Mayo francés”. En aquel mes de 1968, una ultraizquierda estudiantil con algún olor a deep state desató la revuelta en la Sorbonne y luego, paulatinamente, en casi todo el país. A ella se sumó después, aunque condicionadamente, el propio PCF. La convergencia de estas rebeldías produjo no sólo la mayor rebelión universitaria sino la huelga general más importante de la historia gala y, casi seguramente, de la de Europa occidental. A partir del 3 de mayo, según el líder opositor, el socialista Francois Mitterrand, “no había Estado en Francia” . En realidad, lo que quedaba del poder político solo estaba separado de la turba por la figura del anciano General. De Gaulle reacciona: testea la lealtad del Ejército, disuelve el Parlamento y convoca nuevas elecciones. Estas resultarán plebiscitarias: su partido conquista el 72 % de las bancas, mientras las fuerzas de centroizquierda y los comunistas retroceden visiblemente. Francia vuelve al trabajo.


1968 será también en EEUU el año de la contestación generalizada, anticipo de la “conciencia Woke” de nuestros días. Los disturbios raciales y la insurrección estudiantil se prolongaron durante varios meses. En total, se desplegaron 58.000 soldados de la Guardia Nacional, hubo 27.000 detenidos, 3.500 heridos y 43 muertos. La violencia se prolongó a lo largo del año. La ciudad de Wilmington (Delaware), tuvo militares en las calles durante nueve meses. En noviembre Richard Nixon – el candidato de la derecha- ganó las elecciones presidenciales desplazando de la Presidencia al Partido Demócrata que la había retenido 28 de los 36 años precedentes.


Cuáles son los factores comunes entre todos estos procesos a que hemos aludido, y tantos otros que sería tedioso referir en este encuentro? Que, a la corta o a la larga, una y otra vez el voto corrige a “la calle”. Que lo que es obra de minorías intensas, fuertemente ideologizadas y, en general, lejanas del “sentido común” de la población, fracasa o es desplazado cada vez que esa población encuentra cauces adecuados para afrontarlas y decir su palabra genuina. Tanto es cierto esto que la más inteligente interpretación y concepcion estratégica del marxismo –a mi juicio- siga siendo la de Antonio Gramsci, para la cual el verdadero triunfo de la “filosofía de la praxis” consiste nada menos que en “cambiar el sentido común”. Empresa hace tiempo iniciada en la Argentina, pero lejos aún de haberse consumado plenamente.


Lo hemos dicho en otras ocasiones. Muchos millones de compatriotas rechazan todo lo que deriva del abolicionismo penal, defienden la vida desde la concepción, están persuadidos de que un niño necesita un padre y una madre, saben que la identidad sexual está inscripta en nuestras propias células, demandan que se acaben las usurpaciones de tierras, se esfuerzan por alcanzar la propiedad privada de su vivienda, prefieren trabajar a ser subsidiados, privilegian el orden y la seguridad, etc. etc. Es decir, un conjunto inequívoco de reflejos de conservación que conforman una incuestionable derecha sociológica sobre la cual debe reconstruirse la derecha política.


Nos apresuramos a anticipar que, por las constataciones referidas, ella debe ser una derecha popular, posperonista y no antiperonista. Existen amplios segmentos de las clases media y media-baja que en muchas ocasiones han votado al PJ y que comparten básicamente las actitudes y valores de derecha a los que hacíamos referencia. En realidad, el Peronismo en cuanto tal murió con su fundador el 1 de julio de 1974. Desde entonces es un objeto histórico, fascinante para los estudiosos nacionales y extranjeros, pero ha dejado de ser un actor político unívoco.


Precisamente una de las causas –no la única- de la crisis de representatividad política que atravesamos es el equívoco sobre las identidades y la consiguiente desconfiguración de la oferta político-electoral. No me compete el análisis de la coyuntura, pero me permito decir que, sea en el corto, sea en el mediano plazo, el realineamiento de las fuerzas partidarias, de modo de poder saber a quién se vota y para qué, resultará una condición sine qua non de una recuperación de la república representativa.


En función de ese objetivo institucional y, sobre todo, en función de los valores sociales y culturales con los que estamos comprometidos, el terreno abierto es el de la construcción de la Derecha Popular. Conocemos la demanda política. Se trata ahora de articular la oferta que le sea proporcionada. Quizás Chile no la tuvo nunca, dada la limitación sociocultural de los partidos de la vieja Derecha. Nosotros tenemos los materiales. Nuestra riquísima experiencia histórica durante el siglo XX y la especificidad de nuestra constitución demográfica conforman algunos de esos materiales. En cualquier caso, deben Uds. tener presente que lo prioritario para un ámbito de esta naturaleza no es tanto apuntar solo a saber ganar sino a saber gobernar. Ello implica enderezar las tareas a la formación de una minoría dirigente cohesionada y enérgica, capaz de afrontar sin desaliento un escenario político que corre el riesgo constante de polarización y en el que siempre aparecerán los que recomienden mimetizarse para sobrevivir.


Las líneas maestras de una nueva Derecha Popular son, a nuestro juicio, además, obviamente del retorno a la racionalidad macroeconómica más allá de lo coyuntural, tres:

1. La recuperación del núcleo de la estatalidad, es decir la recuperación del control sobre el espacio físico, el monopolio de la fuerza legítima. Ello implica hacer permanente presente la fuerza de la Nación en los enclaves controlados hoy por el narcotráfico, extinguir los brotes secesionistas en el sudoeste andino y hacer efectiva la vigencia de la soberania sobre la ubérrima Pampa Azul.

2. La integración de todas las políticas públicas en un esfuerzo por constituir una sociedad de propietarios en lugar del “Estado servil” que hoy impera.

3. La liberación de todos los ámbitos culturales y educativos de la influencia del lobby LGBTQ+, volviendo a las pautas sobre la conciencia individual y la privacidad contenidas en la Constitución Nacional y a la responsabilidad de los padres sobre la educación de sus hijos.


Una Derecha que gane con estas banderas y se prepare para gobernar sin traicionarlas es la más clara alternativa frente a lo que se presenta ni más ni menos que como la descomposición de la Argentina.-